lunes, 23 de mayo de 2016

La vida en Centro Habana



En la Semana Santa de 2016, los miles de turistas que por esos días estuvieron en La Habana, coincidieron con la visita de Barack Obama (domingo 20 al martes 22 de marzo) y el concierto de los Rolling Stones, el viernes 25 de marzo.

Al margen de esos dos acontecimientos, la vida siguió como de costumbre para muchos vecinos de Centro Habana.


















Fotorreportaje de Juan Suárez
Havana Times, 25 de marzo de 2016.
Ver también el fotorreportaje La Cuba que Obama no vio.

viernes, 20 de mayo de 2016

El extravagante mercado inmobiliario cubano



En la Avenida Acosta, entre Heredia y Calzada de Diez de Octubre, Víbora, barrio al sur de La Habana, en doscientos metros se concentran cinco cafeterías, tres pizzerías, tres paladares, dos heladerías y una dulcería.

Todo ese complejo gastronómico es privado. Una de las pizzerías es una cooperativa gastronómica: un ruinoso bar lo arrendaron al Estado y lo transformaron en un establecimiento de calibre.

Dos viejas casas fueron vendidas a emprendedores privados, y después de remodeladas, las convirtieron en restaurantes. Según una de las ex propietarias, por 45 mil dólares traspasó su vivienda.

“Con una parte del dinero mi hija se fue para Ecuador. Con el resto me compré un apartamento de dos cuartos en Vieja Linda, en el reparto Los Pinos -perteneciente al municipio habanero de Arroyo Naranjo- y todavía me quedó una tierrita (dinero) pa’ ir tirando”, cuenta.

Carlos, dueño de la pizzería ubicada en Acosta y Heredia, compró una casa contigua a su negocio y armó una taberna de corte victoriano que abrirá próximamente.

La buena noticia para el conglomerado de negocios gastronómicos es que todos tienen ganancias que fluctúan entre los 25 a 120 dólares diarios. Incluso más los fines de semana.

La mala, es que el precio de venta de una casa, no importa el estado constructivo, se ha disparado notablemente.

“Antes del boom de los negocios particulares, una residencia por esta zona de la Víbora costaba entre 8 y 20 mil dólares. Ahora su precio se ha duplicado, y las casas anteriores a 1959 que se conservan en buen estado, pueden costar hasta 100 mil dólares”, detalla Calixto, quien se dedica a la compra y venta de casas.

Pudiera pensarse que el alto costo inmobiliario es distintivo de esas dos cuadras, donde sin mediar ningún estudio de mercado, los negocios privados marchan viento en popa.

Pero no. A tres kilómetros del ‘dorado gastronómico’, Jorge, 56 años, remoza su apartamento, ubicado en el pasillo interior de una vivienda que estuvo ocupada por familias de bajos ingresos.

El plan de Jorge es sencillo: “Vender el apartamento de dos cuartos en 13 mil dólares y poder marcharme del país. Ya mis dos hijas y mi esposa se fueron. Solo falto yo”.

Cuando en el otoño de 2011 la autocracia verde olivo de Raúl Castro autorizó la compra y venta de casas, el mercado inmobiliario se ha movido de manera irregular, pero siempre al alza.

Un funcionario que prefiere el anonimato aclara que “antes de esa fecha, las compras o ventas de viviendas eran ilegales. Se camuflaban con permutas y traspasos por herencias. Así, por debajo de la mesa se vendían miles de casas. Entonces el precio de un apartamento de tres habitaciones, planta capitalista moderna, no superaba los 20 mil dólares, a no ser que estuviera situado en el Vedado o Miramar. Era raro que una mansión llegará a costar 100 mil dólares”.

Y añade que “en 2012 las ventas fueron pocas, menos de 12 mil en todo el país. Luego crecieron, al igual que los precios. Hay tres tipos de compradores: extranjeros casados con nacionales, cubanos que residen en el exterior y cuentapropistas boyantes que se han comprado casas para convertir en nuevos negocios o residir en ellas”.

Según el burócrata local, los precios exorbitantes dependen de la zona y el estado constructivo. “Una casa en el reparto Cubanacán puede costar más de un millón de dólares. Y una casa en Mantilla no más de 20 mil. Yo creo que los precios en Cuba están acordes a los de otros países. Un piso en Europa o Estados Unidos vale 200 mil dólares y una casa sin grandes pretensiones no baja de 300 mil euros”.

Noris, arquitecta, cree que el mercado inmobiliario cubano anda desquiciado. “En ningún lugar del mundo se venden casas con 60 o más años de explotación y pagando al contado. Los bancos te otorgan créditos. Y cuando usted compra una casa, puede venir hasta con los muebles. En Cuba después de adquirir una vivienda debes gastar varios miles para repararla y adaptarla a tu gusto”.

A pesar de los días lluviosos y el aire frío procedente del malecón, el mercado informal de compra y venta de casas ubicado en el Paseo del Prado, Habana Vieja, siempre está concurrido. Aquí los corredores no tienen oficinas ni visten trajes de quinientos dólares.

Sentados en bancos de mármol, escoltados por leones de bronce, intercambian información con presuntos clientes sobre las viviendas en venta. Anisia y su esposo escuchan atentamente a un señor canoso con voz de barítono que les ofrece una variedad de casas y precios.

“Nosotros queremos comprar un apartamento en el Vedado o Miramar, pero los precios no bajan de 70 mil dólares. Tendremos que seguir reuniendo”, apunta el matrimonio.

En internet se localizan decenas de sitios dedicados a la venta de casas. Quizás el más reputado sea Cuba Home Direct, creada por Milly Díaz, una cubana que aprendió el oficio de agente inmobiliario en Gran Bretaña.

Las casas edificadas antes del 59 cuestan el doble de una vivienda construida por la revolución de Fidel Castro. Dagoberto, corredor de permutas, asegura que “el noventa por ciento de las viviendas construidas después de 1959 son de pésima calidad. No solo por sus defectos constructivos, también porque son barrios donde no existe una infraestructura pública idónea”.

La construcción de viviendas en Cuba es una asignatura pendiente del régimen. Hay un déficit de un millón doscientos mil casas en la Isla.

En 2015 se construyeron 17 mil viviendas por esfuerzos propios. La mayoría de estas construcciones son financiadas por parientes en el extranjero, personas que trabajaron un tiempo fuera de Cuba o dueños deemprendimientos privados exitosos.

Adelfa, lleva siete años intentando terminar su casa. Vive junto a su esposo y tres hijos en una casa con piso de cemento, paredes sin repellar y ventanas de hierro donde los cartones sustituyen a los cristales.

“Ya he gastado 8 mil pesos convertibles (alrededor de 9,500 dólares) y todavía me falta la mitad. Estamos parados por falta de dinero”, expresa.

En las tiendas por moneda dura los materiales de construcción están gravados en un 300%. A pesar de los altos precios de venta, se potencia en La Habana un nicho de mercado que se dedica a comprar casas para instalar negocios, como sucede en el barrio de la Víbora.

Aunque Jorge considera que es más lucrativo vender la casa y marcharse del país. “Mientras más lejos, mejor”.

Iván García

Foto: La Fuente bar, restaurant y pizzería, un negocio familiar situado en la Avenida de Acosta entre 5ta. y 6ta., La Víbora, municipio 10 de Octubre, La Habana.

miércoles, 18 de mayo de 2016

¿Somos felices aquí? (II y final)



En Cuba, muchas personas llevan más de la mitad de su vida en un albergue. O su vida completa, hay gente que ha nacido en un albergue; muchachas que han celebrado sus quince años en un albergue.

En Primera entre 0 y 2, Miramar, siguen las ruinas del edificio Riomar, construido en 1950. En 2013, la colega Irina Pino entrevistó a Elsa Torres Camacho, que aún vive allí. Ríomar contaba con 11 pisos de apartamentos, vestíbulo, carpeta, sala de estar, recibidores, tres salones de fiesta, dos piscinas, seis ascensores y una plaza de parqueo.

A principios de los 60, muchos propietarios de apartamentos en el edificio Riomar abandonaron el país. Los apartamentos fueron ocupados por técnicos cubanos de otras provincias, extranjeros del campo socialista y cubanos repatriados.

En más de veinte años, las familias cubanas que permanecen en las ruinas de Ríomar han escrito cartas a todos los niveles para que los saquen de ahí. “Sólo en una ocasión nos escucharon y repararon una columna del sótano”. El inmueble gradualmente se fue deteriorando “como todo edificio al que no se le da mantenimiento por décadas, y peor aún si es un edificio junto al mar”.

Sin embargo, es imposible ignorar que junto a estas ruinas está el edificio de la corporación estatal CIMEX, que sí parece recibir mantenimiento regularmente. ¿Habiendo tantos albergados en Cuba, qué esperanza queda para los habitantes de Ríomar? ¿Saldrán del edificio hacia nuevas viviendas o serán albergados? ¿Quedará espacio en los albergues?

En 2011, entrevisté a la colega Irina, por el derrumbe de la casa de sus padres. Cuando fue a averiguar por las capacidades en los albergues, le dijeron que no había.





Yoel González Leyva, amigo de nuestro fotógrafo, sufrió un accidente a los 23 años. Perdió un brazo, una pierna y varios de los dedos de las extremidades que conservó. En vez de tenerse lástima, se enorgullece de haber resistido dos infartos y un paro cardiaco a esa edad, contra todo pronóstico.

Yoel vivía en un edificio que se quemó después del accidente. Gracias a las gestiones de su padre, Vivienda les dio la casita donde viven ahora. El principal problema, sin mencionar el estado lamentable, es que los cuartos están arriba. Yoel no puede subir las escaleras, duerme abajo en una colchoneta.

Tiene 41 años y espera tener la casa a su nombre para empezar a repararla. Pero un vistazo basta para percibir que la reparación requiere un dineral: materiales, mano de obra… Recibe una chequera de 158 pesos cubanos mensualmente (menos de 8 dólares).

Está seguro de que contará con un subsidio del Estado. Como 'hobby' de vez en cuando recoge laticas y cosas que puede vender como materia prima. No puede sacar licencia para dedicarse a eso, porque “me quitan la chequera, dicen que no puedo tener dos entradas de dinero”.

No tiene televisor ni refrigerador; su padre debe cocinar diariamente. “En la casa donde veo el televisor, me guardan la jamonada, el picadillo y lo que viene a la carnicería”.

Asiste a la iglesia, donde también recibe alguna ayuda. “Pero somos muchos”. Allí ayuda como puede: da clases a los sordos. Se le han roto varias sillas de ruedas y prótesis. Se mueve a pie casi todo el tiempo.

El problema de la vivienda, si no es el más grave del país, compite por el puesto. Aquellas microbrigadas en las que alguien podía permanecer desde dos años hasta quince (conocí a alguien que estuvo ese tiempo), antes de recibir un apartamento o renunciar, no resolvieron la situación.

No importa cuántos cubanos emigren, el problema de la vivienda sigue. Pero ¿acaso podemos quejarnos? En lo absoluto. Aunque tengamos problemas de vivienda, contamos con muchísimos museos a los que podemos entrar por precios que oscilan entre nada y cinco pesos cubanos. Esto es apenas una prueba del acceso a la cultura que nos garantiza nuestro gobierno.

Hablando de museos: muy pronto tendremos otro, ubicado en 5ta. y 14 en Miramar, en una casa enorme con espacio para albergar al menos tres familias. Antes, allí radicó el Museo del Ministerio del Interior. Ahora, la casa se encuentra en reparación para reabrir como Museo de la Denuncia. No hay peligro de que nos quedemos sin museos. ¿Cómo no vamos a ser felices aquí?

Texto de Yusimí Rodríguez y fotos de Juan Suárez.
Havana Times, 15 de marzo de 2016.

lunes, 16 de mayo de 2016

¿Somos felices aquí? (I)



Una de las esquinas más transitadas de La Habana es la de Tejas, donde se cruzan las avenidas Infanta, Diez de Octubre, Monte y Calzada del Cerro. Resulta difícil pasar por alto, a la izquierda, en dirección a Diez de Octubre, un edificio de la primera mitad del pasado siglo, cuyo deterioro es evidente. Si el exterior da pena, el interior espanta.

Un miembro de la familia del primer piso me dice que el edificio es de 1936. Esta numerosa familia ha vivido aquí por más de treinta años y ha visto su casa deteriorarse lenta e implacablemente. Las paredes llenas de moho y grietas profundas, el techo que suelta pedazos, una parte de la casa apuntalado. Cuando llueve, la casa es un colador.

Han ido a la Oficina de la Vivienda, pero no hay solución para su problema. No culpan al Estado, sino al vecino de los altos. “No arregla la casa, su techo filtra y el agua ha ido echando perder el de nosotros; además, cuando dan martillazos allá arriba, se caen los pedazos de techo aquí”.

Uno de los hombres de la casa afirma que ha hablado con el vecino, “pero él prefiere que esto se derrumbe para que les den algo”. Sin embargo, mi interlocutor afirma con orgullo que esta construcción es fuerte, no será fácil demolerla. “Tiene arreglo y se puede reparar el balcón, pero es muy grande, hace falta una cantidad de dinero”, que no tienen cubanos de a pie como ellos.

“Además, sería una lástima demolerla, es grande, tiene seis cuartos”, aclara. Pero el motivo principal para no demoler este edificio es que Eusebio Leal lo declaró patrimonio. El fotógrafo y yo no podemos evitar preguntarnos: ¿si es patrimonio, por qué no lo repara el Estado?

No llegamos a hablar con la familia de los altos, no hay nadie en el apartamento. Hasta la azotea es imposible subir; la escalera mete miedo, pero cuando bajamos y volvemos a encontrarnos con la familia del primer piso, nos dicen que los de arriba “suben por esas escaleras corriendo”.

Juan, mi colega fotógrafo, hace un comentario demoledor: “El problema es que la gente se acostumbra a vivir así”.

Soy un ejemplo de cómo nos acostumbramos y hasta llegamos a sentirnos felices con nuestra situación, en cuanto encontramos a alguien que vive peor (y siempre aparece). La mía es tan común en Cuba que se torna insignificante: el hacinamiento. Cuatro personas, de tres generaciones diferentes, en un apartamento de dos cuartos.

Santa y su hija Kirenia viven en un cubículo de dos metros cuadrados en un albergue. Ahí debían ubicarse las camas para ellas y la niña de Kirenia (ahora tiene otra hembrita y un bebé). Originalmente carecía de cocina, pero tenía el baño adentro. El hermano de Kirenia hizo la meseta de la cocina y una barbacoa con unos pedazos de pino. Son tablas muy finas; no deben caminar encima de ellas.

Ahí está la única cama que tenían, pero se mojó por las filtraciones y el colchón se echó a perder. Ya Santa no puede dormir arriba porque la humedad le ha hecho daño, hay una grieta en la pared por la que entra el agua cuando llueve. Ahora duerme abajo, sobre una colcha, en el suelo. Pero esta es la parte afortunada en las vidas de Santa y Kirenia. Tiempo atrás, la suegra de Santa mandó a demoler el cuarto de madera que ella había construido en su patio. La demolición se realizó con Kirenia, que tenía 10 años, dentro del cuarto. A partir de entonces vivieron en la calle y sin libreta de abastecimiento, por años.

A otra señora, tras once años albergada, como caso excepcional, por varias enfermedades que padece, le prometieron sacarla para un sitio en mejores condiciones. Nueve meses después, continúa esperando.

El récord, en este albergue, lo tenía Alina: albergada por 21 años. Le ofrecieron casa en diciembre del 2014, pero el espacio era insuficiente para los seis miembros de la familia. En mi última visita al albergue, vi que un pedazo del suelo se está hundiendo.

En 2010 entrevisté por primera vez a Alfredo Núñez Elías, quien estaba viviendo en un edificio que sufrió varios derrumbes parciales. Cuatro años después, volví a entrevistar a Alfredo. Lo habían sacado de aquel edificio para un albergue.

En su condición de impedido físico (una pierna amputada) debía caminar quince metros para ir el baño, y diez metros para usar la olla de presión en la cocina. Llevaba casi tres años allí y esperaba una solución rápida para su caso. Meses después me decía que estaba resignado y dispuesto a esperar. Había gente que llevaba quince y veinte años albergada.








Texto de Yusimí Rodríguez y fotos de Juan Suárez.
Havana Times, 15 de marzo de 2016.

viernes, 13 de mayo de 2016

Por una escuela cubana libre, discurso pronunciado en 1941



El fortalecimiento del sentimiento de nacionalidad ha sido la asignatura histórica de la intelectualidad cubana comprometida con la Patria. La metodología para esa aspiración es la de entender la sociedad como un proyecto educativo soberano con un encargo nacional. El texto a continuación pertenece a la compilación de documentos intitulada Por la Escuela cubana en Cuba Libre. El volumen contiene todas las intervenciones -individuales y colectivas- que tuvieron lugar en ese patriótico evento convocado y liderado en 1941 por un gran cubano: el doctor Emilio Roig de Leuchsenring. Entre los participantes se hallaban los doctores Fernando Ortiz, José Antonio Portuondo y Elías Entralgo. La doctora Sarah Ysalgué de Massip fue miembro de la junta coordinadora de un evento que se llevó a cabo en una época en la cual la sociedad civil cubana dio muestras de conocer el manejo de los instrumentos para la articulación de la constitucionalidad republicana y la vigorización del sentimiento de identidad nacional en el pueblo llano.

Discurso de la doctora Sarah Ysalgué de Massip en el evento “Por la Escuela cubana en Cuba Libre. Trabajos, acuerdos y adhesiones de una campaña cívica y cultural”, celebrado en La Habana en 1941.

Como profesora fundadora de las Escuelas Normales de Cuba, dedicada durante más de veinte y tres años a la tarea de preparar maestros, he creído que es mi deber tomar parte activa en este acto, que es el inicio de una campaña Por la Escuela cubana en Cuba Libre encaminada a fortalecer el sentimiento de nuestra nacionalidad en esta hora crítica del mundo, cuando los estercoleros de la traición y de los intereses creados como hongos monstruosos los Quislingos dispuestos a entregar la patria a cambio de ventajas personales.

Cuba aparece en el escenario de la vida internacional retrasada en tres cuartos de siglo respecto de sus hermanas del Continente. En este período, mientras un grupo heroico de cubanos luchaba por librar a su país de la explotación inicua a que lo tenía sometido la Metrópoli, otros cubanos, ignorantes, se sometían voluntariamente, llenos de terror ante la idea de lo nuevo.

El desenlace del drama en Cuba estaba predeterminado de antemano por factores independientes de la acción de los que en él tomaban parte. La carga de fuerzas históricas acumulada durante lustros, se frustró por la influencia del factor geográfico, decisivo en toda la Historia de Cuba. La República nació debilitada por la intervención de fuerzas nuevas, cuya acción no había sido calculada de antemano y los gérmenes del coloniaje, aterrorizados durante la lucha, resurgieron dispuestos a recobrar el terreno perdido.

Labor sabia habría sido tratar de fortalecer entonces la naciente y endeble nacionalidad; pero la educación, instrumento excepcional para reafirmar la personalidad de los pueblos fue abandonada en gran parte a la incapacidad, o a manos extrañas, indiferentes o enemigas.

El estudio de la Geografía, de la Historia y de la Lengua se ha considerado siempre y en todas partes como el medio más poderoso de fortalecer la nacionalidad. El ejemplo de Alemania duele hoy en la carne viva del mundo. La enseñanza de la Historia exaltó de tal modo el sentimiento nacional de aquel país que hizo en pocos años de una nación-mosaico la orgullosa potencia del Deutschlanduberälles.

Con un suelo pobre y miserable, duro e infecundo hasta la mitad del siglo XIX, por estudio intenso de la Geografía aquel país ha aprendido a utilizar todas sus posibilidades convirtiéndose en una de las primeras potencias económicas del globo. ¿Y qué decir del estudio de la lengua? Los pueblos sojuzgados han conservado siempre en su idioma como la esencia espiritual de la nacionalidad y sobreviven mientras perdura su lengua.

En Cuba colonial, en todas las escuelas tenía que enseñarse la Geografía y la Historia de España, el Catecismo y la Lengua Castellana. En Cuba republicana, durante mucho tiempo sólo se enseñaron la Geografía y la Historia de Cuba en los primeros grados de la escuela primaria, y aunque se instituyó, muy tímidamente por cierto, en las Escuelas Normales, hasta ahora ni un solo adolescente cubano ha recibido un curso completo especial sobre la Geografía de su país.

Y estas enseñanzas, creadas recientemente en la Universidad por un legislador que no debe ser olvidado, no son, sin embargo, obligatorias para los profesionales de la enseñanza, que no sólo han de enseñar ciencias o letras o métodos, sino que han de contribuir a moldear el alma de los adolescentes cubanos, mientras muchos de ellos pueden ignorar completamente nuestra Historia y desconocen los rasgos esenciales de nuestra Geografía.

Estos hechos, terriblemente impresionantes a poco que se reflexione sobre ellos, han creado un complejo de inferioridad nacional traducido en el apoliticismo o el intervencionismo en lo político; por el snobismo en la vida social; y por el sentido de provisionalidad y la corrupción administrativa reflejada en la frase tan usual del “albur de arranque”, es decir, del aprovechamiento antes de la liquidación final. Y en la educación, por idea subconsciente del cubano que quiere prepara a su hijo para que sobreviva al desplome, convirtiéndolo en un extranjero en su propia tierra. Somos libres sólo de nombre; no porque fuerzas externas amenacen nuestra nacionalidad, sino porque faltos de fe, eternos derrotistas, tenemos el espíritu en cadenas.

Pero la patria aún no ha muerto. Está débil, sí, y por eso nos movilizamos. No es esta una campaña chauvinista ni excitadora de odios. Es justo anhelo de vivir, de ser. Nos levantamos para recoger el patrimonio legado por nuestros libertadores y consideramos al maestro cubano como nuevo mambí que ha de forjar el sentimiento de nuestra nacionalidad. Los pueblos, como los niños, necesitan hacer por sí mismos; equivocarse, caer y levantarse de nuevo; sólo la propia experiencia los hace fuertes. Por eso queremos una Escuela cubana en Cuba libre, escuela tan libre como se quiera en la adopción de métodos; polifacética y múltiple por sus enseñanzas; pero rígidamente vigilada para impedir que los niños cubanos, futuros ciudadanos, sean víctimas inocentes del egoísmo de ganapanes; y rígidamente controlada en cuanto a la formación del espíritu nacional…

Publicado en Cuba Posible el 1 de abril de 2016.

Foto: La Dra. Sarah Ysalgué de Massip durante una conferencia trasmitida por la Universidad del Aire de la CMQ (http://www.encaribe.org/es/article/universidad-del-aire/443), programa de la radio cubana en la década 1940-50 en el cual participaron prestigiosos intelectuales de la isla. Tomada de En Caribe.


miércoles, 11 de mayo de 2016

El fundamento de la República, discurso pronunciado en 1922



En un contexto de republicanismo incipiente, el periodista y escritor manzanillero Francisco Rodríguez Mojena pronunció la presente conferencia en el Círculo de Manzanillo, en la noche del 15 de febrero de 1922 en esa ciudad. Eran tiempos en los cuales Cuba comenzaba a encontrarse consigo misma por medio de la emergencia de una intelectualidad martiana que, tres años más tarde, conseguiría la convergencia entre las vanguardias artísticas y las políticas. Sin embargo, aquella era una República sin tradición, aunque con reservas cívicas fundadas por el pensamiento independentista de los buenos cubanos durante el siglo XIX. Rodríguez Mojena se nos muestra arropado con toda esa grandeza ética.

De ahí que en esta meditación pusiera un acento en la ausencia -o debilidad- del sentimiento patriótico, para el cual designa dos clasificaciones: el patriotismo instintivo y el patriotismo intelectual. La diferencia entre ambos radica en que el segundo es racional y su fragua requiere de la posibilidad de convertir la sociedad en un gran proyecto educativo que sirva para crear los estados mentales requeridos para la acción responsable del pueblo y de sus hombres dirigentes. Es sensato tener presente que las representaciones sociales de los políticos de entonces no reparaban en la inclusión del género femenino en ámbitos de liderazgo para la realización de la cosa pública.

El propósito de Rodríguez Mojena reconocía a la ciudadanía como el sillar básico de la República. El robustecimiento de ese soporte era una necesidad urgente para forjar la conciencia nacional de Cuba. Lo que a continuación aparece son fragmentos de una amplia alocución de este intelectual de la primera mitad del siglo XX cubano.

Señoras, señoritas y señores:

Desde que en Cuba se estableció la República y comenzaron a ejercitarse los principios que sirven de fundamento a las instituciones constitucionales, los hombres reflexivos de nuestro país no han cesado de señalar deficiencias en la aplicación de los procedimientos democráticos y, desde los primeros días de la República, se viene indicando, preferentemente, el peligro de que, por incapacidad nuestra para el ejercicio de la soberanía nacional, un pueblo más fuerte y mejor preparado que el nuestro intervenga de manera definitiva en nuestros asuntos internos y asuma la suprema dirección de los mismos. Voces muy aisladas en los comienzos, éstas a que aludimos, han ido multiplicándose, y lo que antes era sólo una sospecha de amenaza remota, casi imperceptible para los ojos de la multitud, se manifiesta ahora claramente visible aun para los ojos más miopes, y se grita hoy como gritaban los antiguos romanos ante el incontenible avance cartaginés: Anníbal ad portas!, es decir, Aníbal a las puertas; y con mayor razón se grita aquí, por ya Anníbal, esto es, el extranjero invasor no se halla a las puertas, sino que se ha metido dentro de casa y asume las actitudes de un mandarín despótico y fanfarrón.

En presencia de este hecho, el hombre, como en presencia de cualquier fenómeno que le perturba y daña, ha tratado de inquirir la causa y, a falta de otra, o siguiendo la ley del menor esfuerzo, ha surgido la expresión que resume, a juicio de muchos, los antecedentes generadores del mal que se señala: carencia de patriotismo; con lo cual se afirma que el cubano contempla indolente la pérdida de sus libertades o realiza actos conducentes a esa disminución política de Cuba, porque el cubano no es patriota. En más de una ocasión, el que ahora os habla, se dejó seducir por la argumentación superficial y también achacó a debilidad del sentimiento patriótico la desfavorable situación política en que se halla la Isla de Cuba. Hoy, con un poco más de serenidad y de reflexión, pensamos, es decir, piensa de distinto modo el que esto dice.

Flojera del sentimiento patriótico, la hay, efectivamente. No cabe negar lo que es, por todos conceptos innegable. La generalidad de nuestros hombres piensa en lo que a cada uno favorece o puede favorecer, que en lo que interesa, conviene o puede convenir, a la comunidad. Se mira, especialmente, casi únicamente, hacia lo que se considera como un bien personal, como un bien del individuo, pero nunca hacia el bien de los otros individuos, hacia el bien de la colectividad, y, desde luego, es posible inferir que el patriotismo falta o se encuentra profundamente debilitado, ya que el sentimiento de patria, aunque sea, en su origen, el más egoísta de todos los sentimientos humanos, es el que más obedece a las leyes de la solidaridad y, por lo mismo, es eminentemente social. De donde puede inferirse, a la vez, que, si no existe la solidaridad, no existe el patriotismo, y que no hay solidaridad entre los hombres que sólo piensan en sí mismos.

Convenimos, pues, con los que afirman que hay carencia de patriotismo en nuestro país; pero ya no lanzamos, como un insulto, esa exclamación a la frente de los cubanos, porque ello sería tan inmisericorde y tan impío como para anatematizar a un enfermo que nació así. Tenemos el deber de ser responsables de nuestras faltas; pero sería injusto que se nos aplicasen penas por culpas que no son nuestras.

Por dos diferentes procesos, opuestos entre sí, se llega, a mi juicio, a la formación del sentimiento patriótico. Se puede ser patriota por lo que llamamos instinto de conservación, ciega fuerza que impele a los seres vivos a defender cuanto les es necesario para la vida, y se puede serlo, asimismo, por mandato de nuestra conciencia, como resumen de concienzuda y serena deliberación. En el primer caso, el hombre defiende lo que estima como suyo, en primer término la tierra donde ha nacido, de donde come, y a donde ama y procrea, y la defiende sin razonar. En el segundo caso, el hombre defiende también lo que considera como suyo, la tierra principalmente, pero no por irresistible y ciego impulso que surge sin que se sepa de dónde, sino que por su inteligencia le dice, con toda claridad, que la esclavitud no es don del cielo, y que tanto más venturosos seremos cuanto más dueños seamos de nosotros mismos. En el primer caso, son agentes externos en su casi totalidad los que determinan la formación del patriotismo, tales como la unidad de raza y la libre y continuada sucesión de los hombres en un mismo y extenso lugar de la tierra separado de los restantes por fronteras naturales. Este es el origen del bravo patriotismo español y del de los montañeses suizos.

Tanto Suiza como España son países en que la naturaleza del suelo no es propicia a la acción debilitante desarrollada por la sociabilidad internacional, y así se afianza cada día el amor a la tierra en que se nace, fuente primera del patriotismo. En el segundo caso, predominan los agentes internos, los de orden subjetivo, porque el sentimiento patriótico responde a una madura reflexión, a un encadenamiento de juicios en cuya virtud nuestra conciencia nos dice que debemos cuidar, defender y engrandecer nuestra casa, nuestra tierra, no sólo porque allí nacimos, en ella vivimos y amamos, en ella descansan los huesos de nuestros padres y en ella descansarán los nuestros y los de nuestros hijos, sino porque de esa manera nos es posible vivir mejor.

Por ninguno de ambos procesos ha podido llegar a formarse y fortalecerse el patriotismo cubano: ni ha habido aquí unidad de raza, ni se ha efectuado la libre y continuada sucesión de las generaciones en la posesión de la tierra, ni hay gran extensión territorial, ni existen las barreras naturales que impidan o estorben la acción, sobre nosotros, de factores internacionales, que tienden, como se sabe, al cosmopolitismo y desfiguran la fisonomía peculiar de los pueblos. Desde el punto de vista de lo que llamaríamos patriotismo instintivo, la República nació contrahecha, porque cuatrocientos años de coloniaje, en cuyo decurso desapareció por completo la población aborigen, se introdujo la esclavitud africana, se fomentó la colonización china y no tuvo nunca personalidad política el cubano, pues nunca fue el dueño y administrador de su casa, no podían, en modo alguno, concrecionar el sentimiento patriótico instintivo, que cristaliza en el alma del hombre de igual modo que el granito en la entraña de la tierra y que surge al exterior, en las grandes conmociones, de igual manera que aquel, al producirse los grandes cataclismos geológicos, levantó la corteza terrestre y formó, compacto y duro, el férreo corazón de las montañas. Desde el punto de vista del patriotismo que denominaríamos intelectual, aunque posee no escasos elementos afectivos, la República nació igualmente contrahecha.

De sobra se sabe que la revolución libertadora fue la obra de un grupo de cubanos, y que aun ese pequeño grupo actuó por la constante predicación o el heroico ejemplo de otro grupo más pequeño que ofrendó, en holocausto de las libertades cubanas, con la vida, sus más seductores atributos. No podía existir el patriotismo intelectual cubano, porque no existieron jamás, en Cuba, condiciones y circunstancias favorables a su creación. Para que de esta forma del patriotismo se desarrolle es preciso que se ensanchen con anterioridad los horizontes mentales del hombre, que su espíritu se eduque y afine, es decir, que adquiera la amplitud y el poder necesarios para fijar antecedentes, determinar consecuentes sobre cuestiones abstractas, encadenar juicios, llegar a conclusiones y subordinar a ellas la actuación, de manera reflexiva, perfectamente deliberada. Durante la administración colonial, sólo una pequeñísima porción de nuestro pueblo adquiría los más rudimentarios conocimientos inherentes a la vida civilizada, y sólo una porción más reducida aun los beneficios de una verdadera y sólida cultura.

La dominación hispana en América entendió siempre que su perdurabilidad en estos territorios no podía tener más fundamento que la ignorancia popular y, en tal virtud, no ceso de poner trabas a la cultura general. De cuando en cuando aparecía un gobernante bien dispuesto a romper los moldes de tradicional embrutecimiento y trataba de aproximarse al sistema de colonización que a los ingleses los ha hecho dueños del mundo. Cobrada, entonces, inusitado impulso la instrucción pública, pero, a poco, se asfixiaba, invadida de nuevo por la reacción obscurantista. De una población escolar que se calculaba en la considerable cifra de 190 a 200 mil habitantes libres, solo concurrían a escuelas públicas y privadas, a mediados del siglo último, unos 9 082 escolares, cantidad irrisoria en comparación con la que dejaba de concurrir a algún centro de enseñanza.

Cuando Sanguily dice que se respira por dondequiera muerte, codicia y brutalidad, porque no existe más que un deseo, un anhelo universal y dominante: hacer dinero a toda costa, por el fraude, por el cohecho, por la astucia, por la violencia, por el crimen, ¿no parece que pinta con trágicos, pero reales colores la hora presente de nuestra historia? Diríase que la tendencia ancestral, libre de obstáculos que puedan contenerla, se desborda y amenaza hundir en el lodazal de todos los vicios lo que fue ensueño sugestivo y deslumbrador de un grupo de cubanos, de un grupo de compatriotas privilegiados por la suprema elevación de su espíritu, y que solo se ha cambiado el nombre de los antiguos capitanes generales.

Los sillares básicos de una República, sus fundamentos, señoras, señoritas y señores, son los ciudadanos, yde esa abominable cantera que con tan sombrías y vigorosas pinceladas acabo de exhibir a vuestros ojos por la mano de Manuel Sanguily, han salido los sillares, es decir, los ciudadanos de la República nuestra. En esa matriz se engendraron, se educaron en esa escuela y en ese ambiente crecieron. Un estado de cosas tan vil y miserable, una conciencia pública así creada, no pudieron ser transformados en tres años de revolución, ni, posteriormente a esta, por un simple cambio de instituciones de gobierno. Las instituciones cambiaron; la colonia dejó de serlo para convertirse en República; los antiguos capitanes generales fueron substituidos por los presidentes cubanos; pero el pasado colonial quedaba en pie, firme, inconmovible, desafiando con el poderío de sus cuatro centurias la vida incipiente de la nueva nacionalidad. Lo que ahora contemplamos no es más que la reproducción, sin trabas que la contengan, de la vida social pre-revolucionaria, es el pasado que vuelve, esto es que continúa, que se mantiene inalterable, porque no hay solución de continuidad entre la Cuba colonial y la Cuba republicana. Los mismos vicios que macularon la administración colonial, ensucian la administración presente, y, libres ya de la tutela del padre, ponemos en ejercicio las enseñanzas que de él recibimos. Los gérmenes de corrupción que emponzoñaron el alma cubana en los días no lejanos del coloniaje, envenenan ahora la conciencia de nuestro pueblo.

Pero como los hombres que dirigen hoy el pueblo cubano son sillares procedentes de la misma cantera de donde aquel emana, integrados se encuentran por igual materia, por igual substancia y, en términos generales no habrán de diferenciarse gran cosa del conjunto de que proceden. De ahí la inferioridad y la torpeza de la mayor parte de nuestros hombres públicos, de aquellos a quienes el pueblo señala para que lo representen y guíen. Esto aparte de que, casi siempre, no es el pueblo el que de veras escoge a sus directores, porque aquí los gobernantes se eligen por el procedimiento tradicional del forro y la violencia, exactamente igual a como se elegían los diputados en tiempos de la colonia y como aún se eligen en muchos lugares de España. De ahí también que sea justa la benevolencia en el juicio cuando haya que acusar a los cubanos y a sus elementos directores. Ni unos ni otros son ciertamente responsables de ser como son, pues que no son adquiridos sus vicios, sino que lo son de origen, ya acusarlos acremente sería tan cruel como acusar a un niño sifilítico por la dolencia que le legó la torpeza, la maldad, o la ignorancia dealguno de sus antecesores.

No quieren decir mis palabras, en manera alguna, que debamos callar o permanecer inactivos ante las lacras que corroen la vida social y política de Cuba. No se calla ni se permanece en reposo ante un enfermo, sino que decididamente se acopian recursos y se fija plan encaminados a atajar el daño y extinguirlo de raíz; pero no se recrimina al paciente cuando él no es culpable de su enfermedad y, aun cuando lo es, se le advierte su insensata conducta, pero se le indican procedimientos de curación. En lo que a la vida social y política de Cuba respecta, necesario es combatir al que aparece culpable, no porque precisamente lo sea, sino como una enseñanza para el pueblo y, en tal virtud, no deben callarse los errores o las maldades de los hombres públicos; pero no debe concretarse a ese solo hecho, al de la censura, la acción que tienen que desarrollar los ciudadanos de más noble espíritu, de mayor cultura y de más recta moral que poseemos. No siempre se es honrado, no siempre se es moral, no siempre se es virtuoso por tendencia natural del espíritu. Muchos hombres lo son porque entienden que deben serlo, y no delinquen porque no deben delinquir, aunque sus naturales inclinaciones los empujen en opuesta dirección.

Pero a esto sólo se llega cuando, por la amplitud de la mente, se está en condiciones de adquirir un claro concepto del deber, de las obligaciones que éste impone, de las responsabilidades o perjuicios que acarrea su incumplimiento, y cuando se está en condiciones, por la misma razón, de subordinar las acciones a aquel concepto, en la seguridad de que cuanto se empieza a realizar, aunque sea negligentemente porque desagrada al constituirespecie de dura disciplina que embaraza los actos, a la postre será una acción habitual, que se efectuará sin esfuerzo alguno y sin saber cuándo.

Esto no es una afirmación dogmática sobre fenómenos que caen dentro de las especulaciones abstractas, sino perfectamente comprobable por la experiencia. Ningún acto se realiza sin que obedezca a un estado mental consciente o inconsciente, y sabido es que lo que empezamos a efectuar conscientemente, si persistimos en realizarlo pasará al orden de la subconsciencia, esto es, al orden de los fenómenos inconscientes y constituirá después norma permanente de actuación. Bien lo sabe el músico, que, cuando principiante, fue esclavo de sus dedos y de las teclas del instrumento, los que únicamente concordaban entre sí, y sólo para arrancar notas discordes e ingratas al oído, por un poderoso esfuerzo de la atención, y que después, ya maestro, arranca maravillas del sonido a la flauta o al piano sin que, en el instante en que obtiene este resultado, perciba conscientemente la tecla en que puso el dedo.

Parece, pues, lo natural que, ante los graves trastornos que experimenta la sociedad cubana y, consiguientemente, lo que de ella depende, la República en primer término, tratemos de crear estados mentales convenientes a la producción de acciones en consonancia con la vida de su pueblo libre y civilizado, dueño de sus destinos. A mi entender, cuando no sea esta línea de procedimiento que acabo de exponer, resultará labor estéril, porque implicará desligar del pasado el presente, desligar de los consecuentes los antecedentes que los originaron, desligar del efecto la causa que lo produjo, lo que sería absurdo, porque ningún fenómeno, ningún hecho se produce por sí mismo, sino a virtud de otros que le sirvieron de precedente.

Por estas razones no me he cansado de afirmar, en el periódico y en la revista, que la nación cubana, el pueblo cubano necesita que se le eduque y, a este fin, requiere intensa labor de apostolado. No a otra cosa que a la creación de un estado mental favorable al movimiento separatista en Cuba, se dirigían los apóstoles de la idea revolucionaria. No tenían otro objeto la palabra conceptuosa y ardiente de José Martí, ni las vigorosas proclamas de Sanguily. No tienen otro objeto, hoy día, los discursos del orador callejero que infla hasta las nubes la supuesta virtud de un candidato fullero, o las andanadas patrióticas con que un periodista de ocasión exalta las muchedumbres y oficia de pescador en río revuelto. Se trata, sencillamente, en todos estos casos, de crear en el que escucha o en el que lee, un estado mental que lo impulse a la ejecución de un acto que se desea conseguir. Y si es posible por la palabra y por la pluma atar el pueblo a los faldones de un politicastro cualquiera, ¿por qué no ha de ser posible, si en ello ponemos nuestra intención honrada, llevar a nuestros conciudadanos por senda menos pedregosa que la seguida hasta aquí, y guiarlos hacia más altos y más nobles fines que el de encumbrar una vulgar medianía sin escrúpulos, con el solo propósito de que esa medianía, después de encumbrada, les haga la gran merced de mirarlos protectoramente desde la altura y desde allí les lance, alguna que otra vez, un mendrugo para que se entretengan un rato?

En todas las sociedades y siguiendo una ley de similaridad que facilita la atracción y la compenetración de elementos aparentemente diversos y de muy distintas procedencias, hay siempre un grupo más o menos numeroso, una fracción mayor o menor que supera un pensamiento y en acción al resto de la colectividad; grupo de selección, especie de élite encargada de ver, sentir y pensar lo que no ven, ni sienten, ni piensan los demás, y al cual grupo, naturalmente, se atribuye la función de encauzar y dirigir, por sus acuerdos tácitos o expresos, el agregado social hacia objetivos que, por su elevación o su lejanía, escapan comúnmente a la general observación. Tal ha ocurrido en Cuba cuando se creaba el sentimiento separatista; tal ocurrió para la creación del autonomismo; tal ocurre en nuestros días con el reducido grupo de cubanos que aun a riesgo de que se les moteje de agoreros y se les mire con cierto desdén por los que viven cómodamente sin más ideal que la explotación de sus granjerías y la satisfacción vulgar de sus vulgares apetitos, clama un día y otro en medio del común desconcierto, pide un alto en el camino a las desbocadas pasiones, señala los peligros que anuncia el porvenir incierto e indica normas de puro y honrado patriotismo.

En otras muchas fases de la vida social comprobamos la existencia de esa fracción a que aludo, y, si se quisiera un testimonio inmediato y claramente visible, lo tendríamos muy cabal y muy hermoso en el Comité de Damas que aquí, en Manzanillo, ha echado sobre sí la pesada carga de remediar ajenas necesidades y limitar, hasta donde alcance, las penosas consecuencias de la incuria, la dejadez y el abandono colectivos. Pero cuando ese grupo de selección a que hago referencia no dispone de energías o poder bastantes para hacerse oír, entender y seguir de sus conciudadanos pierde su cohesión la totalidad, el agrupado social se disgrega y extravía de igual modo que se desparrama y extravía un rebaño por escasez del número o falta de diligencia de los pastores que lo guardan.

No creo, pese a lo vergonzoso del espectáculo que actualmente ofrece la República, roída por mil concupiscencias, no creo, repito, que hayamos llegado a ese fatal momento en que la cohesión social se deshace frente a un peligro serio, como se disuelve en el agua un terrón de azúcar. Cuando una seria amenaza que todos vemos pesa sobre la sociedad, ésta se agrupa y se defiende a los primeros estímulos de aquéllos encargados de prevenirla. Así la hemos visto proceder en los casos, por ejemplo, de mortíferas epidemias. La reacción colectiva, ante el avance del mal siniestro, ha sido rápida y enérgica. Hay, pues, razones para inferir que nuestra sociedad no está muerta, que no ha llegado siquiera a ese estado en que, aun sin comprobarse la muerte, la sensibilidad se relaja y el organismo pierde la noción del mundo, la noción de la vida. Hay razones para suponer que, si nuestra sociedad no reacciona en la hora actual contra el inminente peligro que muchos vemos echarse encima de nosotros, es porque ese peligro no ha tomado aún los caracteres de realidad y no se ha hecho perfectamente visible a los ojos del conjunto general. Somos, en verdad, un enfermo que no aprecia su situación y no cree a los pocos amigos que se la advierten, o confía en que, más adelante, tendrá tiempo y buenas oportunidades para ponerse en cura.

De cuanto llevo expuesto surge evidente la conclusión que reafirma mi aserto de que Cuba requiere intensa y ardiente labor de apostolado, y surge, asimismo, quienes deben y habrán de ser los factores de esa obra. Urge infiltrar en la conciencia pública el convencimiento de que no es posible seguir por donde vamos. Urge la creación, por la prédica tenaz y constante, de una verdadera conciencia social que hoy no existe sino totalmente relajada. Urge que cada uno de nuestros conciudadanos adquiera el conocimiento de las obligaciones que impone la ciudadanía y de los deberes que fija a cada individuo la vida social civilizada. La evidencia de que en sociedad no se puede vivir al impulso de pasiones egoístas sin ningún freno, como vive un salvaje en la soledad obscura de la selva; es necesario ponerla ante la vista de nuestro pueblo, a fin de que sus hechos respondan al mandato de esa evidencia. La verdad de que el sentimiento de patria no se satisface exclusivamente con que una banderita flote en lo alto a los cuatro vientos, en tanto que a su sombra la vida se produce ignominiosamente encanallada; es urgentísimo fijarla en la conciencia popular, de igual manera que es preciso que la gran masa cubana comprenda que un pueblo corrompido viene a ser, en el concierto internacional, como una rata muerta en el seno de una familia: foco de pestilencia y de infección que habrá de ser necesaria y rápidamente destruido si no se quiere que lance en derredor sus gérmenes mortíferos. Igualmente surge de lo expuesto otra afirmación: la de que los encargados de la indispensable e intensa obra de preparación social y política de que tan urgentemente necesitado se halla nuestro, han de ser aquéllos que, sin un acuerdo previo, por la significación social de que disfrutan ya se consideran como integrantes de esa especie de élite a que hube de referirme hace poco.

Si la fracción moralmente directiva del pueblo cubano se apresta fácilmente a acopiar recursos con que combatir una epidemia, remediar dolorosas penurias de las clases pobres, aliviar tristezas de la población menesterosa, o satisfacer perentorias necesidades de los que sufren han de pan y de justicia, males que alteran la normalidad social, con mayor razón debe apretarse a poner remedio a la grave perturbación que mina la existencia de la República y que la conducirá prontamente, si no se acude a contenerla con energía, a la disolución y la muerte. La vida de los pueblos, como la de los hombres, no es ni será fecunda para la civilización, si no la anima y calienta la luz de un ideal, estrella que entre las sombras guía a los humanos hacia una perfección que se desconoce, pero con la que ardientemente se sueña y a al cual ardientemente aspira desde lo más hondo y secreto de nuestro espíritu, y cuando esa luz maravillosa falta en el espíritu, inútiles son entonces los que podrían parecer más gratos dones de la vida, porque esa fuerza que estimula y centuplica la energía humana desde no se sabe dónde, fuerza desconocida, misteriosa, que engendra el milagro, que hace brotar soles de las tinieblas remotas de lo infinito, o ignorados mundos del seno azul de los mares, o sueños de libertad en la conciencia oprimida del esclavo, es la que hace grandes a los pequeños, fuertes a los débiles, y alcanza aún más, porque consigue, señoras, señoritas y señores, que emerjan perfumadas y brillantes flores de juventud en la infecundidad desolada de la vejez, tal como Fausto se renueva y transfigura ante la imponderable belleza de Margarita.

La adaptación, ya lo ha dicho la ciencia, es ley de vida, y nosotros tenemos forzosamente que acogernos a uno de los dos extremos que van implícitos en esa afirmación: o nos adaptamos a las prácticas normales de la vida civilizada, o desapareceremos del mapa como pueblo capaz de gobernarse a sí propio. No es posible mantener la soberanía de Cuba en las condiciones tan desfavorables en que se ha ejercitado desde los primeros tiempos de la República hasta hoy, y, en tal virtud, la renovación de las viciosas costumbres sociales y políticas de Cuba, ha de ser actualmente el ideal cubano y, en especial, ha de serlo del selecto grupo de compatriotas a quienes la Providencia otorgó ventajas de sensibilidad, de inteligencia y de saber. El egoísmo brutal que en Cuba impera no rindió nunca, en ningún momento de la historia, frutos de bendición para los pueblos, ni en ningún instante fue posible la existencia de ningún egoísmo en medio de la alteración profunda de las leyes más esenciales de la vida, y no fue nunca ley del vivir social el egoísmo desenfrenado, generador, en Cuba, de todos los crímenes y de todas las infamias que en la hora presente nos avergüenzan.

Por lo que a mí respecta, aseguro que el ideal de regeneración cubana anima y estimula poderosamente mi espíritu. Por eso hablo con la crudeza ruda que habréis notado en el curso de mi disertación. Personales conveniencias, de bajo vuelo si se las compara con las conveniencias nacionales, me indicaban que debía divagar un poco, manejar con alguna habilidad el eufemismo, disfrazar un tanto mi pensamiento, de tal modo que la verdad se transparentase como por entre la malla de un velo, aunque fuese un velo de cobardía, con el fin de no herir la suspicacia o la prevención ajenas ni dar fuente a torcidos o malévolos comentarios. Pero como el ideal implica siempre la disposición altruista y olvido o renuncia de lo que no constituya el ideal mismo que se persigue y cuya consecución se desea, no vacilo al exponer aquí mi pensamiento y cumplir esta noche lo que creo que es mi deber de ciudadano.

Pienso que la verdad es ésta que os he dicho, y ahí está, a la consideración de todos vosotros, como se tiende un cadáver, absolutamente desnudo, sobre la plancha de disección. La verdad es, a mi juicio, que por el deficientísimo sistema de coloniaje implantado en Cuba, sistema que toda la España intelectual de nuestros días condena enérgicamente y que fue, asimismo, condenado por estadistas de clara visión de épocas ya pasadas, el cubano no quedó en posesión de su soberanía política sin haberse preparado anteriormente para el ejercicio de la misma, y que no sólo adolecía de falta de educación política, sino que ni aun contaba con educación social, base indispensable de la otra. La verdad es, igualmente, que, seamos o no culpables del presente estado social y político de Cuba, tenemos que atender a él y atenuar o borrar las consecuencias de los antecedentes pretéritos.

Desde el descubrimiento de América hasta hoy, no obstante la transferencia del gobierno, de manos españolas a manos cubanas, ha reinado en Cuba la injusticia. Ella dictó las resoluciones en el pasado y genera las decisiones en el presente. Dos inmortales preceptos que muy poco ahora recuerdan, preceptos que servirán, sin duda, para formar santos, pero que indudablemente sirven para crear hombres de bien y pueblos sanos, fuertes, vigorosos y prósperos, deben constituir la norma de la actuación: dad a cada uno lo que es suyo; no hagas a otro lo que no quieras para ti. He aquí el fundamento de toda buena educación social. Y cuando a estas máximas responden las acciones de los hombres y de los pueblos tened por seguro que no hacen falta tutores que vigilen, dirijan o coarten los actos humanos, ni son, entonces, las repúblicas, un infierno en que se vive a salto de mata, en eterna disposición para agredir o para esperar y repeler la agresión, tal como ahora, para desgracia y vergüenza de todos nosotros, se vive en Cuba, pese a las evangélicas enseñanzas de Luz y Caballero y José Martí, porque ni brilla el sol de la justicia en nuestra patria, ni la verdad nos ha puesto la toga viril, ni Cuba es con todos y para todos, como anhelaban los dos gloriosos apóstoles, que tal vez nos contemplen doloridos y tristes desde la eternidad de la muerte y de la Historia.

Nota.- Este discurso de Francisco Rodríguez Mojena fue publicado por la Imprenta El Fígaro, La Habana, 1922. Reproducido el 19 de febrero de 2016 en Cuba Posible, de donde fue copiado el texto y la foto de Manzanillo.

Leer también: Notas biográficas sobre Mario Rodríguez Ramírez, hijo de Francisco Rodríguez Mojena y quien llegara a ser un eminente científico y meteorólogo cubano.

lunes, 9 de mayo de 2016

Heberto Padilla continúa vivo



Ahora que está de moda viajar a Cuba con nostalgia, ambición, curiosidad o simplemente para pasearse sin peligro por un museo vivo y latente de la pobreza y la represión, es bueno releer al poeta Heberto Padilla, que hace 45 años fue a parar a la cárcel por denunciar esa realidad tanto en su poemas hondos y directos como con la ironía y el humor de guajiro de Puerta de Golpe, el pueblo de Pinar del Río donde nació en 1932.

El poeta de Fuera del juego cayó en una celda en 1971 y sólo en 1980 pudo salir al exilio en Estados Unidos. Durante esos nueve años se ganaba la vida como traductor de poesía, pero ejercía, en realidad, el oficio de fantasma sin rostro, de sombra peligrosa y hombre difícil como enemigo del pueblo.

La prisión de Padilla produjo la primera ruptura importante entre la intelectualidad de América Latina y Europa con el régimen cubano y, aunque con el paso de los años muchos de los que apoyaron al escritor volvieron a los cálidos brazos del comunismo, aquellas semanas de encierro junto a su esposa la poetisa Belkis Cuza Malé y una típica autocrítica estalinista, dejaron clavada la verdad sobre la libertad y la soberanía individual bajo el paraguas agujereado de Fidel Castro.

Lo cierto que es que el llamado caso Padilla puso en crisis la fidelidad y la ingenuidad de muchos escritores y artistas progresistas extranjeros que creyeron de buena fe en el proceso cubano. Y, también es cierto, que a sus compatriotas que compartían la geografía de la isla y el mosquitero de la dictadura, les puso un mensaje de advertencia y unas líneas claras que marcaban las fronteras del miedo a la represión.

Con su lucidez, su valor personal y su talento, Padilla dejó sin disfraz y con la pistola en la mano a quienes se presentaban como salvadores de los pobres y de los marginados y, con todos sus sufrimientos y agobios, continuó su labor en el exilio hasta que se le paralizó el corazón una noche de septiembre del año 2000 en Aubum, Alabama.

El gobierno cubano y sus sirvientes de todas las latitudes trataron siempre y tratan todavía de disminuir su figura con ataques personales y miserias de esas categorías, pero el poeta le hizo el retrato definitivo y claro a la dictadura y el grupo de poder se encarga todos los día de parecerse a esa foto. Contra su obra no pueden decir nada porque se sabe que con sus poemas críticos y sin ellos, el poeta de El justo tiempo humano tiene un espacio fijo en la poesía de su país y en la literatura que se escribe en lengua española.

Guillermo Cabrera Infante, su viejo amigo de La Habana y del exilio, lo recordó de esta manera en el 2000: "Su muerte lo que nos deja es tristeza porque ha muerto, además de un buen hombre, un poeta importante. Y eso es lo lamentable: que no habrán más poemas de Heberto Padilla, con su extraordinaria manera de versar".

He leído por ahí que el único signo mágico que provoca la represión política es la invisibilidad. A Padilla nadie lo quería ver. Sus amigos, los jóvenes que amaban su poesía, los vecinos, los compañeros de la escuela primaria y del bachillerato se quedaban ciegos cuando el escritor pasaba por la calle junto a su mujer y, en muchas ocasiones, escoltados por los temblores de Virgilio Piñera, el hombre que más miedo tenía en Cuba pero que nunca le alcanzó para dejar sólo al poeta.

Con estos versos de Padilla quiero rememorar los 45 años de su ingreso en una cárcel, la vigencia de su rebeldía y la eternidad de la emoción de sus versos: Entre marzo y abril está mi mes más cruel/ Apretado a tus brazos/ ascua feliz/ el más tierno y salvaje/ te dije: estos tienen que ser los brazos del amor./ Puse tus ojos y tus labios abiertos/ debajo de los míos/ y caímos cantando en el sofá/ fue la última vez que pudimos amar sin sobresaltos.

Raúl Rivero
El Mundo, 22 de marzo de 2016.
Foto: Tomada de El Mundo.