viernes, 5 de febrero de 2016

El Rey Anglada, un libro justiciero



Cuando leí El Rey Anglada, de Juliana Venero Bon, quedé con ese agradable sabor de boca que nos dejan los actos reivindicativos. Hacía más de treinta años de los hechos en que fueron involucrados el mítico camarero capitalino y otros peloteros, y todavía no existía un libro que repasara aquellos episodios tan enigmáticos como el Triángulo de las Bermudas, el asesinato de JFK o el Monstruo del Lago Ness.

Para quienes no lo vivieron, no se acuerdan o no quieren recordarlo, les dejo este fragmento de la Nota Informativa aparecida en Granma el 20 de marzo de 1982:

“Luego de un largo, paciente y minucioso trabajo investigativo, la Policía Nacional Revolucionaria comprobó por pruebas testificales y confesión de los encartados, la culpabilidad de varios peloteros y entrenadores, así como de otros elementos antisociales en relación con diferentes actividades delictivas. Se descubrió una red de banqueros, apostadores e intermediarios que con una conducta corrupta, indigna e inmoral, se dedicaban a lucrar con lo que para ellos era un provechoso negocio.

(…) El Instituto Nacional de Deportes, Educación y Recreación, teniendo en cuenta la propuesta de la Comisión Nacional de Béisbol y valorando la gravedad de los hechos, ha decidido:

–Suspender con carácter definitivo de toda competencia deportiva por su condenable actitud a los atletas y entrenadores siguientes: 1. Jorge Beltrán Lafferté, 2. Dagoberto Echemendía Pineda, 3. Rey Vicente Anglada Ferrer, 4. Ernudis Poulot Pérez, 5. Eladio Iglesias Martínez, 6. Radamés Maceo Cué, 7. Ramón Luna Rodríguez, 8. Eduardo Herrera Tamayo, 9. Leonardo Alemán Hernández, 10. José R. Cabrera Romero, 11. Omar Ramos Mesa, 12. Dagoberto García Rodríguez, 13. Carlos Jiménez Rodríguez, 14. Bruno Cousso Linares, 15. José Alpízar Ibáñez, 16. Lázaro Martínez Cárdenas, 17. Félix Batalla de la Rosa”.

A partir de aquel momento, el béisbol cubano debió prescindir de uno de los jugadores más espectaculares que le han nacido jamás, y Anglada fue a prisión por espacio de casi tres años. Su imagen había quedado degradada ante aquel público que repletaba el Latino para verlo hacer las maravillas que sabía. Sin embargo, el número “36” nunca aceptó los cargos que se le imputaban.

Del libro referido -que dicho sea de paso es mención Premio UNEAC 2011 en Testimonio- entresaco esta conversación deliciosa sostenida por Anglada con su amigo Ulises Fariñas:

“¿Tú crees que yo, un pelotero que dejaba el pellejo en el terreno, que no salía, no merendaba, no comía cuando perdíamos, fuera capaz de eso?” Me quedé así [cuenta Fariñas] y le comenté: “Pero, Rey, tuvo que haber alguna causa”, y me dijo: “Simplemente me tocó a mí porque jugaba como un profesional, pensaba como un profesional y me vestía como un profesional. Esa fue toda mi culpa”.

Al cabo de los años -prácticamente dos décadas-, aquel hombre golpeado hasta el cansancio recibió lo que muchos entendieron como un desagravio cuando le entregaron las riendas de Industriales, primero, y después del team Cuba. Pero el daño estaba hecho, como lo dice él mismo en las páginas de El Rey…

“La prisión fue algo más que desagradable y la inocencia siempre conmigo; era lo que más me alentaba y a la vez más me molestaba. Yo decía: si cometí un delito tengo que pagárselo a la sociedad. Pero el saber que no había hecho nada y estar recluido no fue fácil, sobre todo para mi familia, que sufrió. Mi mamá lo llevó por siempre, esa carga la llevó toda su vida; era lo que más me molestaba”.

Bastaría con los párrafos citados para justificar la existencia de esta biografía estructurada en tres capítulos: “El Glamour”, sobre su etapa de gloria deportiva; “La Oscuridad”, en torno a los sucesos del 82; y “La Revancha”, que se ocupa del retorno de Anglada como manager.

No obstante, hasta el momento nadie ha decidido publicarla en nuestro país, y la autora -después de mil y una gestiones infructuosas- optó por la posibilidad que le ofrecía la editorial Alexandria Library Publishing House, de Miami. Una vez más, y por desgracia, los vacíos informativos domésticos eran copados allende los mares.

“Hemos padecido por años el síndrome de la censura y de la autocensura -explica Venero Bon. Los censuradores o los que tienen el poder de decidir lo que se publica y lo que no, por lo general cuidan mucho de sí mismos. Creo que lo que realmente me impulsa, en primera instancia, a tratar de publicar el libro fuera de Cuba es darme cuenta de que estaba censurado, algo que inicialmente no había percibido. Posiblemente fui ingenua. Solo alguien en una de las últimas editoriales donde estuvo el libro me dijo, como un favor personal, que no fue aprobado ‘de arriba’. Entonces desperté”.


juliana2

¿Qué razones crees tú que han motivado la no publicación del libro en Cuba?

Soy editora hace más de veinte años, y no creo que este libro sea censurable: es más, nunca pensé que iba a suceder. Primero, porque Anglada jamás se fue del país, y segundo, porque inclusive le dieron la oportunidad de volver a la pelota. Siempre creí que se iba a publicar aquí, donde hablar de estos hechos es una necesidad. Pero ya ves, terminó en una editorial de Miami, donde varias personas –sobre todo el hijo de Bobby Salamanca- apoyaron mucho para que saliera adelante. Es absurdo que haya salido allá y no acá, que es el destino principal de esta obra.

¿Sientes que te esforzaste lo suficiente para que viera la luz en Cuba?

Por seis años traté de publicarlo sin éxito en varias editoriales: Letras Cubanas, Extramuros, Ediciones Cubanas (dos veces), Pablo de la Torriente Brau, Ciencias Sociales, En Vivo… Ni siquiera la mención en el concurso Premio UNEAC le otorgó el aval requerido, al parecer.

¿Cómo surgió la idea de biografiar a Anglada?

A mí me encanta la pelota. Me crie en ese ambiente e iba mucho al estadio. Recuerdo bien aquel equipo Metropolitanos, y para mí fue traumático dejar de ver a Rey. Esos hechos nunca fueron esclarecidos, y todo seguía como en un limbo. Pero en 2005 le hice una entrevista para Alma Mater, y ahí salió a relucir el famoso juicio en el que no se les acusa de venta de juegos, sino de peligrosidad, y todas esas sombras despertaron mi interés por emprender un libro.

Después de terminado el texto, ¿estás convencida de la inocencia de Rey Vicente Anglada?

Él es un hombre que lo que piensa lo dice y no tiene miedo. Bravo por él, por defender su inocencia, por aprovechar la oportunidad que la vida le dio con este libro -no tuvo otra antes- para desgarrarse y no contar solo sus glorias sino también los dolores, los daños, las injusticias. Decía Cicerón que la justicia es reina y señora de todas las virtudes, y este libro responde a un acto de justicia. Para contestar a tu pregunta puedo decirte que ahí está el libro. Si no creyera en su inocencia hubiese mirado para otro lado después de aquella entrevista en 2005. Desde ese momento supe que había una deuda por saldar con este hombre que merecía el beneficio de la duda, y también con toda la afición de la pelota.

¿Consideras cumplido el propósito que te movió a investigar?

Habría querido entrevistar a más implicados en el caso, tanto de una parte como de la otra. De todos modos, lo que me interesaba más era que se supiera lo que pasó en la vida de este hombre al que se le acusó de algo que no se pudo probar, cumplió prisión, y luego tuvo que ganarse la vida como podía, desde manejando camiones hasta como electricista. Nunca va a estar de más retomar la historia, y si algunos se equivocaron, que lo reconozcan. Eso sería un paso grande en el camino. Como aficionada de este país que ama la pelota y perdió con Anglada a uno de sus ídolos, pienso que estos hechos merecían un libro, para que no quedara a oscuras esa parte de nuestra historia beisbolera.

Michel Contreras
On Cuba, 5 de enero de 2015.

Portada del libro tomada de Amazon.
La foto de Juliana Venero Bon* es de Katheryn Felipe.

* Juliana Venero Bon es Licenciada en Filología y Máster en Lingüística Aplicada. Ha trabajado como editora en Letras Cubanas, Gente Nueva, Abril y actualmente lo hace en el Instituto de Literatura y Lingüística. Es autora del libro De Buena Fe (Extramuros 2010 y Edicioes Cuanas 2011) y cuentos suyos han sido publicados en varias antologías. Recibió el Premio Palabra Nueva del Arzobispado de La Habana en Reportaje en 2006. Como periodista, su firma ha aparecido en El Caimán Barbudo, La Jiribilla, Alma Mater, Esquife, Librínsula y En Vivo, entre otras publicaciones.

Leer también: Libro sobre Rey Vicente Anglada pide a gritos una mano amiga.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Un retrato del Rey del bolero



El chileno Lucho Gatica, un artista mitológico que, en la segunda mitad del siglo XX y gracias a la radio y la televisión, hizo que varias generaciones de latinoamericanos se amaran con sus canciones como himnos privados, vive enamorado en Los Ángeles, California, una ciudad que le ha permitido tener la gloria en el jardín y la fama en una estrella en una calle de Hollywood.

Nació en Rancagua, un pueblo del centro de Chile. Comenzó a cantar como segunda voz de su hermano Arturo que era un profesional de la música. Después consiguió que una productora le diera oportunidad de grabar como solista unos boleros y se inició su leyenda.

Fue en Ciudad de México donde alcanzó su renombre. En la capital mexicana se instaló a finales de los 50, cuando su voz, que la prensa del corazón insiste en llamar aterciopelada, comenzó a invadir el continente americano y España donde, en 1959, lo recibió una multitud con banderolas y algarabía en el aeropuerto de Barajas.

El bolerista chileno impuso un estilo, una manera de cantar en la que los expertos hallaron que el hombre, en realidad, no cantaba, más bien, decía sus boleros. Y los decía desde muy cerca con una complicidad que fascinaba.

Fue uno de los primeros artistas latinoamericanos en abrirse camino en Norteamérica. En los años 60 dio recitales en el Carnegie Hall de Nueva York y, luego en California, presentado por Nat King Cole, actuó en el Hollywood Bowl. Su popularidad era tal que los magos de la publicidad organizaron y difundieron por todo el país una sesión de fotos del Rey del bolero junto a Elvis Presley, el Rey del rock.

El hombre, que promovió con su música el amor como una especie de Cupido con micrófono en vez de arcos y flechas y con poder absoluto del Río Bravo a la Patagonia, halló su amor definitivo un poco más al norte. En ese país se casó con la norteamericana Diane Schmidt y tuvo a su hija Luchana, ahijada de Julio Iglesias. En 1987 reincidió y se casó con otra estadounidense, Leslie Debb, que lo hizo padre de Lily Teresa. Con ellas se mudó a la barriada de Bel Air en Los Ángeles.

En 2013, con 85 años, organizó la producción de un nuevo disco. Se titula Historia de un amor y canta once boleros en duetos con Miguel Bosé, Luis Fonsi, Michael Bublé, Laura Pausini, Ricardo Montaner, Lucero, Olga Tañón, Nelly Furtado, Il Volo, Beto Cuevas y Pepe Aguilar. Gatica ha dicho que el bolero va a perdurar y a seguir como la contraseña mágica para enamorarse.

El chileno tiene allá en Los Ángeles dos amuletos para esperar la noche: un verso de Contigo en la distancia, del cubano César Portillo de la Luz que le acompaña a toda hora: "Si pudiera expresarte como es de inmenso en el fondo de mi corazón mi amor por ti". Y una frase que sacó de una carta que le envió hace años su amigo Atahualpa Yupanqui: "Aún soy joven, tengo menos de 100 años y una guitarra y un corazón".

Raúl Rivero
El Mundo, 15 de septiembre de 2015.

Video: En un programa televisivo, en 1990, Lucho Gatica interpreta dos boleros: Tú me acostumbraste, del cubano Frank Domínguez (1927-2014), y La barca, del mexicano Roberto Cantoral (1935-2010), autor de El reloj, otro de los grandes éxitos del chileno.

lunes, 1 de febrero de 2016

De Viñales a Hialeah


Decenas de veces, en las visitas que desde 2009 realizo a Cuba para un proyecto profesional como fotógrafo, he escuchado decir: “¡Quiero salir de Cuba. Quiero ir a Miami. Hay oro en las calles de Miami!” Uno de mis amigos cubanos, Julio, oyó esta frase desde niño, sobre todo de personas con parientes o amigos que habían emigrado a la Florida. Quizás por eso siempre soñó con salir de Consolación del Sur, zona rural donde nació y se crió.

Luego de tres años nos reencontramos en Cuba, durante su primer viaje a la isla. Para entonces ya vivía con Luisa, su esposa y sus dos hijos, en un suburbio de Hialeah donde el 80% de la población es cubana. Su madre, Yara, lo esperaba en Viñales. No cabía dentro de sí. No sabía si llorar o reír. Para liberar la tensión, a veces gritaba. Se abrazaba a Yadira, su hija de 23 años.

Con nerviosismo miraba la foto que Julio le enviara dos años atrás, aquella donde posa junto a un coche deportivo rojo. El marido de Yara, quien fue más que un padrastro para Julio y sus dos hermanos, caminaba nervioso, impaciente, por el campo de frijoles. La familia y amigos también estaban ansiosos por verlo, por escucharle hablar de los cubanos en Miami. Muchos están fascinados por esa ciudad. Hay de todo y más, dicen. Corren cuentos de cómo los cubanos han llevado un pedazo de alma y calor humano a la tierra americana de Hialeah.

En algunas familias cubanas existe la creencia de que quienes logran irse a los Estados Unidos, legal o ilegalmente, entran a una vida de satisfacción económica y cultural. Por eso esperan alguna ayuda, ya sea en forma de remesa, de recargas a los móviles, o el envío de algún equipo electrónico. Pero la realidad es que muchos de los que viven en Hialeah no pueden mandar nada durante un buen tiempo. Los que quedan en Cuba desconocen las dificultades de los países capitalistas, por eso a veces se molestan, y hasta se enojan, cuando la prometida ayuda material no llega.

Julio vive en un pequeño apartamento de 35 metros cuadrados en Hialeah, con un dormitorio estrecho para cuatro personas. La Ley de Ajuste Cubano le permitió obtener la residencia de inmediato y un aporte inicial importante para comenzar su aventura americana. Algo diferente le espera al resto de inmigrantes latinoamericanos, y por este motivo algunos no ven con buenos ojos a los procedentes de la isla, quienes rápidamente se convierten en “cubanoamericanos”.

En junio de 2015 estuve en Miami, en casa de Julio y Luisa. Desde el principio muchos me decían: “¡Esto es Cuba con comida, es Cuba con comida!” Pero la realidad es otra. Hialeah es una ciudad dormitorio con casas bajas, alineadas, sin personalidad. Es fría. No hay nadie en las calles ni niños jugando. Tampoco plaza o lugar de encuentro. Ningún camino es de oro. Lo que sentí fue una sensación de miedo que nunca vi en ningún barrio de Cuba.

Julio trabaja ilegalmente en una pequeña empresa de refrigeración ubicada en una zona industrial en las afueras de la ciudad. El jefe es cubano, igual que otros empleados. Tiene un segundo trabajo, también ilegal: limpiar una escuela dos veces a la semana. Lo realiza junto a su esposa y con eso pagan la educación de sus hijos. En tres años nunca visitó el mar. Aún no habla una palabra en inglés. En Miami todo es demasiado grande. Las distancias son inmensas. El coche se convierte en las piernas de sus habitantes. Julio y Luisa poseen un coche deportivo rojo del 2006. Es de tercera mano. Probablemente les costó entre 500 y mil dólares. Barato, como todos los coches usados, aunque para los de la isla estos son un símbolo de riqueza, de estatus social.

Cuando los cubanos de Miami se presentan, lo primero que dicen, después del nombre, es el año y la matrícula de su auto. Los hijos de Julio y Luisa tienen 9 y 7 años. En la escuela han aprendido un poco de inglés y viven encerrados en la casa, jugando con sus teléfonos y tabletas, por miedo a salir a las calles donde muchas personas andan armadas, y abundan los drogadictos o borrachos. Ellos, al final, podrían convertirse en adictos patológicos a los juegos electrónicos, lo que actualmente también es un problema social.

Los cubanos de Miami tienen que trabajar mucho y duro para reconstruir sus vidas. Quienes carecen de estudios avanzados y llegan sin preparación enfrentan la dura realidad de una ciudad que incluso, puede volverse peligrosa. Julio y Luisa son personas maravillosas, trabajadoras. En la Florida pagan el alquiler y el seguro de la casa. También el del carro. Además, la escuela de los niños que les cuesta aproximadamente 80 dólares por cada uno a la semana. Cuentan con poco tiempo libre para compartir entre ellos, y a veces tampoco pueden enviar dinero o artículos a la familia de Viñales.

Cuando por fin Julio se reencontró con su madre, ella gritaba, lo revisaba, lloraba y se le abrazaba. No preguntaba nada, no quería saber nada. Ese día Julio vestía ropa de marca comprada en los mercados. Luisa traía dos anillos en cada dedo, los exhibía orgullosa, como también hacía su hija de 9 años, con sus muy largas y verdes uñas postizas.

Recordé entonces aquellas historias del escritor italiano Leonardo Sciascia, acerca de nuestros coterráneos que al regresar de los Estados Unidos alquilaban ropas y collares para dar una buena impresión, ocultar la dura realidad y decir a sus padres y familiares que todo estaba bien. Ahora la historia se repite.

De regalo Julio y Luisa trajeron bolsas de chocolates y las repartieron entre los niños del vecindario, los hijos de aquéllos con los que Julio se había criado y que ahora corren, semidesnudos y alegres por las calles, soñando con la vida de ese 'gringo' que vino de la Florida, donde dicen que hay calles de oro.

Texto y foto: Fulvio Bugani
Trabajadores, 3 de enero de 2016.
Foto: Reencuentro de Julio con su familia de Viñales, luego de tres años en Hialeah.



viernes, 29 de enero de 2016

"En Cuba todos infringimos las leyes"



En una encuesta entre 18 personas, de los dos sexos y diferentes edades y oficios, los dieciocho afirman haber utilizado reiteradamente el mercado negro o más de una vez haber infringido las leyes.

“No queda otra. Con los bajos salarios, si vives de la libreta y no usas el mercado subterráneo, te mueres de hambre. Todos los meses compro diez libras de pescado castero a dos cuc la libra. ¿Con qué dinero podría comprarlo legalmente al precio que lo venden?”, se pregunta Ignacio, ingeniero.

José Alberto, dueño de una cafetería de sandwiches y comida criolla, dos horas antes del amanecer, en su bicicleta se llega a un hotel cuatro estrellas. Allí, el custodio le ha guardado un par de quesos, varios kilos de carne de cerdo y media docena de botellas de aceite vegetal.

“Quienes tenemos negocios privados nos vemos obligados y comprar alimentos e insumos por la izquierda. Es imposible que una cafetería prospere si las cosas las adquieres en el mercado minorista. Nos han llevado a hacer trampas financieras, no reportar las ganancias reales y no inscribir en el registro a trabajadores temporales. Recuerda que a fin de año, en la Declaración Jurada, aquéllos que ganan más de 50 mil pesos deben pagar el 50% en impuestos”, explica José Alberto.

Es en los pequeños negocios familiares donde las personas olímpicamente se saltan las normas prescritas. Esa indisciplina social, casi patológica, es provocada por la fuerte presión fiscal del Estado, un insaciable capataz con una plusvalía desmesurada que ya desearía ganar el más desalmado empresario capitalista.

A los viejos taxis colectivos en La Habana, considerados por la prensa internacional un 'ejemplo de mercadotecnia', el Estado no le subsidia ni un tornillo. Los vetustos coches salidos de una factoría en Detroit hace más de seis décadas, son auténticos Frankesteins automotrices.

“Si de verdad se cumplieran las leyes, todos los taxistas estuviéramos presos o pagando elevadas multas. Cuando el gobierno no te vendía motores ni piezas de recambio, la gente armaba el auto con partes y piezas que salían por la puerta de atrás de los talleres estatales. No te asombres si en un almendrón (auto americano antiguo) encuentras componentes de diez países. En el mío, el motor es alemán, la caja de velocidad sudcoreana, el chasis rumano, los frenos japoneses, el timón de un Lada ruso, los asientos y manubrios son holandeses y la pintura es española. Lo único viejo es la carrocería”, dice risueño Raudel, taxista.

Las piezas que no son desfalcadas a empresas del Estado llegan a Cuba a través de negocios sinuosos, varados en un limbo jurídico. Dos veces al mes, Daniel viaja a Panamá y Miami para comprar piezas automotrices destinadas a añejos carros estadounidenses y rusos.

“Ya perdí la cuenta del billete que he aflojado a los tipos de la Aduana para poder pasar la mercancía. Es una cadena y todos se mojan con dinero. Esto no lo para nadie. Se beneficia mucha gente”, expresa.

Mucho antes de que Barack Obama y Raúl Castro restablecieran relaciones diplomáticas, en diciembre de 2014, los adornos y decoraciones de cafeterías, bares y paladares llegaban desde Miami.

Hay negocios gastronómicos donde la carne de res y hasta los condimentos también venían -y siguen viniendo- del norte. En teoría, violaban la ley de ambas naciones (aunque ahora no la de Estados Unidos). Pero la corrupción desborda las ordenanzas.

No solo los emprendedores privados compran mercaderías hurtadas a instituciones del Estado. Que levante la mano el cubano que no ha adquirido cinco libras de arroz en el mercado negro, una lámpara de luz fría robada de una oficina o medio kilo de carne de res de una vaca degollada la noche anterior de manera ilegal.

Adela, ama de casa, le paga 10 cuc mensuales al empleado que revisa el contador de la luz para que manipule su factura eléctrica. “En mi casa tenemos dos aires acondicionados y un montón de artefactos electrónicos. Casi todos en Cuba lo hacen. Gana el cobrador y uno ahorra plata. Si fuera honesta, todos los meses gastaría casi mil pesos (40 dólares) de luz. Los salarios que paga el gobierno no alcanzan y provocan que la mayoría de los cubanos seamos deshonestos".

En Cuba funcionan dos economías. La real es una broma. La sumergida es más eficaz. Siempre que tengas dinero.

Iván García
Foto: Tomada de Cuba: lavado de dinero, ilegalidades e información

miércoles, 27 de enero de 2016

Conversando con un taxista habanero


Video subido a You Tube el 28 de enero de 2015. Por su acento y su conocimiento de la capital, sus edificios, calles y marcas y años de los 'almendrones' (autos americanos viejos), el taxista es habanero.

En el transcurso de la conversación uno se entera que es un chofer de un auto estatal de alquiler, esos Ladas pintados de azul y amarillo que podemos ver en cualquier provincia cubana. El turista que le acompaña y durante todo el recorrido va grabando, es chileno.

Tania Quintero

lunes, 25 de enero de 2016

El cubano se ha vuelto envidioso



Entre mis chistes preferidos están los que tienen como personajes principales a ciudadanos de distintos países, y tratan de expresar la idiosincrasia y forma de ser del cubano comparado con aquéllos.

En esos chistes casi siempre figuran un ruso, un americano y un cubano, aunque depende de la naturaleza de la broma y su sentido político. A veces puedes incorporar a un alemán o un chino.

El más reciente, cuenta que los tres protagonistas se encuentran a las puertas del cielo, luego de haber muerto todos de envidia hacia el vecino. Los tres, en sus respectivos países, habían estado cerca de alguien que tenía casas, carros, dinero, mujeres, y ellos no lo habían podido soportar, pues vivían en una situación paupérrima.

San Pedro les pregunta qué quieren para su vida futura. El ruso y el americano responden que quieren que les den una oportunidad y que en la próxima vida los dejen probar aunque sea un pedacito de todo eso que tenía el prójimo envidiado. El cubano responde que en la próxima vida, lo que espera es que su vecino sea un pobre miserable que pase todo lo mismo que tuvo que soportar él.

El chiste resume en gran medida una de las nuevas formas de ser de muchos de nuestros coterráneos. Lejos de estar pendientes de cómo superarse y tratar de lograr su propio adelantamiento, se ponen a preocuparse sobre lo que tienen o no los demás.

Así vemos que uno delata al albañil porque se compró un motor para la bicicleta, y otro hace un anónimo contra una compañera de trabajo que usa zapatos del color de las carteras. También existen los que se quejan de los olores de la cafetería que inauguró un vecino o de la bulla del restaurante particular, obligando al dueño a alfombrar paredes, aunque eso no logre poner fin a las quejas.

Una de las causas de tales comportamientos, es el haber estado recibiendo durante tantos años, el mensaje de que quien prospera no lo logra arriesgándose, creando, innovando, desarrollando su lógica y su inteligencia -en una palabra, aportando a la sociedad–, sino que lo hace explotando a los demás. Por ello, se argumenta, a toda costa hay que impedir que las personas se enriquezcan. “Salirles al paso” y evitar que acumulen riquezas materiales.

Conviene aclarar que, en el caso de Cuba, “enriquecerse” no implica ser dueño de helicópteros, bancos ni casinos. En nuestro país, esa palabra se refiere a los que viven con cierta holgura: los que pueden comprar pomos de mayonesa, comer carne de res, pasar unos días en Varadero u otro centro turístico y poseer un auto propio, aunque se trate de un obsoleto “almendrón” de la década de 1950.

Toda persona que en la Isla posea un poco más de lo que posee el cubano promedio, ya crea un motivo para ser odiado, analizado por la policía o la Seguridad del Estado e incluso arrestado.

A nivel estatal se suelen tomar medidas contra las personas cuyas iniciativas generan algún tipo de riqueza: si la gente, como parte de su equipaje, trae ropa y artículos para vender a otros, se emiten normativas gubernamentales que limitan la cantidad de perfumes o calzoncillos que se pueden traer en un viaje.

A no ser en su primer viaje al exterior, si un cubano aprovecha una nueva salida y trae otro televisor, el Estado ha creado un mecanismo para cobrarle en divisas lo mismo que le costó, según la factura que es obligado acompañar. Ganan así más que productores, distribuidores y transportadores juntos.

Si usted vive en Cuba y piensa poner un negocio, fíjese primero quién lo va a envidiar y cuídese de que ese personaje no pueda delatarlo (o 'mandarlo a matar' con la policía, como en buen cubano se dice), porque puede perder lo que haya obtenido con su esfuerzo. Con lo duro que resulta conseguir cualquier cosa en la Isla, con los vecinos y el Estado en contra, todo es más duro aún.

Iris Lourdes Gómez García
Cubanet, 30 de noviembre de 2015.

viernes, 22 de enero de 2016

La perenne huelga de brazos caídos



Si usted es un cubano que practica el Time is Money y después de una cola de hora y media para comprar un cartón de huevos, el dependiente le dice, ‘venga luego, que es mi hora de almuerzo’, ¿cuál es su reacción?

¿Recordarle la madre, mandarlo a freír tusas, desear que el almuerzo le produzca una indigestión? ¿O es capaz de sonreír y hasta traerle una jarra de agua fría de la casa?

No es aconsejable que asesinos en serie y sicópatas incorregibles residan en Cuba. Si cualquier chiflado en Estados Unidos arma un tiro al blanco en una sociedad donde el agua potable e internet funciona las 24 horas y la comida no es un problema, no podría imaginarme a un killer yanqui, esperando dos horas que el carnicero le venda, por la libreta, una raquítica cuota de pollo por pescado en la carnicería. O bajo un sol de plomo hacer una cola de medio día para pagar la factura del teléfono.

A veces sospecho que la burocracia, con su improductividad y horarios de servicio que son letra muerta, es una estrategia del régimen para que a sus desconsolados ciudadanos, por el ajetreo y las penurias, no le queden energías ni ganas de reclamar un cambio de gobierno.

Pudiera ser. El comunismo es científico. Y ha quedado probado que las sociedades marxistas son incapaces de satisfacer el consumo personal. En un un país totalitario, es improbable que alguien gane un premio global por diseñar una sociedad competitiva, moderna y eficiente.

En Cuba, socialismo es sinónimo de feo, de cosa chea, mediocre... En todo. Publicidad, programación televisiva y arquitectura. Cuando el país se arrime a la democracia, habrá que demoler decenas de barrios de pésima factura y edificios que son ejemplos palpables de lo que nunca se debe hacer en materia arquitectónica.

Las huelgas obreras están prohibidas por ley en la isla de los Castro . Ni falta que hacen. A cualquier hora, la mayoría de sus trabajadores, con su indiferencia y sus chapucerías, sostienen un paro disimulado, dañino y estacionario. Les cuento tres momentos de un día en la vida habanera.

Escena número uno: Escuela de Odontología, en Carlos III y Boyeros. Luego de la operación en la boca a una menor y tras 40 minutos de espera en una cola, para los padres recoger el certificado médico, la encargada de acuñar el documento alega que el cuño está guardado en una gaveta con un candado. Y aclara que “quizás la persona que lo guarda, mañana no viene a trabajar”

Escena dos: Un señor tiene suerte y pesca un taxi estatal en pesos a salida de la terminal de trenes. “Te doy 50 pesos (dos dólares) para que me lleves al Cerro". El chofer le pregunta si está apurado. “Bueno, imagínase, después de un viaje de 22 horas en tren desde Santiago de Cuba deseo llegar pronto a la casa y bañarme”.

Jovial, el conductor, responde: “Mire, amigo, el asunto es que para recibir 19 litros de gasolina en mi base de taxis, tengo que tener 190 kilómetros recorridos. Si usted quiere lo llevo, pero debo dar unas cuantas vueltas para acumular kilómetros”.

Escena tres: Algo habitual en La Habana. Compras un paquete de salchichas de pollo, un pomo de refresco y una caja de fósforos. Total a pagar, 2 cuc con 90 centavos. La cajera, irritada porque el cliente interrumpió su cháchara con una amiga, con una mirada que mete miedo indaga si tienes el dinero exacto. "No, contesta el usuario". Molesta le dice: “Entonces tiene que esperar a que realice varias ventas pues no tengo menudo”.

Creánme, no son chistes de Pepito. La sociedad cubana está diseñada para que las personas se enfaden desde que se despiertan. Una hora de espera en la parada del ómnibus. Medio día para pagar el teléfono. El motor de agua del edificio roto o un imprevisto apagón de 8 horas.

El gobierno de Castro siempre se la ha puesto difícil a sus ciudadanos. No entiendo por qué la disidencia local le reclama a la autocracia el derecho de huelga de los trabajadores. Como si no fuera suficiente el paso de tortuga y la huelga de brazos caídos que hacen a diario.

Iván García