lunes, 26 de enero de 2015

Recordando a Heberto Padilla



La luna de miel entre la intelectualidad izquierdista occidental y el régimen comunista de Fidel Castro sufrió una primera y grave crisis hace ya 30 años, en 1971, a raíz del encarcelamiento del poeta Heberto Padilla y del subsiguiente caso Padilla. Un caso que puede ahora darse por cerrado con la muerte del autor cubano en Estados Unidos a causa de un infarto, el 25 de septiembre del 2000.

Padilla tenía 68 años y daba clases en la Universidad de Auburn, Alabama. Luego de no haber acudido a su cita académica de los lunes, fue hallado muerto, poco después en su domicilio, según publicó The Miami Herald.

El caso Padilla, que marcó el inicio del divorcio entre la intelectualidad occidental y el régimen castrista, tuvo su origen en la publicación, en 1968, del poemario Fuera de juego, libro que en un primer momento recibió el principal galardón literario concedido por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Pero las críticas a la revolución castrista que contenía acabaron provocando el encarcelamiento del autor en 1971.

Las represalias no terminaron aquí. Padilla fue torturado y obligado a retractarse y renegar de sus críticas al gobierno comunista en una declaración pública dirigida a la UNEAC.

Este episodio causó la reacción de numerosos intelectuales y un primer desencanto generalizado respecto a los métodos de la revolución cubana. Desde Mario Vargas Llosa hasta Octavio Paz y Julio Cortázar, pasando por Simone de Beauvoir o Jean-Paul Sartre, Marguerite Duras, Jaime Gil de Biedma, Alberto Moravia, Pier Paolo Passolini, Alain Resnais o Juan Rulfo, una larga lista de escritores, cineastas y pensadores firmaron una carta en la que pedían explicaciones al gobierno de La Habana y denunciaban unos modos de actuación que les recordaban poderosamente a los de los procesos de Moscú.

Fidel Castro aprovechó la ocasión para establecer una nueva política cultural, que se resumía en la consigna "El arte es un arma de la revolución". Y calificó la cultura como una actividad de masas e insistió en el reconocimiento del marxismo-leninismo como instrumento válido para interpretar la realidad, lo que conducía inevitablemente a un arte muy ideologizado.

De todos modos, y debido a las presiones internacionales y el creciente descrédito, Castro se vio obligado a liberar a Padilla, quien dejó la prisión para seguir bajo arresto domiciliario.

En 1980, gracias a otra campaña internacional, esta vez dirigida por el senador norteamericano Edward Kennedy, Heberto Padilla logró salir de Cuba, con destino a Estados Unidos, donde ha residido los últimos veinte años de su vida, trabajando como profesor en las universidades de Princeton, Nueva York, Miami y Auburn, Alabama.

Nacido en Pinar del Río el 20 de enero de 1932, Heberto Padilla ha sido considerado una de las figuras más importantes de la poesía cubana de la segunda mitad del siglo XX.

Padilla desempeñó diversos cargos de confianza en los primeros años de la revolución, entre ellos el de corresponsal de Prensa Latina en Nueva York, director de Cubartimpex, organismo encargado de seleccionar libros extranjeros y representante del Ministerio de Comercio Exterior en los países socialistas y escandinavos. Después, poco a poco, empezó a distanciarse del régimen y a convertirse en uno de los primeros disidentes intelectuales e ideológicos.

Traductor de Keats, Shelley, Byron y Blake, también de Eliot, Heberto Padilla es autor de una notable obra poética y narrativa, entre la que destacan títulos como Las rosas audaces, El justo tiempo humano, Fuera de juego, El hombre junto al mar, la novela En mi jardín pastan los héroes y la autobiografía Mala memoria.

La Vanguardia, 27 de septiembre de 2000.
Foto: De derecha a izquierda, Heberto Padilla, su esposa Belkis Cuza Malé y el escritor Florencio García Cisneros, Princeton, 1992. Tomada de La noche de la autocrítica en la UNEAC.

viernes, 23 de enero de 2015

Recordando a Reinaldo Arenas



Reinaldo Arenas Fuentes vino al mundo el 16 de julio de 1943 en la provincia de Holguín, a unos 730 kilómetros al este La Habana. De una familia humilde, su infancia transcurrió en Aguas Claras, pueblo del oriente cubano. A los 12 años se traslada a la ciudad de Holguín, donde cursa la primera enseñanza. En 1962 se gradúa de contador agrícola y se va a vivir a la capital. En 1964 comienza sus estudios universitarios, primeramente de economía y más tarde en la Escuela de Letras y Artes de la Universidad de La Habana.

Un año antes, en 1963, había participado en un concurso de cuentos infantiles para la radio, con un cuento titulado Los zapatos vacíos. Cintio Vitier y Eliseo Diego, miembros del jurado, conocen al joven escritor y deciden ofrecerle un puesto de trabajo en la Biblioteca Nacional José Martí, y allí comienza a laborar sin haber concluido sus estudios universitarios.

Por esos años trabaja también en el Instituto del Libro y en la Casa de las Américas. Entre otras publicaciones, colabora con Unión, revista en la cual publica sus primeros cuentos, Casa de las Américas, El Caimán Barbudo y La Gaceta de Cuba, donde además se desempeña en el cargo de redactor. Entre 1967 y 1968 Arenas trabaja como editor en el Instituto Cubano del Libro.

En los concursos UNEAC de 1965, 1966 y 1968 obtiene mención por sus novelas Celestino antes del alba y El mundo alucinante, y por su libro de cuentos Con los ojos cerrados. El mundo alucinante es publicada primeramente en francés en 1968, el mismo año en que gana el primer premio de Le Monde a la mejor novela extranjera publicada en Francia, y en 1969 es editada en español por la editorial mexicana Diógenes.

En 1980, Arenas es uno de los más de 120 mil cubanos que abandonaron Cuba por el puerto habanero del Mariel. Se traslada primero a Miami y junto con su amigo Juan Abreu, funda la revista Mariel (1983-1987). Después se muda a Nueva York, ciudad en la que se instalaría definitivamente y continuaría escribiendo hasta que, enfermo de sida, el 7 de diciembre 1990 decide quitarse la vida.

Arenas hiperbolizó muchos acontecimientos relacionados con su vida, con su contexto y con otros personajes del ambiente literario e intelectual de su época. Esta perspectiva, sostenida en muchos textos suyos de carácter autobiográfico o ensayístico, contribuyó a fijarlo como personaje maldito, así como a la estigmatización de parte de la obra que publicó fuera de Cuba.

Su relato autobiográfico Antes que anochezca contó con una versión cinematográfica homónima a cargo del director Julian Schnabel, estrenada en 2001. Del mismo título es la ópera que le dedicó el compositor Jorge Martín, presentada en el Lincoln Center de Nueva York.

Considerado como uno de los principales continuadores del neobarroquismo cubano, Reinaldo Arenas cuenta con una vasta producción narrativa publicada fundamentalmente fuera de la Isla.

Dentro de esa producción, se destaca El mundo alucinante (1965), una suerte de novela histórica que recrea la vida de una figura de la emancipación americana: el cura mexicano fray José Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra (1763-1827), personaje histórico que había nacido en Monterrey, localidad ubicada en el entonces Nuevo Reino de León, en el virreinato de Nueva España.

Del cura mexicano a Arenas le interesó su vinculación con la lucha contra el despotismo instaurado por un gobierno basado en la alianza entre las autoridades de la monarquía española y la Iglesia católica; el encarcelamiento y las incesantes huidas, que lo llevaron a desplazarse desde Nueva España a Europa y, de ahí, nuevamente a América; y su carácter inconforme, rebelde y trasgresor.

Al elegir este personaje, Arenas reactualizaba un discurso minoritario en el que se arremete contra las bases del colonialismo y que moviliza una tradición de cuestionamiento de los legados coloniales. Por otra parte, por su desplazamiento entre los continentes americano y europeo, sobre los cuales se arroja una mirada alucinada, así como por su interés en la Historia, esta obra de Arenas se aproxima a la de Alejo Carpentier.

En esa novela, a Arenas no le interesa seguir la realidad histórica al pie de la letra, y, por lo tanto, la ficcionaliza de múltiples maneras. Uno de los recursos de los que se vale es la incorporación de Orlando, personaje de la novela homónima de Virginia Wolf; así como también de la alteración intencional de las fuentes documentales revisadas para la reconstrucción de la época y de la vida de fray Servando.

Por otra parte, la hipérbole le sirve a Arenas para parodiar y satirizar la realidad, fundamentalmente de América y Europa –aunque también de Estados Unidos-, de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. El mismo efecto tiene lugar con la presencia de distintos narradores, a través de los cuales se manifiestan múltiples perspectivas sobre un mismo hecho.

Dentro de la obra narrativa de Arenas, es necesario destacar lo que él mismo consideró como su Pentagonía (neologismo que resulta de la combinación de “pentalogía” y “agonía”), conformada por los libros Celestino antes del alba (1967), El palacio de las blanquísimas mofetas (1975), Otra vez el mar (1982), El asalto (1991) y El color del verano (1991). Obras que textualizan la historia cubana y la del propio Arenas dentro de las convenciones del barroco.

Se trata de novelas que subrayan la artificialidad de la escritura, y que metaforizan diferentes etapas en la vida de su autor. La primera comienza el ciclo con la infancia del escritor en un medio primitivo y ahistórico y continúa en la segunda novela con la adolescencia del personaje durante la dictadura batistiana y los años que precedieron el triunfo de la Revolución. La tercera novela se dedica al propio proceso revolucionario cubano desde 1958 hasta 1970, así como al desencanto del escritor con el nuevo sistema político. La cuarta se monta según los modelos de las novelas de dictador, y cuenta una historia que termina en 1999, en medio de un carnaval alucinante y multitudinario en que la juventud cubana toma por asalto a la Isla, la cual se desprende de sus cimientos y parte hacia lo desconocido. Y en la quinta novela fabula sobre el futuro de la humanidad a partir de un relato profundamente desencantado.

La Loma del Ángel (1985) es también significativa dentro de la novelística de Arenas, y fue escrita como una adaptación paródica del clásico del siglo XIX cubano, Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde. Nuevamente, en la novela se interesa por el pasado histórico, esta vez por el pasado colonial de Cuba a partir de las problemáticas que ya aprovechara en su momento Villaverde: la anécdota amorosa, la denuncia antiesclavista, las divisiones de clases y los conflictos raciales; pero además se vale de las amplias repercusiones del mito en la sociedad cubana.

En ella se presentan personajes esperpénticos y caricaturescos, todos envueltos en conflictos de raza y en relaciones incestuosas. Mediante el caos, el absurdo y la ironía se ridiculizan de manera caótica las costumbres impostadas, la copia de falsas maneras, el desenfreno por el baile, la sensualidad característica de negros y mulatos, y las maneras de vestir inapropiadas para el clima de nuestro país.

Los nueve cuentos incluidos en Termina el desfile (1981) forman parte de lo más significativo de Arenas dentro de su cuentística, que en comparación con su novelística constituye una obra menor. Estos cuentos repiten temas comunes como el desengaño político y personal, la imposibilidad de amar a alguien, la asfixia dentro del seno familiar, la familia como una extensión de la opresión política, la relación amor-odio con la madre, el homosexualismo y el humor en medio de las situaciones más trágicas.

Se tratan de historias que de nuevo incorporan elementos autobiográficos de Arenas. En Comienza el desfile, se narra la entrada de los rebeldes en la ciudad de Holguín, y en Termina el desfile se relatan los acontecimientos acaecidos en 1980 en la Embajada del Perú de La Habana y que afectarían su vida.

Con La vieja Rosa (1980), Arenas vuelve a optar por la continuidad de sus historias. En este caso se trata de un volumen donde publica el relato homónimo junto a Arturo, la estrella más distante. En la primera de las narraciones, con una estructura lineal y convencional, cobran importancia los elementos sobrenaturales y la música.

Cuenta la vida de Rosa, una madre que llora las ruinas de su casa, de su familia y de su época, y que descubrimos como una mujer defraudada por la vida, y por lo tanto frustrada. Arturo, por su parte, es un personaje a través del cual se cuestiona el sistema carcelario como método para reeducar o reformar a los individuos. Un relato en el cual vuelven algunos de los temas de Arenas, como el sexo, la madre, la frustración, la libertad tronchada, la marginación, la soledad y la muerte, así como el recurso de la intertextualidad, que hace conexiones en este caso, por ejemplo, con el texto bíblico o con Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar.

Biografía tomada de EnCaribe, enciclopedia de historia y cultura del Caribe.
Foto de Jorge Camacho, tomada de Una lectura inédita de Reinaldo Arenas, en su voz.
Leer también: El encanto de la transgresión.

miércoles, 21 de enero de 2015

Recordando a Néstor Almendros



Fue el año en que llegaron todos. Llegó Eduardo Manet de París y Ramón F. Suárez de Suecia. Llegaron Pablo Armando Fernández y Humberto Arenal y Amaro Gómez de Nueva York. Llegaron también Heberto Padilla y Edmundo Desnoes -y todos llegaban porque el Comandante ya había llegado antes. Ya saben, el que mandó a parar. Entonces no sabíamos hasta qué punto mandaría a parar.

Uno de ellos era alto y delgado y ya con entradas prominentes. Vestía uno de esos seersuckers clásicos de Brooks Brothers, con corbata de lana negra. Había leído alguna colaboración suya en la sección Cine de la revista Carteles y sabía que venía de Nueva York, invitado a trabajar en el recién creado Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, ICAIC, por su amigo Tomás Gutiérrez Alea.

Conocía también su nombre, Néstor Almendros, y que había traído con él su cámara, una Bolex de cuerda que el ICAIC se apresuró a alquilarle ante la carencia de equipos que teníamos. Lo que no sabía era que Néstor provocaría una conmoción en el cine cubano. De nuevo.

Ya antes lo habían acusado de agente de la CIA, a finales de los años 40, en la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo. Su padre, Herminio Almendros, alto funcionario del Ministerio de Educación de la República Española, llevaba varios años exilado en Cuba, y Néstor, con 18 años, llegaba de Barcelona, borracho con las teorías del director Sergei Eisenstein, pionero del cine soviético.

Armado con su cámara, Almendros se puso a sacar primeros planos de sus compañeros en la sociedad cultural, la cual acababa de pasar, subrepticiamente, al control del Partido Socialista Popular. Algunos dirigentes de Nuestro Tiempo, estalinistas paranoicos, creyeron que Néstor les hacía retratos para la agencia estadounidense de inteligencia, cuando en realidad eran ingenuos y primeros amagos de cine. Y lo expulsaron.

Y ésa fue su definición inicial: extranjero, y para colmo catalán, que parecía querer revolucionar a los nativos con sus exóticas ideas europeas. ¿Sería trotskista?

A principios de los años 50, la energía creativa de Néstor se hizo sentir en el cine experimental de la época, demostrándole a los cubanos que la única manera de hacer cine era haciéndolo: es decir, hacerse de una cámara, aprender a utilizarla y filmar. Almendros fue promotor y fotógrafo de varias pequeñas películas de la época. Esa breve pero intensa efervescencia experimental tendría su final cuando algunos de sus protagonistas, entre ellos Néstor, se marcharon a Europa a estudiar cine a mediados de la década.

De Roma, donde hizo estudios en el Centro Sperimentale di Cinematografia, Néstor irá a Nueva York, esta vez a estudiar dirección de fotografía en el New York Community College. Y llega a Manhattan justo en el momento en que los jóvenes cineastas newyorkinos descubren una aliada esencial en la Tri X, una película en blanco y negro ultrarrápida que la Kodak acababa de lanzar. Además, las cámaras se habían vuelto más pequeñas y se sofisticaban con lentes de sensibilidad superior.

Esa autonomía de los pesados equipos de iluminación permitía filmar con una considerable flexibilidad de movimiento y conseguir un espectro más amplio de expresión: libertad y ubicuidad desconocidas hasta entonces. La noche de fin de año de 1958, con su pequeña Bolex de cuerda, y utilizando solamente la luz natural de las tiendas y del alumbrado de Times Square, Néstor filmará 58-59, un poema a Nueva York y a la noche. Tres meses más tarde llegará a La Habana, invitado por Gutiérrez Alea.

Con 58-59, Néstor provocó una segunda conmoción entre los cineastas cubanos. A todos nos sorprendió la calidad del corto, la sensibilidad del autor, pero sobre todo la libertad con que el cineasta había contado, gracias a la película rápida.

Esa independencia fue precisamente lo que preocupó a la dirección del ICAIC, ya que detrás del andamiaje generador de una industria de cine en Cuba se escondía un objetivo mayor: la agitación y propaganda necesarias al régimen recién instituido. Que se desarrollase un cine alternativo y personal era lo que la dirección del organismo quería evitar a toda costa.

Pero todavía eran tiempos de inclusión -y el ICAIC cumplió con la invitación que a Néstor le había hecho Gutiérrez Alea. Como fotógrafo primero, y más tarde como fotógrafo/director, Almendros realizó documentales llamados didácticos, objetivo para nada alejado de las inquietudes pedagógicas heredadas de su padre.

De esa época es El tomate, un documental que hicimos juntos a finales de octubre de 1959 en una recién creada cooperativa agrícola de Camagüey. La filmación transcurría sin problemas hasta que un día, al llegar por la mañana a rodar, nos encontramos con la cooperativa totalmente desierta: todos se habían ido a "buscar a Camilo".

El comandante Camilo Cienfuegos, jefe del Ejército Revolucionario, había desaparecido en su avioneta -misteriosamente- después de arrestar a Hubert Matos en la capitanía de la provincia. Poco importaba que la avioneta hubiese desaparecido sobre el mar Caribe, al sur de la isla, según informaban las noticias en la radio, y que la cooperativa estuviese tierra adentro, más bien al norte. Nada de eso tenía la más mínima importancia: la consigna era "buscar a Camilo". Aquella semana el país entero se paralizó y los cubanos no hicimos más que "buscar a Camilo".

Durante aquel primer año de revolución, y a pesar de la frialdad y desconfianza de la dirección del Instituto del Cine hacia 58-59 -es decir, su método de realización- el corto se convirtió en punto de referencia para muchos documentalistas del ICAIC. Así surgieron Carnaval Socialista, de Alberto Roldán, y Asamblea General, de Gutiérrez Alea, ambas fotografiados por Ramón F. Suárez.

Pero el ejemplo más notorio fue P.M., excelente cortometraje realizado por Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante fuera del control del Instituto del Cine y con un punto de vista ajeno a la agit-prop. La negativa del ICAIC a permitir que el corto se exhibiese en los cines creó una enorme conmoción entre los intelectuales cubanos e hizo que Néstor dejase definitivamente el organismo para irse a trabajar como camarógrafo en un noticiero de televisión. Y por su cuenta, con los recortes de negativo que le sobraban de esos noticieros, realizó Gente en la playa, uno de los cortometrajes más libres y hermosos que jamás se hayan hecho en Cuba.

Eran tiempos definitivos. Almendros tomará partido a favor de los autores de P.M. en su columna de la revista Bohemia, de la cual era crítico de cine, y muy pronto se verá atacado por Verde Olivo, órgano oficial del Ejército Rebelde, tras lo cual lo expulsan de Bohemia.

Todo terminará en la Biblioteca Nacional con Fidel Castro zafándose su cinturón para depositar la cartuchera de su pistola sobre la mesa presidencial de la reunión, antes de acercarse al micrófono a dictar, ya dictador, cátedra: "Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada". Pero, ¿quién va a decidir qué está "dentro" y qué no? Nadie preguntó. Todos miraban de reojo la pistola sobre la mesa.

Después del cierre del magazine literario Lunes de Revolución y del propio periódico Revolución, síntomas transparentes de lo que vendría después, Almendros escogió el exilio una vez más -lo cual no le fue fácil, pues su padre, a quien él respetaba, era ya un alto funcionario del Ministerio de Educación, el que concebía y organizaba las escuelas Camilo Cienfuegos en la Sierra Maestra.

En Barcelona, su ciudad natal, Almendros recuperó su pasaporte español y se hizo amigo de los jóvenes que conformaban la entonces llamada "escuela de cine de Barcelona". Éstos le propusieron una película como fotógrafo, que Néstor aceptó, pero que tuvo que abandonar cuando la protagonista, la diva Sara Montiel, se negó a trabajar con un fotógrafo desconocido. Una vez más, Almendros hizo su maleta y se marchó.

A finales de diciembre de 1962, de regreso del Festival Internacional de Tours, pasé por París y conseguí localizar a Néstor. Tuvo la amabilidad de invitarme a cenar en un comedor universitario donde pagaba con cupones que adquiría más baratos por docena: única calidad de restaurante que se podía ofrecer con el poco dinero que ganaba dando clases particulares de español.

Cuando terminamos de comer, le dije: ¿Por qué no vamos a ver El proceso, de Orson Welles?. "No puedo. Los cines de estreno son muy caros", me respondió

Como todavía me quedaban unos francos de las dietas que me habían dado para el festival, le invité. A tientas nos orientábamos en la oscuridad del cine cuando dimos con dos asientos libres -justo al lado de Oskar Werner, el actor alemán de Jules et Jim. "Déjame sentarme a su lado", me rogó Néstor, de nuevo el cinéfilo fascinado por las estrellas de cine.

Meses más tarde, ya en La Habana, me enteré que había enviado Gente en la playa al Festival de Estrasburgo, que fue visto y elogiado por Edgar Morin, director del Museo del Hombre. Morin lo presentó a Eric Rohmer y éste le ofreció la dirección de fotografía de su segmento en una película de varios cuentos, Paris vu par.

Néstor dejó de dar sus clases de español y se entregó por entero a la película -aunque sólo le habían dado un contrato por 48 horas, pues el productor Barbet Schroeder no había querido comprometerse con él sin ver primero las tomas reveladas.

Y el trabajo de Néstor gustó tanto, que Barbet le llamó de nuevo para que hiciese la fotografía del próximo cuento, dirigido por Jean-Luc Godard. Néstor le dio las gracias por la oportunidad y le dijo que le entusiasmaba la idea de trabajar con Godard, pero que no podía abandonar de nuevo sus clases, de las cuales vivía -y aprovechó para decirle a Barbet que nunca le había pagado sus honorarios en aquel primer trabajo con Rohmer.

Abochornado, Barbet le pagó, tras lo cual Néstor hizo el Godard y más tarde Ma nuit chez Maude, su primer largometraje con Rohmer. Fue en Maude que Francois Truffaut descubrió la fotografía de Néstor -lúcida, translúcida sin luces- y consideró que era la ideal para L'enfant sauvage, que ya preparaba. Y las películas de Truffaut sí que se veían en Hollywood. El resto, como se dice, es historia.

Néstor Almendros trabajó durante años con los mejores directores franceses y estadounidenses. Ganó un César por El último metro, de Truffaut, y un Oscar con Days of Heaven, de Terrence Malick, además de otras nominaciones por las dos Academias, la estadounidense y la francesa. La crítica le consideró un director de fotografía excepcional: un fotógrafo que, además, sabía dirigir sus propios documentales.

Más allá de su talento, tres elementos ayudaron al éxito de Néstor Almendros: la sofisticación cultural que absorbió en su adolescencia en Barcelona; los estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana, que sorprendería a los cineastas franceses, acostumbrados a trabajar con fotógrafos que no eran más que técnicos; y la invención de la película Tri X, que le permitirá independizarse de los equipos pesados.

Pero el éxito no le hizo olvidar a sus amigos de Cuba. A menudo nos invitaba al rodaje de sus películas, a los estrenos de las mismas, y en una ocasión me pidió que viniésemos a su casa a ver por televisión una entrevista con Roberto Rossellini. El director italiano había ejercido una influencia esencial en la Nueva Ola francesa y la entrevista se exhibía esa noche.

En su apartamento de la rue Rousselet ya estaban Jacques Doniol-Valcroze y Jean Douchet, co-fundador el primero y ambos críticos de la revista Cahiers du Cinéma, y también Eric Rohmer, con quien Néstor acababa de terminar La rodilla de Clara.

Cuando llegó la hora, todos nos acomodamos frente al televisor, excepto Rohmer, que giró su asiento 180 grados y se sentó dándole la espalda a la pequeña pantalla. Sorprendido, le pregunté a Néstor en voz muy baja: ¿Qué le pasa? Almendros dejó escapar una discreta risita irónica: "Es que no quiere que la televisión le dañe su sentido de la imagen".

Años más tarde, en 1977, justo el año de la muerte de Rossellini, Néstor trabajaría con el gran maestro italiano en Beaubourg, un documental sobre el Centro de Arte y Cultura Georges Pompidou.

Recuerdo la alegría en su voz cuando una mañana de 1989 me llamó desde el laboratorio De Luxe, donde terminaba la corrección de luces del episodio de Martin Scorsese para New York Stories.

"Los recuperamos, Canel, los recuperamos", me decía lleno de entusiasmo desde la oficina del director del laboratorio. Yo no entendía nada. "¿De qué hablas, qué recuperamos?". "Los documentales… Ritmos de Cuba y Carnaval", respondió

Néstor trabajaba esa mañana en el laboratorio cuando el director se le había acercado y le había dicho: "Almendros, ¿sabe usted que en las bóvedas tenemos dos cortos cubanos?". "No, ¿cuáles?", preguntó.

El hombre consultó sus apuntes: "Ritmos de Cuba es uno, y el otro Carnaval." Era realmente increíble. Ritmos de Cuba lo había dirigido y fotografiado Néstor, en 1960, en Cuba, para el ICAIC. Y Carnaval lo había dirigido yo, con Joe Massot, ese mismo año. No sabíamos que los negativos todavía estuviesen allí.

"Sí", me contaría Néstor que le explicó el director. "Los revelamos y enviamos los rushes a La Habana y luego tiramos unas pocas copias. Pero el ICAIC nunca nos pagó y cuando se rompieron relaciones con la Isla y se instauró el embargo comercial, los negativos ya editados se quedaron en nuestras bóvedas. Desde entonces están ahí. Mire, los directores tienen derecho a una copia en vídeo para su uso personal, pero me tienen que firman un acuerdo por el cual se comprometen, so pena de procesamiento legal, a no comercializar los cortos. Esas películas son propiedad del ICAIC y a ese organismo se las devolveremos cuando nos hayan pagado lo que nos deben."

Al día siguiente vimos Ritmos de Cuba y Carnaval por primera vez desde su estreno en el cine La Rampa, en La Habana, en el verano de 1960. Veintinueve años más tarde.

Cuando Néstor sintió que ya tenía el nombre y el prestigio profesional necesario en París y en Hollywood, mundos todavía obnubilados por la propaganda castrista, produjo y dirigió (con Orlando Jiménez Leal) Conducta impropia, el más poderoso alegato jamás hecho en el cine contra el régimen de La Habana, y más tarde Nadie escuchaba (con Jorge Ulla), un efectivo documental de testimonios sobre los abusos de los derechos humanos en Cuba.

Un día de mediados de diciembre de 1990 sonó el teléfono en mi casa de California. Era Néstor, que me llamada desde el rodaje de Billy Bathgate en Nueva York, su nueva película con Robert Benton. No sabíamos, ni él ni yo, que sería, literalmente, su última película.

"¿Como estás?", me preguntó. "Bien, ¿y tú?"

"Agotado", respondió. "Muy, pero muy cansado. Ya sabes cómo son los rodajes americanos. Te pagan de maravilla, pero te sacan el jugo. Ahora vienen la Navidad y Año Nuevo y los productores prefieren pagar overtime a paralizar la filmación y luego tener que traer otra vez a todo el personal al lugar del rodaje. Lo cual significa que estamos rodando 14 o 16 horas diarias. No veo la hora en que termine y me vaya a descansar. Pero te llamo para que no dejes de ver Havana".

"¿La película de Pollack?". "Sí, no dejes de verla. Quiere ser Casablanca y no lo es, pero es interesante. La reproducción de la época y todo. No te la pierdas."

A mí me extrañó que me llamase desde el otro lado del país, estando tan cansado, sólo para recomendarme una película. ¿No se estaría despidiendo?

A mediados de 1991 me informaron de Nueva York que Néstor había caído enfermo y que los médicos le habían diagnosticado el sida. A partir de ese momento me fue imposible localizarle, se había refugiado en la casa de campo de un amigo en las afueras de la ciudad y de la cual nadie tenía el número de teléfono.

A principios de noviembre se estrenó Billy Bathgate, pero Néstor no acudió al estreno. Cinco meses más tarde, ya en 1992, sonó de nuevo mi teléfono. Era Jorge Ulla, dándome la noticia de que Néstor había muerto.

En la plenitud de su vida, de su fama y su carrera, Néstor Almendros murió en Nueva York el 4 de marzo de 1992, a la edad de 61 años.

Fausto Canel

Publicado en Diario de Cuba el 3 de marzo de 2011 con el título Néstor Almendros: a los 19 años de su muerte. Una primera versión de este texto, bajo el título Néstor Almendros, el hombre y su cámara, fue publicado en Mariel, revista de literatura y arte, en la edición especial de aniversario. Miami, Florida, primavera de 2003.


Leer también: Exilio y luz.

lunes, 19 de enero de 2015

Recordando a Guillermo Cabrera Infante



Guillermo Cabrera Infante nació en Gibara, Cuba, el 22 de abril de 1929 y en 1941 se trasladó a La Habana con sus padres, donde comenzó a escribir con 18 años de edad. Abandonó la carrera de Medicina para trabajar como redactor de la revista Bohemia. En 1949 creó el semanario Nueva Generación y en 1950 ingresó en la Escuela de Periodismo de la Universidad de La Habana.

Junto a Néstor Almendros y Tomás Gutiérrez Alea fundó en 1951 la Cinemateca de Cuba, la cual presidió hasta 1956. En 1952, tras la aparición en Bohemia de un relato suyo que contenía “palabrotas” ofensivas para el gobierno de Fulgencio Batista, fue multado, encarcelado y obligado a firmar sus trabajos con otra identidad, para lo cual se creó el seudónimo de G. Caín, una contracción de sus apellidos.

Tras el triunfo de la Revolución Cubana el 1 de enero de 1959 dirigió el Consejo Nacional de Cultura y fundó el suplemento literario Lunes del periódico Revolución, donde había sido editor hasta entonces. Al lado de Carlos Franqui dirigió este suplemento literario, uno de los más importantes e influyentes de Latinoamérica, hasta 1961. En 1962 fue nombrado agregado cultural de Cuba en Bruselas, cargo que desempeñó hasta 1965 cuando, tras una breve estancia en su país natal, renunció a sus funciones diplomáticas y regresó a Europa como exiliado.

Rotos sus vínculos con el gobierno cubano, en 1966 se instaló en Londres, donde se nacionalizó como británico y residió hasta su muerte. Además de su actividad como escritor, fue profesor y conferenciante de varias universidades norteamericanas, como Yale, Virginia, West Virginia, y Oklahoma. Entre los galardones al conjunto de su obra se encuentran la Medalla Sancho IV, de la Universidad Complutense de Madrid en 1992, el Premio del Instituto Italo-Latinoamericano de Roma en 1995, y el Premio Cervantes en 1997. En el 2000 fue declarado Doctor Honoris Causa por la Universidad Internacional de Florida.

Guillermo Cabrera Infante evidenció su afición por el cine desde sus primeros escritos críticos, publicados en la revista Carteles en 1954 y reunidos luego en el volumen Un oficio del siglo XX (1973), donde compone una suerte de biografía imaginaria del crítico G. Caín, alter ego del propio autor. Asimismo pueden citarse otras compilaciones de artículos o ensayos sobre cine, como Arcadia todas las noches (1978), donde aparecen algunas conferencias que impartiera en La Habana sobre realizadores como Orson Welles, Alfred Hitchcock, John Huston y Vicent Minnelli. O como Cine o sardina (1997), con la cual alcanza cuatro ediciones a sólo cuatro meses de ser publicado.

Aparte del cine y de la música popular, la historia de Cuba es otro de los temas frecuentes en la obra ensayística y crítica de Cabrera Infante. En ese sentido, los textos reunidos en Mea Cuba (1992), constituyen una exaltación del exilio y un ejercicio de la memoria, pues en ellos reinventa a su país natal desde la distancia y desde sus propias ideas políticas.

En Holy Smoke (1985) -luego traducido al español bajo el título de Puro humo (2000)- desarrolla el relato autobiográfico de un fumador adicto y ofrece un catálogo de películas, actores y canciones donde el humo y el cigarro tienen una presencia protagónica.

En esta zona de la obra de Cabrera Infante sobresalen también algunas obras de carácter experimental, como O (1975) y Exorcismos de esti(l)o (1976), compuestos a partir de fragmentos o misceláneas narrativas imposibles de clasificar según límites estrechos de lo narrativo o lo ensayístico. En sentido general las obras de Cabrera Infante contaminan géneros en prosa como la crónica, la crítica, el ensayo, la autobiografía, la viñeta, el relato, el cuento o la novela.

El primer volumen narrativo de Guillermo Cabrera Infante se titula Así en la paz como en la guerra (1960), y reúne varias viñetas de la lucha contra Batista así como relatos que recrean la vida de La Habana prerrevolucionaria. Sin embargo, el reconocimiento internacional como narrador lo conquistaría a partir de 1964 con su primera novela, con la que obtendría el Premio Biblioteca Breve, de Seix Barral.

Publicada después con el título de Tres tristes tigres (1967), esta obra recrea las experiencias de un grupo de jóvenes heterogéneos en el ambiente nocturno de los bares habaneros de 1958. Al margen de la ciudad como escenario fundamental, en su primera novela sobresalen también otras preocupaciones que luego se repetirán en la obra narrativa de Cabrera Infante.

Es el caso de las estructuras narrativas sofisticadas, conformadas a partir de voces y discursos del más diverso origen; el carácter autorreflexivo de la obra literaria y la parodia de sus propios procedimientos; así como los numerosísimos juegos verbales que se alimentan también de su interés por diversas cuestiones lingüísticas.

Así, en sus obras es frecuente el uso de anagramas, palíndromos, paradojas, hipérboles, errores tipográficos, pastiches y todo tipo de malabares verbales; así como también se repite el interés por reproducir el habla viva de las más disímiles normas lingüísticas que confluyen en La Habana de sus recuerdos, como la jerga del jazz, el habla popular o el habla de la pequeña burguesía.

En La Habana para un infante difunto (1979) -considerada por muchos como novela erótica-, Cabrera Infante insiste también en un relato de contenido autobiográfico donde la capital, la historia y el habla de su país natal se hacen centros temáticos, y donde se afianza un estilo narrativo conformado a partir de la parodia, la burla, las marcas de la oralidad, las travesuras verbales y la intertextualidad.

A modo de continuación de sus obsesiones Cabrera Infante escribe varios libros de cuentos y relatos, y una novela titulada Ella cantaba boleros (1996), donde recupera y enriquece algunas de las historias de Tres tristes tigres.

Guillermo Cabrera Infante fue uno de los primeros guionistas latinoamericanos en insertarse exitosamente en Hollywood, a donde viajó en 1970 para el rodaje de Vanishing Point, road movie que obtuvo gran éxito de taquilla. Con anterioridad, y con menos éxito, ya había escrito el libreto del film Wonderwall (1967), enriquecido luego por la música de George Harrison.

Participó en otros proyectos cinematográficos, como la adaptación para Joseph Losey de una novela de Malcolm Lowry titulada Under the Volcano (el guión homónimo, terminado en 1972, nunca se llegó a filmar) y la escritura del libreto que dio origen a La ciudad perdida (2005), dirigida por Andy García y ambientada en Cuba.

El 21 de febrero de 2015 se cumplen diez años del fallecimiento en Londres de Guillermo Cabrera Infante.

Biografía tomada de EnCaribe, enciclopedia de historia y cultura del Caribe.



viernes, 16 de enero de 2015

Vidas embargadas por la Revolución



El anuncio, el miércoles 17 de diciembre de 2014, de que Estados Unidos y Cuba se disponen a retomar las relaciones diplomáticas interrumpidas hace más de medio siglo de enfrentamientos abre un horizonte de esperanza. Este cambio trae ilusiones de apertura en la isla, pero también sirve para recordar a las víctimas del exilio, interior y exterior, y cómo este influyó indefectiblemente en el desarrollo cultural de la nación de los Martí, Carpentier y Lezama Lima.

A través de las vidas de cinco intelectuales a los que la historia atropelló, comenzamos una serie de reportajes en los que se dará un repaso a las principales consecuencias de la represión en el mundo de la cultura. Desde la literatura amordazada a la danza, con las continuas defecciones de sus más jóvenes y talentosos cachorros. De la música y el cine irremediablemente divididos entre fuera y dentro a las artes, con sus bienales internacionales y la emergencia en los últimos años de una nueva generación de creadores sin miedo.

Los casos personales de Guillermo Cabrera Infante, brillante novelista y crítico cinematográfico; Néstor Almendros, uno de los más distinguidos directores de fotografía de la historia del cine; el vitalista escritor Eliseo Alberto y los poetas-símbolo Reinaldo Arenas y Heberto Padilla ejemplifican bien las crueles contradicciones de la revolución cubana.

El País, 20 de diciembre de 2014.

miércoles, 14 de enero de 2015

Cuaderno de viaje (V): Adiós, San Diego



El aeropuerto internacional de San Diego no es tan desmesurado como el de Miami o Nueva York. Todo es rápido. El chequeo y un servicio amable te recibe con un intento de español a martillazos: Bienvenido a San Diego!

Si llegas un fin de semana notarás vida nocturna en el centro y la parte vieja del distrito. Entre semana, San Diego es una ciudad pacata. Nada que ver con Miami, donde los bares, el casino en territorio indio y las discotecas se desbordan en la zona de la playa.

Alrededor de las 10 de la noche, las calles de los suburbios de San Diego están desoladas. A esa hora cierran los bares. Cerca del hotel Holiday Inn, en una licorera venden cerveza, ron y whisky escocés. El dueño es iraquí.

Un tipo simpático que hablaba un español horrible. Cuando supo que éramos periodistas, cuatro de Venezuela y uno de Cuba, dijo: “Chávez, Fidel Castro y Saddam Hussein, qué personajes”.

Los fines de semana la ciudad cobra algo de vida. El centro de San Diego es pulcro, luminoso y movido. A la entrada del restaurant The Old Spaghetti Factory, un mendigo con barba luenga y un gabán militar comía con calma una ración de espaguetis hervidos, sin puré de tomate ni queso.

“Le gustan así. Es un hombre que apenas habla. Probablemente un veterano de guerra medio chiflado. Nosotros le damos comida y al terminar el turno, él nos bota la basura”, me dice un dependiente argentino que lleva cinco años en San Diego.

No lejos del Petco Park, el fabuloso estadio de béisbol, sede de los Padres de San Diego, se encuentran comercios, bares y un boulevard. En una tienda deportiva puedes adquirir gorras y camisas de peloteros de ese club. Una camisa del lanzador cubano Odrisamer Despaigne cuesta 96 dólares.

El vendedor, fanático de los Padres, cree que Despaigne será un arma letal en la próxima temporada. “Tiene de todo. Buena recta, cambio y un comando inteligente de lanzamientos. Su estilo y balanceo se parece al del Duque Hernández”.

Quería saber los números de Odrisamer en Cuba. Y toda la información posible sobre futuras estrellas de la pelota en la Isla. Es que los beisbolistas cubanos, tras el desempeño de Yasiel Puig y José Dariel Abreu, están de moda en la MLB.

Tras terminar el taller de periodismo investigativo en la Universidad de San Diego en California, colegas de América Latina deseábamos despedirnos con un brindis. Esa noche olvidé el pasaporte en el hotel. A todos los bares que fuimos, de manera correcta, nos pedían identificación.

En Estados Unidos solo se permite beber alcohol a mayores de 21 años. “Pero yo aparento tener más de 21 años (tengo 49)”, le dije al dependiente y éste ni se inmutó. “Son las reglas. Y si algo tiene esta sociedad es que los ciudadanos intentan cumplirlas a rajatabla”, me aclaró una periodista estadounidense.

Ese respeto a las normas se nota en la vida cotidiana. La gente espera que el semáforo indique cuando deben cruzar los peatones. Los conductores respetan las normas de tránsito.

“En todas las autopistas hay sistemas de vigilancia electrónica. Si te atrapan bebiendo mientras conduces, además de perder la licencia, puedes ir preso, por considerarlo altamente peligroso. Cuando superas el límite de velocidad establecido, al día siguiente te llega una multa de 500 dólares con una foto de radar donde se ve tu coche. La gente cumple las reglas: las sanciones son severas y le cuestan a su bolsillo”, me explicó un sandieguino.

Me llamó la atención el orgullo hacia las instituciones militares. En un café, en la parte antigua de la ciudad, entró un grupo de soldados de la marina. Al verlos, la gente comenzó a aplaudir. El dueño del café los invitó a un trago.

Cuando usted recorre el acorazado Missouri, hoy un museo, enclavado en la bahía, nota el interés de las personas hacia sus fuerzas armadas. En San Diego se localiza una base de la marina de Estados Unidos. También una institución que atiende a los veteranos de guerra.

En Balboa Park, en la periferia de la ciudad, en un área de 100 acres, se encuentra enclavado el fabuloso zoológico de San Diego, uno de los más importantes del mundo. A la entrada hay una escultura de un elefante en tamaño real cubierto de césped. El zoo tiene más de 4,100 animales de 800 especies diferentes. Algunos como el panda gigante, en peligro de extinción.

Un poco más al sur, está la playa. Es una extensión de arena de varias millas y un agua de tonos oscuros con oleaje impredecible. San Diego tiene a su favor un clima mediterráneo y la infraestructura de una ciudad del primer mundo.

Notables son las arquitecturas de la Universidad, enclavada en La Jolla, o del estadio Petco Park. Pero su playa, que besa al mar Pacífico, se queda corta al compararla con una cubana. Varadero resulta demasiada playa al lado de este arenal de San Diego.

Iván García

lunes, 12 de enero de 2015

Cuaderno de viaje (IV): Taller de prensa en San Diego



Cuando a principios de octubre me invitaron a un taller de periodismo de investigación en una universidad de San Diego, lo primero que hice fue rastrear por internet los antecedentes de esos cursos.

Supe que los ponentes eran de primera. No todos los días un periodista independiente cubano tiene la oportunidad de dialogar con reporteros estadounidenses de calibre, algunos de ellos ganadores de Pulitzer.

Confieso que me asaltó el escepticismo cuando vi el cronograma del taller. Las ponencias versaban sobre el conflicto fronterizo entre México y Estados Unidos, nuevas herramientas tecnológicas para el periodismo investigativo y cómo abordar de forma creativa y amena el periodismo ambiental y de salud.

¿De qué forma podría acoplar esas materias con la realidad de mi país, desde hace 56 años gobernado por dos autócratas de apellido Castro? Teniendo presente, además, que existe una ley que puede sancionar a un reportero independiente hasta con 20 años de cárcel. Y que internet es un lujo caro. En una nación donde el salario promedio es de 20 dólares mensuales, una hora de internet cuesta 5 dólares.

Con esas dudas me incorporé al taller. Veintidós colegas de Colombia, Venezuela, México, Guatemala, Panamá, Costa Rica y Cuba, que viven contextos diferentes. Quizás para los venezolanos las realidades eran análogas. Fue un honor ser el primer cubano invitado por el Instituto de las Américas de la Universidad de San Diego en California.

Soy de los que piensa que el periodismo es un oficio siempre abierto a nuevas experiencias. El taller estaba diseñado de manera meticulosa. Denisse Fernández, la asistenta, estaba al tanto del más pequeño detalle. Desde el alojamiento y la transportación hasta dejarte una cena en la carpeta del hotel, previendo que arribaría a San Diego rozando las doce de la noche de un domingo.

Desde la primera ponencia del periodista Andrew Becker, el taller despertó mi entusiasmo. Conocer la cruda realidad de la frontera de Tijuana, su emigración y trasiego de drogas, contada desde una perspectiva novedosa fue una lección magistral.

Las herramientas que aprendí y las experiencias narradas intentaré adecuarlas al contexto cubano. Aunque el claustro de ponentes no era la del típico académico seducido por la revolución de Fidel Castro, el estado de cosas en la Isla, obviamente, no lo dominaban.

Les tuve que explicar reiteradas veces nuestra realidad. Y por qué ciertas reglas o herramientas del periodismo moderno eran anacrónicas en Cuba, donde no existe ninguna ley que obligue a una institución a ofrecer datos y estadísticas.

Sí, fueron novedosas ciertas aplicaciones de la web para realizar periodismo de investigación. Pero, si no tengo internet en casa, ni existen redes públicas, sin contar que muchos sitios están bloqueados cómo puede utilizar esas herramientas?

-Se imagina, le dije a Lynne Walker, una de las periodistas más extraordinarias que he conocido, que le pida a mi jefe en Diario las Américas dos mil dólares para cubrir una historia cuando trabajan con un presupuesto en mínimos.

-Si demoro ocho semanas para hacer un reportaje, simplemente me muero de hambre. El periodismo independiente que se hace en Cuba, en páginas webs que reciben fondos de instituciones extranjeras o periódicos de escaso poder financiero, no lo permite.

-Son medios como moledoras de carne. Constantemente debes estar enviando artículos que, debido a la falta de un modelo de negocio rentable, hace del periodismo digital un oficio de sobrevivientes.

Lynne escuchó mis argumentos con paciencia. Sonriente, respondió: “Entonces nos damos por vencidos. ¿El miedo a morir asesinado por un cartel de drogas en Tijuana, a quedarse sin trabajo en Caracas, estar mal pagados o no tener acceso a internet en Cuba los va a detener? De lo que se trata es ser creativos. Superar barreras. Y siempre pensar en grande. Nunca aceptar un no. Son las reglas básicas".

Aparte de nuevos conocimientos y técnicas periodísticas, lo mejor fueron los nexos de amistad con colegas latinoamericanos. Por esa mentalidad un tanto egocentrista de muchos cubanos, creemos que nuestros problemas políticos y sociales son los más graves del mundo.

Pero cuando usted conoce a reporteros del México profundo, quienes durante meses han tenido que asistir a su redacción con escolta policial por causa del narcotráfico, o tipos como los colombianos Fabio Posada, quien fuera jefe de una unidad de investigación del diario El Espectador o John Jairo, quien desde una redacción en Cúcuta a ratos recibe amenazas de muerte, tiene que modificar su forma de pensar.

Con los seis reporteros venezolanos asistentes al taller hubo una química casi natural. Ellos están viviendo lo que sucedió en Cuba hace 56 años. Los compadres del PSUV intentan desmontar, pieza a pieza, las instituciones democráticas y la libertad de expresión.

Desde luego, Cuba sigue estando a la zaga en cuanto al ejercicio del periodismo libre. Pero el resto de América Latina no anda mucho mejor.

Iván García

Foto: Los participantes del Taller de Periodismo de Investigación (10 al 14 de noviembre de 2014) muestran los certificados entregados el último día. Tomada del blog Periodismo de las Américas.