jueves, 23 de febrero de 2017

Gastronomía no estatal: ni frío ni caliente (I)


Cuentan los vecinos que hace mucho tiempo, El Potín era un centro gastronómico atractivo para quienes transitaban por la céntrica intersección de Línea y Paseo. A la par del declive de la gastronomía estatal en La Habana, el restaurante fue dejando atrás sus días de gloria, mientras las iniciativas privadas conquistaban el paladar de los clientes dispuestos a sufrir un agujero en el bolsillo, antes de un malogrado servicio.

Cuando en 2013 parecía que El Potín despertaba del letargo, una vez constituido en cooperativa no agropecuaria, junto a otras 10 unidades de la ciudad adscritas al Ministerio de Comercio Interior (Mincin), la incompetente gestión de su entonces presidente provocaba una quiebra y postergaba el esperado renacimiento.

La asamblea de cooperativistas no se hizo esperar. Tras ser elegida por sus socios para comandar el zozobrante establecimiento, Tania Cano Méndez, antes dependiente, puso manos a la obra. Renegoció las deudas con el banco y los proveedores, mandó a cambiar los viejos y raídos toldos del portal, hizo arreglar los techos de adentro, compró televisores, aires acondicionados, mesas y sillas nuevas para el restaurante.

Tania no se amilanó cuando la especialista económica encargada del estudio de factibilidad dijo que el proyecto era muy atrevido. “Algunos socios se fueron y otros se quedaron, pero con esfuerzo sabía que se podía levantar la unidad. Durante los cuatro meses que cerramos, había que venir a limpiar, a pintar, a hacer guardias nocturnas. Cada cooperativa es como una familia; cuando salía en busca de proveedores y llegaba algo desilusionada necesitaba del aliento de mis compañeros para seguir adelante.

“Hubo inversionistas que quisieron formar parte del equipo, pero siempre he tenido claro que nosotros mismos podemos salir a flote, y eso también crea un sentido de pertenencia necesario, pues prácticamente vivimos aquí y hemos concebido nuestro propio proyecto, no queremos que nadie nos lo cambie”, puntualiza la presidenta.

Durante años, la mayoría de los centros gastronómicos en Cuba padecieron de la misma enfermedad: el mal servicio. Unos, a causa del creciente deterioro de sus instalaciones y el menguado abastecimiento; otros, por los bajos salarios que desestimulan a los trabajadores; y no pocos, por la proliferación de individuos que tras los mostradores, en las cocinas o en la atención a las mesas de cafeterías y restaurantes, viven del “invento”, es decir, de la apropiación de los recursos del Estado.

La sustracción y venta ilegal de cárnicos, lácteos, bebidas, cigarros, entre otros, así como el mal manejo de las finanzas y el pésimo trato al consumidor, fueron empañando la imagen de estos centros, de su personal y sus directivos. Con el fin de cambiar el panorama de indisciplinas y dar otros aires a la actividad gastronómica, hace cuatro años se comenzó a experimentar en el sector las formas no estatales de gestión como el trabajo por cuenta propia en locales arrendados y cooperativas.

De las 8,984 unidades dedicadas a la gastronomía en todo el país, muchas irán dejando a un lado los procedimientos a los que estuvieron acostumbradas, para aprender a ser independientes y eficaces en la gestión económica. Esto le quita una buena carga administrativa al Estado, que sin embargo no perderá la propiedad sobre los medios fundamentales de producción en el sector. En lo adelante, su función será regular y controlar; podrá vender o arrendar equipos y útiles, pero los inmuebles, por ejemplo, seguirán formando parte del patrimonio social bajo su custodia.

La esperada decisión ha recibido aplausos y críticas. Andrés Ávila, secretario del buró provincial del Sindicato del Comercio y la Gastronomía en Camagüey, sostiene que si en algunos lugares se trabaja adecuadamente, no hay por qué cambiar la forma de gestión. “En la provincia existen más de 180 locales arrendados; en la ciudad capital hay 27 restaurantes estatales, de reconocida calidad. La gastronomía de ese tipo aquí está muy bien. Por ejemplo, destacan lugares como el Lago de los Sueños (parque recreativo), con centros de gran aceptación popular”.

Lo mismo razona Eloy Carlos Portal, director de la Empresa de Gastronomía municipal de Ciego de Ávila, sin desconocer el plan previsto para dentro de dos años en esa ciudad, donde se prevé constituir 41 cooperativas, pasar 12 centros a arrendamiento y dejar alrededor de 10 establecimientos estatales.

“Hasta ahora, en la cabecera provincial las cafeterías de los ‘particulares’ y las ‘paladares’ no han progresado mucho. Desde los años 80, las autoridades del territorio comenzaron una política de reparación y fortalecimiento de los centros estatales, sobre todo los especializados. En la actualidad, los organismos de inspección de la gastronomía, los especialistas de higiene y otras entidades velan por mantener la calidad y el buen servicio en esos centros”, explica Eloy.

Los cambios en la provincia de La Habana, con 1,350 unidades de este tipo adscritas al Mincin, van más firmes. Pero según Pedro Pérez, especialista principal que atiende los nuevos modelos de gestión por la Unión de Empresas de Comercio y Gastronomía, solo el 16 por ciento ha dado el paso transformador: 149 locales arrendados y 35 cooperativas.

A juzgar por las declaraciones ofrecidas a los periodistas en Camagüey, Ciego de Ávila, Cienfuegos y La Habana, así como por el criterio de directivos del sector y funcionarios del gobierno y del Partido, ahora no hay por qué precipitarse en “cambiar de palo para rumba”.El salto se hará de manera paulatina. Porque diversificar las ofertas en medio de las restricciones económicas del país, capacitar a los trabajadores gastronómicos en el mejor trato al cliente, y garantizar una mayor protección al consumidor, no son objetivos fáciles de alcanzar a corto y mediano plazos.

Los primeros responsables de velar por el cumplimiento sanitario en los centros estatales son las administraciones, y en los negocios particulares, sus titulares. Tras un sondeo por varias cooperativas de la capital, se pudo comprobar que el principal obstáculo que impide el acelerado florecimiento de algunos de estos establecimientos es la mentalidad de sus propios trabajadores.

Peña, el vicepresidente de El Potín, afirma que solo quedan tres de los 18 cooperativistas con que arrancaron en 2013. Con más de 20 años en el sector de la gastronomía, el directivo revela que ciertos vicios aquejaban a su instalación. “Muchos de los que trabajaban aquí estaban acostumbrados a irse temprano, a llevarse para sus casas un poco de cada cosa, no les interesaba ganarse a los clientes, razón por la cual todas estas unidades estaban descomercializadas. Hemos tratado de cambiar la mala fama que El Potín se creó, pues cuando el usuario no se siente complacido, se marcha y fomenta una opinión negativa del lugar”.

Félix Arqueadas, presidente de la cooperativa El Carmelo, también en El Vedado, comenta que cuando ha habido malos tratos hacia los clientes, “se ha acorralado a la persona y ella sola se ha desvinculado. Además, según los estatutos, tengo la facultad de sancionar al que cometa alguna indisciplina, con afectación del salario. Aquí también quedan muy pocos de los socios con los que comenzamos, muchos no aceptaron el estilo de trabajo, el estarles exigiendo constantemente”.

¿Por qué los restaurantes particulares han ganado nivel, incluso con precios elevados? Para Félix, la higiene, el buen trato, la belleza del lugar, la calidad y diversidad de la oferta, han hecho de las paladares la opción más interesante para todo aquel que decida ir a comer fuera de casa.

Peña aclara que quienes entran a la cooperativa a veces traen conceptos erróneos. “Aquí no prima ‘la búsqueda’ sino los deseos de trabajar bien; siempre hay propinas, buen salario”. Según el especialista Pérez, los trabajadores de las cooperativas incrementaron su salario mensual de 280 pesos a 1,500 como promedio.

“Muchos no quieren ver el beneficio de ser cooperativa, que aunque tiene dificultades, indiscutiblemente es un proyecto mucho mejor”, comenta Tania Cano con optimismo. “Ahora podemos innovar y hacer los platos que queramos y bajo el régimen estatal no podía ser así. Nosotros incorporamos a la carta el pollo Potín, con nuevas tendencias, piña glaseada y bañado en queso Mozzarella gratinado. “Ha tenido buena aceptación y lo elaboramos con lo que tenemos a mano, manteniendo siempre un precio asequible. Tampoco se trata de buscar la exquisitez en productos inaccesibles y elevarle el costo al plato. Tenemos que concientizar que, a diferencia de algunas paladares, nosotros cumplimos una función social: llegar a toda la población, desde el abuelo retirado hasta el trabajador con mayores ingresos”.

En ese sentido, cabe destacar las iniciativas de algunos trabajadores por cuenta propia, con la voluntad de ofrecer servicios gastronómicos accesibles a su comunidad. Tal es el caso del restaurante Zarzal, en el municipio de Centro Habana, cuyo nombre se inspira en un pueblo del oriente cubano.

En Ciego de Ávila siguen apostando por mantener la buena fama ganada por la gastronomía estatal. Un ejemplo es el restaurante La Cueva, en el parque de la ciudad. De acuerdo con su capitana, Idalmys Tirado, es un sitio para todos los bolsillos y del cual nadie se va sin comer. La carta ofrece precios desde un cuc en el plato de ropa vieja de cerdo, hasta seis cuc para los pescados y mariscos. “Con el de un peso convertible no nos ganamos prácticamente nada, pero les damos la posibilidad de comer a las personas de menos ingresos”.

Para Pedro Pérez, de la Unión de Empresas, los importes de algunas ofertas pueden ser altos con el objetivo de rebajar otros. “Queremos que los locales arrendados y las cooperativas logren hacer determinados productos con precios asequibles, lo cual se ha logrado en muchos casos. El objetivo es que sean más baratos que las paladares”.

No obstante, para nadie es un secreto que el esperado bajón de precios ocurrirá en la medida en que se logren proyectar un mercado y tiendas mayoristas libres de trabas y escaseces, y a las cuales puedan acceder tanto las cooperativa no agropecuarias como los demás trabajadores po cuenta propia. “Luego, por decreto, el Mincin puede decidir topar el precio de algunos productos”, concluye el especialista en nuevas formas de gestión.

Caridad Carrobello y Ariel Trujillo
Revista Bohemia, 1 de septiembre de 2016.

Foto: Tania Cano Méndez, presidenta la cooperativa no agropecuaria El Potín, en Línea y Paseo. Vedado. Tomada de Trabajadores.

lunes, 20 de febrero de 2017

La muerte de Fidel Castro y los negocios privados


Luego de llegar con el remolque desbordado de carne de cerdo, apilada en una cajuela plástica adaptada a la parte posterior de su bicicleta china, Noel, 32 años, dueño de una cafetería que oferta sandwiches y comida criolla, se bebe casi sin respirar medio litro de jugo de melón mientras presta atención a sus empleados.

“Al jugo le falta una pizca de azúcar. No le echen tanto aceite al congrí”, regaña a un cocinero, y le pide premura a una señora obesa que limpia el piso del portal que sirve de comedor.

Noel no armó su negocio con dinero girado desde Miami. “Es un bisne que lo comencé con 500 pesos convertibles prestados. A pulmón, sangriao y pasando muchísimo trabajo”, apunta.

Cuando en la primavera de 2013 abrió la cafetería, vendía un promedio de 90 platos de comida, 50 sandwiches de jamón y queso y 20 pomos de jugo de frutas. “Facturaba casi tres mil pesos diarios (alrededor de 130 dólares). Pero tres años después las ventas superan los siete mil pesos (320 dólares). Para ser una cafetería de barrio no está mal”, dice Noel y añade:

“Como cualquier emprendimiento particular en Cuba, la pelea para hacer dinero es de león a mono y el mono amarrado. Todos los días es un jaleo con los inspectores, rumores de nuevos decretos fiscalizadores o un alza de los impuestos a pagar. El gobierno no da nada. Prometió un mercado mayorista y nunca ha cumplido su promesa. Para tener beneficios, los dueños de negocios gastronómicos debemos tener una doble contabilidad y comprar en el mercado negro gran parte de los alimentos”.

En Cuba el trabajo particular es visto con desconfianza. Para un sector conservador del gobierno, los emprendedores son presuntos delincuentes o, por su independencia económica, potenciales opositores.

Giselle, dueña de una peluquería, considera que hay de todo un poco. “Lo que hasta ahora ha funcionado en Cuba es la economía estatal, casi toda manejada por corporaciones militares. No existe el concepto de gestión privada. Ya es hora que el Estado propicie nuevas y mayores aperturas. Y permite comprar mercancías directamente en el extranjero y recibir créditos de bancos foráneos”.

De momento, el régimen ha tirado del freno de mano y está entorpeciendo al pujante sector privado local. “Cualquier negocio, para crecer o mejorar, necesita inversiones mínimas. Y los créditos que otorgan los bancos del Estado son insuficientes, demasiado fiscalizadores y con un papeleo tremendo”, confiesa la dueña de una casa de alquiler a turistas.

Según la prensa oficial, en los primeros siete meses de 2015, los créditos bancarios al sector privado superó los 129 millones de pesos (5,3 millones de dólares), cuatro veces más que los 31 millones de pesos (1,3 millones de dólares), otorgados en 2014. Un segmento de emprendedores consultados, a falta de un marco jurídico, se sienten desprotegidos y a merced de las veleidades del gobierno. Ya sucedió hace tres años.

Aunque Raúl Castro aseguró que el trabajo por cuenta propia llegó para quedarse, en diciembre de 2013 las autoridades cerraron los negocios de venta de ropa y los cines 3D. “En Cuba nunca se sabe. Un buen día te dicen que tu negocio es ilegal por determinadas razones y te obligan a cerrar. Así de simple”, señaka Luis Alberto, al frente de una oficina de publicidad.

Gilberto, economista retirado, piensa que “si al nuevo panorama internacional, la crisis económica en Venezuela, la muerte de Fidel Castro y la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump, que es todo un enigma, le sumamos producciones agrícolas que no despegan y una economía en retroceso, desatar una cacería de brujas contra los cuentapropistas sería un grave error”.

Lo cierto es que el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos y las políticas proactivas del presidente Barack Obama para empoderar al sector privado ha generado recelos en la autocracia verde olivo.

“Es evidente que el gobierno quiere potenciar solo aquellos negocios que les interesan. No desean que los particulares ganen demasiado dinero”, subraya el economista.

La actualización del modelo económico cubano, una especie de biblia sagrada por la que se rigen las tímidas reformas de Raúl Castro, prohíben la acumulación de capital y propiedades.

Tras el deceso de Fidel Castro, enemigo jurado de los negocios privados y el capitalismo, los emprendedores entrevistados no son precisamente optimistas.

“A corto plazo no va a pasar nada. Un pasito hacia adelante y dos hacia atrás. Como siempre. Si la economía empeora, podrían abrir mayores espacios, siempre controlados y con elevados gravámenes para que la gente no haga mucho dinero”, piensa Noel.

Rubén, dueño de un pequeño taller dedicado a la reparación de móviles, tabletas y laptops, considera que es “demasiado pretencioso hablar de negocios consolidados en Cuba. La mayoría son timbiriches, artesanales y manuales en su mayoría.. Los triunfadores son pocos, por lo general los propietarios de casas de hospedaje, dueños de varios autos que alquilan como taxis a choferes y las paladares exitosas. El resto sobrevive como puede”.

Ridel, al frente de un negocio de muebles, se refiere a la existencia de negocios boyantes “donde sus dueños son hijos de altos funcionarios del gobierno o consentidos por ellos. A ésos no los molestan y muchos compran alimentos e insumos en el extranjero”.

De acuerdo a los entrevistados, las futuras políticas de Donald Trump, que amenazan echar abajo las estrategias de Obama, no afectarán demasiado a los emprendedores privados en la Isla. “Quizás afectaría a los centrados en el turismo, pero el grueso de los negocios están enfocados en el mercado interno”, opina Giselle.

Dueños de famosas paladares, como Carlos Cristóbal, restaurant donde cenó la familia Obama durante su visita a Cuba, pudieran ver afectadas sus ganancias con una política de prohibiciones del recién electo presidente de Estados Unidos.

Previendo esa posibilidad, un centenar de emprendedores particulares cubanos, entre ellos Carlos Cristóbal y Enrique Núñez, propietario de La Guarida, le enviaron una misiva a Donald Trump para que mantenga y profundice las reformas iniciadas por su predecesor Barack Obama.

Noel, quien trabaja más de doce horas en su cafetería al sur de La Habana, expresa que no es una mala idea. “Ojalá que Trump derogue el embargo. Pero al que debemos enviarle una carta para que autorice nuevos espacios es a Raúl Castro”.

Iván García
Foto: Tomada de The New York Times en Español.

jueves, 16 de febrero de 2017

Fidel Castro, cortador de caña


Hace ya tiempo que Cuba dejó de ser la "azucarera del mundo". Las zafras son cada vez más raquíticas, como las cañas, que da pena verlas cuando uno va por la carretera. Flacas, igual que las vacas, bueyes, caballos, chivos y perros callejeros.



La producción de azúcar disminuye por años. Especialistas en el tema señalan a Fidel Castro como el principal culpable. Y recuerdan cuando en 1969 le entró la locura de producir 10 millones de toneladas de azúcar para la zafra de 1970.

De aquel fracaso quedó una orquesta, Los Van Van, que cogieron el nombre de la consigna "de que los diez millones van, van". En el antiguo Palacio Presidencial, hoy Museo de la Revolución se conservan afiches y pancartas de la fallida zafra.



En 2002, Fidel Castro mandó a cerrar el Ministerio del Azúcar y a desmantelar casi cien ingenios. Pero hubo una vez, recién llegado al poder, que a Castro le entusiasmaba la idea de que la Isla siguiera siendo la "azucarera del mundo". Y como siempre fue hombre de majomías, cogió majomía con la caña. Quiso que hasta el gato fuera a cortar caña, voluntariamente.

Los cañaverales se llenaron de cubanos que jamás habían tenido una mocha en sus manos. Cuando desguabinados regresaban a sus casas, a la memoria les venía el estribillo de una canción popularizada por Belisario López y su orquesta: "Yo no tumbo caña, que la tumbe el viento, que la tumbe Lola con su movimiento".



A cortar caña fueron también diplomáticos, periodistas y visitantes foráneos. A los extranjeros aquello les parecía algo exótico. Como ahora a los turistas les parece La Habana, una capital excéntrica, donde se disfruta tomando mojitos, paseando en viejos autos americanos, cenando en paladares y haciéndose selfies con las ruinas de la ciudad de fondo.



Las imágenes de Fidel cortando caña que ilustran este texto, fueron hechas por el fotógrafo Gilberto Ante (Manzanillo 1925-La Habana 1991), aunque no puedo precisar fecha ni lugar. Hoy olvidado, Gilberto Ante fue colaborador cercano de Celia Sánchez, Che Guevara, Raúl Castro y Juan Almeida. Fue fundador de la revista Verde Olivo y durante 25 años trabajó como fotorreportero de la revista Bohemia.

Su archivo de más de 25 mil negativos, están repletos de fotos de Fidel Castro y otros líderes de la revolución, en actos y recepciones. De milicianos, alfabetizadores, campesinos, obreros, artistas, intelectuales... Y de acontecimientos que no todos los fotorreporteros tuvieron oportunidad de cubrir, como la explosión del barco La Coubre en marzo de 1960 y la invasión de Playa Girón en abril de 1961.

Tania Quintero
Fotos: Gilberto Ante

Versión de trabajo publicado el 22 de mayo de 2015 en el Diario Las Américas.

lunes, 13 de febrero de 2017

Lo que Fidel Castro nos dejó (III y final)


Cuando se llega a los 86 años el milagro es vivir un día más. Al menos eso piensa Humberto, un anciano frágil sentado en un sillón de ruedas, residente en un deteriorado asilo estatal ubicado en la barriada de La Víbora, al sur de La Habana.

Cada día, Humberto se sitúa al otro lado de una cerca que le permite extender la mano, esperando que un alma caritativa de las muchas que apresuradamente caminan por la acera, lo vea y le dé uno o dos pesos.

Todo en el asilo es deprimente. La pintura barata de la fachada intenta disimular lo que no se puede disimular. Cuando se traspasa la entrada principal, el olor a orine y la mugre del piso da la sensación de que uno está en una prisión o un tugurio donde se esconden inmigrantes ilegales.

Veinticuatro horas antes del 24 de diciembre, día que los cubanos celebran la Nochebuena, en el portal del asilo tres enfermeras, calzando chancletas, conversan en voz alta y con un vozarrón de miedo regañan, a los ancianos que consideran están molestando o violando el reglamento del asilo.

“No jodas más compadre, ya te dije que la comida es a las siete. Cómo cojones hay que hablar contigo”, expresa una enfermera mestiza con modales más propios de un presidiario que de una profesional de la salud.

Delante de ellas, un grupo de ancianos, como Humberto, piden limosna a los transeúntes sentados en sillones de ruedas o en bancos de cementos que bordean la cerca.

“Déme cinco pesos, por favor, es para comer algo”, pide un señor con las piernas destrozadas y negruzcas. “Él tiene diabetes. Ya los medicamentos que toman no le asientan. Debe cambiar el tratamiento. Pero el médico hace dos días que no viene por el asilo. El personal que trabaja aquí es retama de guayacol. Gentuza que no encuentra otra opción laboral. Nos tratan como si fuéramos perros sarnosos”, dice Humberto en voz baja.

Danilo, para quien la cárcel ha sido su segunda casa, es barbero en el asilo. “En el asilo pagan una mierda, 350 pesos mensuales (equivalente a 16 dólares), pero después que salí del tanque (prisión) no encontré otra pincha (trabajo)”, dice y señala:

“El maltrato y los abusos verbales a los viejos es algo cotidiano. La comida es un asco. Las cocineras se roban el arroz, los frijoles y condimentos y los venden por la izquierda o se los llevan a sus casas. Los empleados también cargan con carne, pollo o ropa que llegan de donación. Esto es un antro. Lo más parecido a una cárcel”.

El asilo de ancianos de La Víbora fue fundado en los años 40. Antes de que Fidel Castro se hiciera con el poder a punta de carabina, el hospicio era una edificación limpia y con todas las condiciones materiales aseguradas.

"Antes de 1959, ese asilo era un Hogar del Veterano, había otros en La Habana y en todos, los antiguos mambises, tenían un lugar donde pasar dignamente su vejez. Al antiguo Hogar del Veterano de La Víbora íbamos en fechas patrióticas, a llevarle tabacos y conversar con los veteranos", recuerda la periodista Tania Quintero.

Pero ha llovido mucho desde entonces. Hasta que Cuba comenzó a girar en la órbita soviética, cuando el Kremlin enviaba cheques en blanco al Palacio de la Revolución, los hospitales, clínicas, casas de socorro y hogares de ancianos no tenían nada que envidiar a naciones del Primer Mundo.

Pero después que el oso ruso dijo adiós al comunismo, comenzaron las calamidades. El PIB cayó de manera brutal y la ineficiencia del sistema socialista ha degradado las producciones agrícolas, industriales y azucareras.

La economía cubana es una balsa a la deriva. Lo único que crece es el marabú en el campo y la emigración. Decenas de hospitales y asilos de ancianos piden a gritos una reparación capital y una atención médica acorde a las personas de la tercera. Pero los mejores especialistas prefieren trabajar fuera de Cuba o deciden emigrar.

Visitar el asilo de ancianos de La Víbora es una foto fija del derrumbe del régimen castrista y un mensaje de ida y vuelta de que las cosas en Cuba deben con urgencia cambiar.

Humberto lo que anhela son cinco o diez pesos, para comprar cigarrillos sueltos y media libra de pan que luego, al caer la noche, le sirve de alimento y le compensa la pésima comida.

Pero hoy no tuvo suerte. Los transeúntes viraban la cara hacia otro lado, cuando veían su mano pidiendo limosna. O cruzaban hacia la acera de enfrente.

Iván García

Foto: Visita que el 24 de febrero de 1952 un grupo de alumnas de la escuela pública Ramón Rosaínz, entre las cuales se encontraba Tania Quintero, junto con su profesora, hicieron al antiguo Hogar del Veterano, en San Miguel y Agustina, municipio 10 de Octubre. Además de llevarles una caja de tabacos, conversaron con esos viejos cargados de historia, todos vestidos impecablemente, con guayaberas de lino. Hoy es un asilo lúgubre y sucio.

jueves, 9 de febrero de 2017

Lo que Fidel Castro nos dejó (II)


Según Luisa, 76 años, ex prostituta, la primera vez que cobró dinero a cambio de sexo se bañó tres veces intentando quitarse el olor a hombre viejo que transpiraba su cuerpo.

“Alguna vez fui joven y bonita. La madrugada que Batista huyó de Cuba, estaba en la cama con un empresario que era mi amante. Luego todo cambió. La revolución hizo planes para insertar a las putas en la sociedad. Estuve en una escuela de superación de la mujer en Marianao. Varias amigas mías pasaron cursos de corte y costura, otras de taxistas”, cuenta Luisa, mientras almuerza una ración de arroz, chícharos y huevo hervido en una hedionda fonda estatal que vende comida a personas de bajos ingresos.

Pero la necesidad la obligó de nuevo al trueque de sexo por favores. “Dicen que el pájaro siempre vuelve al monte. El caso es que en 1970, después de la zafra de los diez millones, con tres hijos y divorciada, me acostaba con un oficial de la FAR que a cambio me regalaba latas de carne rusa y de leche condensada, entre otras laterías, y me daba dinero para mantener a la prole. Fidel Castro no incentivó la prostitución, pero mi’jo, el país nunca ha funcionado, y cuando no es un problema es otro. La gente no vive con discursos ni con promesas”, señala Luisa.

Una de sus hijas fue jinetera a finales de los 80. La nieta mayor heredó el 'oficio'. Cuando cae la noche, se llega a un bar al sur de La Habana y se dedica a cazar clientes.

“Parece que la putería la llevamos en la sangre”, subraya Luisa con un rictus que pretende ser sonrisa, pero refleja vergüenza. La autocracia verde olivo intentó cambiar las costumbres de la sociedad, dignificar a las mujeres y a los que nunca tuvieron nada y erigir un hombre nuevo inmune a los vicios del consumismo.

La meta era lograr un ciudadano leal a la revolución. A prueba de bombas atómicas. Que fuera circunspecto, casi un santón, que bebiera poco, no practicara demasiado el sexo y fuera capaz de recitar de memoria trechos de discursos importantes del máximo líder.

Como si se tratara de cruzar razas ganaderas o experimentar en un laboratorio con cobayas, Fidel Castro y Ernesto Guevara pusieron manos a la obra. Lo primero era crear un compromiso político y una cultura de odio al imperialismo yanqui.

El aparato de propaganda estatal y los comisarios del partido se encargaban de llevar a cabo la faena. Era una guerra ideológica de alta intensidad en la radio, televisión y la literatura.

Los estantes de las librerías cubanas se desbordaron de clásicos del realismo socialista. Prohibidas las novelitas de Corín Tellado. Las directrices para ser un futuro comunista pasaba por leer Nadie es soldado al nacer, Agosto del 44 o Los hombres de Panfilov, entre otras obras de la literatura bélica soviética.

En aquel tiempo, el control sobre los medios de comunicación era absoluto. Internet sonaba a ciencia ficción, un radio de onda corta era algo subversivo y ni soñar con una computadora, entonces voluminosas.

El régimen dominaba el flujo informativo a su antojo. Eso le permitía gobernar fácilmente. En los años 70, apunta Gerardo, ex combatiente en la guerra civil de Angola, “todos los cubanos creímos que el Ku-Kux-Klan linchaba a los negros en cualquier esquina de los Estados Unidos y que esa nación tenía sus días contados. Nuestra misión era edificar el socialismo primero y el comunismo después. El futuro nos pertenecía”.

Todavía Gerardo recuerda la letanía de consignas que cada mañana repetían en los campamentos militares. “Muchos creíamos que estábamos gestando un nuevo porvenir. No nos enterábamos, o virábamos la cara hacia otro lado, ante los abusos del poder contra aquéllos que pensaban diferente. Yo vine a saber del acoso a los opositores y homosexuales y la creación de las UMAP en los años 90 gracias a internet. Vivíamos en una burbuja”.

Miles de hombres y mujeres fueron apartados del seno familiar con la misión de evangelizar el castrismo. La periodista Tania Quintero, 74 años, cuenta que en 1960, tras escuchar a Fidel Castro hablando sobre la creación de contingentes de maestros voluntarios, que se prepararían en las montañas de la Sierra Maestra y después serían destinados a escuelas rurales, decidió dejar su empleo como mecanógrafa en las oficinas del Partido Socialista Popular y convertirse en maestra.

"Me enrolé en el tercer y último contingente de maestros voluntarios. Desde marzo hasta junio de 1961 estuve en La Magdalena, en las Minas del Frío. Junto con nociones elementales de pedagogía recibíamos clases de adoctrinamiento político. No teníamos radio y cada varios días nos llegaba la prensa, así fue cómo me enteré de la invasión por Playa Girón", rememora Quintero y añade:

"Las jóvenes que tuvimos mejores expedientes fuimos seleccionadas para pasar un curso de instructoras revolucionarias, recién creado por Fidel Castro y la Federación de Mujeres Cubanas (FMC). Era un plan de estudio y trabajo, de un año de duración. De lunes a viernes vivíamos albergadas en residencias en el antiguo Havana Biltmore, rebautizado Reparto Siboney por la revolución. Las profesoras eran pedagogas graduadas de la Universidad de La Habana, pero las asignaturas no se limitaban a matemáticas, español, historia, geografía... También teníamos que estudiar el marxismo-leninismo y sus creadores: Marx, Engels y Lenin"

Tania estudiaba mañana y tarde y por las noches daba clases de 'instrucción revolucionaria' -leáse comentar y discutir intervenciones de Fidel Castro- a antiguas domésticas, prostitutas y amas de casa. "Fidel hablaba casi a diario, pero no era fácil que ese tipo de alumnas, de bajo nivel escolar y cultural, se expresaran libremente. Y confieso que lo logré, porque obviaba los párrafos densos de sus discursos. En aquella época, uno de sus monotemas era la inseminación artificial y eso me permitió dar clases animadas. Recuerdo que una alumna me dijo: 'Seño, lo que no entiendo por qué Fidel quiere acabar con las vacas cebú, si ésas son las que siempre hemos tenido y hasta 1959 nos daban mucha carne y mucha leche".

Carlos, sociólogo, no puede demostrar que el nuevo ensayo social, incluido ese plan de estudio y trabajo creado en 1961 por Fidel Castro y la FMC fuera científico. “Creo que ése fue un plan empírico y dio sus resultados, porque si no me equivoco superó a miles de mujeres, antiguas criadas y campesinas. Pero existían códigos bien definidos en lo que respecta a la evangelización del castrismo y la creación de un cubano nuevo. Era un protocolo bien estructurado para lograr el propósito de transformar al ser humano en un zombi. El resultado de diseñar un hombre de laboratorio lo estamos recogiendo ahora. Simulador, mentiroso y generalmente mal educado”.

El gran adversario del régimen de Fidel Castro primero, y de su hermano Raúl después, han sido las nuevas tecnologías de información. Lo que no pudo lograr la estrategia insurreccional anticastrista en los años 60 y el posterior activismo pacífico de la disidencia, lo han logrado, y lo siguen logrando, internet y las redes sociales.

A pesar que una hora de internet cuesta el salario de dos días y medio de un obrero, ya los hechos no se pueden ocultar. La autopista de la información ha dejado en evidencia las falencias y proverbial manipulación de la prensa estatal.

La red de redes es el arma que ha destrozado el estrafalario proyecto de construir un hombre nuevo en una isla del Caribe. Para la autocracia, internet es un Caballo de Troya. Por eso intentan censurarla.

Iván García

Foto: Integrantes del Segundo Contingente de Maestros Voluntarios que se graduaron en La Habana el 23 de enero de 1961. El primer contingente se graduó en abril de 1960 y el tercero y último en junio de 1961 en Holguín. Unos 10 mil jóvenes procedentes de todo el país se formaron como maestros rurales en improvisados y rústicos campamentos en la Sierra Maestra. Como culminación de cada curso, los jóvenes subían el Pico Turquino, que con sus 1,974 metros es la montaña más alta de Cuba. La foto fue tomada del periódico Granma.

lunes, 6 de febrero de 2017

Lo que Fidel Castro nos dejó (I)


A la salida del Túnel de la Bahía, el ómnibus de la ruta P-11 transita atestado de pasajeros. Mientras los pasajeros disfrutan de la vista del mar, el olor a salitre impregna sus narices.

En ese trozo de la geografía habanera, donde sobresale la Avenida Monumental, una vía de ocho carriles inaugurada en 1958 por el dictador Fulgencio Batista, se preveía edificar decenas de hoteles, casinos, condominios y barrios suburbanos hasta muy cerca del Puente de Bacunayagua, casi en la frontera con la provincia de Matanzas.

“Era un proyecto de rascacielos y diseños atrevidos para atraer el turismo y también para que profesionales de clase media rentaran o compraran una casa al este de La Habana. Si la revolución hubiera triunfado en 2016, hubiera encontrado una ciudad maravillosa. Al estilo de Río de Janeiro. Y Miami no sería una competencia”, señala con énfasis, Roberto, arquitecto jubilado de 75 años.

Hijo de un proyectista que trabajó en Govantes y Cabarrocas, firma de arquitectura dedicada a la proyección y construcción de obras que constituyeron hitos urbanísticos en La Habana, Roberto dice que Cuba necesitaba instaurar la democracia, detener la corrupción y crear estrategias gubernamentales que frenaran la pobreza, en particular en el campo.

“Pero al margen de la situación política, La Habana y otras ciudades del interior eran una tacita de oro. Los servicios de transporte público, correos y acueducto, entre otros, funcionaban eficientemente. Sin chovinismo: en América Latina, a no ser Buenos Aires, no existía una urbe con tantas riquezas arquitectónicas y barrios funcionales”, señala Roberto y agrega: “En el centro y en la parte antigua de la capital encontrabas portales lineales soportados por columnas dóricas con diseños originales, tiendas de una o varias plantas, restaurantes, fondas, bares, librerías, bancos, oficinas... El Miami actual es lo que La Habana no llegó a ser”.

En 1940, Fulgencio Batista se presentó como candidato de la Coalición Socialista-Democrática en las elecciones de ese año y las ganó. Contaba entonces con gran respaldo popular y una de sus primeras medidas fue legalizar al partido comunista.

En 1940, en Cuba no solo se aprobó una formidable Constitución, también se inició la construcción de escuelas públicas, institutos técnicos, clínicas, hospitales y casas de socorro. Se inauguraron avenidas, edificios, repartos y mansiones.

Doce años después, el 10 de marzo de 1952, Batista se apropió del poder desenfundando la pistola y se convirtió en un sangriento gobernante. Pero incluso los dictadores más brutales siempre buscan dejar un legado urbanístico. Adolfo Hitler inauguró las mejores autopistas de Europa. Y Augusto Pinochet erigió una robusta economía en Chile.

Fidel Castro no asesinó a millones como Hitler (según María Werlau, directora del Archivo Cuba, los muertos de la revolución verde olivo multiplican por cinco los crímenes de Pinochet). Sus recursos represivos se basaron en la fórmula 'más temor y cárcel que sangre'.

En política, de lo que más presumen sus partidarios, sus éxitos se han exagerado. Fidel Castro, es cierto, fue un animal político. De raza. Astuto, cínico y capaz de cualquier cosa para lograr sus objetivos. Poseedor de un ego descomunal y una necesidad enfermiza de llamar la atención. Manipulador, mentiroso, carismático y una loable capacidad de liderazgo.

Hechizó al pueblo con una combinación magistral de verborrea extensa, aderezada con una dosis de nacionalismo y justicia social. Ofreció populismo a chorros. Prometió rebajar los alquileres y la electricidad, universidad gratuita y una ley de reforma agraria. Casi todas esas promesas las cumplió en los primeros años de su revolución.

Luego se radicalizó. Polarizó la sociedad y gobernó para sus partidarios. Los adversarios eran marcados con letra escarlata. No eran personas: eran gusanos, escorias, mercenarios...

Varios de sus trastornados proyectos solamente triunfaron en su cabeza. Desde desecar la Ciénaga de Zapata, sembrar miles de cafetales en los alrededores de La Habana hasta la construcción de cien mil viviendas anuales. Sus planes eran homéricos. Detengámonos en sus proyectos urbanísticos.

En febrero de 1959, al desaparecer la Renta de la Lotería Nacional, considerada corrupta por Fidel Castro, el barbudo nombró a Pastorita Núñez, ex cobradora de impuestos del movimiento insurreccional y ex combatiente de la Sierra Maestra, directora del Instituto Nacional de Ahorro y Viviendas (INAV). A partir de ese momento, Núñez decidió poner todo su empeño para que los cubanos de toda la Isla tuvieran una casa o un apartamento dignos.

En la Habana del Este, a poco más de dos kilómetros del centro de la ciudad, a tiro de piedra del Túnel de la Bahía, en un terreno baldío de 320 mil metros, que limitaba al norte con el litoral costero y el Oceáno Atlántico y al sur con la Avenida Monumental, bajo la dirección de Pastorita Núñez y el INAV, surgía la Ciudad Camilo Cienfuegos, el mejor conjunto residencial construido hasta la fecha por el castrismo, declarado Monumento Nacional en 1996.

Para una población de 7,836 personas se levantaron 1,306 apartamentos, distribuidos en 51 edificios de cuatro plantas y veinte modelos diferentes y 7 edificios de once plantas de tres modelos distintos. El equipo de arquitectos estuvo formado por Roberto Carrazana, Hugo D'Acosta Calheiros, Mercedes Álvarez, Ana Vega, Manuel Rubio, Mario González Sedeño y Reinaldo Estévez. A ellos se sumaron varios estudiantes de Arquitectura, entre éstos Mario Coyula.

La Ciudad o Reparto Camilo Cienfuegos se comenzó a construir en abril de 1959 y se terminó en noviembre de 1961. En 667 días, a un ritmo de dos casas por día, se logró un equilibrio entre edificios altos y bajos, zonas verdes, vías peatonales y de circulación de vehículos, áreas comerciales y recreativas. Y con una excelente calidad constructiva. La mano de obra especializada procedía de La Habana y de otras provincias. Fue el caso de Angelito, pariente nuestro que en su Sancti Spiritus natal era un albañil de primera.

Aunque los arquitectos tuvieron en cuenta las tendencias vigentes en los años 50 a nivel mundial, y habían estudiado experiencias internacionales como la unidad vecinal de Clarence Perry en Estados Unidos, las New Towns británicas y las ciudades satelitales de los países escandinavos, entre otras, lo cierto es que el diseño de los edificios más altos se asemejan al Focsa, en 17 y M, Vedado, inaugurado en 1956 y que con sus 36 pisos -el de mayor altura del país- es considerado una de las siete maravillas de la ingeniería civil cubana.

Después del buen hacer de Pastorita Núñez y el INAV llegó la debacle arquitectónica. “Voy hablar de La Habana, que es lo que mejor conozco. Sin temor a equivocarme, luego del reparto Camilo Cienfuegos, en la capital no se ha construido nada que valga la pena en materia de viviendas”, dice Roberto, arquitecto jubilado.

Y hace una lista de los múltiples disparates. “Al triunfar la revolución, en 1959, en La Habana existían dos grandes barrios marginales, Las Yaguas y Llega y Pon. En los municipios no había el hacinamiento actual y a nadie se le ocurrió construir barbacoas para convertir en dos una habitación. El 90 por ciento de las casas estaban en buen estado técnico”, y añade:

“Ahora hay un centenar de barriadas marginales y el 50 por ciento de las viviendas se encuentran en regular o mal estado. Al igual que en los antiguos países socialistas de Europa del Este, habrá que demoler o reformar decenas de ciudades-dormitorios como Alamar, San Agustín o Bahía, edificados con materiales de baja calidad y construidos por gente neófita en el oficio. Las microbrigadas, formadas por obreros y profesionales que se convertían en constructores por necesidad, provocó un colosal caos arquitectónico en La Habana. Ubicar los chapuceros edificios de microbrigadas cercanos a inmuebles o zonas residenciales de evidente calidad constructiva es un crimen urbanístico”, sentencia Roberto.

Para el arquitecto jubilado, “los sistemas constructivos adoptados eran prefabricados y de mal gusto. Unos importados de Yugoslavia, como el IMS. Otros fueron diseñados en Cuba, pero en su conjunto eran feos y uniformes. Al no tener las manzanas las medidas de cien metros de las manzanas españolas, se amontonan edificios sin alcantarillados, parques, escuelas y otras obras sociales. Un absurdo urbanístico”.

En opinión de Roberto, el legado de Fidel Castro en materia arquitectónica es bastante pobre. “Las excepciones son la Ciudad Camilo Cienfuegos, la heladería Coppelia de Julio Girona y las Escuelas Nacionales de Arte de Ricardo Porro en colaboración con los arquitectos italianos Roberto Gottardi y Vittorio Garatti. De Antonio Quintana mencionaría La Casa de los Cosmonautas en Varadero, el Palacio de las Convenciones en Cubanacán, el Parque Lenin y un edificio experimental de doce plantas en Malecón y F, actualmente en estado deplorable por falta de mantenimiento. Puede que se me escape alguna otra obra importante. Pero no hay muchas más”.

Solo basta recorrer La Habana para percatarse del naufragio urbanístico. La mayoría de las edificaciones del siglo XX con valores arquitectónicos se erigieron en la etapa republicana (1902-1958).

Un detalle: los fundadores de la revolución de Fidel Castro hoy residen en casas construidas antes de 1959, expropiadas a la próspera burguesía local. Los fidelistas no son bobos ni tienen mal gusto.

Iván García

Foto: Unidad Vecinal No. 1 de la Ciudad Camilo Cienfuegos, en la Habana del Este, 1961. Realizada por el Departamento de Divulgación del Instituto Nacional de Ahorro y Viviendas y actualmente conservada en la Fototeca del Archivo Nacional de Cuba.

jueves, 2 de febrero de 2017

El coche empujado del difunto Fidel Castro


La pintoresca carroza fúnebre se apagó de golpe a media mañana, camino del camposanto. Pero a ninguno de los presentes les extrañó. Durante unos segundos el viejo jeep ruso tuvo que ser empujado por los cinco "jóvenes oficiales revolucionarios" que a pie escoltaban las cenizas del líder, que viajaban dentro de una urna de cedro, recubierta con la bandera de Cuba. A nadie del público, presente en todo el recorrido coreando "¡Yo soy Fidel!", le sorprendió.

Los cubanos llevan toda la vida observando cómo los almendrones (antiguos coches americanos de los años 50) sobreviven gracias a la pericia de los mecánicos de la isla y cómo los ladas y los moskovichs soviéticos chirrían en cada curva. Pero esta vez la escena era otra. La caravana con las cenizas de Fidel Castro se quedó varada en seco donde todo había empezado décadas antes: en las calles de Santiago, cerca del Cuartel Moncada, el escenario de su primera "gesta heroica", en 1953. Seis años después, el 8 de enero, tras derrocar al entonces presidente Batista, Fidel entraba victorioso en La Habana.

Los cinco jóvenes uniformados que escoltaron las cenizas del último revolucionario apretaron los dientes para impulsar con todas sus fuerzas el remolque, sabedores de que estaban ante la misión más importante de su vida militar.

Era más que una foto. Era una metáfora de Cuba, que posteriormente iba a ser silenciada por los medios de la isla. Y para inmortalizar el momento (el 3 de diciembre), allí estaba el fotógrafo Iván Alvarado, minutos antes del entierro en el cementerio de Santa Ifigenia.

Los 900 kilómetros desde La Habana hasta el oriente de la isla resultaron una misión demasiado exigente para los jeeps rusos UAZ-3151, construidos en la Fábrica Ulianovsk, que no son utilizados por Moscú desde principios de siglo (dejaron de producirse en 2003), y que en la isla se reparan en un taller creado expresamente para estos vehículos.

"El propio Fidel los usaba con frecuencia", desvela el historiador cubano Álvaro Alba, especialista en la antigua Unión Soviética y un estudioso de los países del Este de Europa. "Raúl siempre fue el más soviético de los militares cubanos, siente idolatría por la parafernalia soviética. Estos vehículos han participado en los desfiles militares, hacen mucho ruido, son lentos pero fiables", concluye el historiador.

Los tres generales al frente del Ejército cubano permanecieron vigilantes durante toda la operación. A la cabeza, el ministro Leopoldo Cintra Frías, el héroe de la guerra de Angola. Y junto a él, sus viceministros, Ramón Espinosa y Joaquín Quintas Solá. Todos ellos, de absoluta confianza de Raúl, encargados por su jefe de atravesar la isla de occidente a oriente con los restos de su hermano. "Ellos son los cancerberos del aparato, encargados de controlar y velar por las ideas de Raúl Castro", añade Alba.

Al triunvirato no parece importarle que su comandante elija a un civil, quizás al vicepresidente y oscuro burócrata Miguel Díaz-Canel, como su sucesor al frente del Gobierno en febrero de 2018. Aunque el poder lo seguirán manteniendo el Ejército y el Partido Comunista, seguramente con la presencia destacada del propio hijo de Raúl y el todopoderoso zar de los servicios secretos, el coronel Alejandro Castro.

"El elegido tendrá que compartir con ellos el poder, porque el pilar del régimen son los militares y no el 'apparatchik' como sí ocurría en los países socialistas de Europa", concluye Álvaro Alba.

El último viaje de Fidel Castro, a bordo de un vehículo de sus antiguos aliados soviéticos, encierra una paradoja final tan parecida a los constantes contratiempos sufridos por los antihéroes de la odisea inventada por Tomás Gutiérrez Alea en su filme Guantanamera.

Un trayecto muy parecido, pero al revés, la del atípico cortejo fúnebre de los familiares de la protagonista de esta película, aplastados por el fin de una era, por la caída de la URSS, y por la burocracia comunista, quienes ironizan con las dificultades de su vida.

La muerte de Fidel -como el coche detenido en pleno funeral, como lo que ocurre en Guantanamera- representa el ocaso de una idea de país.

Daniel Lozano
El Mundo, 7 de enero de 2016.
Foto de Iván Alvarado tomada de El Mundo.