lunes, 27 de julio de 2015

Siete calles habaneras con raíces vascas (V) Aranguren


En La Habana se localizan varias calles Aranguren. Éstas aparecen y desaparecen como lo hacía el insurrecto de quien lleva el apellido: Néstor Aranguren. Existe una calle Aranguren en el Cerro, hacia la Plaza de la Revolución. Reaparece el apellido Aranguren en el Casino Deportivo, que se reanuda al otro lado de Vento. Vuelve a presentarse Aranguren más al sur, entre los repartos Poey y Santa Amalia.

En vascuence, Aranguren significa Valle fértil. En Navarra, Álava y Vizcaya hay diversos lugares llamados Aranguren. .

Debido a la guerra por la independencia, a las calles principales de los centros urbanos en las provincias cubanas les pusieron José Martí, Antonio Maceo y Máximo Gómez. Salvo en La Habana, donde nadie hizo caso: Prado (Martí), Malecón (Maceo) y Monte (Gómez). Pero muchas calles nuevas tomaron nombres de líderes independentistas.

Néstor Aranguren Martínez fue el jefe mambí más perseguido por los españoles en la zona de La Habana. Nació en la calle Campanario No. 33 el 14 de febrero de 1873. Su origen vasco le viene por parte del padre, Benito Aranguren y Jiménez. Su madre se llamó Matilde Martínez Raoul. Además de Néstor, el matrimonio tuvo cinco hijos más: Gustavo, María Luisa, Hortensia, Benito y José Joaquín.

Cuando Néstor tenía 9 años la familia se mudó para Guanabacoa. Se cuenta que con 19 años pasó a galope con su caballo por la calle Muralla arrollando la bandera española y las colgaduras dedicadas al IV Centenario del Descubrimiento. En la guerra fue uno de los jefes más jóvenes del Ejército Libertador. Con hombres disciplinados y de movimientos rápidos, ejerció una espectacular guerra de guerrillas en Guanabacoa, Arcos de Canasí, Jiquiabó, Barreras, Paso de Camarones, Güines, Catalina, Pipián y otras localidades del occidente del país. “El sol aumenta de su luz el brillo para ver al heroico adolescente, en cuya mano el arma resistente pesa lo que en los dedos un anillo", escribió el poeta Bonificacio Byrne (Matanzas 1861-1936).

Néstor Aranguren unas veces generoso y otras veces despiadado. Generoso fue cuando después de asaltar el tren entre Regla y Guanabacoa, puso en libertad a los oficiales españoles capturados, excepto a uno, que fue ejecutado por ser cubano.

Más despiadado fue al “enguasimar” (colgar de una guásima) a Sebastián Ulacia y a Joaquin Ruiz, un antiguo compañero de estudios suyo que fue comisionado por el nuevo gobierno español en la isla para que propusiera a Néstor Aranguren la aceptación de la autonomía.

Aranguren murió en Campo Florido el 14 de febrero de 1898. Víctima de una delación, fue sorprendido por tropas españolas cuando descansaba con unos pocos hombres. En una comunicación militar interna española se lee:

“Ruago á V.E. tenga á bien manifestarme lo que se debe hacer con las dos mujeres y dos niños cogidos en el bohío en que estaba el cabecilla Aranguren. Al niño que llevó las fuerzas al lugar donde estaba enterrado el teniente coronel don Joaquín Ruiz, he dispuesto que el comandante militar de Campo Florido le compre dos mudas de ropa, un sombrero y un par de zapatos, con cargo á los fondos de la División, y el coronel Aranzabe desea hacerse cargo de él, llevándolo á su lado.”

Tomado de la web Semillas en el tiempo.

Foto: Calle Aranguren en Guanabacoa, de Cubana 94, Panoramio. En varias localidades de la zona occidental de Cuba existen calles, parques y monumentos en honor de Néstor Aranguren.


viernes, 24 de julio de 2015

Siete calles habaneras con raíces vascas (IV) Ayestarán



Luis Miguel Ayestarán nació en 1846 en La Habana y era descendiente de un vizcaino dueño del ingenio Amistad de Güines.

Su situación familiar propició que estudiara en Nueva York y se iniciara en la profesión de abogado en el bufete de José Morales Lemus, nido de conspiradores. En diciembre de 1868, Ayestarán marchó a los campos de Camaguey y fue “soldado antes que representante”. Luego se dedicó al trabajo legislativo.

Enviado a una misión secreta a los Estados Unidos, cayó en manos de los españoles el 18 de agosto de 1870 y el 24 de septiembre fue ejecutado en el Castillo del Príncipe.

El periódico La Quincena, mordaz enemigo del separatismo, lo contó de esta manera:

“Luis Ayestarán y Moliner, joven de 24 años de edad, perteneciente a una de las principales familias de La Habana, se dirigió en noviembre de 1868 al campo rebelde en unión de otros jóvenes de la capital. Ejerciendo distintos cargos, y entre ellos el de miembro de la Cámara de Representantes de la república de Céspedes, permaneció con los insurrectos hasta la primavera de 1870, en que se trasladó a Nassau y Nueva York.

"El 17 de septiembre se embarcó en Nassau a bordo del balandro insurrecto Guanahaní, y al distinguirlo el 18, uno de nuestros buque de guerra cuando navegaba el filibustero cerca de las costas de Cuba, abordaron los insurrectos a Cayo Romano, abandonando la embarcación. Preso Ayestarán, fue conducido a La Habana en el cañonero Centinela el día 23, donde desembarcó por la mañana, fue puesto en capilla a las doce de la noche y ejecutado al día siguiente.

"En un principio se resistió a que los ministros del catolicismo le auxiliaran, porque él era protestante, según dijo; pero exhortado por individuos de la familia, volvió al seno de la religión en que había nacido. Ayestarán fue al cadalso con completa resignación y conformidad y sufrió el irrevocable fallo de la ley con valor, mas sin ridícula jactancia”.

Tomado de la web Semillas en el tiempo.
Foto de la calle Ayestarán hecha por Juan Suárez para el fotorreportaje El barrio La Pera de La Habana, publicado en Havana Times.

miércoles, 22 de julio de 2015

Siete calles habaneras con raíces vascas (III) Espada


Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa nació el 21 de abril de 1756 en Arroyabe, Álava. Estudió y se doctoró en la Universidad de Salamanca. Se dice que tenía licencia para leer libros prohibidos. Después ocupó distintos destinos: confesor en Calahorra, capellán de la Armada, canónigo y profesor en la colegiata de Villafranca del Bierzo, promotor fiscal del Santo Oficio en Mallorca. Electo en principio para Chiapas, México, finalmente fue nombrado obispo de San Cristóbal de La Habana, diócesis que abarcaba entonces todo el occidente de Cuba hasta parte de Camaguey y en tierra firme Las Floridas.

Juan José Díaz de Espada llegó al puerto de La Habana en un buque correo en febrero de 1802. Tuvo que guardar cama durante algunos días, por lo lento y penoso del viaje, pero el 14 de marzo, en ceremonia solemne ocupó la silla episcopal, cargo que ocuparía durante 30 años, 5 meses y 19 días. Su biógrafo, Cesar García Pons, se refiere en estos términos al cetro episcopal que recibía Juan José Díaz Espada:

“La Habana ganaba un prelado que iba a transformar la sanidad pública, a levantar los altos estudios, a combatir la ignorancia popular, a tutelar el arte, a modificar las costumbres, a hacer durante un tercio de siglo, del corrompido ambiente de una factoría colonial, una sociedad capaz de triunfar de sus propias miserias. Pero nada de esto sospechaban en verdad, por estos días de marzo de 1802, los que contemplaron en sus manos la vara de pastor. Esta podía ser, como en manos de algunos otros resultó, un simple adorno, o, como devino muy pronto en los de él, una nueva palanca de Arquímedes.”.

En diciembre de 1802, el obispo Espada expresó su deseo de pertenecer a la Sociedad Económica de los Amigos del País de La Habana (más sobre ese tipo de sociedad aquí)  No solo lo aceptaron como socio, si no lo eligieron director de la institución. A partir de entonces, prohibió el enterramiento en las iglesias, dando inicio a las obras de un cementerio general, se opuso a los abusos de la sacarocracia, postuló la prohibición de la trata de esclavos y de las sociedades secretas, impulsó la creación de la cátedra de filosofía que formaría a la futura élite criolla y propuso el uso de la vacuna, entre otras medidas positivas.

Al morir, el 13 de agosto de 1832, el obispo Espada apenas tenía riquezas particulares en el Obispado más rico de América. Haría falta otro libro para detallar la prolongada labor cultural y social de Juan José Díaz Espada y su importancia histórica. Baste decir que llegó a ser perseguido por la Inquisición y es reconocido como una de las grandes personalidades de la historia cubana.

El Templete de La Habana, edificado en 1828, fue el primer edificio netamente neoclásico de la ciudad. Un comentarista anónimo lo describe de esta manera: “Sostienen el arquitrabe seis columnas con capiteles de orden dórico y basamento ático: la altura desde la solería a la clave del tímpano o frontón es de once varas. En los costados tiene cuatro pilastras con sus tableros, basas y capiteles del mismo orden dórico y ático. Los arquitrabes están guarnecidos con once metopas labradas en la piedra, lo mismo que doce triglifos sobre el friso...”

Alrededor de la frondosa ceiba secular, árbol de culto de la santería, el obispo Espada hizo construir el monumento, proponiéndose una imitación del árbol de Guernica.

En ocasión de la visita que José Antonio Aguirre, presidente del Gobierno Vasco en el Exilio, realizó a La Habana en 1942, Fernando Ortiz recordaba: “La jugarreta que el mismo obispo vasco le hizo a los capitanes generales, disponiendo la construcción en esta ciudad del llamado Templete tras la legendaria ceiba, que era signo y padrón de las libertades jurisdiccionales de la villa de San Cristóbal de La Habana; con lo cual frente al palacio del Gobierno insular se alzó una aproximada reproducción del árbol de Guernica y de su Sala de Juntas, donde se simboliza la libertad nacional de su pueblo”.

Existe la tradición popular de dar tres vueltas a la ceiba la noche del 15 al 16 de noviembre, coincidiendo con un nuevo aniversario de la fundación de La Habana, en 1519. Según se dice, se cumplen los deseos que se piden mientras se dan las tres vueltas a la ceiba.

Tomado de la web Semillas en el tiempo.

Foto: En uno de los inmuebles del Callejón de Espada vivió el obispo vasco Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa. Tomada de EcuRed.

lunes, 20 de julio de 2015

Siete calles habaneras con raíces vascas (II) Zulueta



Julián de Zulueta y Amondo nació en Anúcita, Álava, en 1814. Se educó en Vitoria y en 1832 emigró a Cuba para practicar el comercio. En 1842 contrajo matrimonio con Francisca Samá, hija de una rica familia catalana que formaba parte de la oligarquía esclavista. Pronto acumuló una gran fortuna mediante diversos negocios, entre los que no se excluía el tráfico de personas.

Los Zulueta fueron famosos por haber sido los más destacados comerciantes clandestinos de esclavos del siglo XIX. Hay que señalar que de 1815 a 1865 habían llegado más de medio millón de esclavos a Cuba, y todavía en 1871 se embarcaban esclavos bozales para los porfiados negreros de La Habana.

Además, de uno de los promotores de la importación de mano de obra china: entre 1847 y 1874 llegarían a Cuba 124.813 chinos, Julián de Zulueta fue también un pujante industrial, propietario de tres grandísimas haciendas, una de ellas muy extensa, llamada Álava, fundada en 1845, con 600 esclavos, 12 máquinas de vapor, 3 trenes Derosne y una producción anual de 20 mil cajas de azúcar en 1855.

Álava era una de las haciendas de mayor productividad, con más de 33 cajas por esclavo. Las otras dos haciendas, La Habana y Vizcaya, también fueron importantes. Este patrimonio se vio considerablemente incrementado gracias a las dificultades que ocasionó la supresión del Privilegio de Ingenios y la crisis económica de 1866.

Como miembro de la Junta de la Deuda del Tesoro, Julián de Zulueta estuvo muy al tanto de los embargos que se decretaron y acrecentaron sus propiedades azucareras adquiriendo ingenios como el España y el Zaza. Después de la Revolución de Yara en 1868, y prevista la abolición de la esclavitud con el avance de la industrialización, Julián de Zulueta fue uno de los promotores de la transformación técnico mecánica de la producción azucarera.

Se dice que fue consultado por Blas de Villate, el Conde de Valmaseda, y Zulueta respondió: “A los cubanos conviene darles todo, todo menos la independencia”. En esa línea suscribió, en 1869, la Memoria que Antonio Bachiller y Morales leyera en la reunión sostenida entre integristas y reformistas en la residencia del Marqués de Campo Florido, considerando que los habitantes de las colonias deben autogobernarse pues “esa autonomía colonial es tanto más provechosa para la metrópoli que para la misma colonia.”-

Julián de Zulueta llegó a convertirse en portavoz de los intereses de la burguesía industrial-comercial española en Cuba. Fue miembro de la Junta General de Hacendados y presidente del Circulo de Hacendados de la Isla de Cuba, constituido en 1878, “para el adelantamiento de la riqueza pública y privada y mejoramiento de la agricultura y fabricación del azúcar, así como para la representación de los grandes intereses de la comunidad de hacendados, en los casos de interés general”, según se lee en escrito firmado por el propio Julián de Zulueta y Francisco F. Ibáñez.

Sus intereses eran tan generales que en el inventario de bienes que Julián de Zulueta realizó en 1864, en ocasión de su segundo matrimonio, reveló una fortuna ascendente a 104.298.643 reales. En 1857 el número de sus esclavos era de 1,475 esclavos, pero en censos posteriores superaban los 2 mil.

Como político, ocupó diversos y altos cargos en el gobierno de La Habana, pero también fue electo a las Cortes de 1876 por Álava. Y como premio seguramente a su poder económico y político, fue condecorado con las cruces de Isabel la Católica y de Carlos III, además de concedérsele títulos como los títulos de marqués de Álava y vizconde de Casablanca.

Murió en La Habana, en 1878, en la calle Colón, cerca del cruce de las calles Adriani (actual José Martí) y Real (actual Gonzalo de Quesada), al caerse de su caballo, según el periodista Francisco Calcagno (La Habana 1827-1903). Pero el historiador Leví Marrero (Santa Clara 1911-1995) afirma que falleció después de haber sido “coceado por una mula”. Calcagno comentó así su muerte: “Sobrio, longánimo, laborioso, metódico, debió vivir largos años, pero una caída de caballo cuando acudía á urgencias del servicio público, vino á abreviar su meritoria vida”.

Julián de Zulueta, ilustre negrero, fue uno de los promotores del derribo de las vetustas murallas que separaban La Habana antigua de la nueva. Llegó a especular en urbanismo y propició que una calle de la ciudad recibiera su apellido. En Las Villas financió la construcción del tren de Placetas a Caibarién y promovió que un poblado situado en esa ruta ferroviaria, erigido sobre antiguos barracones de esclavos, aún hoy se llama Zulueta y pertenece a Remedios, uno de los trece municipios de la actual provincia de Villa Clara.

La calle Zulueta se abrió al derribarse las murallas en 1863. A pesar de los esfuerzos porque se llamara Agramonte, hasta la fecha se sigue denominando Zulueta y es una de las calles más céntricas de la capital cubana.

Tomado de la web Semillas en el tiempo.
Foto del edificio Los jimaguas, en Zulueta y Refugio, Habana Vieja. Hecha por Ernesto García Díaz para un trabajo suyo publicado en octubre de 2014 en Cubanet.

viernes, 17 de julio de 2015

Siete calles habaneras con raíces vascas (I) Belascoaín


En 1782 se denominaba Calle del Cocal, porque había cocoteros plantados por la zona. Después se conocería por Calzada de la Beneficencia, por la Casa de Beneficencia que en 1793 se edificó en esa calle. Y durante un tiempo se llamó Calle Gutiérrez, apellido del constructor principal, un canario que llegaría a ser regidor de La Habana en 1812.

Hacia 1844, al perfilarse bien la calle, se le nombró Belascoain por el general español Diego de León, conde de Belascoaín, un jerifalte de la época colonial, amigo de Leopoldo O´Donnell. Era el tramo que iba desde lo que entonces era el Paseo de Tacón y que después sería la Avenida Carlos III (hoy Salvador Allende) hasta la Calzada del Monte (Máximo Gómez es su nombre oficial).

Cuando en 1938 se fundó la Oficina del Historiador, Emilio Roig de Leuchsenring propuso algunos cambios de nombre y se le puso Padre Varela, pero la gente siguió diciéndole Belascoaín.

Era una calle frecuentada por los pelotaris del Palacio de los Gritos. En un antiguo edificio, en una de las esquinas de Belascoain y Salud, en la tercera y cuarta planta solían hospedarse los pelotaris del Frontón Jai Alai. Una mujer madura, vasca, era propietaria de ambas plantas y de la azotea, y siempre tenía entre diez o quince pelotaris albergados en habitaciones sencillas con baño individual.

Al salir del frontón a media noche, los pelotaris caminaban a pie por Belascoaín y con frecuencia entraban al bar-restaurante Celada, en Belascoaín y Carlos III. También visitaban el bar Madrid, en Belascoaín y Concordia, el bar-restaurante Mar y tierra, cerca de Belascoaín y Malecón, y el Vista Alegre, en Belascoaín y San Rafael. También el Hotel San Luis, en Belascoaín entre Ánimas y Lagunas, que fuera hogar provisional para muchos puntistas (así le llaman a los que juegan la cesta punta, una especialidad de la pelota vasca).

Otro bar muy vinculado a los pelotaris era el Toki ona (Buen lugar, en vascuence), bar-restaurante en Marqués González 214, entre Neptuno y San Miguel, en la actual Centro Habana. Uno de sus propietarios en 1958 era Martín Ignacio Odriozola, quien invirtió en el local parte del dinero que recogió en la función homenaje por su retiro como puntista, obligado por una afección cardíaca. Se le llamaba Odriozola I para distinguirlo de su hermano, y le apodaban también “el perrito” o “el meteoro vasco”, por su juego ágil y alegre. Tenía 23 años cuando se le diagnosticó la enfermedad y tuvo que abandonar la cesta en 1958.

En los dos pisos superiores, el Toki ona tenía apartamentos de vivienda donde se hospedaban los pelotaris. Los pelotaris frecuentaban también el Centro Vasco, cuya primera sede estuvo en el Paseo del Prado, y posteriormente en Calle 4 esquina 3ra, Vedado.

Tomado de la web Semillas en el tiempo.
Foto de la calle Belascoaín hecha por rayosx7031, Panoramio.

miércoles, 15 de julio de 2015

Zoé Valdés: "Yo nací cuando ya la ciudad empezaba a perderse"


"Yo no perdí ninguna ciudad. Yo nací cuando ya la ciudad empezaba a perderse", dice Zoé Valdes hacia el final de La Habana, mon amour (Editorial Stella Maris, Barcelona, 2015), el último libro de la escritora nacida en la capital cubana el 2 de mayo de 1959.

Si Zoé hubiera podido escoger la fecha de su nacimiento, a lo mejor hubiera escogido la década de 1940-1950, cuando La Habana era una ciudad tan cosmopolita como Nueva York, Londres o París.

Casi nace el 1 de mayo, día internacional de los trabajadores, que ese año no fue celebrado en la aún Plaza Cívica. Puede que haya sido porque los guerrilleros, con sus barbas y sus collares santajuana, en alta voz proclamaban que su revolución era "más verde que las palmas" y menospreciaban la efemérides proletaria. O tal vez porque el barbudo se encontraba de viaje por Estados Unidos, Canadá, Brasil, Argentina y Uruguay.

Y precisamente el 2 de mayo de 1959, el día que nació Zoé, el barbudo se dirigió a los reunidos en la Conferencia de los 21, en el Palacio del Ministerio de Industria y Comercio de Buenos Aires. Y como tantas cosas que entonces decía, dijo que "los pueblos de América no quieren ni libertad sin pan ni pan sin libertad" (pronto a los cubanos les faltaría la libertad y el pan sería por la libreta de racionamiento, implantada en marzo de 1962, poco antes del tercer cumpleaños de Zoé).

Cuando el barbudo habló en la Plaza fue el 8 de mayo. A esa hora, la madre de Zoé estaría dándole el pecho o cambiándole el culero a su bebita de seis días de nacida. El acto marcaba el cierre de la primera gira internacional del barbudo (su primer viaje al exterior fue a Venezuela, en enero del 59). En el discurso de nuevo saldrían a relucir sus supuestas intenciones democráticas: "Nuestro respeto a todas las ideas, a todas las creencias (...) La Revolución respeta el derecho de hablar lo mismo al derechista que al izquierdista (...) Por eso puede considerarse la Revolución más humana y más democrática del mundo, porque no persigue a ninguna idea".

Zoé tuvo la desgracia de ir creciendo a la par que el barbudo hablaba y todo tipo de disparates económicos se le ocurrían, mientras La Habana se iba cayendo a pedazos. Es lo que le tocó. Pese a las peroratas, a la destrucción de la capital y las penurias vividas en su niñez, supo sobreponerse y ser feliz en su patria chica.



Para quienes nacimos y vivimos en El Cerro, Diez de Octubre, Marianao, La Lisa, Regla, Arroyo Naranjo, Boyeros, Cotorro o San Miguel del Padrón, el libro de Zoé Valdés nos permite descubrir escondrijos de la Habana colonial, construida con piedras, maderas preciosas y sudor de esclavos, libertos y peninsulares. Pese al calor, las durísimas condiciones y los cientos de accidentes laborales que en aquella época deben haber ocurrido, colonizadores y colonizados nos dejaron una de las urbes más bellas del Nuevo Mundo.

Y en muchos de los sitios de la vieja Habana nos adentra Zoé. También en localidades de sus años mozos, como Cojímar, Guanabacoa, El Vedado y Habana Campo, la provincia rural que siempre alimentó a la urbana.

De su mano vemos filmes en los cines Actualidades, Verdún, Majestic, Universal, Capri, Cinecito, Payret, Rex, Duplex, Fausto, América, algunos ya desparecidos, otros en estado deplorable. Visitamos la 'casita' de Martí, en Paula 102 y subimos al Cristo de la Bahía, escultura de Jilma Madera (1915-2000). Entramos al Sloppy Joe's y conocemos a un niño que dice llamarse Charlie. Y a cualquier hora del día o la noche, con Zoé nos sentamos en el muro del Malecón, seña de identidad del habanero.

Nos enteramos que en vez de escritora pudo haber sido trapecista, si hubiera seguido dando clases en el circo ambulante donde la abuela apuntó a su inquieta nieta, a veces montando bicicleta por la Alameda de Paula, brincando por los parques, inventando poemas o preparándose para hacer la primera comunión.

Una niña que todo lo escudriñaba, tocaba, olía. Cualquier personaje la intrigaba: el Caballero de París, Farolito o La China, la loca más famosa que hubo en La Habana y según la leyenda, hija de los dueños de La Casa de los Tres Quilos (centavos). La primera fue inaugurada en Monte y Estévez y la segunda en Reina y Belascoaín.

Muchos aguaceros después, las dos populares tiendas, ubicadas en céntricas calles habaneras, serían reconvertidas en 'shoppings' por los recaudadores oficiales de divisas. Los mismos que en 1959, el año en que Zoé nació, parecían que habían llegado al poder para consolidar los logros alcanzados por una pujante burguesía nacional y un poderoso empresariado cubano-extranjero. Pero lo que hicieron fue comenzar a destruir y reprimir. El proceso de destrucción ya cumplió 56 años, los mismos que el pasado 2 de mayo cumplió Zoé Valdés.

Sabía que ella tiene una gata llamada Sócrata, pero por el libro me entero que ya tuvo otra igual y un buen día desapareció por un rincón de la Habana Vieja. Por eso a la nueva Sócrata, que un 17 de diciembre, día de San Lázaro, le trajo su hija Luna, no la deja ni asomarse al balcón.

Cuando uno vive en una ciudad sin mar, el río más cercano es capaz de imaginarlo de un azul intenso, el color del Oceáno Atlántico, el que baña La Habana, la ciudad que siempre será su ciudad, aunque desde 1995 reside en París y a menudo viaje a otros países.



En esta escritora viven tres Habana: la vivida, la añorada y la soñada (en sus sueños, a los cubanos no les falta pan ni libertad). Las tres aparecen en su libro, junto a seres queridos (su abuela, su madre y su amigo Ramón Unzueta) y gente que admira: la Condesa de Merlin, Dulce María Loynaz, Guillermo Cabrera Infante, Lezama Lima y Reinaldo Arenas.

Pero la condición de habanera auténtica no se la dan las tres Habana que Zoé Valdés lleva dentro, reflejadas en casi toda su obra literaria -veintiséis libros y siete guiones o textos cinematográficos que le han hecho acreedora de una docena de premios y reconocimientos- si no por la sangre irlandesa, china y cubana que corre por sus venas. Si algo distingue a un habanero de pura cepa es su mestizaje.

Tania Quintero

lunes, 13 de julio de 2015

La simulación inhibe los derechos ciudadanos en Cuba



Como el 1 de mayo era feriado, Joanne, 19 años, se puso de acuerdo con un grupo de amigos para ir a una discoteca en El Vedado.

“Salimos pasadas las 10 de la noche y como no había transporte público, cogimos un taxi colectivo, por pesos cubanos. Pero al regreso, al no tener cuc para un taxi por divisas, tuvimos que caminar cinco kilómetros para llegar a nuestros hogares. Uno no entiende por qué el gobierno paraliza el servicio de guaguas. ¿Y si alguien se enferma, visitar a un amigo o quiere divertirse? ¿Por qué sutilmente obligan a la gente a quedarse en casa?, se pregunta la joven.

Yusmila, dependienta en un café por moneda dura, cuando cerca de las once de la noche terminó su jornada, en un parque oscuro de la Avenida Acosta, infructuosamente esperaba un ómnibus de la ruta P-3 que la trasladara a su domicilio, en el reparto Alamar, al este de la ciudad.

“Después de gastar 40 pesos en taxi, llegué a mi casa a las dos de la mañana. Y a las cuatro y media de la madrugada me tuve que despertar para ir a la marcha del primero de mayo en la Plaza de la Revolución. En todos los puntos de salida sobraban las guaguas”, dice disgustada.

Cuando usted le pregunta, por qué ante tantas dificultades decidió asistir, abre los ojos y señala: “Tú sabes, si uno no va se marca. Y puedo perder mi plaza, pues estoy contratada”.

El cubano de café sin leche, constantemente se queja en voz alta de lo que considera 'abusos del poder estatal'. Es su válvula de escape. A nadie se le ocurre enviar quejas masivas a instituciones gubernamentales, armar un cacerolazo o convocar un paro laboral.

Cincuenta y seis años de derechos coartados han propiciado un ciudadano 'rebelde' en las paradas de ómnibus y el sofá de su casa, pero demasiado obediente a la hora de quejarse ante los funcionarios o protestar públicamente.

Existe miedo, apatía y desconfianza. La gente de a pie reconoce que nada se va resolver armando un guirigay ante los burócratas del partido comunista. Así muchos lo consideran.

En un mediodía de calor desquiciante, en la cola de una oficina de correos, varias personas en voz alta comentaban sobre las arbitrariedades del gobierno al situar un “gravamen criminal” a los bultos postales enviados desde el exterior.

“Mi suegra me hizo llegar una caja de dos kilogramos con un vestido para la graduación de sexto grado de mi hija, dos pares de zapatos y otras boberías. Me cobraron 22 pesos convertibles, 550 pesos al cambio oficial, el salario de un mes de un profesional. Uno se pregunta si los dirigentes cubanos gobiernan para beneficiar al pueblo o para hacerlo sufrir. De todos esos abusos, como prohibir las tiendas privadas, cines 3-D y aranceles draconianos no se puede culpar al 'bloqueo'. El verdadero bloqueo, es el del gobierno hacia nosotros”, señala molesta una señora.

Cuando le digo que existe un grupo disidente recogiendo firmas para que el gobierno ratifique los Pactos de la ONU rubricados en 2008, y que de aprobarse abrirían una puerta para empoderar al ciudadano común, la mujer me mira como si yo fuese un marciano.

“Ni loca firmo. Una cosa es quejarse y otra enrolarse en la oposición. Esa gente no va a resolver nada. Son tan victimas como nosotros”, responde.

Las sociedades totalitarias, a golpe de decretos y controles sociales, engendran un ambiente de sospecha y temor. Pero desde hace un lustro, en la Isla algunas reglas de juego han cambiado.

No he podido comprobar que a una persona la despidan de su puesto de trabajo por no asistir a una marcha convocada por el régimen o no votar en las elecciones municipales para elegir a inoperantes delegados.

Pero la simulación en Cuba sigue teniendo límites insospechados. En pleno temporal, el pasado 29 de abril, donde los copiosos aguaceros provocaron cientos de derrumbes en La Habana y tres personas fallecieron, un vecino, residente en una casa a punto de desplomarse, me contaba que no pudo dormir por temor a que el techo le cayese encima.

¿Y entonces por qué asististe al desfile del 1 de mayo en la Plaza, si hace 23 años estás esperando por una vivienda y el Estado no te la ha otorgado?, le pregunto.

“No sé. Pero si no voy, a lo mejor nunca me la darán”, contesta en voz baja.

El analfabetismo jurídico y la resignación, ha convertido a una mayoría de ciudadanos en peleles. Y ha contribuido a la creación de una sociedad de zombis anestesiados.

Mientras el cubano de a pie siga viendo el juego desde las gradas, nada va a cambiar. Los gobiernos se deben a su gente y no al revés. El cambio somos nosotros mismos. Después de 56 años, ya deberíamos creérnoslo.

Iván García
Foto: Tomada de Cubanet.