viernes, 29 de agosto de 2014

Gerardo y su baño portátil



Gerardo, 71 años, ya no recuerda cuantos oficios ha tenido en su vida. “He hecho de todo. Jugué pelota, corté caña y fui pescador ilegal. Ahora estoy aquí, cuidando baños públicos”, dice con orgullo.

Es un tipo enjuto y fibroso de manos callosas. Viste una camisa gastada de rayas y unos zapatos zurcidos. Pero mantiene una dignidad en la mirada y un optimismo a pruebas de bala.

Reside en una cuartería tremebunda en la parte vieja de La Habana. Ni siquiera los achaques le impiden salir a la calle a ganarse un puñado de pesos y ponerle un plato de comida caliente en la mesa a su esposa y a su nieta menor.

Pero aunque el viejo Gerardo desborda optimismo, hay que ser demasiado creativo para encasillarlo como ‘pequeño empresario’.

Todas las mañanas, pasadas las 10, Gerardo camina un kilómetro y medio hasta su negocio, un baño portátil plástico de color azul oscuro que sirve de urinario a los clientes de tres bares colindantes con la Bahía habanera.

Cobra un peso por orinar. Y tres por evacuar. “Es que la taza está tupida. Entonces tengo que cargar mayor cantidad de agua”, aclara. Obtiene el agua para descargar el baño directamente del mar, con una lata grande que una vez fue de mermelada de guayaba, amarrada a una soga.

“Es un trabajo arduo. Estoy hasta doce horas. Pero cuando llego a casa con 4 o 5 cuc, le ruego a Dios que me dé fuerza para vivir unos años más, ayudar a mi esposa y vestir y calzar a mi nieta. Ellas son lo mejor que me ha dado la vida”, confiesa.

“Pago de 100 a 120 pesos de impuestos. Mi paga como jubilado es de 211 pesos mensuales. Ese dinero más lo que me busco cuidando el baño, solo me alcanza para comer decentemente. No me quejo. A veces, extranjeros que siempre andan por esta zona, me regalan 5 o 10 cuc por dejarle tirar fotos al urinario. Supongo que lo ven como algo exótico”, cuenta Gerardo, un conversador empedernido.

Una flota de ómnibus de turismo aparca no muy lejos del baño de Gerardo. Un trío de viejos músicos ambulantes asedian a los forasteros cantando el sempiterno Chan chan de Compay Segundo. “Por aquí en los años 90, anduvieron Pío Leyva e Ibrahim Ferrer ‘haciendo sopa’ (cantando en bares y restaurantes). Se sacaron la lotería cuando Ry Cooder los puso a viajar por el mundo”, recuerda.

La fresca brisa marina alivia un tanto el calor. La calle parece un sartén caliente. Sentado en una silla de hierro fundido, Gerardo se considera un privilegiado. “Desde aquí se divisa todo. El Cristo de Casablanca, el faro del Morro, las jineteras o vendedores ilegales de tabacos que andan a la caza de ‘yumas’ (extranjeros) También los rateros que están pa’ lo que se cae del camión”.

Los días de lluvia son malos para su negocio. “La gente no va a los bares a tomar cerveza, que es lo que da más ganas de orinar. Entonces le pongo candado al urinario y me voy a casa, a escuchar la radio”.

En alguna parte, Gerardo leyó de las intenciones de un grupo de “americanos que quieren suavizar el bloqueo y darle créditos a los privados en Cuba”.

Se sonríe y añade: “Si eso se hiciera realidad, yo pediría un crédito y mandaría a reparar el urinario. Compraría muebles sanitarios nuevos, tecnología moderna, tú sabes...”.

Y es que, contra viento y marea, a sus 71 años, Gerardo tiene un espíritu de ganador.
Texto y foto: Iván García

miércoles, 27 de agosto de 2014

Fermín y sus zapatos remendados



Ya Fermín es un veterano en esta plaza. “No seré el mejor zapatero de la Calzada de 10 de Octubre, pero si el que más barato cobra y más tiempo lleva reparando calzados”, dice, mientras se fuma un cigarrillo que amenaza con quemarle los labios.

La abigarrada avenida, al sur de La Habana, que una vez inspiró al poeta Eliseo Diego a publicar en 1949 el poemario En la calzada de Jesús del Monte, a día de hoy es un itinerario de calles en mal estado, salideros de agua que se despilfarra por cañerías rotas y edificios añejos saturados de hollín que piden a gritos una reparación capital.

Sus 100 mil habitantes sitúan a 10 de Octubre como el municipio más poblado de Cuba. Por estos lares no hay hoteles, ni centros turísticos. Pasada las 8 de la mañana, la Calzada se transforma en un hervidero de gente que viene y va como carros locos en una feria.

Es sitio predilecto de buscavidas, vendedores de maní, pícaros y vagos. También de pequeños tenderos e improvisados cafés que se arman en un santiamén en el portal de una casa y, que la perspicaz narrativa foránea, ha clasificado como ‘pequeños empresarios’.

Fermín considera que es una burla. “No puedo creer que en este paisaje folclórico, donde un impedido físico vende alhajas de imitación, otros, vinagre robado la noche anterior de un almacén, y tipos que como yo reparan zapatos con cámaras viejas de bicicletas, seamos ‘pequeños empresarios’. Ahora, si como se cuenta por ahí, se van otorgar créditos, bienvenidas sean las buenas intenciones de esos tipos, para que los yanquis levanten el bloqueo”, señala, mientras le cose una suela de goma a unos tenis que se resisten a morir.

“Soy trabajador por cuenta propia de vieja data. Hay dos grupos. Los que estamos desde 1993, cuando Fidel autorizó al trabajo particular bajo un gardeo tributario que hacía imposible prosperar, y los nuevos, que surgieron después de 2010. Claro, mi negocio no da mucha plata ni llama la atención a los inspectores. Por tanto, no pasan por aquí a extorsionarme. Me tienen fichado como pobre diablo”, apunta Fermín.

El sitio donde este zapatero remendón hace su faena tiene muy mala pinta. Flaco favor a su negocio le hacen tres o cuatros socios, sentados en pequeños bancos de madera que se pasan entre ellos una caneta de ron barato.

“Son mis amigos. Uno es el ayudante y los otros dos siempre están por acá para darse un trago. Ya te digo que el dinero que busco, 60 o a veces 100 pesos diarios, me da para comer y tomarnos un litro de ron”, dice Fermín.

Al lado de la mesa de trabajo, como quiera, tiene tirado un lote de zapatos, sandalias y chancletas por reparar. “En Cuba los zapatos tienen más vidas que un gato. Son demasiado caros. La gente los estira hasta lo imposible. Y cuando se rompen, se arreglan una y otra vez. Tipos como yo somos importante en la vida nacional”, expresa inflando el pecho.

Sobre las cinco de la tarde, achispado y de buen humor, Fermín cuenta unos pocos billetes. “Quizás mañana me vaya mejor”, señala.

Cuando usted le pregunta cómo observa su futuro, hace un silencio prolongado. Da la sensación que se ha dormido. Al rato, se empina un trago largo de ron pendenciero y responde:

“No sé, yo creo que pertenezco a ese grupo que con Fidel Castro o en democracia vamos a estar siempre jodidos”, dice. Y en un viejo bolso negro, Fermín guarda su chaveta de zapatero.

Iván García
Foto: Tomada de Reparación de Calzado Pascual.

lunes, 25 de agosto de 2014

Armando y la 'competencia desleal'



En la Avenida de Acosta, casi esquina Goicuría, en el populoso barrio de La Víbora, a 25 minutos del corazón de La Habana, funcionan dos cafeterías de comida rápida. Una frente a la otra.

Más que competencia, existe una guerra sucia entre los dueños. Armando plantó bandera primero. “Año y medio antes de comenzar el tipo de enfrente, yo saqué licencia. Abrí el negocio para ver si con las ganancias podía terminar de construir mi casa. No tengo parientes en Miami. Comencé con 400 cuc que tenía guardados debajo del colchón”.

Fue como la fiebre del oro. Corría el otoño de 2010 y el General Raúl Castro había dado el pistoletazo de arrancada para ampliar los negocios privados. Ya se sabe que entre el Estado y los trabajadores particulares en Cuba hay una relación de amor y odio.

En 1968, un iracundo Fidel Castro, por decreto, en solo una noche, mandó a cerrar puestos de fritas y bodegas y prohibió cualquier inversión familiar. Luego, la crisis económica estacionaria que padece la Isla desde 1989 y unas finanzas públicas raquíticas, provocaron que el inútil Estado cediera espacio a la iniciativa privada. Pero con impuestos por las nubes y excesos de controles, para impedir la formación de grandes capitales.

Antes de 2010, el trabajo privado estaba en mínimos. Era acosado por el fisco y una tropa de corruptos inspectores estatales lo desangraba con normas jurídicas estrafalarias o comisiones por debajo de la mesa.

Raúl Castro quiso poner orden al desaguisado. Amplió hasta 181 los negocios privados y autorizó a contratar trabajadores fuera del ámbito familiar. Suponía el régimen, que las nuevas aperturas privadas absorberían gran parte del millón y medio de cubanos enviados al paro tras una reestructuración a fondo del empleo estatal.

El diablo estaba en los detalles. A los compadres que gobiernan en Cuba, no les preocupaban las labores informales de subsistencia como aguador, cuidador de baños públicos, pelador de frutas o recogedor de latas vacías.

Los gravámenes y el alto costo de la vida devorarían sus mínimas utilidades. El dolor de cabeza eran otros negocios, como transportistas, gastronómicos o de hospedaje, que podían enriquecerse.

Por tanto, se crearon complicados contrapesos e impuestos al estilo de Qatar, en un intento por frenar el crecimiento de las pequeñas empresas familiares. La autocracia verde olivo sigue viendo a un tipo que acumula plata como un delincuente.

Armando sabía de esas limitantes. Pero manejando su propio negocio, ganaría cinco veces más dinero que el pagado por el Estado. Armó a la carrera un timbiriche con tubos y planchas de zinc y lo pintó de ocre y amarillo.

“A los pocos meses, inspectores de Planificación Física me mandaron a cerrar la cafetería, por estorbar el tránsito en la acera. Gasté 3 mil pesos (130 dólares), casi todas mis ganancias, en desarmar el tenderete y correrlo hacia atrás. Entonces ganaba 700 pesos diarios. Después que abrió la cafetería de enfrente, no paso de 300 pesos al día. Además, debo pagar más de 1,200 pesos mensuales al fisco”, señala Armando.

El competidor de Armando, en la acera de enfrente -no quiso ser entrevistado- abrió una cafetería espaciosa llamada El Lateral. “Parientes en el extranjero le enviaron 5 mil dólares para abrirla. Consigue alimentos e insumos a precios más bajos, gracias a sus contactos en almacenes estatales. Yo tengo que comprar la carne, el pollo y el arroz a precios minoristas, como todos. No tengo nada contra la competencia, pero ésta es desleal”, asegura Armando.

El ‘vecino’ se ha llevado a sus clientes. Su local tiene un diseño moderno, meseras jóvenes y bonitas y con los mismos precios ofrecidos en el destartalado puesto de comida y sandwiches de Armando. Cuando usted le pregunta si se considera un pequeño empresario, sonríe.

“Qué tontería. Si acaso soy un ‘metedor de cuerpo’. He leído que el capitalismo moderno se fundó gracias a pequeñas empresas familiares. Pero te aseguro que no tenían el impedimento de elevados impuestos, trabas que obligan a cometer ilegalidades y un gobierno que te caza como el gato al ratón”, señala.

Por el noticiero de televisión se enteró de la visita de una delegación de la Cámara de Comercio de Estados Unidos. Poco más. Ignora que los empresarios gringos y el cabildeo de cubanoamericanos radicados en el Norte, piden flexibilizar el embargo y abrir una cartera de inversiones para alentar a las pequeñas empresas locales.

“No es mala idea si Cuba fuera otro país", dice Armando. "En la nueva Ley de Inversiones ni siquiera permiten a los cubanos invertir en su propia nación. En caso de autorizarse créditos, que lo dudo, se otorgarían de acuerdo al linaje y fidelidad a la revolución. Al menos nos dejan ‘luchar’ y podemos comprar artículos de primera necesidad en la shopping y hasta tomarnos una botella de ron por divisas. Lo otro es muela y cháchara”.

Texto y foto: Iván García

viernes, 22 de agosto de 2014

Ancianas sin asistencia social en Santiago de Cuba


La señora Nila Matos Vaquero, de 68 años, fue despojada de su pensión de la Seguridad Social, por la que recibía 200 pesos (8 dólares).

Las autoridades alegaron que en su casa, que se encuentra en pésimas condiciones, reciben otras dos chequeras de 200 pesos cada una: por su madre, Aramis Victorica Vaquero Rodríguez, de 90 años, y por su hermana, Angelita María de Los Ángeles Matos Vaquero, de 72 años y discapacitada mental.

Las tres ancianas viven en Enramada 416, altos, entre Calvario y Carnicería, en el centro de Santiago. Su vivienda se encuentra en estado inhabitable y no tienen otro lugar para donde mudarse.

Según Nila, las autoridades le manifestaron que ellas no producían nada a la sociedad, eran una carga para el gobierno y con dos chequeras para las tres bastaba. Nila ya no sabe a dónde acudir a quejarse y pedir que el gobierno que las abandonó a su suerte, les dé solución.

Cuando las visitamos, las ancianas se encontraban muy deprimidas y angustiadas, y confesaron querer que cuanto antes les llegue la hora de descansar en paz, para no tener que seguir viviendo en la agonizante miseria de cada día.

Ante esa situación, una amiga de la familia llevó a las ancianas provisionalmente a su casa. Mientras, dos amigos cuidan la vivienda, para que nadie la ocupe o se lleve lo poco que poseen.

El caso de esta familia está siendo evaluado por el Municipio de Oposición de Santiago de Cuba, y será incluido en la nueva demanda social sobre viviendas que se presentará al Poder Popular provincial.

Texto y foto: Walter Clavel Torres
Agencia de Prensa Libre Oriental

miércoles, 20 de agosto de 2014

'Pescar' en la basura



Son los llamados “buzos”, porque siempre están sacando de los desperdicios algo que se pueda aprovechar. Enrique, El Pescador, como lo llaman, tiene más de 60 años y se dedica a registrar colectores de basura. Nos cuenta su historia.

-Hace 7 años me quedé sin trabajo, pues en el taller del estado donde laboraba como ayudante de mecánico, metieron a otro tipo, un hijo de mala madre. Quise reclamar, pero el sindicato no movió ni un dedo. Un amigo habló conmigo y me dio el salve.

-Oye, me dijo, yo vivo de los latones de basura, ¿quieres trabajar conmigo? Me reí, y al principio le dije que no. No porque me diera asco, sino porque creía que en la basura solo había basura. Luego me embulló y un día me llevó con él a un recorrido. Encontramos maravillas.

-No hay que meter las manos, eso tiene su técnica. Tengo un gancho largo que hice con un perchero y ando con varias bolsas en un carrito que yo mismo inventé con una caja de cerveza plástica, y las ruedas de unos patines viejos. Ahora no te lo puedo enseñar porque lo tiene mi compañero, nosotros nos turnamos.

-Cada vez que paso por algún latón, si está abierto ya no tengo remedio y miro lo que hay dentro. Se me ha quedado la manía.

-Entre los desperdicios hay de todo, desde comida, laticas de cerveza, de refresco, libros sin carátula pero en buen estado. He encontrado tenis viejos, zapatos, pedazos de lámparas, piezas de ventilador, ropa vieja, a veces envuelta y todo, palos, despertadores rotos, discos de los antiguos, pomos de todo tipo, de medicinas, aceite, mayonesa...

-Una vez vi un libro grandísimo y era una Biblia. Esa no la vendí, la dejé en la iglesia porque creo en Dios, él me ha ayudado con este trabajo, que ahora me da para comer.

-Las latas se las llevo a unos artesanos que hacen unas camaritas fotográficas, ellos me dan 2 cuc por cada diez latas. La madera se la doy al carpintero de mi barrio y me da algún dinero. Igual con las piezas mecánicas, se las doy a uno que arregla ventiladores y lo que sea. Y si son libros, a uno que tiene un timbiriche en la Plaza de Armas, él los encuaderna y se los vende a los extranjeros. Los discos a una mujer de mi barrio, que le llueven los clientes que buscan músicas de antes. Todo me sirve, hasta la comida que botan, que se la llevo a uno que cría puercos.

-Vivía con mi hermana y mi madre, pero hace dos años mi madre falleció. Y mi hermana se fue a vivir a Santiago con sus hijos y nietos. Me quedé solito. Tenía una mujercita, pero me dejó porque a veces me gusta darme unos tragos. Ahora vivo en un solarcito por la calle Cuba, en la Habana Vieja.

-Hace unos meses me caí y me hice un esguince en el tobillo y me ha quedado el dolorcito, por eso uso este bastón, que también encontré en la basura.

-Tengo unos guantes de cuando tenía mi moto, pero a veces me pongo jabitas de nailon en las manos, y cuando llego a mi casa me echo un poco de cloro con agua y me las restriego bien con un cepillo. Después me doy un baño caliente. Por la tarde me gusta jugar dominó y tomar ron con mis amigos. También oír radio, la pelota y música instrumental.

-Me han llevado tres o cuatro veces para la estación de policía, pero me sueltan pronto, no me levantan actas ni nada, solo me dicen que me busque otro trabajo. Y yo les digo que soy cuidadoso, que meto todo en mis jabas y en mi carrito. No riego la basura en el piso. Si los latones tienen tapas, las cierro bien, porque muchos están destapados o virados en la calle. Algunos “buzos” los tumban, yo no, yo respeto la limpieza.

-Han creado un trabajo por cuenta propia para los recogedores de latas, pero es una explotación, lo miden por peso y dan una miseria. Lo mío me lo busco yo. Aquí a todo el mundo le quieren sacar el dinero, hasta a la gente más pobre.

-¿Por qué no los ayudan? Abriendo tiendas con cosas baratas, comida, ropa y otras cosas, con otros precios, porque no todos tienen dinero. Ya quitaron lo de la ropa reciclada, este gobierno lo quita todo. Uno no puede hacer nada porque te lo quitan.

Marcia Cairo
Cubanet, 27 de junio de 2014.
Foto: Tomada de El mercado de los buzos, Cubanet.

lunes, 18 de agosto de 2014



El escandaloso desabastecimiento de condones o preservativos en La Habana desde los primeros meses de 2014, es explicado por la prensa oficialista como un problema de los fabricantes.

Según dicen, los importados en 2009 tenían fecha de vencimiento en tres años, aunque el suministrador lo había concebido para cinco años.

Los diarios Granma y Juventud Rebelde le dieron una amplia cobertura al asunto. Sin embargo, con antelación, en el mes de abril, ya el semanario Trabajadores había informado que en la provincia de Santiago de Cuba, en el primer trimestre solo se había cubierto el 39% de las necesidades de condones.

La dudosa solución fue comunicarse con los suministradores chinos para que se responsabilizaran con la estabilidad del producto por cinco años. Las informaciones no precisan cómo pudieron lograr que estos fabricantes cedieran su lógica cobertura a favor del cliente cubano.

Se inició entonces un re-etiquetado de la fecha de vencimiento, que ha provocado lógica desconfianza en una población acostumbrada a que la engañen. Pero, en general, las causas del desabastecimiento parecen ir más allá del simple estampado de la fecha de vencimiento.

El 30 de noviembre de 2009, se informó que en ese año se comercializaron 100 millones de condones (8,33 millones mensuales), que daban un promedio de casi once condones por cada habitante menor de 59 años. En 2012, fueron comercializados solamente 59 millones de condones (4,9 millones por mes), unos 6,5 por habitante de esas edades. No se ha informado cuáles fueron los niveles de abastecimiento en 2013.

La drástica reducción del 41% de suministros en solo tres años tiene que estar ligada a la crítica situación económica del país. La más barata unidad de un condón, de la marca Momentos, en el exterior cuesta 10 centavos de dólar, por lo que cien millones implicarían una erogación de 10 millones de dólares. Eso sin contar las compras de Vigor, una marca de condones con un costo tres veces mayor.

Paralelamente con esa irresponsabilidad, el virus del VIH-Sida crece en el país y la vía más frecuente de contagio son las relaciones sexuales desprotegidas. En 2003, se reportaban oficialmente 5,146 seropositivos, de los cuales 2,247 se registraban como enfermos de Sida y 1,117 habían muerto.

Cinco años después, se informaban 10,655 infectados (2,1 veces más), con 4,070 enfermos de Sida y 1,778 muertes. En 2013, las cifras oficiales indicaban un notable incremento, los seropositivos ya alcanzaban 19,781 para un aumento de 3,8 veces con respecto a 2003, y los portadores de Sida ascendían a 8,037, y los muertos 3,302. Actualmente, no hay cubano que no tenga un familiar o un conocido con Sida.

Las nuevas detecciones que arrojan las siempre dudosas cifras oficiales indican un progresivo incremento. La Dra. María Isela Lantero, jefa del Programa de ITS y VIH-Sida del Ministerio de Salud Pública, en 2006 había advertido que la gran mayoría de los seropositivos se contagiaban con personas que no sabían que eran portadores.

La situación continúa sin mejoría, pues se informó que el 40% de los diagnosticados en 2013 no se sometían a pruebas desde hacía más de 3 años.

Los hombres que tienen sexo con hombres son el 64,8% del total de portadores del VIH, unos 12,819, por lo que constituyen un sector altamente vulnerable.

Si se tiene en cuenta que, según el Censo de 2012, la población masculina de 12 a 49 años ascendía a más de 3 millones 200 mil personas, y de ella el 4,6% son homosexuales, se elevan a más de 148 mil los que están fuertemente amenazados por el desabastecimiento de preservativos.

Una evidencia más de un régimen que no limita los gastos para la represión política y policial, restringe al máximo las erogaciones en artículos indispensables y, como en el caso de los condones, altamente sensible a la salud humana.

Texto y foto: Arnaldo Ramos Lauzurique
Cubanet, 26 de junio de 2014.
Leer también: Condones viejos como ollas de Fidel.

viernes, 15 de agosto de 2014

Cuando cae la noche en La Habana...



Natasha (nombre ficticio), 22 años, demora casi dos horas en acicalarse, antes de comenzar su ronda nocturna por bares privados y discotecas.

Pasada las 11 de la noche, se va al Túnel, una discoteca del municipio Diez de Octubre, ubicada en un antiguo refugio antiaéreo edificado a fines de los 80, cuando Fidel Castro se preparó para una inminente invasión yanqui que nunca llegó.

Desde su Samsung Galaxy, Natasha le envía mensajes a su piquete de amigas, les pide encontrarse a la entrada de la disco. “Sabemos a la hora que empieza la fiesta, pero no a la que termina. Excepto los lunes, que suelo descansar, el resto de la semana es fiesta y pachanga”.

La joven no estudia ni trabaja. Pero es la encargada de llevar comida a su casa, darle dinero a su madre y mantener a su padre, un alcohólico inútil.

Tiene un pacto tácito. “Les doy los ‘fulas’ y ellos se ponen un zipper en la boca. Mientras el frigidaire (nevera) esté lleno de comida y a mi padre no le falte dinero para comprar ron, viran la cara hacia otro lado y me dejan hacer”, confiesa.

Luego de bailar reguetón y timba agresiva, tomarse media docena de cerveza Corona, Natasha y sus amigas planifican el siguiente paso. “Le llamamos ‘cazar al punto’. Siempre estamos atentas de quién nos invita a tomar cerveza, bailar o halar una raya de melca (cocaína). La buena pinta de un tipo, el grosor de la billetera o si tiene auto o moto, es la mejor identificación. Pero hay que tener precaución, en la farándula habanera hay un montón de especuladores (alardosos)”.

Después que se apagan las luces de la discoteca, sigue la fiesta. “Nos vamos a un bar privado o una cafetería que esté abierta las 24 horas, a seguir tomando cerveza, fumar marihuana, darle al ‘cambolo’ o tragar Metil y Parkisonil”, dice Natasha.

Aprovisionarse de drogas o sicotrópicos no es difícil cuando se conoce a los compradores. En la parte vieja de ciudad, en cuarterías ruinosas, se puede adquirir una amplia gama de sicotrópicos y drogas duras o blandas.

Desde cocaína, entre 50 o 60 pesos convertibles el gramo, marihuana importada a 5, hachís a 20, anfetaminas a dólar la pastilla, y a 5 cuc la siniestra ‘piedra’, una combinación letal de cocaína y bicarbonato, una de las drogas de moda en La Habana nocturna.

“Después que ‘cuadramos’ el precio con el cliente (20 cuc la noche por sexo individual, 25 para cada una por un cuadro lésbico y 35 por sexo en grupo), comienza la bebedera y el relajo. Mientras los tipos preparan un par de ‘bazucos’ (marihuana con cocaína), hacemos un 'estriptís' a ritmo de reguetón. A veces nos enredamos con el cliente dos o tres días. Pero cuando llego a mi casa tengo 60 o 70 cuc en el bolso. No me quejo, es la vida loca que me gusta”, apunta Natasha.

Como ella, exiten muchas chicas en la capital, que se prostituyen a la salida de las discotecas. Para ellas, la vida se resume en cerveza, sexo, drogas y reguetón.

No hay apartheid sexual ni racial. Da igual que seas blanco, negro o mestizo. Si eres dueño de un auto o una moto, siempre serás un buen cliente. Y cuando se pesca un extranjero, entonces, como dice Natasha, “le dimos la patada a la lata”.

Iván García
Foto: Cuando cae la noche en La Habana, muchos jóvenes prefieren pasar el rato conversando y cogiendo fresco en el muro del malecón. Tomada de Galicia Única, revista digital independiente.