sábado, 20 de diciembre de 2014

Cuba-EEUU: ¿Se aliviará la situación de los cubanos de a pie?



La alocución del general-presidente Raúl Castro del miércoles 17 de diciembre sobre las relaciones Cuba-Estados Unidos, merece sin dudas el sobrio calificativo utilizado de antemano por el servicio de mensajería del diario oficialista Granma: “Importante”.

Al propio tiempo, el menor de los hermanos puso de manifiesto uno de los cambios favorables (que, por desgracia, no han sido muchos) en su estilo de dirección, si lo comparamos con el del fundador de la dinastía.

Si el anuncio hubiese tenido que hacerlo Fidel Castro, con toda seguridad habríamos podido contar con una peroración de muchas horas de duración, repleta de divagaciones de todo tipo.

En este caso sucedió lo contrario: el actual Jefe de Estado, en apenas siete minutos, ha ido directo al grano; ha tomado el toro por los cuernos al abordar con brevedad y concisión este asunto que para nuestro pequeño país resulta de importancia vital.

Lo más importante de la alocución es el anuncio del intercambio de prisioneros realizado entre ambos países. Ya llegaron a Cuba los tres miembros de la Red Avispa que permanecían en cárceles norteamericanas. Como contrapartida, fue excarcelado no sólo el contratista Alan Gross, quien permaneció preso injustamente durante cinco años.

También fue liberado “un espía de origen cubano” y otras personas presas en nuestro país, por las cuales los Estados Unidos habían mostrado interés. Los diplomáticos norteamericanos -pues- no mordieron la carnada tendida de manera irresponsable por el influyente diario The New York Times y otros medios, que aspiraban a que se realizara el asimétrico cambio de los tres por uno. De todos modos, será preciso conocer los pormenores del acuerdo antes de hacer una valoración definitiva del intercambio.

Para los cubanos del Archipiélago, este anuncio trae aparejadas dos buenas noticias. La primera de ella es el inevitable cese de la aturdidora campaña propagandística por la libertad del trío de Cinco, centrada en el lema: “¡Volverán!”. Veremos qué nuevo bodrio cocinarán ahora los ideólogos del Departamento Ideológico del Comité Central para intentar mantener embobecidos a nuestros compatriotas.

La segunda buena nueva es que la esmirriada faltriquera de quien personifica al pueblo cubano -el famélico Liborio Pérez- se verá algo aliviada. Ya no será necesario pagar anuncios de página completa en influyentes (y caros) periódicos, ni vallas anunciadoras, ni viajes, hoteles o cenas para los miembros de los comités en defensa de Los Cinco que pululaban en todo el mundo.

¿Servirá este alivio económico para suavizar en algo la calamitosa carestía que sufren los cubanos de a pie? ¡Ojalá!

En la información brindada por la Casa Blanca, se destacan, junto a la reapertura de las embajadas, otros aspectos fundamentales de la nueva política norteamericana hacia Cuba, lo que incluye: nuevas facilidades en materia de viajes y remesas, expansión del comercio, mayor acceso a las comunicaciones en Cuba, relajamiento de las sanciones, revisión de la calificación de Cuba como patrocinadora del terrorismo, participación en la Cumbre de las Américas en Panamá y lo que se describe como “compromiso firme con la democracia, los derechos humanos y la sociedad civil” en Cuba.

Por su parte, Raúl Castro, al recordar la persistencia del embargo norteamericano, destacó que el logro de acuerdos “no quiere decir que lo principal se haya resuelto”. También exhortó al gobierno de Washington “a remover los obstáculos que impiden o restringen los vínculos entre nuestros pueblos, las familias y los ciudadanos de ambos países, en particular los relativos a los viajes, el correo postal directo y las telecomunicaciones”.

Resulta innegable que los anuncios hechos en ambas capitales implican el inicio de un cambio sustancial en las relaciones entre los dos países vecinos. Será menester observar la manera concreta en que esas medidas se reflejen en las actividades cotidianas.

René Gómez Manzano
Cubanet, 17 de diciembre de 2014.
Foto: Agromercado cubano. Tomada de Havana Times.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Platos olvidados



La primera vez que Agustín, tornero en una fábrica en las afueras de La Habana, probó una champola de guanábana le preguntó a su esposa cuál era la fórmula secreta para preparar una bebida tan exquisita.

Le gusta preparar cenas abundantes, pero a sus 38 años su cultura gastronómica es muy limitada. Su familia es un retrato de la Cuba de hoy. Desayunan café sin leche y pan con mayonesa. Y los dos hijos almuerzan lo que ha sobrado de la noche anterior o pan con tortilla.

Agustín y su esposa almuerzan en el trabajo. Casi siempre arroz sin limpiar y potaje de frijoles negros o chícharos sin sazón. La comida, como en la isla le dicen a la cena, es un problema. Y eso que Agustín se puede es de los pocos que pueden comer pollo o carne de cerdo cinco veces a la semana.

La dieta básica para la mayoría de los cubanos es mucho arroz, de vez en cuando potaje de frijoles colorados o negros y los fines de semana, un bistec fino de cerdo o un muslo no muy grande de pollo.

Lo más consumido es el huevo, en cualquiera de sus variantes: frito, hervido, en tortilla o revoltillo. Alguna que otra vez, picadillo de pavo Made in USA que venden a 1.10 pesos convertibles -el equivalente a una jornada laboral- en los mercados por moneda dura.

Ensalada, de col, lechuga o tomate y, según la estación, una tajada de aguacate. Por las noches, mientras ves la tele, eres afortunado si puedes tomarte un vaso de jugo de guayaba, piña o fruta bomba.

La carne de res, mariscos y pescados llevan bastante tiempo desaparecidos de las mesas de las familias cubanas. Los altos precios, escasas ofertas y raquíticas producciones agrícolas, son la causa de que la dieta nacional se reduzca a unos pocos alimentos.

Frutas como el anón, chirimoya, guanábana, mamey, canistel, níspero, ciruela, mamoncillo, tamarindo, mandarina o naranja se han convertido en un verdadero lujo.

Solo personas mayores como Gerardo, quien a sus 72 años cuida un baño público en un bar a tiro de piedra de la bahía habanera, puede hablar de aquella etapa donde incluso los más pobres almorzaban picadillo de res con arroz blanco y plátanos maduros fritos. Y de postre, coco rallado con queso blanco o amarillo.

“Tu ibas al Mercado de Cuatro Caminos y en tarimas con hielo podías escoger el pescado fresco que quisieras. Había una cantidad impresionante de frutas, cubanas y de California: manzanas, peras, uvas y melocotones. Vegetales y viandas ni se diga, la malanga estaba botá. Y dulces típicos, para qué contarte”, dice Gerardo con nostalgia.

Teresa, ama de casa de 81 años, vivía cerca del Mercado Único o de Cuatro Caminos, el más grande y surtido de la capital, hoy abandonado y cerrado. No tenía refrigerador y todos los días iba temprano a comprar lo que iba a cocinar ese día. "El menú semanal casi siempre era parguito frito; camarones, enchilados o con arroz; bistec de res y de hígado; costillas o masas de puerco; sopa de res, de falda, con la cual luego hacía vaca frita o ropa vieja; bacalao de Noruega al estilo vizcaíno, y bolas de plátano pintón rellenas con picadillo, al que le echaba aceitunas, pasas y alcaparras. El maíz mi familia lo prefería en guiso y en tamal en hoja, con carne de puerco, y en tamal en cazuela con muelas de cangrejo. Lo que sí no les gustaban eran los chayotes rellenos con jamón y queso ni el guiso de quimbombó con camarones secos, yo los cocinaba para mí".

Aunque entonces cocinar no era un dolor de cabeza, como lo fue a partir de la implantación de la libreta de racionamiento en marzo de 1962, Teresa acostumbró a los suyos a hacer un buen almuerzo los domingos y por la tarde se comía un 'tentempie'. "En la Esquina de Tejas o en una cafetería que había en Monte y Fernandina, comprábamos sandwich, media noche o galleta preparada y tomábamos malta, sola o con leche condensada. O un pan con bistec en cualquiera de los puestos de fritas que había por el barrio".

Herminia, 75 años, era maestra de una escuela de doble sesión y no tenía tiempo para hacer mandados ni demorarse cocinando. "La solución era comer de cantina o en una fonda de chinos. Era barato y cada día tenían varios menús. Mis platos preferidos eran la carne asada mechada con jamón, la carne con papas y el arroz con pollo al que se le echaba cerveza y se adornaba con pimientos morrones. Mi debilidad eran los batidos de anón o mamey y las champolas de guanábana o chirimoya. También me gustaban los dulces que traían de otras provincias, como las cremitas de leche de Cascorro y las raspaduras de Sancti Spiritus".

Fidel Castro arrasó con la quinta y con los mangos. Una isla sin pescado, cañaverales sin azúcar, cafetales sin café, platanales sin plátanos. Vacas flacas que no dan leche ni carne. Introdujo la pizza -o un remedo de ella- los espaguetis y bazofias cárnicas ligadas con soya y café mezclado con chícharos.

Intentó difundir la arepa venezolana, los tacos mexicanos y restaurantes vegetarianos. En uno de sus delirios, intentó imitar a McDonald’s con una hamburguesa de cerdo. Pero como todo lo suyo, un buen día desapareció y ya nadie se acuerda de ella.

Antes de 1959, hasta el cubano con menos recursos, se acostumbró a comer bien y variado. De aquellos platos solo quedan los recuerdos de personas nacidas 70 años atrás. Como recientemente escribió el colega José Hugo Fernández en Cubanet, si deseas probar la cocina tradicional cubana, tienes que coger un avión e ir a Miami.

Iván García


miércoles, 17 de diciembre de 2014

Babalú: dos versiones


En los años 40, la interpretación que Miguelito Valdés hizo de la canción afrocubana Babalú, de la compositora Margarita Lecuona, alcanzó tanta fama que, en lo adelante, Valdés sería conocido como Mr. Babalú.


Espectáculo dedicado a Babalú Ayé por la agrupación Yoruba Andabo.

Babalú Ayé, el San Lázaro de la religión católica, es uno de los orishas o santos más venerados en Cuba.

Tania Quintero

lunes, 15 de diciembre de 2014

San Lázaro, una calzada con muletas



Fue uno de los tres viejos caminos que, partiendo de la Puerta de la Punta, continuaba a lo largo del litoral hasta la Caleta de Juan Guillén, que después se denominó de San Lázaro, la cual rodeaba, para seguir por la playa hasta los riscos de Oliver -donde después se construiría el Hotel Nacional-, llegaba a la llamada Punta Brava y seguía la línea de la costa hasta el Monte Vedado, alcanzando el caserío de Pueblo Viejo, donde se asentó la primitiva población de La Habana, al trasladarse desde la costa sur a la desembocadura del río Casiguaguas o de la Chorrera.

En su trayecto se construyeron los puentes de San Lázaro y de las Ánimas en la Caleta de Juan Guillén, sobre una corriente de la Zanja Real. A este camino primitivo se le llamó de El Arcabuco y, con el correr de los años, se convirtió en la Calzada de San Lázaro, así llamada por el hospital de ese nombre al que conducía, que se encontraba donde hoy está el Parque Maceo, siendo años después prolongada hasta la Universidad.

En la Colonia se le denominó Ancha del Norte y en la República, Avenida de la República, pero la población la conoce como la Calzada de San Lázaro o simplemente, la calle San Lázaro. Su importancia inicial disminuyó con la construcción del Malecón. Comienza en el Paseo del Prado y termina frente a la escalinata de la Universidad de La Habana.

El tramo comprendido entre Prado y Galiano, se caracteriza por la gran cantidad de edificaciones de dos pisos, que en su tiempo de esplendor fueron cómodas y acogedoras viviendas, y hoy se encuentran en avanzado estado de deterioro, muchas de ellas simples cascarones en proceso de derrumbe y otras con sus balcones pendientes de desplome, con el eminente peligro que representan para los transeúntes.

El tramo entre Galiano y Belascoaín se encuentra en mejor estado que el anterior, aunque mostrando el paso del tiempo sin mantenimientos ni reparaciones serias. A partir de Belascoaín, a un lado, el majestuoso monumento al General Antonio Maceo en el parque que lleva su nombre, antes abierto y con un anfiteatro, y hoy cercado (según se dice para evitar accidentes de tránsito peatonales), dentro de cuyo perímetro se encuentra el antiguo Torreón de San Lázaro, en la etapa de la Colonia utilizado como punto de observación para detectar el acercamiento de naves piratas y mediante un disparo alertar a la población.

Enfrente, el Hospital Hermanos Ameijeiras, en el edificio que fuera construido originalmente para la sede del Banco Nacional de Cuba en los terrenos que antes ocuparan la Casa de Beneficiencia y el Asilo de Mendigos San José. A continuación, en el número 805, el hermoso edificio del antiguo colegio La Inmaculada, construido en 1874, donde radica la Casa Central de las Hijas de la Caridad y, al llegar a la calle Marina, un garaje, más edificios y casas de vivienda.

En la otra acera, el famoso comercio de víveres El 1005, hoy tienda recaudadora de divisas. En el número 1054, el antiguo cine Florencia, después llamado Pionero, hoy en ruinas. Y en la calle Hospital, el bar El Lazo de Oro, que era famoso por sus chayotes rellenos y la ensalada de pollo y, ya en Infanta, donde existían diversos expendios de ostiones, el frío Parque de los Mártires, diseñado con grandes bloques de hormigón que emergen agresivamente de la tierra, construido en los terrenos donde antes levantaba sus carpas el circo Santos y Artigas para sus funciones de fin de año.

Queda enfrente el local de las Lámparas Quesada, hoy convertido en la librería Alma Máter, donde a veces se refugiaba el Caballero de París. En esta zona, hacia la derecha de la actual calzada, en tiempos de la Colonia se encontraban las tristemente célebres canteras de San Lázaro, alturas rocosas donde eran enviados los presos a trabajar, entre ellos José Martí siendo un adolescente, del cual dejó testimonio en su obra El presidio político en Cuba.

Cruzando Infanta, estaban los antiguos bodegones en sus dos esquinas (hoy comercios de baja calidad), las múltiples casas de huéspedes donde se alojaban los estudiantes universitarios que venían de provincias a realizar sus estudios en el alto centro docente y, al final, el pequeño parque dedicado a Julio Antonio Mella, con su cabeza en bronce que un día fuera mancillada con chapapote, echándosele la culpa al Gobierno, lo que motivó una masiva manifestación estudiantil de repudio, que terminó con la muerte de un estudiante. Con el tiempo se demostró que en realidad todo había sido una provocación con fines políticos, ordenada por alguien interesado en exacerbar los dormidos ánimos estudiantiles.

San Lázaro termina frente a la escalinata de ochenta y ocho pasos de la Universidad de La Habana, lugar al cual se trasladó en 1902, ocupando la Pirotecnia Militar situada en una zona de la llamada Loma de Aróstegui. Entre los años 1906 y 1940 fue ampliándose el centro de altos estudios con la incorporación de nuevas escuelas y facultades. La escultura que representa el Alma Máter, realizada por el escultor Mario Kolber en 1919, fue instalada un año más tarde delante del rectorado y, al construirse la escalinata, trasladada al sitio actual en 1927. Dentro, el recinto posee valiosas pinturas murales de los artistas Domingo Ravenet y Armando Menocal.

San Lázaro nunca fue una calle eminentemente comercial. Más bien era una tranquila calle de residencias de dos pisos cercanas al mar, donde se respiraba un aire fresco con olor a salitre. En su tramo hasta la calle Belascoaín, llamaba la atención su quietud y daba la sensación de que quienes vivían en ella, hacían sus vidas totalmente dentro de sus hogares. Hoy este tramo está prácticamente destruido, con viviendas que parecen haber sido calcinadas por el fuego, balcones desparecidos o a punto de desparecer, derrumbes, apuntalamientos, espacios vacíos donde antes existieron edificaciones, y ruinas y más ruinas.

En el tramo hasta la escalinata de la Universidad, aunque son mayoritarias las viviendas, perduran algunos pocos comercios, principalmente de víveres. Aquí las viviendas, aunque afectadas por el tiempo, no muestran los estragos de las del tramo anterior, tal vez por encontrarse un poco más alejadas de mar y de sus efectos. San Lázaro, con muletas, dejando que le caigan los años encima, espera un milagro que tarda demasiado en llegar.

Fernando Dámaso
Diario de Cuba, 5 de noviembre de 2014.
Foto: San Lázaro y Manrique, Centro Habana. Tomada de Skyscrapercity.
Leer también: Los fantasmas de la calle Infanta.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Pese a todo, los negros siguen labrando su destino



Un agente de la autoridad fuera de servicio y pasado de tragos, blanco de piel, justificó el racista arquetipo policial cubano que convierte a un negro o mestizo en presunto delincuente, con un viejo refrán aprendido de su madre: "Todos los negros no son ladrones, pero todos los ladrones son negros".

El tipo no es mala persona. Es buen padre, un criminalista de calibre y no se considera racista. Pero fue lo que aprendió en su niñez. Los prejuicios raciales abundan en las familias cubanas. Luego se trasladan a toda la sociedad.

Esa misma actitud del agente habanero la hace suya la Policía Nacional Revolucionaria en los días de operativos y redadas: de cada 10 ciudadanos que paran en la vía pública y piden identificación, ocho son negros. Es un problema de mentalidad.

Hace un par de años, un amigo que laboraba en una firma extranjera, me comentó que estudiaba comprar cremas blanqueadoras para la piel. No le creí. Según un estudio de mercado, dijo, la crema tendría gran aceptación entre los cubanos.

Como nunca las vi a la venta en las tiendas por divisas, pensé que había sido una broma de mal gusto. En el libro Afrocubanas, la historiadora y antropóloga María I. Faguagua cuenta que en 2009 una empresa española estudió esa posibilidad.

Varias personas consultadas, que se dedican al tratamiento del pelo para mujeres negras, dijeron que esas cremas se venderían como pan caliente. "Uno puede pensar lo que quiera. Pero yo llevo 20 años desrizando 'pasa' y te digo que muchas negras y mestizas darían cualquier cosa por aclararse la piel y transformarse en blancas", afirmó una peluquera habanera.

Ciertamente, el orgullo negro en Cuba no está en su mejor momento. Lo que han pasado los negros no ha sido poco. Siempre es bueno repasar la historia.

Y es que desde 1886, cuando oficialmente se abolió la esclavitud, los negros partieron en clara desventaja con respecto a los blancos. No tenían propiedades. Ni dinero. Ni abolengo. Y mucho menos reconocimiento social.

Años después, en la república, apenas se tuvo en cuenta su decisivo aporte a las luchas por la independencia. Pese a esos avales, solo conseguían trabajo de estibadores, cortadores de caña, o en la construcción.

Muchas familias negras no aceptaron tranquilamente el destino de vivir a la baja. Y algunas lograron subir por la empinada y difícil escalera social.

Pero fueron las menos. Luego, ya se sabe, Fidel Castro llegó. Y decidió resolver las diferencias raciales mediante decretos y campamentos donde negros y blancos se mezclaran y se hicieran "compañeros".

Para empezar no estaba mal. Pero los prejuicios raciales en Cuba eran más sutiles. Estaban -y están- bastante arraigados en la mente de una mayoría. Y eso no se puede legislar. Si de veras se pretendía derribar barreras, hacía falta un trabajo educativo sistemático, a largo plazo, e incluir a negros y mulatos en las estructuras del poder.

Ya eso fue más difícil. Una cosa era que escoltas personales o los soldados enviados a la guerra civil en Angola fueran color petróleo, y otra, que formaran parte del status quo.

Aunque después de 1959 los negros ganaron espacios, y junto a los blancos compartían carnavales, juegos de pelota, becas en el campo y estudios universitarios, después, por mucho talento que tuviesen, quedaron trabados dentro del grupo de profesionales mediocres que se jubilan sin haber podido escalar en lo social o lo político.

De vez en cuando se pesca un negro hacia altos cargos del gobierno o del partido. Asunto de imagen. Pero los negros siguen en el escalón más bajo de la sociedad.

Eso sí, son mayoría en las cárceles y en los terrenos deportivos. Con excepción del ajedrez o la natación: según viejos conceptos racistas, en esas modalidades los morenos son un fracaso.

Igualmente los prietos son buenos para tocar instrumentos musicales. O cantar boleros, sones, salsa, rap y reguetón.

Ya si pretenden acceder a la compañía Alicia Alonso, los miran con recelo. Casi con lástima, una vieja profesora me dijo: "No tengo nada contra los negros, pero para el ballet clásico su anatomía les trae muchos problemas". La profesora pasó por alto los triunfos en el Ballet de Londres de Carlos Acosta, bailarín negro cubano.

Si en la música y los deportes los negros suelen tener el uno, también han sabido sacarle lasca a la prostitución. Buscando lo diferente o por el mito de que son buenos en la cama, muchos europeos viajan a Cuba a saciarse sexualmente con los de piel oscura. Placer barato.

Pero mientras las jineteras se ofertan en clubes y zonas nocturnas de La Habana por 20 dólares, una parte de los hombres negros sigue mirando su futuro en la distancia, sobre todo en Europa.

Así, lo peor de lo peor en la Cuba actual es ser mujer, negra y disidente. Pregúntenle a la activista comunitaria Sonia Garro Alfonso. Graduada de enfermería con notas brillantes, sufrió en carne propia el racismo que se gastan algunos mandarines criollos .

Una tarde, orgullosa por ser la primera profesional de una familia cuyos integrantes se habían dedicado a los oficios peor remunerados, con su mejor vestido y par de zapatos, fue al teatro Astral a recoger su diploma. En el momento de tirarse la foto colectiva, un dirigente provincial le pidió que se apartara: "Los de tu color no quedan bien en las fotos".

Años después, Sonia me contaba que su rabia fue tal que se marchó sin recoger el diploma. Al poco tiempo, se convirtió en disidente.

Unos días antes de la llegada del Papa a la Isla, en marzo de 2012, fuerzas antimotines de la policía política penetraron en su casa como si fuesen terroristas. Usando balas de goma y excesiva violencia, cargaron con Sonia y su esposo, Ramón Alejandro Muñoz González, también opositor. En rigurosas prisiones esperan ser procesados. Ella en una cárcel de mujeres, él en el Combinado del Este.

Los negros en Cuba labran su destino en las escasas opciones de triunfar que tienen. Sus fracasos triplican el número de sus éxitos. Un alto porcentaje vive mal y come peor. La paciencia se ha ido agotando. Y han decidido dejar de ser reos de su raza. Como Sonia Garro.

Iván García

Foto: Juan A. Madrazo. Uno de los muchos hombres y mujeres de la raza negra que se disfrazan de cualquier cosa y por la Habana Vieja se buscan unos 'chavitos' con los turistas. En este caso, como estatua viviente en la calle Obispo.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Sonia Garro o la crueldad de un régimen

Este trabajo de Iván García y Laritza Diversent se publicó el 2 de febrero de 2010 en el blog Desde La Habana, pero hoy, Día de los Derechos Humanos, he querido reproducirlo por la crueldad del régimen cubano contra Sonia Garro y su esposo Ramón Alejandro Muñoz. Desde el 18 marzo de 2012 se encuentran encarcelados y en cuatro ocasiones habían suspendido el juicio).

Por si no bastara con acusarlos de "atentado, desorden público y tentativa de asesinato", delitos que ellos no han cometido y para los cuales la Fiscalía pide 10 años de privación de libertad para Sonia y 14 años para Ramón, han tenido la desvergüenza de realizar un calumnioso y denigrante video, con supuestos vecinos que se han prestado para semejante vileza.

A continuación, una de las fotos que Iván y Laritza tiraron en casa de Sonia cuando el 19 de enero de 2010 fueron a hacer el reportaje. Los niños muestran los regalitos que ellos les compraron y llevaron. Por su parte, los pequeños les obsequiaron dibujos a Iván y Laritza y Sonia preparó una merienda para todos.



Al final, 6 de las 17 fotos que en noviembre de 2009 Sonia me enviara, de las actividades que ella y Ramón en 2008 realizaban en su casa con niños de su barrio, Los Quemados, Marianao, cuando entre los dos dirigían un centro cultural independiente que mucho molestaba al gobierno. Una iniciativa, por cierto, que seis años después les copiaron y bajo la batuta estatal, pusieron en marcha en la barriada de Cayo Hueso, Centro Habana.

Tania Quintero

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Todo empezó un mediodía sin sol, el 24 de febrero de 2007. “Hasta aquí”, dijo Sonia, una técnica en laboratorio, que cosiendo en el portal de su casa, en una máquina de los años 50, con frecuencia contemplaba accidentes de niños jugando sin la mirada atenta de sus padres. Y sus grandes ojos se llenaban de lágrimas cuando en las noches veía a niñas de 12 años, con el cuerpo escuálido, como el de su hija, prostituirse por baratijas.

Y se decidió. Ese día Sonia creó un proyecto comunitario independiente que ayudaría a los niños pobres de su barrio, sin importar la ideología de los padres.

Les presentamos a Sonia Garro Alfonso, 34 años, negra retinta algo pasada de peso, que vive en la Avenida 47 No. 11638 entre 116 y 118, en el populoso y humilde municipio de Marianao, al norte de la Ciudad de La Habana. Si alguien puede hablar de pobreza, prejuicios y tropiezos en la vida ésa es ella.

-En mi infancia, los momentos felices se pueden contar con los dedos de una mano. Soy la décima hija de una familia de doce hermanos, pobre a rabiar. Olvídense de juguetes el Día de Reyes. Siempre usé ropas gastadas de segunda mano que algún vecino por caridad le daba a mi madre. Iba a la escuela con mis zapatos viejos y rotos, pero con una voluntad inmensa, pensando siempre que estudiando y superándome podría cambiar mi suerte, nos cuenta Sonia en la estrecha sala, forrada de madera color mostaza, de su precaria vivienda de dos pisos.

Para desgracia de Sonia, su suerte no cambió en los inicios de su juventud. A pulmón y con evidentes tintes de racismo, durante los años en que estudió para hacerse técnica en laboratorio, subir la pendiente y dejar atrás la pobreza, atragantarse de pan para alejar el hambre y ser una persona solvente, era casi una misión imposible.

-Viví el racismo en carne propia. Recuerdo que un día quise hacer una reclamación en la escuela y la subdirectora, con odio, me dijo: ‘Ve a donde te dé la gana, quién le va ser caso a una negra?’. Cuando me gradué de técnica en laboratorio, con título de oro, hicieron un acto en el teatro Astral, en el centro de La Habana. El ministro de salud pública iba a entregar los diplomas a los más destacados, y se me acercó una persona del entorno del ministro y me comunicó que otra persona iba a recibir el titulo por mí, porque al tener la piel tan negra, no quedaría bien en la foto. ‘No te ofendas, no es por racismo, pero al ser tan prieta, vas a echar a perder la foto”, recuerda Sonia con su voz pausada.

Esa noche, que debía ser la más feliz de su vida, tuvo que tragar el buche amargo de que otra persona, de la raza blanca, recogiera su título. Fue tanta la humillación que se marchó del teatro. “Nunca he recogido ese título”, confiesa. Pero como dice el refrán, a perro flaco, todo lo que le cae son pulgas.

Luego, cuando laboraba en un policlínico de su barrio, en una reunión convocada de emergencia, fue expulsada del centro de salud por tener como esposo a un opositor político. “Una de dos, me dijeron, o te separas de él o te tienes que ir del policlínico”. Sonia se fue.

Si alguien ha empujado a esta mujer a disentir y tener criterios propios, es el propio gobierno, con su absurda manera de actuar. Hasta que para ella se hizo la luz. Después de estar horas sentada en su portal, viendo accidentes de niños, metidos dentro de contenedores de basura, jugando descalzos y riñendo entre ellos, Sonia supo que algo tenía que hacer.

Entonces con ayuda de su esposo, fundó el Centro Cultural Recreativo independiente, el 24 de febrero de 2007. En su casa, una veintena de niños en edades comprendidas entre los 7 y 15 años, todas las tardes, después de terminar su horario escolar, se reúnen en el portal y la sala de su modesto hogar.

-La primera regla que tengo, es no hablar nada de política. Organizo actividades de dibujo y de corte y costura. Mi esposo, Ramón Alejandro Muñoz, músico de profesión, se encarga de hacer coreografías de baile y les enseña a tocar instrumentos musicales. Cuando podemos, los fines de semanas, hacemos fiestas y repartimos libros infantiles y juguetes.

-Algunas organizaciones no gubernamentales extranjeras nos han ayudado con materiales y medicinas. También embajadas de países de la Unión Europea y personas que, a título individual, nos dan lo que pueden. Porque esto no es una labor de una sola persona, explica Sonia, mientras nos muestra numerosas fotos de actividades con payasos, donde el denominador común es la sonrisa de manantial en los rostros de esos menores.

Después de esa experiencia inicial, Garro decidió ir a por más. Abrió otro centro comunitario, en el barrio marginal El Palenque, en el propio municipio de Marianao. Si usted quiere saber como es El Palenque, mire fotos de una sórdida favela de Río de Janeiro o una ciudadela de Puerto Príncipe antes del terremoto. Es casi lo mismo. En ese lugar, Sonia y sus colaboradoras atienden entre 16 y 18 niños.

Lo que parece un acto sano de la sociedad civil, que más que problemas trae beneficios, ha desatado un huracán a pequeña escala por parte de los servicios de la Seguridad del Estado en Cuba. Acostumbrados durante 51 años a que cualquier buena idea parta siempre del buró de un jerarca del Partido Comunista, siempre levanta suspicacias y sospechas cuando una ciudadana, a título personal, crea un proyecto sin el sostén de papá Estado. Y Sonia Garro ha tenido que pagar un precio por su labor humanitaria.

-La respuesta del gobierno a mi labor social han sido tres actos de repudio y un par de golpizas. El último acto de repudio que intentaban darme no funcionó, pues nadie en la cuadra asistió para apoyarlo, tuvieron que macharse con las manos vacías, nos dice sin odio ni emoción.

La mayoría de los muchachos que asisten al proyecto viven infiernos chiquitos en sus hogares. Casi todos proceden de familias desestructuradas, donde el padre o está en la cárcel o sus hijos no lo conocen. Por lo bajo, vecinos revolucionarios, supuestamente integrados al sistema, felicitan al matrimonio Garro-Muñoz.

-Incluso, hay policías que nos felicitan y alientan por lo que hacemos, señala el esposo de Sonia.

Sonia Garro está lejos de ser una socióloga o especialista, dedicada a estudiar por qué precisamente en Cuba, paradigma de una infancia feliz, suceden casos como los de su barrio. Tampoco quiere emular con la Madre Teresa de Calcuta. Ni con Zilda Arns, la pediatra brasileña fallecida en Puerto Príncipe, a consecuencia del sismo en Haití, y que como herencia dejara miles de niños rescatados de la marginación y la pobreza.

La tarea de esta cubana es simple. Ver a los niños reír y que crezcan en un ambiente sano, sin violencia. Si en un futuro estos menores llegan a ser profesionales, educados con valores cívicos, y no pisan la cárcel, ella se da por satisfecha. No pide más. Y por eso no entiende por qué su labor despierta tanto resquemor entre las autoridades.

Por otras vías, Sonia Garro Alfonso supone que el Estado desee lo mismo. Pero el gobierno no piensa igual que ella. Todo lo contario.







Iván García y Laritza Diversent
Fotos: En las cuatro primeras, de las actividades recreativas que Sonia Garro y Ramón Alejandro hacían en lo que hasta su violenta detención el 18 de marzo de 2012, fuera el domicilio de la pareja, en Avenida 47 No. 11638 entre 116 y 118, Marianao. En la quinta y última foto aparecen los dos con algunos de los entonces integrantes del centro cultural independiente.

lunes, 8 de diciembre de 2014

A los negros nos dejaron la calle



Mi vecina, una mulata que todos los días intenta pasar por blanca, no deja de recordarle a Secundino, de una familia negra a la que llaman Los muchos, que “gracias a la Revolución” ellos son personas.

Tatiana, descendiente de haitianos -según ella- aclara: “Con los negros la vida es más sabrosa, pero con los blancos es más fácil. El negro cubano no deja de aguantar el palo, el blanco cuando la cosa se le pone dura coge y se larga.”

Katia, rubia de 24 años, afirma que "los cubanos somos racistas, me dicen blanca sucia, puerca y petrolera porque me gusta 'la pinta', mis mejores amigos son niches. Para mi familia, soy la oveja negra, la única de las hembras que manchó el expediente, porque tuve hijos prietos”.

Testimonios como éstos indican que el racismo vive en Cuba entre el grito y el silencio. La Revolución que tanto defendieran los poetas Nicolás Guillen y Marcelino Arozarena y el haitiano René Depestre, desde una “poesía sin color”, desactivó la lucha frontal contra el racismo en nombre de preservar la “unidad nacional”.

Denunciar el racismo se castiga. Bajo el rótulo de preservar la ficticia unidad, la inquisición revolucionaria continúa aplazando la discusión de la problemática racial. El discurso político no deja de ser una fe cínica, exportable en las voces de poetas leales como Nancy Morejón y Miguel Barnet, del economista Esteban Morales, de los periodistas Serafín Quiñones y Pedro de la Hoz.

Quienes defienden la idea de que el tema racial es una problemática que amenaza la seguridad nacional, no mencionan la ausencia de empoderamiento de negros y mestizos en la economía emergente.

Julián Cabrera, trabajador por cuenta propia, comenta: “A negros y mestizos la bolsa de trabajo se nos hace difícil. De nada vale que muchos seamos profesionales, hayamos ido a la universidad, seamos militantes del Partido. Somos confiables para vigilar, para reprimir, para agitar a las masas. Cuentan con nosotros para reuniones del Partido o del sindicato, pero para participar de la riqueza, de eso nada, a los negros les dejaron la calle”.

Tras el impulso del trabajo por cuenta propia, las criadas han regresado con fuerza a las mansiones de las élites revolucionarias y los nuevos ricos de La Habana, y la mayoría suelen ser mujeres negras. La labor de carretillero, zapatero remendón, sereno, portero, reparador de fosas sépticas, recolector de materias primas, cuidador de baños públicos, son reservados para los negros, sin contar los oficios de proxenetas, pingueros o mendigos.

Gracias al racismo, los negros cubanos no han dejado de ejercer los trabajos más duros y violentos, han sido los pasajeros indocumentados de la historia de Cuba. Sus vidas continúan siendo una marcha forzada.

Texto y foto: Juan Antonio Madrazo Luna
Cubanet, 31 de julio de 2014.