jueves, 26 de abril de 2018

Voces del cambio en Cuba: Luis Manuel Otero y Yanelys Núñez



Muy cerca de la Alameda de Paula, frente a un viejo almacén del puerto reconvertido en galería comercial de arte, finaliza la calle Damas, una callejuela típica de La Habana antigua -estrecha, bulliciosa y sucia- donde todos los caminos nacen y mueren a orillas del mar.

Al lado del Centro Cultural Leonor Pérez, regentado por el Estado, en un local con una puerta de madera deteriorada y un ventanal destrozado, sujeto por una cadena con un candado chino que hace las veces de cerradura, se encuentra enclavado el Museo de la Disidencia. Delante, un bicitaxista reposa su siesta. Y desde un balcón contiguo, un negro en camiseta que escucha a Luis Fonsi en una bocina portátil, con el habitual 'qué volá' habanero, saluda a Luis Manuel Otero Alcántara, artista visual autodidacta, y Yanelys Núñez Leyva, licenciada en historia del arte.

La barriada de San Isidro, cuna de proxenetas, pícaros y prostitutas, probablemente sea el sitio más idóneo de Cuba donde asentar un proyecto contestatario. Aquí los opositores no son bichos raros. Son barrios duros, diferentes, donde las ilegalidades son el pan de cada día.

Antes que el castrismo legalizara paladares, peluquerías, hostales y taxistas privados, en esta zona pululaban los tiros de cerveza, salones de belleza y con un acuerdo verbal se cerraba el trato con el dueño de un automóvil para utilizarlo como taxis. Todo lo que sea clandestino es normal en San Isidro.

El Museo de la Disidencia es un sitio más en la parte vieja de la ciudad. Como el ‘burle’ (casa de juego) de la esquina o las fiestas por la izquierda que se arman en un dos por tres en cualquier municipio de la capital.

La antesala del Museo de la Disidencia es patibularia. Una lámpara de luz fría ilumina la sala. Diversos collages cuelgan en las paredes y en una mesa medio coja se apila un montón de libros. "Hay muchas cosas todavía por hacer", aclara Luis Manuel. Pero no dice que no vale la pena remozar el lugar: tiene la pinta perfecta de un espacio no autorizado en un país donde las libertades son exclusivas para quienes apoyan al régimen.

Luis Manuel Otero, 30 años, y Yanelys Núñez, de 28, son novios. Además de tener casi la misma edad, en común tienen que proceden de familias sin nadie con inclinaciones artísticas. Otero nació y se crió en un barrio caliente como El Pilar, Cerro, a diez minutos en automóvil del centro de La Habana, y donde las broncas hogareñas son frecuentes por cualquier nimiedad. Muchos viven de lo que se cae del camión, la venta de drogas o la bolita, ilegal lotería local. Siempre soñó ser escultor. “No sé de dónde me viene esa vocación. Que recuerde, lo más que se le acerca es un tío que era carpintero”.

La madre de Luis Manuel se partió el lomo para criarlo a él y un hermano menor. Su padre estaba más tiempo en la cárcel que en la casa. De niño vendió ladrillos, de adolescente DVD para sobrevivir en las difíciles condiciones del socialismo tropical. En aquellos años, solo tuvo un par decente de zapatos.

Lo primero que se le ocurrió para escapar de la pobreza fue correr. Y comenzó a entrenar bajo un sol de mil demonios en la Ciudad Deportiva como corredor de medio fondo. “Pero una vez quedé cuarto lugar en una competencia en Santiago de Cuba. Me di cuenta que eso no era lo mío. En mi tiempo libre, seguía con un trozo de madera, empeñado en transformarla en una obra de arte. Soy autodidacta. Me formé asistiendo a diversos cursos y talleres”.

En la primavera de 2011, Luis Manuel Otero presentó su primera exposición en una galería situada en 20 de Mayo, cercana al antiguo Estadio del Cerro. “La titulé Los héroes no pesan. Eran esculturas de personas sin piernas. Estaba dedicada a los combatientes mutilados durante la guerra de Angola”. A partir de ese año, su vida dio un giro de noventa grados. Comenzó a coquetear con el activismo político. Sus propuestas van del performance, como un stripper que realizó en noviembre de 2014 en la céntrica esquina de 23 y L, a obras audiovisuales al estilo de Juegos de Tronos.

En abril de 2017, en uno de sus performance, se preguntaba dónde estaba el busto del líder comunista Julio Antonio Mella, que antes de la inauguración del hotel de lujo Manzana Kempinski, las autoridades habían quitado de la otrora Manzana de Gómez. En enero de 2018, a orillas del crecido río Sena, en el Centro Pompidou de París, él y Yanelys develaron un supuesto testamento que el dictador Fidel Castro les dejara oculto en una botella de Havana Club.

Yanelys Núñez, probablemente una de las voces más interesantes del cambio en Cuba dentro del mundo intelectual, ha ejercido el periodismo alternativo en Cubanet y Havana Times y ha sido promotora cultural en la revista oficialista Revolución y Cultura.

Nació en Nuevo Vedado, no en uno de los chalets diseñados con buen gusto que han convertido el lugar en una de los mejores distritos residenciales de la capital (y donde tienen sus domicilios muchos integrantes de la élite verde olivo), si no en un horrible edificio sin balcones de 26 plantas, rodeado de otros esperpentos arquitectónicos erigidos con tecnología de cuando Yugoslavia era una nación comunista. Construidos por microbrigadas, esas edificaciones afean la zona. Pero es lo que trajo el barco de la revolución de Fidel Castro: vulgaridad urbanística.

Siempre sonriente, Yanelys cuenta que su familia estaba integrada, era revolucionaria. "Mi padre ya falleció, mi abuelo fue militar y mi madre técnica media en computación. Tengo una hermana. De niña leía todo lo que encontraba y veía muchísima televisión. Era fan de 24 x Segundo, programa del cineasta Enrique Colina. Cuando terminé el preuniversitario pedí periodismo, pero desaprobé la prueba de ingreso y entonces opté por historia del arte”.

Entró en la Universidad de La Habana en 2007. "Tuve muy buenos profesores. Es allí, en ese ambiente, que me empapo más a fondo de mundo cultural. Comienzo a visitar galerías de arte, comprar libros diferentes y asistir a los Festivales Internacionales de Cine de de La Habana. En mi aula éramos cuarenta y pico de alumnos, casi todas mujeres y solo tres mestizas”, recuerda Yanelys, sentada en un taburete sin espaldar en el recibidor del Museo de la Disidencia.

En esa etapa comienza a despertar en la joven una conciencia crítica. “Empecé a publicar en Havana Times -página digital prohibida por el régimen- y conocí a periodistas y escritores independientes como María Matienzo, Irina Pino y Verónica Vega. Durante mi estancia universitaria, nunca fui citada por la Seguridad por escribir en esa web. Incluso, cuando en 2012 me gradúo y comienzo mi servicio social en Revolución y Cultura, de manera ingenua le dije al subdirector de la revista que colaboraba con Havana Times y me respondió que eso no era un problema”.

En 2014, Yanelys y Luis Manuel inician su noviazgo. Juntos promocionan su obra y diseñan los futuros proyectos. La escalada gradual de la crítica al proceso castrista en el arte de los dos fue el detonante para que a ella la expulsaran de la oficialista revista Revolución y Cultura. “Sentí impotencia. Los oficiales de la Seguridad, que estaban detrás de todo el montaje, nunca dieron la cara. Vengo a ser entrevistadas por ellos a raíz de las detenciones de Luis Manuel”.

Yanelys aprovecha para aclarar que el Museo de la Disidencia es una idea original de Luis Manuel. "Él, como artista visual, es el que genera. Luego los dos complementamos el proyecto. El Museo surgió en abril de 2016. Al principio sin un espacio físico. Las primeras obras las expusimos en la vivienda de Luis Manuel en El Cerro, asistieron más de veinte personas. Las obras que han surgido después, según la Seguridad, son de enfrentamiento, lo cual no es cierto”.

Está convencida que el arte debe conectar con la gente de la calle. “Todas las propuestas nuestras son a puertas abiertas, para que cualquiera participe. Preparamos una caldosa y la compartimos con los asistentes, intentamos atraer músicos de rap, reguetón o artistas liricos. Desde que estamos en San Isidro lo hacemos así. Para nosotros, los vecinos del barrio no son meros espectadores. Son actores protagónicos", subraya Núñez.

Yanelys y Luis Manuel utilizan todas las vías posibles para difundir su labor, desde redes sociales, Cubanet, Diario de Cuba, Radio Martí, Martí Noticias y Havana Times, entre otros, hasta la prensa internacional afincada en la Isla.

¿Cómo ves el proyecto dentro de cinco años?, le pregunto. Medita unos segundos y a nombre de los dos responde: “Deseamos que el Museo de la Disidencia sea un proyecto sólido. Y apostamos por que existan mayores espacios independientes”.

Si usted recorre la barriada de San Isidro, pase y vea el Museo de la Disidencia. Yanelys y Luis Manuel los invitan.

Iván García
La foto de Luis Manuel la hizo Yanelys y la de ella la hizo Iván.
Leer también: Luis Manuel Otero: de atleta a artista disidente; Museo de la Disidencia, finalista a premio mundial sobre la libertad de expresión y Un afligido museo.

lunes, 23 de abril de 2018

Propiedad de todos, socialismo de nadie



En abril de 2016, durante la celebración del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba, Raúl Castro no olvidó mencionar que la apertura de la propiedad privada en la isla no significaba en lo absoluto un regreso al capitalismo. Tenía razón. Es la propiedad estatal y los negocios del gobierno los que están garantizando esa vuelta de tuerca. En territorio de neolengua, propiedad privada se traduce como cuentapropismo, un término que desde 2011 –año en que se aprobó la política económica de esa década rocambolesca que va de la entrega del poder político por parte de Fidel Castro hasta su muerte– incluye una larga lista de pequeños y medianos negocios y oficios particulares.

Finalmente en junio de 2017, después de tanto pensárselo, el gobierno decidió reconocer la propiedad jurídica de las empresas privadas, un paso tan temerario que probablemente ni Milton Friedman se hubiese atrevido. No obstante, insistieron en el papel siempre complementario que el cuentapropismo debía jugar dentro del desarrollo económico de un país cuyo producto interno bruto anual apenas crece más de uno o dos ficticios puntos porcentuales y que incluso, tal como sucedió en 2016, puede darse el lujo de entrar en recesión. Se requiere verdadero virtuosismo en el arte de la ineficiencia para que una economía como la cubana siga cayendo, a pesar de que desde diciembre de 2014, después de la apertura de relaciones diplomáticas con Estados Unidos, el número de turistas extranjeros se haya duplicado de dos millones a cuatro.

Entre los nuevos símbolos de la Cuba poscastrista, cuyo eje rector lo compone una casta tecnócrata de militares reconvertidos en empresarios al mando de sucursales anónimas, destaca el Gran Hotel Manzana Kempinski, inaugurado el pasado año en la antigua Manzana de Gómez, un ecléctico edificio de la República ubicado en el Prado habanero, cerca del Museo de Bellas Artes y del Capitolio, frente al Gran Teatro y al Parque Central, en el fragoroso centro histórico de la ciudad. La noche más barata en una de sus 246 habitaciones alcanza los 440 dólares y la suite presidencial roza los 2,500.

La instalación –remodelada con mano de obra india, pues los 1600 dólares de salario mensual que la constructora francesa Bouygues ofrecía a los trabajadores le pareció al gobierno demasiado dinero en manos de un obrero cubano, que seguramente no sabría qué hacer con tanto– cuenta con bares, gimnasios, restaurantes, salón para fumadores de puros y una piscina climatizada en la azotea, desde la que cualquier huésped europeo puede no solo contemplar tranquilamente la destrucción imparable y la abultada miseria de los barrios vecinos, sino también documentarla. Tomar fotos y luego postearlas en Instagram con el filtro adecuado.

El tipo específico de pobreza circundante es necesaria, una que convierta el subdesarrollo crónico, el atraso tecnológico y el folclor orquestado con la mezcla inédita de cultura sonora y gestual caribeña e ideología estalinista en un espacio visualmente seductor y exótico, y que por otra parte, supongo, garantice elementales niveles de seguridad personal, es decir, que la exposición a la infelicidad del extranjero no pase de algún atraco de su billetera en algún lupanar nocturno o de su propia, breve decepción tras comprobar, los más listos, que la cortesía en los servicios y el buen humor de la calle esconde casi siempre un desesperado ejercicio de supervivencia, un señuelo hipócrita, el afán neurótico porque el turista suelte el dinero y se acabe de largar.

¿Cuántas ciudades pueden levantar un hotel de lujo en el corazón del desastre, el guetto en la esquina del pent-house? Ese extraño punto de cocción, aprendido en todas partes, salvo, quizá, en las zonas más rurales del país, es el que define la vida en Cuba. La inyección directa de moneda dura en la gente, y su puesta en circulación de modo paralelo a las estructuras del Estado, garantiza no solo el sostén personal y familiar, sino también, en buena medida, el equilibrio económico y hasta político de ese propio Estado, rígido, obeso.

Con la reforma constitucional de 1992, después de la caída del bloque soviético, Fidel Castro impulsó a regañadientes cierta apertura económica que incluía el desarrollo de la industria del turismo, contratos mixtos con inversionistas extranjeros, el envío de remesas familiares desde la diáspora y la expedición de licencias para ciertos negocios privados, principalmente restaurantes.

Estas medidas no dejaron de parecerle nunca concesiones al capitalismo, males necesarios que autorizó recomiéndose el hígado. Las diferencias adquisitivas que habrían de surgir y, más disparatado aún, entre quiénes habrían de surgir esas diferencias, ya que en los noventa, y hasta hoy, un mesero de hotel en Cuba gana incontables veces más dinero que un médico, terminarían socavando el estatus nacional del que Fidel Castro solía mostrarse particularmente orgulloso: la igualdad social gestionada no a partir de la creación equitativa de riquezas, sino a través de la austeridad colectiva; la repartición por cuotas del sacrificio y la frugalidad.

En ese sentido, después de haber roto el viejo orden, la Revolución cubana se mantuvo treinta años en la línea de despegue. Ya sin las regalías de Moscú, nada resultaba tan peligroso para Fidel Castro como los nuevos cuentapropistas, porque conectaban de manera directa con la gestión autónoma, el empoderamiento ciudadano y el posible fortalecimiento de una escuálida sociedad civil. Ese convencimiento, a veces planteado de modo más evidente, a veces más tácito, sigue marcando la relación del Estado con el sector privado en Cuba, un vínculo que puede fluctuar entre la aceptación comedida, la desconfianza y el recelo, el asesinato de carácter, la asfixia a través de decretos arbitrarios o la persecución declarada.

La única razón que explica el estado de sitio en que vive el cuentapropismo en la isla es la férrea administración del poder político que ejerce el gobierno y su temor congénito a cualquier vía genuina de democratización social. Resulta extraño colocar en los negocios particulares la carga del renacimiento cívico de un país, pero los hechos en Cuba parecen demostrar que la asociación no es eminentemente forzosa.

A fines de la década de 1990 y comienzos de los 2000, en cuanto tomó una bocanada de oxígeno propiciada en primera instancia por ese mismo paquete de reformas económicas y luego por los generosos subsidios enviados desde la Venezuela chavista, Fidel Castro volvió a apretar el gaznate de los negocios privados, que fueron cayendo o desapareciendo gradualmente, reduciéndose prácticamente a cero. Aun así, por más que corrieran tiempos de batallas de ideas, revoluciones energéticas y tribunas abiertas, el país no viviría de nuevo otro 1968, año en que la llamada Ofensiva Revolucionaria estatizó hasta las barberías de barrio y sepultó de modo definitivo cualquier rezago de modelo privado y mínimamente burgués en Cuba.

Enrique Nuñez, propietario de La guarida, el restaurante no-estatal más famoso de La Habana, inaugurado en 1996, me contó hace un par de años que las visitas de los inspectores, los controles sorpresivos y el cierre de licencias bajo cualquier excusa imposibilitaban el florecimiento de los negocios particulares, por inofensivos que estos fueren.

Si hoy un restaurante puede alcanzar las cincuenta sillas y contratar fuerza de trabajo, en ese entonces no podían pasar de doce, mucho menos contratar a alguien. De alguna manera, hay que reconocerle la lógica a esta relación, porque, en un local de apenas doce sillas, ¿para qué necesitas contratar trabajadores? Incluso La guarida, el primus inter pares del cuentapropismo cubano, tuvo que cerrar temporalmente en 2009 por reparaciones, pero también para escapar del control gubernamental, hasta que el dique volvió a abrirse.

Cuando visitó el país en marzo de 2016, justo la misma semana en que los Rolling Stones abarrotaron la Ciudad Deportiva en un concierto altamente publicitado, Barack Obama se reunió con un grupo representativo de emprendedores cubanos en una cervecería de la Habana Vieja, frente a la bahía de bolsa de la ciudad.

Ninguna de las otras actividades oficiales, ni la reunión con los principales grupos de la oposición política en la embajada norteamericana, ni la asistencia al partido de béisbol entre los Tampa Bay Rays y una selección local, ni siquiera el habilidoso discurso de reconciliación en el Gran Teatro, parecieron cobrar para el gobierno cubano la importancia vital y estratégica que cobraron los mensajes de genuino apoyo que Obama lanzó al sector privado y la esperanza que cifró en ellos.

En realidad, esta visita aterró al apparatchik comunista, que desde entonces ha desplegado, llamémosle así, una reacción termidoriana con la curiosidad añadida de que, si bien la preservación de un dizque modelo socialista sigue siendo la excusa histórica, ya nadie parece creérselo realmente. Fidel Castro era un tozudo. Su hermano Raúl ha sido un puente. Los herederos de ambos, a su vez, se perfilan o bien como funcionarios e ideólogos grises sin demasiado peso real o bien como mafiosos de cuello blanco, y lo más probable es que ambas corrientes se complementen.

Entre octubre de 2010 y enero de 2015 unas 476 mil personas se sumaron a las filas del cuentapropismo y hoy se cree que rondan las 580 mil. La elaboración y venta de alimentos, donde se incluyen los restaurantes privados, cuenta con más de 60 mil licencias otorgadas. El transporte de carga y de pasajeros alcanza las 57 mil. Los agentes de telecomunicaciones, es decir, los vendedores de tarjetas prepago para celulares y conexión de wifi pública, suman casi 25 mil, y el arrendamiento de viviendas y espacios, la modalidad que probablemente más ha dinamizado la sociedad cubana en los últimos tres años, ronda las 40 mil autorizaciones expedidas.

En junio de 2017, el portal Airbnb publicó que los arrendadores suscritos al servicio habían obtenido en dos años una ganancia de 40 millones de dólares por la renta de casas, habitaciones y apartamentos privados. Lamentablemente ese mismo mes, en un discurso especialmente escrito para la comunidad conservadora de Miami, acostumbrada a que le hablen de política en términos publicitarios, Donald Trump prometió restringir los viajes de los ciudadanos estadounidenses a Cuba, y ya en agosto el gobierno de La Habana cerró la autorización de licencias para varios trabajos por cuenta propia: arrendamientos, restaurantes, gestor de compraventas de viviendas, y más.

En los bajos del Hotel Kempinski, inaugurado en junio por el historiador de La Habana, Eusebio Leal, quien no se ruborizó al declarar que “el hotel Manzana trata de mostrar la Cuba profunda y verdadera, la de la familia”, hay una serie de tiendas exclusivas con artículos de Armani, Lacoste, Montblanc, Versace, relojes Bulgari y cámaras Canon de casi 8 mil dólares. Esta exposición opulenta, desde luego, atrajo a muchos curiosos que durante días se agolparon en las vidrieras de las tiendas, desconcertados con los precios, pensando quién sabe qué.

Que los habaneros no puedan, ni en tres vidas, comprar nada de lo que venden en estos mostradores de nuevo tipo es lo de menos. No se van a morir por eso. Lo grave es que las ganancias que podrían generar los convenios mixtos y las inversiones extranjeras a gran escala parecen destinadas cada día más a expandir la brecha entre los que deben seguir viviendo en socialismo y los que no, y que ninguno de los primeros tiene manera de fiscalizar adónde va ese dinero público, qué se hace con él.

El límite es la frontera de cristal en la tienda del Kempinski. Hay una foto de EFE en que nueve cubanos se agolpan afuera de unos de los locales. Tres niñas, tres mujeres y tres hombres. Estamos a fines de abril de 2017. Hay negros, blancos y mulatos. Ellos toman fotos hacia adentro y alguien desde adentro los toma a ellos. Es un error suponer que esa tienda no es Cuba, que es una anomalía, una rareza o una exclusividad.

Esa tienda, de hecho, ha salido de manera silenciosa a la ciudad y ha comenzado a tragarse todo con la complicidad de los periódicos, de los medios de propaganda y de los políticos de tercera típicos del totalitarismo tardío. He aquí la pregunta que nos conduce al capital. ¿Quién que tenga los ojos abiertos puede decir que el país no es también ese bazar de lujo, y que los cubanos no estamos parados del lado de allá del cristal, sin propiedad en la mano, literalmente fuera de territorio, mirando con asombro un sábado en la mañana cuán caro cuesta todo en el mostrador del socialismo?

Carlos Manuel Álvarez
El Estornudo,
Foto: Cubanos fotografiando tienda del Hotel Kempinski. De EFE, tomada de El Estornudo.


jueves, 19 de abril de 2018

Adiós, hermanos Castro; hola, Partido Comunista



Por primera vez en seis décadas, Cuba está alistándose para tener un dirigente que no sea un Castro. El 11 de marzo se celebrarán las elecciones en Cuba para la Asamblea Nacional del Poder Popular, la que a su vez elegirá al próximo presidente, el 19 de abril. El presidente Raúl Castro, hermano del fallecido Fidel Castro, no se postulará para la reelección. En 2011, introdujo límites para los períodos presidenciales y parece dispuesto a honrarlos. Se espera que la Asamblea Nacional escoja a un sucesor que no pertenezca a la familia Castro.

¿Qué debemos esperar de esta sucesión? Una lectura optimista es que podría constituir el primer paso hacia la democracia. Otra, más realista, es que Cuba se encamina a más de lo mismo: un gobierno no democrático de un solo partido.

Si el Partido Comunista de Cuba -el único con permiso de participar en las elecciones bajo el régimen de un solo partido- fuera astuto, trataría de salirse del juego mientras las ganancias aún son buenas. Si guiara una transición hacia la democracia bajo sus propios términos, el PCC podría cosechar beneficios.

Las leyes e instituciones de reciente configuración (por ejemplo, las leyes electorales) podrían estar hechas a la medida a su favor. El partido también podría aprovechar haberse liberado recientemente de los Castro para permitir nuevas libertades para los cubanos y crear de este modo una buena voluntad traducible en votos.

Después de todo, en muchas democracias, los partidos autoritarios que antes estaban en el poder (o los partidos formados por políticos que solían ser autoritarios) siguen siendo actores prominentes. En la mayoría de los casos, los partidos de origen autoritario regresan al poder elegidos de manera libre y limpia. De México a Mongolia, Polonia a Panamá, España a El Salvador y Taiwán a Túnez, los electores han llevado de regreso a 'los malos' al poder a través de los votos.

Esto sucede porque a menudo, en el caótico entorno posterior a la transición, algunos votantes sienten nostalgia por el pasado autoritario. Además, algunos regímenes autoritarios pueden mostrar logros importantes. En el caso de Cuba, el partido puede señalar su récord en áreas de servicios públicos gratuitos como la atención médica o en materia de nacionalismo y seguridad interna.

Sin embargo, cuanto más esperen los comunistas, esta estrategia de salida se hará menos viable y más probable será que el partido sucumba en un colapso total del régimen.

Los regímenes autoritarios nacidos de revoluciones, como el de Cuba, a menudo sobreviven durante décadas, pero batallan una vez que la generación de revolucionarios desaparece, en especial si no pueden encontrar una fuente alternativa de legitimidad, como el extraordinario crecimiento económico de China de las últimas décadas. Por este motivo, esta opción de 'paracaídas dorado' debería atraer a los gobernantes cubanos.

Desafortunadamente para el pueblo cubano, hay pocas señales de que se esté considerando esta posibilidad. Por el contrario, la mayoría de los signos apunta a una continuación del statu quo: la sucesión de alguien que no sea un Castro, sí, pero no una transición a un régimen más libre. El régimen cubano sigue estando relativamente protegido ante las presiones nacionales para hacerse más democrático, a pesar de que esto podría beneficiar los intereses del propio Partido Comunista de Cuba a largo plazo.

Lo que es muy obvio es que, a pesar de que Castro dejará el cargo de presidente, no se retirará del todo. Seguirá siendo el primer secretario del Partido Comunista y el jefe no oficial del ejército, las dos instituciones más importantes del país. Cuando los exgobernantes autoritarios mantienen el control de partes clave del Estado, eso les permite vetar cualquier posible apertura hacia la democracia.

El hijo y la hija de Castro también seguirán en cargos poderosos. El hijo, Alejandro, maneja el Ministerio del Interior, y la hija, Mariela, es nominada a la Asamblea Nacional y directora del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex). A Alejandro se le conoce por su amor por la eficiencia y a Mariela por su pasión hacia las causas LGBT. Pero ninguno es conocido por su amor a las políticas liberales. Los dos dedican gran parte de su tiempo a reprimir (en el caso de Alejandro) y denigrar (en el caso de Mariela) a los disidentes.

Más allá de la familia, está el hecho de que el legado normativo más importante de Raúl Castro -el control militar de la economía- es difícil de eliminar. El Ejército cubano, a través de su conglomerado Gaesa, es propietario de la gran mayoría de las empresas que operan en el sector comercial, desde hoteles y casas de divisas a puertos. Esto da al Ejército un amplio control de hasta el 60 por ciento del flujo de dinero hacia Cuba. Cualquier reformista económico sabe que romper un monopolio es difícil; aún más si el monopolio también tiene poder sobre las armas y el servicio de inteligencia. El Ejército cubano está comprometido no solo con el gobierno de un partido, sino también, al parecer, con una economía de una sola empresa.

Puesto que la economía de Cuba es tan cerrada, el sector privado es pequeño y débil. Sabemos que las transiciones a la democracia requieren de actores con dinero que les permitan cabildear en el Estado en pos de cambios, incluso financiar a la oposición. Con Fidel Castro, Cuba puso en vigor una de las prohibiciones a la propiedad privada más draconianas a nivel mundial, básicamente excluyendo la posibilidad de que esto ocurriera. Su hermano amplió la cantidad de actividades de autoempleo permitidas, pero solo las profesiones que requieren pocas habilidades se liberalizaron; aún están vigentes muchas restricciones para contratar y financiar y los impuestos son onerosos. El sector privado existe, pero está rigurosamente obstruido.

Por último, la triada de políticas que han mantenido al régimen a flote desde el fin de la Guerra Fría -la migración, la represión y las remesas- perduran. Desde hace tiempo la migración ha funcionado como una válvula de escape, al llevar a los cubanos más resentidos fuera de la isla, algo que se ha vuelto más fácil ahora que el gobierno ya no requiere visas de salida. La represión sigue aplicándose a los disidentes con tanta fuerza como antes de que el expresidente de Estados Unidos Barack Obama restableciera las relaciones diplomáticas con Cuba.

Las remesas, que quizá promedian hasta 3 mil millones de dólares anualmente, son un salvavidas crucial para la economía cubana. Uno pensaría que, al financiar a la sociedad civil, las remesas ayudan a la democracia en Cuba. Sin embargo, como la pobreza es rampante y el financiamiento escaso, la mayoría de las remesas se usan para consumo en los hogares o actividades de cuentapropistas, así que queda poco para el tipo de grupos cívicos indispensables en el surgimiento de una democracia.

Después de la sucesión, el régimen en Cuba seguirá acorralado por la familia Castro, el Ejército y un sistema regulatorio diseñado para restringir el crecimiento de los negocios y las organizaciones políticas, lo que minimizará la presión para la democratización.

Quizá la única presión posible para que haya más democracia tras la sucesión podría provenir de un conflicto entre el partido y el Ejército. Son entidades separadas, cada una con su propia cultura, recursos y base de apoyo. Es concebible que un futuro conflicto entre el partido y el Ejército pudiera producir un terremoto político, que en teoría generaría una transición política.

Castro entiende esto mejor que nadie en Cuba. Es por eso que puede decidir quedarse a cargo de ambos grupos. Mientras así sea, el potencial de una Cuba más libre seguirá siendo limitado.

Javier Corrales* y James Loxton
The New York Times en Español, 27 de febrero de 2018.
Foto: Valla en Holguín. Tomada de The New York Times.

* Javier Corrales es profesor de Ciencia Política del Amherst College y autor del libro de próxima aparición Fixing Democracy: Why Constitutional Change Often Fails to Enhance Democracy in Latin America. James Loxton es profesor de Política Comparativa en la Universidad de Sídney y coeditor de la futura publicación Life after Dictatorship: Authoritarian Successor Parties Worldwide.


lunes, 16 de abril de 2018

Con disimulo, Raúl y la vieja guardia renuncian



Desde 2006 Raúl Castro es presidente de los Consejos de Estado y de Ministros y primer secretario del Partido Comunista de Cuba, en funciones primero y nombrado después. Pero desde 1989, cuando le dio el golpe de Estado soterrado a Fidel Castro justificado con las Causas No. 1 y No. 2, de hecho fue copando con sus militares y acólitos todas las posiciones importantes en el Partido y el Gobierno.

A 12 años de asumir el control formal del país, entregará la presidencia a alguno de sus leales, presumiblemente el vicepresidente Miguel Díaz-Canel, nacido el 20 de abril de 1960.

Ahora se anuncia que José Ramón Machado Ventura, Ramiro Valdés Menéndez y Guillermo García Frías, el trío de octogenarios que junto a Raúl son considerados lo que queda de la "dirección histórica", acaban de ser condecorados como Héroes del Trabajo, lo que parece ser el preámbulo de su retiro de las posiciones más visibles del poder.

En realidad, lo que estaríamos presenciando es el reconocimiento de toda la camarilla castrista de su incapacidad para desarrollar el país y, como los "revolucionarios no renuncian ni se suicidan", ellos van a entregar "democráticamente" el poder a los designados por ellos.

De esta manera, están orquestando disimuladamente su renuncia ante el fracaso, después de haber ordeñado la vaca hasta la última gota de leche, la cual entregarán a sus sucesores, flaca, enferma y moribunda.

No lo hacen como demócratas que terminan sus mandatos y entregan el poder a los nuevos elegidos, sino porque una vez reconocida y demostrada su incapacidad para sacar el país adelante, se convencieron de que era más elegante dar esa salida que renunciar o enfrentarse a una eventual sublevación en el seno del oficialismo o probablemente del mismo pueblo.

Ya detrás del poder, en la segunda fila, podrían creerse en condiciones de culpar a sus sustitutos del desastre ocasionado por casi 60 años de castrismo. Pero todo tendrían que hacerlo con mucho cuidado, pues ahí mismo se podría armar el "sal pa'fuera" que abriría las puertas finales al desmerengamiento del modelo neoestalinista impuesto por los Castro en Cuba, en nombre de un socialismo que nunca existió.

El general y los octogenarios entregarán un país en peores condiciones que cuando lo recibieron del occiso: con una mayor deuda externa. Con decrecimiento económico. Con una mayor inestabilidad en los suministros energéticos (por el desastre ocasionado por Nicolás Maduro en Venezuela), ya con apagones programados de nuevo, como en los tiempos del Período Especial. Con un mayor desprestigio de las instituciones dirigentes, por la incapacidad demostrada por todos para realizar unas mínimas reformas económicas y política necesarias. Y con un natural aumento de la resistencia popular, la oposición y la disidencia, junto a una agudización de las contradicciones en el seno de la alta burocracia mandante.

En realidad, Raúl Castro no cambió nada de lo esencial en el modelo político económico implantado por su hermano. Pero tuvo la oportunidad de hacerlo y de llevar a cabo verdaderas reformas.

Hubiera podido sacar ventajas del restablecimiento de relaciones con la Administración Obama, que mostró disposición a un intercambio abierto con Cuba. Llegó a tener un amplio consenso en el país para hacerlo, creó expectativas, pero el miedo a generar dinámicas "extrañas" al castrismo que pusieran en peligro su poder y lo dejaran como el Gorbachov cubano y traidor al hermano, solo le permitió desmontar algunas "medidas absurdas" del difunto caudillo y dar la imagen de "cambiarlo todo sin cambiar nada".

El relevo que ahora se proponen, pudieron hacerlo en el VI Congreso del PCC, en 2011, pero el apego a las "mieles del poder" se los impidió. Imagínense a Carlos Lage, Felipe Pérez Roque y Carlos Valenciaga saboreando el momento, en la soledad de sus almohadas.

Los que se queden con la "vaca moribunda" en las manos, Díaz-Canel, Marino Murillo y los demás, menos comprometidos con "la gesta del Moncada y la Sierra junto a Fidel" tendrán entonces la oportunidad de promover los cambios que Raúl ha ido aplazando y de comenzar un proceso real de apertura económica y eventualmente política, que empiece a encarrilar el país por otras vías.

Todo pudiera ser una componenda entre los octogenarios, que prefirieron retirarse fieles al castrismo, y los sucesores, "autorizados" a implementar las reformas aprobadas por los últimos congresos del PCC. Pero si no lo fuera y los primeros trataran luego de culpar a los entrantes del desastre ocasionado por el castrismo en estos casi 60 años, los nuevos mandantes tendrían la oportunidad de "virar la tortilla", demostrar que fueron los "viejos" los verdaderos y únicos culpables, y sentirse libres para entonces emprender modificaciones.

En el horizonte cercano se dibuja ya lo que puede llegar a ser una "situación revolucionaria": los de arriba no pueden seguir manteniendo el control. Los de abajo no soportan más. Crece la actividad política de amplios sectores sociales. Los cambios necesarios parecen inevitables.

Si por alguna razón no los hicieran los nuevos jerarcas y siguieran aferrados al ancien régime, entonces la solución -inevitable- podría adquirir otras connotaciones.

Pedro Campos
Diario de Cuba, 27 de febrero de 2018.
Foto: Raúl Castro, José Ramón Machado Ventura y Ramiro Valdés. Tomada de Cubanet.
Leer también: Tres pandilleros de altura y Se va Raúl con sus viejos compinches.

jueves, 12 de abril de 2018

Raúl Castro prometió mucho, pero cumplió poco



El Gobierno de Raúl Castro, a punto de concluir, se ha caracterizado por la distancia entre la denuncia y el análisis de los problemas y las soluciones a poner en práctica. Esa limitante intrínseca a los dos mandatos raulistas abre una interrogante sobre si su sucesor logrará avanzar en algún sentido en las soluciones, uno de los tantos problemas que quedarán pendientes cuando este abandone la presidencia.

A lo largo del tiempo de su mandato, se han destacado dos bloques, que por una parte definen la distancia entre las aspiraciones y realidades del gobierno raulista y, por la otra, las diferencias entre la situación en que vivían los cubanos antes de la llegada del menor de los Castro al poder y el momento actual.

En el primer caso, hay un marcado contraste entre un diagnóstico claro y las soluciones tardías o a medias llevadas a cabo por el actual Gobierno cubano. En este sentido, un notable paso de avance es el hecho de que la prensa oficial se ha transformado en buena medida y ha pasado de la simple complacencia y el ocultar la realidad, a la publicación de reportajes y artículos que presentan los problemas actuales del país. Si bien aún puede reprocharse a esta prensa la no presentación de la totalidad de los problemas existentes en la Isla -algo que, por otra parte, puede decirse también de la existente en otras partes del mundo-, no por ello se debe negar que ésta ha comenzado a desarrollar su verdadera función de divulgación y crítica de los problemas nacionales.

En otras palabras, en la actualidad la prensa cubana -en especial el periódico Juventud Rebelde y con menor énfasis también Granma- permite conocer mejor la realidad del país que lo que se le reconoce en Miami, donde se publican sin el menor recato los cables de los corresponsales extranjeros que en muchos casos son un simple refrito de lo aparecido en las páginas de estos diarios, mientras se sigue repitiendo que el periodismo que se hace en la Isla se limita a una sarta de omisiones, tergiversaciones y mentiras.

Este cerrar los ojos ante la realidad cubana es parte de la atmósfera dominante en el sur de la Florida, donde el mirar hacia otro lado impide en muchas ocasiones conocer, al menos de forma superficial, lo que ocurre en Cuba, al tiempo que limita el aprovechamiento de los recursos disponibles para el análisis.

Sin embargo, este reconocimiento al planteamiento real de los problemas, por parte de algunos órganos de la prensa oficial cubana, debe ir también acompañado del señalamiento de que, por lo general, éstos omiten o no enfatizan el corto alcance de las soluciones adoptadas hasta el momento. Es decir, que no basta el planteamiento del problema cuando no se dice también lo poco que se hace para resolverlo.

El segundo aspecto tiene una importancia fundamental, en lo que se refiere a la percepción que tienen los habitantes de la Isla: pese a una serie de pequeñas reformas, la situación real no ha mejorado sustancialmente.

Si bien la llegada de Raúl Castro a la presidencia del país significó el fin una serie de restricciones -consideradas excesivas por el nuevo mandatario- su abolición ha significado apenas la posibilidad de adquisición de una serie de artículos y productos que la mayoría de los cubanos no cuenta con el nivel adquisitivo necesario para comprar, y en muchos casos, para obtenerlos tienen que recurrir a parientes en el extranjero o vincularse a actividades delictivas en mayor o menor medida.

Dos fueron los aspectos básicos que marcaron la diferencia entre la más breve presidencia de Raúl Castro y los largos años de su hermano mayor como gobernante.

Uno tiene implicaciones ideológicas: refleja una concepción opuesta sobre el individuo y sus valores y encierra incluso una cuestión filosófica. Donde Fidel Castro vio supuestas limitaciones individuales, una ausencia de cualidades revolucionarias y un afán natural hacia la avaricia y el enriquecimiento que el Estado debía reprimir, Raúl Castro tuvo en cuenta una condición humana, un mecanismo y una forma de motivación que la sociedad debía aprovechar para su desarrollo: una paga sin restricciones, la posibilidad de tener más de un empleo y la existencia de estímulos económicos que permitirán la utilización del dinero como motor impulsor de una mayor productividad.

Más acorde con un socialismo de transición (ya a estas alturas, esta transición parece perenne) que al pensamiento semi feudal de su hermano mayor, por un momento Raúl pareció apostar por un socialismo como dinero, aunque sin llegar al modelo chino que muchos le quisieron achacar. Sin embargo, sea por limitaciones propias, circunstancias del momento o presiones de los círculos más conservadores dentro del régimen, nunca fue capaz de que su visión lograra avanzar hacia una verdadera transformación, y siempre ha estado más cercana a un precomunismo ruso que a un postcomunismo chino.

El Gobierno de Raúl no ha sido capaz de abrazar la célebre frase de Bujarin a los campesinos rusos -¡Enriqueceos!- y mucho menos adoptar la actitud de Deng Xiaoping. Para el régimen castrista, sigue importando más el color del gato que su capacidad para cazar ratones.

De esta manera, el plan raulista fracasó en su énfasis original de la transformación agrícola como una forma de superar en buena medida las limitaciones económicas por las que atraviesa la Isla y derivó hacia la venta de la ilusión de una inversión extranjera como solución de los problemas, que está lejos de materializarse.

Por ello Cuba no ha logrado superar la paradoja de que, en buena media, su déficit comercial obedece principalmente a un aumento de las importaciones en alimentos: al tiempo de que es un país fundamentalmente agrícola y con tierras fértiles tiene que importar la mayoría de los alimentos.

Si bien en un primer momento el gobierno de Raúl Castro trató de estimular la agricultura a través de formas diversas, desde lograr que el Estado liquidara sus deudas a los campesinos hasta un aumento de los precios que pagaba por los productos agrícolas, y la entrega de tierras improductivas en usufructo a quienes querían cultivarlas, lo limitado de las reformas trazadas y el aferrarse al monopolio y control estatal excesivo condujeron a un fracaso del objetivo.

En un gobierno extremadamente celoso con la imagen como es el cubano, la presencia constante de Miguel Díaz-Canel al lado de Raúl Castro en todos los actos -con independencia incluso de su importancia- en los últimos meses indica una clara pausa sobre la sucesión de la presidencia. Con Díaz-Canel se abre además la posibilidad de abrir un camino de gestión tecnócrata que si no logra el éxito esperado en un período determinado -sea por ineficiencia o por rencillas internas acrecentadas- es fácil de modificar: no se sustituye a un Castro, a un Díaz-Canel se quita fácil del medio. Es posible que, entonces, Raúl Castro no esté designando a un sucesor, sino simplemente a un paraguas.

Cubaencuentro, 22 de febrero de 2018.
Foto: Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel, entre otros, durante la visita a una empresa militar industrial de La Habana. Tomada de Cubaencuentro.

lunes, 9 de abril de 2018

La soledad de Raúl Castro



El pasado 24 de febrero, Raúl Castro cumplió diez años al frente del Estado cubano (antes fue líder interino desde que Fidel Castro se retiró por motivos de salud en el verano de 2006.)

Si todo sale como está previsto, Raúl dejará la presidencia de Cuba el 19 abril de 2018, a sus 86 años de edad. Y dejará inconcluso su intento de instalar un “socialismo próspero y sostenible”. Y la era post-Castro está a la vuelta de la esquina. En este comentario hago una breve valoración de largo plazo, para ubicar a la era raulista dentro de la larga epopeya que se inició con el triunfo de Stalin en la URSS.

El revolucionario León Trotsky, en sus últimos años de vida, definió a la Unión Soviética bajo Stalin como un “totalitarismo”. Trotsky, a su vez, había tomado este concepto de otro exiliado bolchevique, Victor Serge, quien resumió bien el origen de la degeneración estalinista. Por un lado, decía Serge, era cierto que la férrea dictadura del partido bolchevique durante la guerra civil “contenía las semillas del estalinismo”, pero también, insistía, el bolchevismo y la revolución “contenían otras semillas, sobre todo las de una nueva democracia”. El régimen de Stalin fue la victoria de unas semillas sobre las otras; la suya, fue una contrarrevolución que triunfó sobre personajes como Trotsky y Serge.

El totalitarismo de Stalin se impuso a través de un canibalismo político que requirió del derramamiento de litros y litros de sangre. En contraste, los nuevos Estados que se sumaron al bloque socialista después de la Segunda Guerra Mundial nacieron totalitarios; en ellos no hubo necesidad de un baño de sangre entre comunistas en pro de normalizar el estado de excepción (en tiempos de paz) y comunistas partidarios de retomar la ruta de consolidación de una nueva democracia. Los nuevos Estados socialistas, alineados a Moscú de un modo u otro, simplemente replicaron en sus países el molde estalinista. Cuba, por supuesto, fue uno de estos estados.

A diferencia de las otras revoluciones comunistas, en Cuba el Partido Comunista no fue el productor de la revolución, sino un producto de esta. El PCC tuvo su primer Congreso en 1975, a pesar de haber sido fundado en 1965 (seis años después de la revolución). Hasta ese momento (y en parte, también después) el bastión del poder político recaía en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), cuyo origen era el Ejército Rebelde, la guerrilla de Fidel Castro que derrocó a Fulgencio Batista. De ahí que el título que Fidel Castro ostentara en primer lugar fuera su rol de Comandante en Jefe, no el título de Secretario General del Partido, como Stalin, por ejemplo. En Cuba, el ejército no fue el brazo armado del partido; más bien, el partido ha sido el brazo político de las fuerzas armadas.

Como otras revoluciones comunistas autóctonas -por ejemplo, Yugoslavia, Vietnam o China-, Cuba no era un simple títere de Moscú. El comunismo cubano, sin embargo, surge en la misma década en que se profundiza la ruptura entre China y la Unión Soviética. La dirección cubana, frente a esta disyuntiva, decide sumar su joven revolución al campo soviético. Cuba no perdería su autonomía, del mismo modo que Israel nunca la ha perdido frente a Washington. Cuba incluso llegaría a imponer políticas a Moscú, como su involucramiento en la guerra de Angola, donde las FAR enviarían tropas contra del ejército del apartheid sudafricano.

Al grano: el colapso de la Unión Soviética no implicaba el colapso de Cuba socialista. Al igual que Corea del Norte, China y Vietnam, Cuba sobrevivió. Claro que hay modos de sobrevivir. No es lo mismo mantener un régimen de raíz soviética desde la prosperidad, como en China o Vietnam, que mantenerlo desde la escasez, como en Cuba o Corea del Norte.

En medio de la dura crisis económica de los años 90, Raúl Castro aprendió a amar a los chinos. Su añeja militancia estalinista sería aderezada en esos años por una admiración de la vía china. A principios de 1998, Raúl pasó varias semanas en China estudiando las reformas iniciadas por Deng Xiaoping. El revisionismo raulista, hay que admitir, era más producto de la necesidad que de la ideología. “Son más importantes los frijoles que los cañones”, ha dicho.

Los 90 fueron años duros en Cuba. Pero Fidel Castro seguía teniendo la última palabra. A diferencia de su hermano, Fidel adoptó la relajación de la Economía Centralmente Planificada (ECP) con enojo. Los microempresarios que surgieron en Cuba después del colapso soviético -los llamados cuentapropistas- serían considerados un mal necesario, una peste que había que soportar (y eliminar cuando vinieran tiempos mejores). Esto cambiaría con la presidencia de Raúl Castro y sus reformas: ahora las “formas no estatales de la economía” son consideradas legítimas, socias de la “empresa estatal socialista”, que sigue siendo la “forma principal de la economía nacional”. Cuba está interpretando, a su modo, el socialismo de mercado.

Con Raúl, Cuba se ha asemejado a China en su relajamiento de la ECP. Pero se distancia de la vía china en la intensidad de dicho relajamiento. Mientras los dirigentes chinos han admitido un resurgimiento de la burguesía -en términos marxistas, de la propiedad privada sobre los medios de producción-, en Cuba ése sigue siendo el límite de las reformas. Una cosa es que haya capital extranjero en la Isla (también lo hubo en la URSS de Lenin); otra, muy distinta, que se legalice el desarrollo de una burguesía nacional. Raúl Castro hizo la revolución en contra de esa clase social y él no la quiere volver a parir.

El problema es otro: en la ausencia de democracia en Cuba, ¿qué garantiza que un Gobierno posCastro rechace la restauración capitalista? Nada. Y cuando el capitalismo se ha restaurado en los países del ex bloque socialista, lo ha hecho como lo hizo el capitalismo en sus orígenes: mediante el despojo, al modo de la “acumulación originaria” ilustrada por Marx. En el ex bloque socialista, la nueva burguesía ha surgido de las filas de la alta burocracia estalinista, que se adueñó de bienes estatales.

Trotsky anticipaba, en La revolución traicionada, que la URSS de Stalin era inestable: o bien la burocracia restauraba el capitalismo o los trabajadores restauraban la democracia socialista. Lo que no anticipaba es que esta disyuntiva podía quedar en suspenso varias décadas. El totalitarismo es efímero -a menos que, como en Corea del Norte, se institucionalice a un semidios-, y tiende a relajarse para obtener un grado de anuencia de la población: este es el punto de partida de un régimen postotalitario. El conjunto de instituciones gobernantes (o sistema político) es el mismo, pero se articulan de otro modo: es otro régimen.

El postotalitarismo cubano se distingue por haber emprendido su maduración bajo la conducción de un fundador del Estado estalinista, Raúl Castro. (En un capítulo de este libro colectivo, he explicado ese proceso de maduración).

Raúl pronto dejará la presidencia de la república de Cuba, pero se mantendrá como Secretario General del PCC, al menos hasta su siguiente Congreso en 2021. Desde ese puesto, el último estalinista buscará lo imposible: eternizar, mediante reforma constitucional, su régimen. Si Stalin fue un dictador crudo -talentoso en la intriga, miope en el largo plazo-, Raúl es su discípulo ilustrado. Pero con un defecto: el de creerse el Leonardo da Vinci del estadismo soviético, el que logrará la forma perfecta del arte inaugurado por Stalin. Pero el mérito de Leonardo fue hacer más bello a un arte bello. No se puede hacer lo mismo con lo horripilante. Eso es magia.

Ramón I. Centeno
El Barrio Antiguo, 21 de febrero de 2018.
Foto de Raúl Castro realizada en 2013 por Enrique de la Osa para Reuters. Tomada de Toronto Star.
Leer también: Raúl Castro, la culpa asumida y la justicia inmóvil.

jueves, 5 de abril de 2018

¿Se necesitará sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor para salir del desastre verde olivo?



La honestidad política vale su peso en oro. Por eso la historia valora en su justo contexto aquellas palabras de Winston Churchill, probablemente el más influyente estadista británico y europeo, cuando el 13 de mayo de 1940, en su primer discurso como Primer Ministro ante la Cámara de los Comunes, hizo suya una frase que se atribuye al entonces subsecretario de marina Theodore Roosevelt: “No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”.

El Reino Unido estaba siendo amenazado por la avasalladora maquinaria de guerra nazi. Polonia, Bélgica, Holanda y Francia apenas ofrecían combate a los carros blindados y cazas alemanes. Churchill no se anduvo con evasivas. Sacrificio y valentía era la única receta para obtener la victoria, finalmente lograda con el concurso de los Aliados cinco años después, el 9 de mayo de 1945.

Hablar francamente, parece lo más fácil, pero muchos políticos optan por los subterfugios. Sucede en Cuba. La revolución de Fidel Castro llegó al poder con un alto porcentaje de apoyo popular. Justicia social, democracia y mayor desarrollo económico eran sus promesas. Pero el guerrillero barbudo mintió. En seis décadas, el régimen que fundó no ha sido capaz de construir un país moderno y productivo.

A dos meses de que Raúl Castro elija a dedo un sustituto, llevando al castrismo a una nueva dimensión, el presidente de turno que será votado por el monocorde parlamento nacional, sobre la mesa no tiene un proyecto creíble de nación.

A la gente de la calle no le interesa ni motiva el relevo presidencial. No se comenta en las esquinas. No se privilegia a un candidato por encima de otro. No existe confianza en el próximo gobierno.

¿Puede ofrecer la nueva burocracia política opciones que ilusionen a los cubanos? José Manuel, ex profesor de preuniversitario y quien ahora se gana la vida a confeccionando sillones de mimbre, “no cree que el nuevo gobierno traiga nada bueno. Eso no es sorpresa. La prensa lo reitera todos los días. Lo que viene es una sucesión, pero sin estar al frente un dirigente con apellido Castro. Es decir, seguir con la 'actualización del modelo económico' hasta 2030, con el eslogan de un país próspero y sostenible y el discurso sin prisas, pero sin pausas”.

Los fines de semana, la zona del puerto colindante con barrios antiguos de La Habana, recibe gran cantidad de personas. Sheila, madre de dos hijos y peluquera particular, suele visitar La Maestranza, para que sus hijos “monten los aparatos del parque de diversiones y se distraigan un rato”. El sol pica. La brisa que llega de la bahía refresca un poco el calor del mes de febrero. Sentada en un banco de cemento, mientras a distancia vigila a los niños, Sheila asegura sentirse pesimista con el futuro de Cuba.

“Lo ideal es emigrar y probar suerte en otro lado. Puede irte bien o mal, pero no creo que se estará peor que en Cuba. Yo no tengo esa opción, no tengo familia en la yuma. Debo janeármela aquí. A mí me da igual al presidente que escojan. ¿Qué van a resolver? ¿Repararán las viviendas en Jesús María, Belén o Colón? ¿Subirán los salarios? ¿Bajarán los precios de los alimentos?", se pregunta. Ella lo niega con la cabeza: "No. Seguiremos con las penurias de siempre”.

La mayor parte de los cubanos no tiene un candidato favorito. Vladimir, junto a unos amigos, en un bar en divisas contiguo al Paseo del Prado, miraba en la tele el partido de la Champions entre los merengues de Cristiano Ronaldo y el PSG de Neymar. En plena efervescencia futbolera, ni pensar en preguntarle acerca del futuro presidente.

Tras la victoria del Real Madrid y luego de tomarse un par de latas de cerveza Cristal, Vladimir opina: "Lo que viene es un fraude. Todo está amarrado, brother. Ellos (los gobernantes) son como los Corleone, una mafia. No van a soltar el power así como así. Habrá que quitárselo y no creo que en la población haya cojones pa'tirarse pa'la calle y cambiar las cosas".

Rita, maestra jubilada, considera que debieran elegir una mujer. “Los hombres no han sabido resolver los problemas ”. ¿Cuál mujer?, indaga Martí Noticias. "No sé, por la televisión salen muchas candidatas. A mí no me gusta Mercedes (López Acea), la primera secretaria del partido en la capital, es muy poco femenina. Y Mariela, la hija de Raúl, sería seguir en las mismas. Se podría probar con Inés María (Chapman) la que dirige recursos hidraúlicos. Mi hijo, que trabaja en Aguas de La Habana, dice que ha realizado un buen trabajo. A mí me simpatiza ésa que es diplomática (se refiere a Josefina Vidal), que si fue capaz de sentarse y cuadrar la caja con los americanos, podría dirigir bien el país. No creo que Díaz-Canel dé la talla, hay algo en él que no me gusta, lo veo estirado, un poco postalita".

Un bicitaxista, oriundo de Santiago de Cuba, piensa que Lázaro Expósito, primer secretario del partido en Santiago desde 2009, podría ser un excelente presidente. "Es un hombre que habla de frente, no es corrupto y la gente de a pie lo sigue. Puede que ya en el cargo se encuentre amarrado de pies y manos por los militares y no pueda hace mucho, pero el tipo tiene agallas”.

A estas alturas del juego, la mayoría de los cubanos no se interesa por el candidato que los gobernará en los próximos cinco años. Incluso, ciudadanos despistados, se preguntan si 'el pueblo elegirá al presidente'. La desinformación, combinada con la apatía, es brutal.

Pero cualquiera que sea elegido, la coyuntura nacional e internacional le obliga a comportarse como un estadista. Venezuela, el aliado incondicional, es un auto sin freno. Obtener créditos económicos de Rusia a cambio de utilizar la isla como una marioneta o permitir concesiones en el terreno militar sería un juego peligroso. Endeudarse con China igual. Y en la Casa Blanca, Donald Trump, empeñado en su proyecto de hacer América grande otra vez, no tiene en su agenda negociar un nuevo trato con Cuba, a no ser que el nuevo gobierno cubano dé un giro político de 180 grados.

¿Qué opciones tiene a manos el próximo régimen? Se vislumbran tres escenarios posibles.

Primero, seguir jugando al gatopardismo (cambiar algo para que no cambie nada), es decir, cambiar las apariencias, pero en el fondo no cambiar nada, dejarlo todo igual o casi igual a como estaba.

Segundo, apostar por la economía de mercado, al estilo de China y Vietnam, sin temor a que un segmento de la población se enriquezca; abolir las trabas que impiden a los emigrados invertir en su patria y negociar con el exilio un nuevo proyecto de nación.

Tercero, continuar con el mismo delirio, como el de institucionalizar los descabellados experimentos de Fidel Castro. Mantener el discurso de corta y clava y el veneno vitriólico al 'imperialismo yanqui' y el capitalismo occidental.

Cualquiera que sea el camino prediseñado por el neo castrismo, la primera prueba de fuego sería hablarle con honestidad a los cubanos. Como hizo Churchill a los británicos en la primavera de 1940.

De lo contrario, para salir del desastre verde olivo se necesitará sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor.

Iván García
Foto de casa inhabitable en La Habana, realizada por Ana León y tomada de Cubanet.