lunes, 21 de agosto de 2017

Trump reabre el escenario perfecto para el régimen de Castro



En el matutino, antes de comenzar la prueba de español para los alumnos de octavo de grado en una escuela secundaria en La Víbora, al sur de La Habana, luego de beber un vaso de agua, la directora engoló la voz y arremetió con la tradicional oratoria antiimperialista denunciando la injerencia del “señor Trump y sus acólitos terroristas de la mafia cubana de Miami”.

El régimen, que se había sorprendido y se sintió aturdido por el novedoso estilo de Barack Obama de mano tendida al pueblo cubano y recordándole a la gerontocracia verde olivo las virtudes de la democracia y el respeto por las diferencias políticas, con Donald Trump ha regresado a su salsa.

Se multiplican los actos públicos en instituciones estatales, decenas de artículos periodísticos contra la nueva política de Trump hacia Cuba y una puntual diplomacia en cualquier tribuna o forum mundial.

No siempre sabe más el diablo por viejo. Tras casi 60 años lidiando con la dictadura de los hermanos Castro, el ejecutivo estadounidense, por razones que van desde la politiquería electoral al más profundo desconocimiento de la sociedad cubana, salvo excepciones, ha apostado por políticas fallidas.

Uno de los pocos logros del exilio cubano, estuvo cimentado por Jorge Más Canosa y el lobby de la Fundación Cubano Americana, que comprendió que en la democracia estadounidense lo fundamental son las conexiones políticas. Fue una de las claves del protagonismo alcanzado en el patrocinio de las estrategias de la Casa Blanca con respecto a Cuba.

Desde la década de 1980, la política de Washington hacia Cuba pasa por Miami. Para entonces, ya habían fracasado los intentos armados en zonas montañosas de la Isla, así como los sucesivos planes de atentados contra Fidel Castro.

Imitando al potente lobby judío, Más Canosa inició una batalla que combinaba la diplomacia y el conocimiento del panorama político en el DC para frenar a la dictadura castrista en el escenario internacional.

Y tuvo aciertos. Condenas de organismo de derechos humanos, codificó el embargo y mantuvo la excepcionalidad migratoria de los cubanos. En el ámbito político, no existe ningún grupo de emigrados en Estados Unidos con mayor número de congresistas, alcaldes y funcionarios, ya sean estaduales o federales que los cubanos, a pesar de que solamente son dos millones y medio de personas.

Entre la mayoría de los cubanos de las dos orillas, hay coincidencia en un punto: de una manera u otra, todos aspiramos a un país soberano, democrático y funcional. El camino para lograrlo varía.

Unos apuestan por el diálogo con el régimen y el levantamiento del embargo como mejor opción. Otros, prefieren el aislamiento a la dictadura, el embargo económico y sanciones internacionales que obliguen a cambiar o entregar el poder. Esta segunda política no ha funcionado en el caso de Cuba. Sí funcionó en la Sudáfrica del apartheid.

El embargo de Estados Unidos a Cuba ha fracasado. Cincuenta y ocho años de régimen castrista es la mejor respuesta.

Estados Unidos no debe sentir complejo por sostener sus compromisos en favor de la democracia y los derechos humanos. Pero el método para alcanzarlo no es precisamente con aislamiento, que solo ha servido de pretexto a los hermanos Castro para victimizarse.

De las pocas cosas que funcionan en la Isla se encuentran los servicios secretos, la represión y su hábil diplomacia. No espere que se cumplan los planes productivos, se construyan más viviendas o el gobierno capaz de crear un modelo racional o sostenible. Eso no ocurrirá mientras se mantenga el actual sistema de ordeno y mando.

Los disidentes, los encargados de liderar un cambio democrático en Cuba, andan más perdidos que un borracho en Saturno. Debido a la represión casi científica, a su protagonismo desmesurado y la falta de unidad entre los distintos grupos, la oposición no logra tender puentes con el cubano de a pie, a pesar de tener muchos puntos de coincidencia.

Se han sucedido tres generaciones diferentes de opositores. Unos se marchan al exilio, algunos exploran nuevos caminos para abrirse un espacio legal intentando insertarse en las escasas y controladas opciones que la blindada autocracia concede y otros se acomodan al estado de cosas, transformando la disidencia en un negocio particular.

Es lo que ahora mismo hay dentro de una oposición cubana, dividida, sin poder de convocatoria y con un sector apostando por el rescate estadounidense como vía milagrosa.

Si en algo se parece el régimen y un segmento de la disidencia es que culpan de sus fracasos a Estados Unidos, o a alguna de sus políticas, como la doctrina Obama.

La autocracia verde olivo no va a cambiar. Seguirá reprimiendo, activando linchamientos verbales contra la disidencia y encarcelando. Donald Trump, que no pone una en sus estrategias de Estado, solo ha vertido un poco más de gasolina para beneficio propagandístico de Raúl Castro.

Se sucederán las declaraciones de obreros, campesinos, arquitectos y estudiantes cubanos ‘condenando la injerencia yanqui’. El barraje propagandístico del aparato estatal será aún más reforzado.

Es increíble que la comparecencia vociferante de Trump en Miami, con sus ademanes y gestos patéticos, despierte más interés que la descafeinada sesión de la asamblea legislativa del poder popular donde supuestamente se debaten los problemas del país.

Mientras Trump hacía pucheros y prometía cosas que no cumplirá, la realidad se impone. Quitando las alharacas verbales, solo han sido derogados dos acápites de la doctrina Obama: los viajes de estadounidenses a Cuba y los negocios con empresas militares. El resto se mantiene.

¿A quién beneficia? A la propaganda castrista y a los intereses de Estados Unidos, pues la mayoría de los acuerdos siguen en pie. Ni Trump ni ningún otro presidente estadounidense va a defender mejor que nosotros mismos nuestros derechos.

La bandera de las barras y estrellas no es nuestra bandera. Ni USA es nuestra patria.

De una vez y por todas, los compatriotas residentes en el exterior y los de la isla, deben tener presente que la solución a los problemas de Cuba es un asunto de todos los cubanos. De nadie más.

Iván García
Foto: Tomada de Daily Express.

jueves, 17 de agosto de 2017

Un matrimonio mal llevado



En un restaurante en La Habana, a unas cuadras del malecón habanero, en el Vedado, sólo se habla de una cosa: Donald Trump y su discurso en el teatro Manuel Artime de Miami.

El sitio “está más lleno de lo común”, dice el cantinero Raúl Velazco mientras prepara dos daiquirís frapé para una pareja de estadounidenses que se han sentado en la barra y miran compasivamente un televisor LSD de 55 pulgadas colgado en altos.

En el bar del restaurante hay más personas que en las mesas de los salones. La gente ha empezado a apiñarse de a poco y todos miran el reporte y los cintillos informativos de una cadena estadounidense.

Algunas mesas han quedado desoladas. Los platos están a medio comer. Los comensales se han levantado y, copa en mano, se han ubicado en el bar para presenciar el discurso del presidente de los Estados Unidos que pondrá sobre la mesa la nueva política hacia Cuba.

“Ese hombre tiene todo el poder ahora y de él depende que rumbo tomará la cosa”, dice Rubén Echeverri, un abogado de 52 años que trabaja en una consultoría jurídica internacional. “Vine por la buena comida y porque sabía que aquí iban a poner el discurso”, dice Echeverri.

“Toda esta semana la gente ha venido a preguntar si íbamos a poner el discurso”, confiesa Marilyn Suárez, una de las jefas de turno. El lugar tiene cable satelital con poco más de una decena de canales extranjeros, un servicio que, amén de la comida, les da un plus en Cuba.

“Hay una gran expectativa con lo que pueda decir Trump, hay miedo de que todo vaya para atrás y que lo poco que habíamos avanzado y logrado, se escache”, dice parada al final del bar Elizabeth Fernández, diseñadora gráfica de 39 años.

Elizabeth está junto a su novia y otra amiga. Ellas son de las que han abandonado su mesa en uno de los salones del restaurante para ir al bar a escuchar a Trump. Las tres tienen una botella de cerveza Cristal que les suda en las manos. Va a comenzar el acto en el Artime de Miami, Elizabeth recuesta su cabeza al hombro de su novia, me mira y levanta al unísono las cejas y pómulos. Va a empezar a hablar Trump, debe haber sido un gesto de nerviosismo que no pudo disimular.

Cuando Trump termina, estalla el murmullo. Creo estar en el estadio de béisbol Latinoamericano. Delante, en plena barra, la pareja de estadounidenses brindan con dos cubanos que se encuentran a su costado derecho. A la izquierda de ellos, una mujer y un hombre se abrazan. A mi lado, Elizabeth y su novia se besan y la amiga las apachurra por detrás.

La gente está contenta. Los nervios se han ido. Trump no ha sido todo lo severo que los cubanos esperaban.

Que la nueva política de Washington hacia La Habana se centre básicamente en restringir los negocios con el mayor conglomerado de empresas militares en la isla y controlar aún más a los estadounidenses que lleguen de visita y que se mantengan las relaciones bilaterales entre las dos naciones con sus respectivas embajadas, hace que los cubanos vuelvan a suspirar de alivio.

“Por suerte no tocó ni los viajes ni las remesas”, dice Yunier, uno de los camareros del bar mientras conversa con la pareja de estadounidense. Ellos, Tiffany y Gregor, están por primera vez en Cuba.

“Es una isla hermosa y cercana para nosotros, por eso no podemos volver a los tiempos de antes, tenemos que ayudarnos y no enemistarnos”, dice Tiffany en un inglés lento.

“Lo que Trump quiere es ayudar a los cubanos pero que el gobierno cubano empiece a ayudarlos a ustedes también”, dice Gregor, con otro daiquirí en mano.

Las palabras del presidente de los Estados Unidos estuvieron dirigidas a presionar al gobierno de Raúl Castro para que permita el desarrollo del creciente sector privado, reduciendo drásticamente el flujo de dinero que le llega al gobierno cubano por vía de los estadounidenses.

Este nuevo enfoque de los Estados Unidos hacia Cuba está amparado en las violaciones de los derechos humanos que se cometen en la isla. Al restringirse ahora los negocios con las compañías controladas por Gaesa, el conglomerado de las Fuerzas Armadas que maneja el 60 % de la economía cubana, se producirá un veto considerable al comercio entre las dos naciones. Según Engage Cuba, esto le costaría a la economía de Estados Unidos 6.600 millones de dólares y 10 mil empleos en el sector del transporte.

A unas cuadras del restaurante, en el lobby del hotel Meliá Cohíba, la agencia de viajes turísticos Cubatur tiene un buró de reservación donde la mayoría de las ofertas pertenecen al grupo empresarial Gaesa de las Fuerzas Armadas.

Alicia Llanes viste con el uniforme de la empresa y está sentada en solitario en su mesa. Sobre la nueva política de Estados Unidos hacia Cuba dice: “La gente piensa que no, pero lo que ha dicho Trump va a repercutir en Cuba porque él sigue metiéndose con el gobierno en vez de ayudar al pueblo”.

Por todo el lobby del hotel Meliá Cohíba hay turistas caminando, el ajetreo es incesante. Alicia añade: “Ahora, ya los norteamericanos no podrán venir aquí a reservar nada. Con la nueva política perdemos nosotros y pierden ellos. Nosotros porque ya no podremos venderles nuestro turismo y ellos porque no podrán disfrutar lo nuestro”.

Al cierre del pasado mes de mayo, según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información, 284,565 estadounidenses habían visitado la isla. Una cifra que casi iguala la cantidad de visitantes norteños durante todo el 2016.

A la salida del hotel Cohíba hay un lote de taxis. Se ven autos modernos y autos clásicos norteamericanos, entre ellos un Ford de 1953 y un Chevrolet de 1956. Mientras esperan algún turista que los rente, justo delante de la puerta del Ford, conversan los dos taxistas de los autos antiguos.

Un taxista dice: “Cuando no es uno, es el otro, antes era Fidel y ahora es Trump, lo de Cuba y Estados Unidos es para nunca acabar”. El otro taxista contesta: “Son un matrimonio mal llevado”.

Abraham Jiménez
El Estornudo, 16 de junio de 2017.
Foto: Tomada del artículo Donald Trump Still Won't Tell the Truth About Cuba, de Kurt Eichenwald, publicado en Newsweek el 30 de septiembre de 2016.

lunes, 14 de agosto de 2017

Manzanas prohibidas



Apenas a una cuadra del majestuoso Gran Hotel Manzana Kempinski, cuya inauguración está prevista para el próximo 2 de junio, a un costado del cine Payret, una cafetería estatal vende pan con una hamburguesa, ácida y desabrida, por el equivalente de 50 centavos de dólar. Empleados de los alrededores o indigentes que sobreviven pidiendo limosna a los extranjeros, hacen una pequeña fila para adquirir la incomible hamburguesa.

El hotel, construido por Kempinski, empresa fundada en 1897 en Berlín, ocupa el espacio de la antigua Manzana de Gómez, el primer centro comercial que hubo en la Isla, en las calles Neptuno, San Rafael, Zulueta y Monserrate, en el corazón de La Habana. Inaugurada en 1910, a lo largo de su historia, la Manzana de Gómez albergó desde oficinas, bufetes de abogados y consultorías mercantiles hasta comercios, cafés y restaurantes, entre otras instalaciones.

Muy cerca del Manzana Kempinski, el primero con cinco estrellas plus, radicará el parlamento cubano, todavía en obras, que tendrá como sede el antiguo Capitolio Nacional, una réplica en menor escala del Congreso de Washington.

La flamante instalación hotelera, propiedad de Gaviota, una corporación militar cubana, y administrado por la firma Kempinski, puede ufanarse de estar escoltada por el antiguo Centro Asturiano, hoy sede de las colecciones privadas del Museo de Bellas de Arte, el Gran Teatro de La Habana y los hoteles Inglaterra, Telégrafo, Plaza y Parque Central.

Con excepción del hotel Parque Central, de construcción más reciente, los otros tres hoteles radican en inmuebles edificados en el siglo 19 o durante la etapa republicana, y figuran entre los más bellos de la ciudad. En el centro de esas joyas arquitectónicas se encuentra el principal parque habanero, presidido por la estatua del héroe nacional José Martí.

En esos cuatro hoteles radican tiendas que venden exclusivamente en pesos convertibles (cuc), un billete fuerte creado por Fidel Castro que posibilita la adquisición de mercaderías capitalistas o de mejor calidad.

Lo anecdótico es que a los trabajadores les pagan con pesos cubanos (cup), la moneda nacional. En los sectores de turismo, telecomunicaciones y aviación civil, sus empleados solo devengan de 10 a 35 cuc como estimulación salarial.

El chavito, como le dicen los cubanos al cuc, es una puerta giratoria que marca territorio entre las chapucerías, penurias y pésimos servicios de corte socialista y los productos de regular a excelente calidad facturados por el 'enemigo de clase', según la teoría marxista que sustenta la junta verde olivo que gobierna la Isla desde 1959.

La Cuba del siglo XXI es un acertijo que roza el absurdo. Los gobernantes dicen defender a los más pobres, hablan de justicia social y socialismo próspero y sostenible, pero los proletarios y los jubilados son los que peor viven.

El régimen es incapaz de inaugurar mercados abastecidos, construir edificios de apartamentos de calidad, hoteles a precios módicos donde un obrero se pueda hospedar o tan siquiera reparar las viviendas, calles y aceras en los municipios y barrios de la capital. Pero para captar divisas, invierte buena parte del producto interno bruto.

José, taxista privado, considera que es bueno tener millones de turistas y que la caja registradora del Estado reciba ingresos millonarios. “Pero que luego esas ganancias se reinviertan en mejorar el país. Desde la década de 1980, el gobierno apostó por el turismo. ¿Qué cantidad de dinero ha entrado en todos esos años? ¿En cuáles ramas productivas se ha invertido?”, se pregunta el chofer de un destartalado Moskovich de la era soviética.

Personeros del régimen debieran responder. Pero no lo hacen. En Cuba, las finanzas, supuestamente públicas, se manejan con absoluto secretismo. Ningún ciudadano conoce dónde va parar las divisas que ingresa el Estado y los funcionarios se incomodan cuando se les pide una explicación por las cuentas off shore en Panamá o en bancos suizos.

En este experimento social, que conjuga lo peor del socialismo importado de la URSS con lo más repugnante del capitalismo monopolista de corte africano, en las destruidas calles de La Habana se permite filmar Rápido y Furioso, se acicala el Paseo del Prado para un desfile de Chanel o se inaugura un hotel estilo Qatar, como el Manzana Kempinski, en una zona rodeada de mugre, donde falta el agua y residen familias que hacen una sola comida al día.

En una agencia de automóviles radicada en Primelles esquina Vía Blanca, en El Cerro, se venden autos a precios insultantes. El polvo recubre el capó de los vehículos y un coche de segunda mano cuesta entre 15 mil y 40 mil dólares. Un Peugeot 508, 300 mil dólares, más caro que un Lamborghini.

Para las autoridades, las desmesuradas cantidades son un 'impuesto revolucionario' y con ese dinero, han dicho que van a sufragar la compra de ómnibus destinados al transporte urbano. Una burla: apenas se han vendido alrededor de cuarenta autos de segunda mano en tres años y el transporte público sigue de mal en peor.

A Danay, maestro de secundaria, no le indigna que el régimen inaugure hoteles y abra boutiques de lujo. “Lo que me jode es que todo sea un escenario de apariencias. ¿Cómo se pueden vender artículos que nadie puede pagar ni aunque trabaje 500 años? ¿Es un chiste macabro o un insulto a los trabajadores cubanos?”, se pregunta Danay, mientras merodea por el complejo de tiendas del Hotel Manzana Kempinski.

En los amplios pasillos de granito fundido, la escena habitual es de asombro. Abrazado a su novia, Ronald, estudiante universitario, sonríe con sarcasmo al observar tras las vidrieras de una joyería, unas esmeraldas que superan los 24 mil pesos convertibles. “En otra tienda, una cámara fotográfica Canon cuesta 7,500 cuc. Una locura". Y añade:

"En otros países se venden cosas a precios muy altos, pero también hay a precios asequibles a los distintos bolsillos, ¿Quién cojones en Cuba puede comprar eso, brother? A no ser ellos (los que gobiernan), los peloteros cubanos que ganan millones de dólares en las Grandes Ligas o los que se fueron y ganan mucho en Estados Unidos. No creo que los turistas van a pagar por cosas que en sus países son más baratas. Si alguna vez tuve duda de la verdadera esencia de este gobierno, ahora ya lo sé: vivimos en una sociedad mixta. Capitalismo pa' ellos, los de arriba, socialismo y pobreza pa'nosotros, los de abajo”.

Custodios de seguridad vestidos con trajes grises, pinganillos (audífonos) en los oídos y rostros hoscos, llaman la atención a las personas que tiran fotos o se conectan a internet vía wifi. La gente se queja. “Si no quieren que tiren fotos o se conecten a internet, no permitan la entrada de los cubanos”, dice una señora molesta.

En el centro de la planta baja del actual hotel Kempinski, antaño centro comercial Manzana de Gómez, en 1965 fue develada una efigie de bronce de Julio Antonio Mella, líder estudiantil y fundador del primer partido comunista en 1925. La escultura desapareció del lugar.

“Es que no venía a cuento, entre tanto capitalismo de lujo, tener la estatua de Mella. Era una incongruencia”, comenta un señor que mira las vidrieras junto a su nieta. O probablemente el régimen haya sentido vergüenza.

Iván García

Foto: Un viejo edificio de la Habana Vieja es el 'paisaje' que se divisa desde una de las boutiques del hotel Gran Manzana Kempinski. Tomada del reportaje Los nuevos hotels de lujo en Cuba buscan atraer a un mar de turistas, de Aili McConnon, publicado en The New York Times en Español el 10 de mayo de 2017 con fotos de Lissette Poole.

jueves, 10 de agosto de 2017

Mella era nieto de uno de los Padres de la República Dominicana



Sobre el busto de Julio Antonio Mella en la Manzana de Gómez, en una crónica titulada Ni olvidado ni muerto, publicada el 6 de mayo de 2017 en el periódico Juventud Rebelde, el periodista Ciro Bianchi Ross escribió:

-Muchas veces me pregunté qué sentido tenía el busto de Mella que se emplazó en el cruce de la galería comercial de la Manzana de Gómez y que se retiró hace siete años, antes de que el viejo inmueble empezara a transformarse en un hotel de lujo, y que ahora parece preocupar a algunos. Nada tuvo que ver Mella con dicha edificación. La Manzana de Gómez no estuvo ligada a su vida ni a su trayectoria política. Además, desde el punto de vista artístico era una mala pieza.

A propósito del busto de Mella, ¿quién puede verificar que hace 7 años lo quitaron de ahí? Si lo trasladaron sin dañarlo, ¿a dónde lo llevaron? Lo más seguro es que lo hayan desguasado. Lo instalaron en 1965, por el 50 aniversario de la fundación del primer partido comunista cubano. Y tal vez hubo la intención de cambiar el nombre de Manzana de Gómez por Manzana de Mella.

En la plazoleta que queda frente a la Universidad de La Habana había y hay un busto de Mella. El 15 de enero de 1953 amaneció lleno de chapapote. Una crónica de la época lo contaba así:

Amanece manchado de chapapote el busto de Julio Antonio Mella que había sido inaugurado cinco días antes en la plazoleta frente da la escalinata universitaria. Comienza la protesta estudiantil habanera que al mediodía desemboca en una manifestación que es rechazada con heridos por la policía. Más tarde se genera una enorme manifestación a la que se suma el pueblo y que no puede ser contenida por la policía en su marcha hacia el Palacio Presidencial.

En la confluencia de San Lázaro casi esquina a Prado el choque popular es desproporcionado contra los chorros de agua de los carros de bomberos, y los disparos de la marina y la policía que provocan numerosos heridos, entre ellos de mayor gravedad el dirigente de la Escuela de Arquitectura Rubén Batista Rubio. Decenas de manifestantes son cogidos presos La multitud se atrinchera en la universidad y hace guardia durante la noche para impedir sea tomada por las fuerzas represivas. Al día siguiente, la FEU organiza un acto de desagravio ante el busto de Mella. El Consejo Universitario suspende las actividades docentes por 15 días, hasta el 2 de febrero.

Entre los que fundaron el primer partido comunista se encontraba Carlos Baliño, que había sido mambí, en ese momento tenía 77 años y fallecería un año después. Mella, asesinado en México con solo 26 años, fue un ícono de la juventud cubana de aquella época. Con una historia, un curriculum y una preparación que hoy muy pocos tienen en Cuba.

En Hoy Digital descubro sobre el origen dominicano de Mella. Reproduzco lo que escribieron sobre Mella y su padre:

"Antonio Nicanor Mella Brea, nacido el 29 de julio de 1850 en Santo Domingo, hijo del Matías Ramón Mella Castillo, uno de los Padres de la Patria Dominicana junto a Juan Pablo Duarte y Francisco del Rosario Sánchez, no participó en política y se estableció en Cuba, donde ejerció el oficio de sastre. Su taller se encontraba en la casa No. 105 de legendaria calle Obispo de La Habana. Antonio Nicanor fue sastre de la alta sociedad cubana. Se especializó en ropa de hombre al estilo francés.

"En La Habana se casó con Mercedes Bermúdez Ferreira (1847-1915), con quien tuvo tres hijas. Solo se conoce el nombre de una, Josefina Mella Bermúdez. En uno de los viajes de Antonio Nicanor a New Orleans, conoció a Cecilia Mc Partland Reilly, nacida el 26 de julio de 1882 en Lisnadaragh, condados de Cavan y Westmeath, Irlanda, quien había emigrado a los Estados Unidos en 1898. A pesar de la notoria diferencia de edad, Antonio Nicanor se la llevó a Cuba y con ella procreó dos hijos no reconocidos: Nicanor Mac Partland, nacido el 25 de marzo de 1903 en La Habana, y Cecilio Mac Partland, nacido el 6 de enero de 1906 también en La Habana. En 1910, la madre los declaró 'nativos de la República de Santo Domingo'. Como testigo de las declaraciones de sus nacimientos figuró el propio Antonio Nicanor Mella Brea.

"Por problemas de salud, Cecilia Mac Partland abandonó Cuba y Antonio Nicanor y su esposa Mercedes Bermúdez tomaron la custodia de los dos niños. El 2 de mayo de 1910, la madrastra cambió los nombres a los niños y legalizó su estatus de cubanos. A Nicanor le llamó Julio Antonio Mella Mac Partland y a Cecilio lo nombró Nicasio Mella Mac Partland, quien emigró muy temprano de la isla, al parecer a Suramérica. Por su parte Julio Antonio Mella Mac Partland, heredó los genes de su abuelo y en los tiempos que le tocó vivir, se convirtió en un fogoso líder estudiantil y luchador proletario. Cuando estudiaba en la Universidad de La Habana fue encarcelado por la falsa acusación de ser un 'peligro público'. Para entonces, había ganado mucha notoriedad por su constante discurso contra el gobierno de Gerardo Machado. Fundó el Partido Comunista Cubano y fue su primer secretario general. Destacado deportista, sobresalió en remo y en atletismo. Además de político, también fue escritor y poeta.

"Julio Antonio Mella se casó con Oliva Margarita Zaldívar Freyre el 19 de julio de 1924 en La Habana. Tuvieron una hija, Natasha Mella Zaldívar, nacida el 19 de agosto de 1927 en Ciudad México. Julio Antonio fue asesinado en la esquina formada por las calles Abraham González y Morelos de Ciudad México, el 10 de enero de 1929, crimen perpetrado por José Magriñat, por encargo del servicio secreto del dictador Machado. Una placa en dicha esquina conmemora el triste acontecimiento.

"Una montaña de la Sierra Maestra, en Cuba, desde 1950 se llama Pico Mella en su honor. Allí, en 1996, instalaron un busto de bronce con su efigie. Julio Antonio Mella también quedó inmortalizado, con un sombrero rojo, en el mural El Arsenal del pintor Diego Rivera. Su viuda, Oliva Margarita, no volvió a casarse y murió en el exilio, en Miami, el 11 de diciembre en 1982. Su hija Natasha Mella Zaldívar se casó el 20 de diciembre de 1950 en La Habana con Antonio de la Torriente Morales. Tuvieron una única hija a la que llamaron Ileana de la Torriente Mella, nacida el 10 de abril de 1952 en La Habana. Ambas, madre e hija, en 1961 marcharon al exilio en Miami. Ileana de la Torriente, nieta de Mella, el 21 de enero de 1984 se casó en Miami, con Louis LaFontisee Jr. y no dejaron descendencia".


Oliva Margarita Zaldívar Freyre, la esposa cubana de Mella, era camagüeyana, doctora en derecho civil y derecho público por la Universidad de La Habana, fue reconocida como su viuda oficial, cuenta Adys Cupull. Conocí a Sarah Pascual, quien fuera amiga personal de Mella. También a Adys Cupull, ella junto a Froilán González son estudiosos de la vida y obra de Julio Antonio Mella.

En 1961 el tercer contingente de maestros voluntarios que estuvimos casi cuatro meses en el campamento La Magdalena, Minas del Frío, tres veces subimos el Pico Turquino, pero no lo hicimos por la parte donde se llega al busto de Mella, sino por la que se accede al busto de José Martí, iniciativa de una pinareña.

Hoy, para muchos cubanos, Mella es cosa del pasado, papel viejo. A lo mejor ni saben que fue él quien dijo "Hasta después de muertos somos útiles, pues servimos de bandera". Sin embargo, el argentino Manuel María Muñiz se inspiró en su figura para redactar una tesis de 186 páginas titulada "Julio Antonio Mella en las intersecciones del espacio político-cultural cubano y latinoamericano (1920-1925), presentada en octubre de 2014 en el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de General San Martín de Argentina.

En Tinísima, libro de la escritora Elena Poniatowska dedicado a la fotógrafa y artista italiana Tina Modotti, el gran amor mexicano de Mella, el líder estudiantil cubano está presente en muchas páginas del libro, publicado en 1992.

Para mí, la vida de los Mella es mucho más enjundiosa que la de los Castro.

Tania Quintero
Foto: Semidesnudo de Julio Antonio Mella, probablemente realizado por Tina Modotti. Tomada de Fotografía en México.

lunes, 7 de agosto de 2017

La estatua



A Julio Antonio Mella le habría importado un pito que quitaran su estatua del edificio que hasta hace poco se llamó Manzana de Gómez, y ahora se llama, ridículamente, Manzana Kempinski, o que la dejaran allí para siempre, viendo el tiempo de Cuba pasar. En su corta, agitadísima vida, Mella no dedicó mucho tiempo a pensar en estatuas, ni siquiera en las que tal vez le dedicarían a él mismo en el futuro. Mella fue su propia estatua, tan hermosa y conmovedora que todas las réplicas que luego se harían de aquel formidable original inevitablemente salieron feas y vulgares.

El Manzana Kempinski, que se ufana de ser “el primer hotel de lujo de Cuba de verdad”, y de tener “un estilo notablemente europeo”, decidió echar a Mella a la calle, no poner de nuevo en su sitio la estatua que durante décadas estuvo en el cruce de las arcadas de la ruinosa Manzana de Gómez, rodeada de tiendecillas deplorables, visitada solo por una tribu de mendigos, borrachos, locos, carteristas y prostitutas, roída por un furioso hedor a orina y desesperación.

En el fanfarrón hotel Kempinski, la estatua de Mella estaría, seguramente, tan fuera de lugar como antes en la Manzana de Gómez. Los turistas norteamericanos e ingleses pasarían por su lado sin mirarla, o tomarían fotos de ella como si fuera una rareza más en un país ya bastante extraño. Sería un símbolo de esa patética mezcla de autoritarismo comunista, subdesarrollo tropical y capitalismo primitivo que los cubanos parecen dispuestos a padecer hasta que el país reviente o no quede nadie en él, salvo los turistas. En la vieja Manzana de Gómez, que no se cayó porque la hicieron bien, la estatua de Mella indicaba elocuentemente cuánto se habían agotado la euforia y la esperanza de la revolución, cuán distinta era Cuba de lo que debía haber sido. En el hotel Kempinski la estatua de Mella habría sido una curiosidad. En la Manzana de Gómez era ya un anacronismo.

Aún así, la decisión de Kempinski o de sus socios cubanos de remover definitivamente la estatua de Mella ha ofendido a quienes notan en esa acción falta de cuidado por los monumentos históricos del país e insuficiente respeto a Mella. Quién hubiera dicho, viendo cómo Cuba está, que Mella inspiraba todavía tanta devoción. También se han sentido insultados los que miran con alarma la llegada a Cuba de avanzadillas del capitalismo global, en su modo más reluciente y tentador, y resienten que los hoteles de supuesto lujo de La Habana, sin haber hecho ni un ápice mejor la vida misérrima de la mayoría de los cubanos, los hayan convertido, a esos desdichados, en espectáculo a la vez cómico y aterrador para displicentes visitantes.

Ese resentimiento contra los turistas, que llegan a Venecia, a Barcelona, a Mumbai o al Iguazú, instagraman una chispa de felicidad y se marchan apresuradamente, es universal, dondequiera la gente detesta que los miren como si fueran jirafas. Los cubanos han aceptado, aunque realmente su opinión sobre ese asunto no fue nunca requerida, que no teniendo casi nada más que darle al mundo a cambio de comida y telenovelas, no les queda más remedio que transformar su isla en una foto, y disponerse a posar en ella como parte del paisaje, como las palmas y los tocororos.

No debe ser confundida su resignación con contento. Los vecinos del Kempinski en La Habana Vieja, al este, y en los ghettos de Centro Habana, del otro lado, muchos de los cuales viven de una forma en que los extranjeros no creerían tolerable vivir, sienten que cada huésped que se toma un mojito de quince dólares en el nuevo hotel, o se da un masaje, o se zambulle lujuriosamente en la piscina de la azotea, desde donde se ve y se oye con ríspida claridad el derrumbe de Cuba, confirma que ellos, los habitantes de los edificios que se caerán con el próximo huracán, y los que viven en los que no caerán pero casi preferirían que sus edificios también les cayeran encima, son en todo sentido inferiores a los turistas, buenos sólo para hacerles las camas a los visitantes, servirles la cena y entregarles sus propios cuerpos a esos babosos españoles, italianos o canadienses para que los devoren.

Entre las incontables humillaciones que Fidel Castro le propinó a su pueblo, la de no poder alojarse en los hoteles de su propio país no fue de las más crueles, no fue tan malvada como la de obligarlo a votar por una lista única de candidatos a la Asamblea Nacional o la de hacerlo marchar vociferando su renuncia a tener periódicos, sindicatos y asociaciones libres, pero para aquellos, tantos, cubanos que no quieren, ni necesitan ni sabrían votar libremente, o leer un periódico de más de dieciséis páginas, no poder dormir en el Habana Libre, o cenar en los jardines del Nacional, o tomarse un daiquirí en la piscina de uno de esos orondos meliás de Varadero, no tener siquiera la ilusión de poder hacerlo algún día, fue especialmente indicativa del lugar que tenían en el mundo, por el triple infortunio de haber nacido en Cuba, vivir sin democracia y padecer un régimen de pobreza estrictamente planificada. Fidel, que convenció a los cubanos de casi todo lo que los quiso convencer, o al menos, de que más les valía hacerse los convencidos, les dijo que esa prohibición era beneficiosa económicamente, y justa, en lo social, un argumento que tenía la notable cualidad de ser, a la vez, una mentira, una estupidez y un insulto.

Su hermano se apresuró a enmendar ese desaguisado tan pronto como se hizo con el poder. Es una migaja, pero los cubanos no solo la han aceptado golosamente sino que hasta parecen agradecidos. Lo que en Cuba podría pasar, siendo flexibles en la definición, por una clase vagamente media, aquellos que ganan o reciben dinero real, han podido finalmente llegar a los meliá, e incluso más allá, y los que no lo han hecho, al menos han recibido la confirmación de que es solo su pobreza, no su nacionalidad, la causa de que no puedan ellos también disfrazarse de turistas aunque sea por un fin de semana. Económicamente, la cuenta da, y en cuanto a lo social, ésta y otras crecientes diferencias entre cubanos más y menos acomodados son todavía muy pequeñas en comparación con la desgracia que todos sufren por igual.

A Cuba, habiendo caído hasta estos fondos, no solo le conviene expandir y mejorar su negocio turístico, sino que es difícil ver qué otra cosa podría hacer. No hay negocio seguro, pero el turismo es tan seguro como el que más. A menos que Cuba sea arrasada por una guerra civil, como Siria, o por el terrorismo, como Egipto y Turquía, los turistas seguirán llegando a La Habana y Varadero, y si se les empuja con fuerza, hasta Cienfuegos, Camagüey o Santiago.

No habiendo logrado convertirse en fabricantes de complejas maquinarias, habiendo fracasado como productores de azúcar, café y frutas tropicales, y no habiendo descubierto todavía la cura del cáncer o el SIDA, a los cubanos les toca hacer las camas y servir la cena a los turistas, cargar sus maletas y recoger sus toallas, enseñarlos a bailar salsa y contarles historias de la revolución, e incluso, los que tengan inclinación y aptitud para ese antiguo oficio, darles sus propios cuerpos para que sus procaces huéspedes jueguen con ellos. Y con mucha dignidad, o aparentándola.

Pero el turismo, como todo en Cuba, tiene que ser democratizado, tiene que ser no solo un lujo que todos los cubanos, hipotéticamente, podrían darse, sino, lo que es más urgente y central, un negocio del que todos los cubanos sean efectivamente parte, y no en el sentido figurativo y falso de que, siendo el Estado el dueño de la industria, lo son todos los ciudadanos, sino realmente, sin trucos ni artilugios retóricos. La estrategia económica, social, cultural y ecológica del turismo, que va a decidir si la isla le durará prolongadamente a los cubanos, o si estos la destruirán con rapidez en un par de décadas a cambio de unos pocos miles de millones de dólares, tendría que ser preparada, discutida y decidida con meticulosa transparencia por un parlamento real, no la tragicómica Asamblea Nacional, y encargada a un gobierno que escuche y acate lo que el país quiera.

Deberían ser favorecidos, con un régimen de regulaciones e impuestos que no los asfixie sino que premie su dedicación y estimule decididamente su crecimiento y multiplicación, los que ofrezcan servicios a los turistas, desde una cama en su propia casa hasta una jarra de limonada, y con suerte, en el futuro, hoteles, restaurantes y clubes de verdad, con rotundas garantías legales y políticas, sin temer que les cierren su timbiriche o su empresa en un momento de malhumor de Raúl. Deberían ser pagados directamente por sus empleadores, y tanto como han ganado, no una pizca de ello, los cubanos que trabajan en hoteles administrados por compañías extranjeras. Deberían ser profesionalizados el planeamiento y la administración del turismo, y los hoteles y las agencias de viajes puestos a cargo de quienes tengan al menos alguna idea de la economía, las finanzas y los servicios en el mundo, fuera del sinsentido cubano, y tengan también educación y buen gusto, qué importa si no son nietos de generales, o yernos o cuñados de coroneles, o si la Seguridad del Estado les abrió un expediente desde que estaban en la universidad, estudiando Derecho o Economía o Letras, por bocones y malcriados. Mucho mejor si tienen un expediente.

Lo más obvio es que el monopolio del Estado sobre el turismo debe terminar. El Estado cubano no tiene ni el capital ni la capacidad administrativa para expandir la industria turística tanto como podría ser expandida, y tan rápidamente como podría hacerlo, y volverla tan eficiente, al menos, como la de sus vecinos del Caribe, que saben hacerlo todo mejor, desde tender una cama hasta preparar un mojito. Peor, el gobierno cubano, elegido por nadie, no tiene autoridad política o legitimidad para determinar qué turismo, y cuánto, y cómo, Cuba necesita o quiere o puede tener, como no la tiene para decidir ninguna otra cosa.

En realidad, el turismo ya no es siquiera un monopolio del Estado cubano, sino, en lo esencial, de un cartel de altos oficiales militares y sus familiares, amigos y asociados, la notoria corporación GAESA, que quizás con un par de firmas se convierta en muy poco tiempo en una de las mayores compañías privadas del Caribe, como se convirtieron en privadas, hace años, también con un par de firmas, en un santiamén, las más ricas empresas soviéticas.

No por gusto Donald Trump ha escogido a GAESA como objetivo principal de su política contra Cuba. Trump no sabe nada de Cuba, ni cuál es su capital ni cómo pronunciar “Raúl”, y solo lo orienta en este caso, contra su propio instinto de empresario rapaz, el rabioso deseo de destruir o negar todo lo que hizo o dijo Barack Obama. Si Obama hubiera construido un parque infantil dedicado a Bambi, ya estaría cerrado, y Bambi vendido a un campo de prácticas de tiro en Alabama. Pero el senador Marco Rubio y el congresista Mario Díaz-Balart, que susurraron al oído de Trump su nueva política cubana, sabían lo que hacían al escoger a GAESA como blanco de su ataque.

La nueva política es tan estúpida y malvada como sus autores, y no le va a quitar ni un minuto de sueño a Raúl, aunque probablemente sí detenga a muchos norteamericanos que irían a Cuba si fuera más fácil hacerlo. Pierden, los de siempre, los que iban a sacarles unos dólares a esos turistas. Acierta esa política, nada más, al señalar la dependencia de Cuba del turismo, cuánto necesita la isla que los norteamericanos puedan viajar libremente a ella y cuánto, de todo lo que en la isla queda, GAESA se ha cogido. Una buena consecuencia de estas nuevas órdenes de Trump, y la más inteligente reacción que podría tener el gobierno cubano, sería desarmar GAESA, darle a sus empresas autonomía, despedir a los coroneles y reemplazarlos con civiles apropiadamente calificados, no como simples monigotes de los militares desplazados, sino como administradores con pesada y tronante autoridad. La nueva política de Trump sería ampliamente obsoleta si esto se hiciera.

Pero quién cree que Raúl vaya jamás a despedir al jefe de GAESA, que es también el padre de sus nietos, y devolver esas empresas al país, a la soberanía popular. Trump no, y nadie en Cuba.

Y todavía hay quién se preocupa, aunque sea noblemente, por el destino de la estatua de Mella.

Juan Orlando Pérez
El Estornudo, 19 de junio de 2017.
Foto: Busto de Mella en la Manzana de Gómez. Tomada de El Estornudo.

jueves, 3 de agosto de 2017

Antes de alquilar un hotel en Cuba...


Ana María, turista española, estuvo unos días en el Hotel Plaza, situado en el corazón de La Habana. De cuatro estrellas y perteneciente a la corporación cubana Gran Caribe, el hotel, construido a principios del siglo XX, ha sido remozado en dos ocasiones. Pero según Ana María, "las habitaciones eran un asco, los grifos del agua estaban sueltos y cuando llovía, por el techo se filtraba la lluvia”.

Steven, de Bahamas, por asuntos de negocios permaneció una semana en Cuba y su experiencia fue peor. “En el hotel Vedado habían cucarachas y tuve que cambiar tres veces de cuarto pues el aire acondicionado no funcionaba. Las sábanas estaban empercudidas y la mucama no ponía el papel sanitario. Las paredes estaban cuarteadas y urgidas de una mano de pintura”.

Dioel, dueño de una cafetería de comida rápida, cuenta que “el año pasado alquilé cuatro noches en el hotel Las Dunas, en el Cayo Santa María, Villa Clara, y la climatización apenas funcionaba. A la mesita de la habitación le faltaba una pata, el colchón de la cama más incómodo no podía ser y el televisor era de tubos catódicos del siglo veinte”.

Recientemente, una pareja de reporteros de la agencia AP se alojó una noche en el hotel Quinta Avenida, ahora administrado por la cadena norteamericana Starwood. En la nota publicada, reseñaban que los adornos de la habitación estaban superpuestos y el minibar no congelaba.

Antes de alquilar un hotel en Cuba, es aconsejable conocer el año de su construcción e inauguración, si ha sido remozado y si la gerencia es nacional o foránea. Por lo general, las instalaciones administradas por extranjeros funcionan mejor. Es mayor la variedad de la comida y si tu habitación tiene problemas, intentarán resolverlo con urgencia.

En Cuba se construyen hoteles, tiendas y restaurantes que tras décadas de uso no reciben mantenimiento. Si lo duda, le sugiero visitar el Pain de Paris situado en Calzada de 10 de Octubre y O'Farrill, en la barriada habanera de La Víbora.

Cuando abrió en 1998, formaba parte de una cadena de seis cafeterías similares en distintas zonas de la capital. Todas vendían dulces y panes estilo francés. Fue un negocio a dos manos que hizo Fidel Castro con Danielle Mitterrand, esposa del fallecido presidente galo.

Las paredes bien pintadas, los locales iluminados, las estanterías ordenadas con gusto y la climatización era excelente. Dieciocho años después, en el Pain de Paris de La Víbora ya no se venden panes ni dulces franceses, la iluminación es deficiente, las manchas de humedad son visibles en las paredes, el aire acondicionado no funciona o se apaga para ahorrar combustible y los dependientes, molestos y sudados, te tratan como si fueras un intruso.

Si usted recorre las shoppings o tiendas por divisas diseminadas por toda La Habana, notará que la mayoría pide a gritos una reparación a fondo. “Fíjate si esta gente (gobierno) es ineficiente, que ni siquiera los establecimientos que les reportan divisas son capaces de tenerlos reparados y con buen servicio”, comenta Bárbara, ama de casa, a la salida de Galerías Paseo, un centro comercial a tiro de piedra del malecón.

Según Ricardo, empleado del hotel Habana Libre, es bajo el presupuesto destinado a labores de mantenimiento. “Varias brigadas llevan cinco años remozando habitaciones y otros sitios del hotel. Pero por falta de dinero, el ritmo de trabajo es a paso de tortuga. La ocupación habitacional del Habana Libre no sobrepasa el cincuenta por ciento”.

Odlanier, arquitecto, considera que la reparación y mantenimiento de inmuebles, sean viviendas, edificios, escuelas, locales públicos u hoteles, siempre ha sido una asignatura pendiente en Cuba.

“Debieran presupuestarse las reparaciones cada cinco años. Pero no sucede así. Entonces en los hoteles vemos bombillos fundidos, aparatos de aire acondicionado rotos y muebles deteriorados. Se gasta más dinero en ese tipo de arreglos que en un programa de mantenimiento y remozamiento previamente planificado”, subraya el arquitecto.

Si al regular o mal estado de buena parte de los hoteles y centros turísticos, se suma el pésimo servicio gastronómico y la poca atención al cliente, surge una pregunta: ¿está preparada Cuba para recibir anualmente a cinco o seis millones de turistas estadounidenses? Me temo que no.

Iván García

lunes, 31 de julio de 2017

El Cerro, del señorío a la miseria


El Cerro constituye el segundo asentamiento importante hacia donde se trasladó la nobleza criolla cuando decidió abandonar la Habana Vieja y tener fuera de ella casas solariegas, donde descansar y recibir a sus invitados especiales.

Sus orígenes se remontan al año 1803, al establecerse en los predios de José María Rodríguez y Francisco Betancourt, junto a la calzada que iba de La Habana a Marianao, una hacienda que terminó dándole su nombre.

En 1807 se edificó una iglesia de madera que fue sustituida en 1843 por una de mampostería, dedicada a San Salvador, por haber sido patrocinada por don Salvador de Muro, marqués de Someruelos, entonces gobernador de la Isla.

Sus principales casas se construyeron durante ese siglo, a ambos lados de la calzada que conectaba con Marianao y Vuelta Abajo. A partir del año 1863 se convirtió en el barrio diplomático y empresarial por excelencia. En él residieron los cónsules inglés y alemán y el representante ruso. Ya en el siglo XX, en la Quinta de Echarte estuvo la Embajada de Estados Unidos.

En 1846 poseía cinco grandes quintas, 23 residencias de recreo lujosas y 273 casas de tipo corriente. El Cerro, sin embargo, tenía un grave problema: por allí pasaba la Zanja Real, considerada un foco contaminante. Debido a ella, las familias ricas abandonaron sus mansiones, trasladándose hacia El Vedado, y estas fueron ocupadas por instituciones benéficas, industrias, establecimientos comerciales y casas de vecindad.

El municipio Cerro incluye los repartos Canal, Cerro, Las Cañas, Ayestarán (parcialmente), Habana, Jesús del Monte (parcialmente), Antonio Maceo, Casino Deportivo, Martí, Palatino y Santa Catalina, y se encuentra enclavado entre la intersección de las Avenidas de Infanta y Ayestarán, río Almendares, Vía Central, Calzada de Vento, Vía Blanca y Calzadas de Cristina e Infanta.

Sus principales calles son la Calzada del Cerro y las calles Buenos Aires, Tulipán, Monte (parcialmente), Aranguren, San Joaquín, Omoa, Cádiz, Magnolia, Palatino, Primelles, Lombillo, San Pedro, Clavel, San Salvador, Patria, Pila, Serafines y Falgueras, entre otras.

Entre sus edificaciones más importantes se encuentran las quintas de los condes de Santovenia, de La Fernandina, de Villanueva y de Lombillo, las de los marqueses de Pinar del Río y las de Echarte, del obispo y de doña Leonor Herrera, la mayoría construidas antes de la República, así como los depósitos de agua del acueducto, en Palatino.

Ya en la época de la República se edificaron nuevas industrias, empresas, talleres, centros educacionales, cines, restaurantes, bares, cafeterías, iglesias, hospitales, instalaciones deportivas, casas y edificios de apartamentos, comercios, etcétera. Entre ellos aparecen la fábrica de cerveza y hielo Tívoli, adquirida por la Nueva Fábrica de Hielo S.A., fabricantes de la cerveza La Tropical, y la fábrica de botellas de esta misma firma, ambas situadas en la Calzada de Palatino; la de productos lácteos Nela y de embutidos El Miño; Herrera, Bulnes y Hnos. y C. Ingelmo y Hnos., ambas fábricas de calzado; La Ambrosía Industrial S.A. y La Estrella, las dos de galletas y confituras; Crusellas y Cía. S.A., fabricantes de jabones, pasta de dientes y otros productos de higiene personal y cosméticos; Detergentes Cubanos S.A.; varias fábricas de fósforos; la de los rones Legendario y Bocoy y la Cía. Litográfica de La Habana.

Se emplazaban allí también los colegios Nuestra Señora del Buen Consejo y Nuestra Señora de la Asunción; los cines Coloso, Edison, Maravillas, México, City Hall y Principal del Cerro; la Escuela Profesional de Comercio de La Habana; los laboratorios Squibbs y Oms, las embotelladoras de Coca Cola y La Paz, fabricante del refresco Materva y de la gaseosa Salutaris; la industria deportiva Batos; la Ciudad Deportiva; la cafetería Maravillas; el restaurante Cerro Moderno; la cafetería Chiki Jay; los hospitales Salvador Allende (antigua Quinta Covadonga, en los terrenos de la quinta de doña Leonor Herrera), Diez de Octubre (antigua Quinta de Dependientes del Comercio, en los terrenos de la quinta O’Reilly), el Centro Benéfico Jurídico, el Pediátrico de Centro Habana (en el antiguo hospital Las Ánimas, en cuyo terreno estuviera la última residencia de los condes de Santovenia), la desaparecida clínica La Bondad; el Estadio del Cerro (hoy Latinoamericano); las iglesias del Corazón de María (denominada en realidad San Salvador del Mundo), María Auxiliadora, Manantiales del Desierto, Católica Liberal Congregacional de San Albano y la parroquia de Nuestra Señora del Pilar.

Estas edificaciones se deben a magníficos arquitectos, ingenieros y maestros de obra, tanto en el período colonial como republicano. En la etapa colonial se destacan Francisco de Albear, Agustín Crame, Silvestre Abarca, Antonio Benítez Uthan y otros, siendo una verdadera pérdida que no se recuerden los datos de los que construyeron las hermosas quintas y casas señoriales. Y en la republicana, Joaquín Ruiz, José Ricardo Martínez, Charles B. Brian, José H. Franca, Nicolás Arroyo, Gabriela Menéndez y otros.

El Cerro, como otros municipios de la ciudad, ha sufrido la desidia y el abandono de las autoridades, en cuanto a la conservación de su riqueza arquitectónica y a su desarrollo. La mayoría de las casas solariegas, salvo contadas excepciones, se encuentran en estado ruinoso, incluyendo la que ocupa la Asamblea Municipal del Poder Popular, otrora quinta de los condes de La Fernandina. Otras han desaparecido y algunas se han convertido en verdaderos tugurios habitacionales, repartidos sus espacios entre decenas de familias, quienes han añadido y quitado lo que han considerado necesario, para acomodarlas a sus necesidades, destruyendo las edificaciones originales.

La Esquina de Tejas dejó de ser importante y también la del cine Maravilla. Perdió su encanto el bar Moral, el del extraño nombre, y pasaron a mejor vida los bodegones españoles con expendios de frutas en sus portales, ofertadas en estanterías piramidales. El conocido Estadio del Cerro, donde dirimían sus duelos beisboleros los clubes Habana, Almendares, Marianao y Cienfuegos, y fuera escenario de las discusiones de Adolfo Luque o Miguel Angel González con los árbitros ante una que otra decisión cuestionable, siempre bajo la gritería de la fanaticada, ahora languidece con partidos de béisbol de baja calidad.

Una frase callejera repite que "El Cerro tiene la llave", pero hasta ahora nadie ha podido determinar de qué llave se trata ni para qué sirve. La realidad es que el municipio se encuentra encerrado en una espiral de decadencia.

Fernando Dámaso
Diario de Cuba, 29 de mayo de 2016.
Video subido por Javier Sánchez a YouTube el 13 de mayo de 2016.
Ver también el fotorreportaje La Habana Vieja, más vieja.

jueves, 27 de julio de 2017

Ese día todo comenzó


Les cuento la historia oficial según la enseñan en escuelas cubanas. Los mambises estaban ganando la guerra contra el colonialismo español. Entonces Estados Unidos interviene y tras una batalla naval en la bahía de Santiago de Cuba, contra la flota del almirante Cervera, usurpan la victoria de los insurgentes.

Luego España y el incipiente imperio estadounidense pactaron en París un acuerdo de paz sin la participación de los independentistas cubanos. La injerencia yanqui quedó plasmada en la Enmienda Platt. Por tanto, el 20 de Mayo, fecha en que se fundó la República, no hay nada bueno que celebrar. Fin de la historia contada por los manuales castristas.

Pregúntenle a cualquier estudiante cubano sobre el día de la independencia. Nueve de cada diez le responderá que la emancipación auténtica comenzó el 1 de enero de 1959, cuando una tropa de barbudos dirigidos por Fidel Castro derrotó al inepto ejército del dictador Fulgencio Batista.

Durante 57 años, la misión de historiadores, politólogos y amanuenses estatales ha sido reescribir la historia nacional en blanco y negro. Sin matices. Como en aquellos viejos filmes del oeste americano, solo existen malos y buenos.

Pero la historiografía real, la que no está contemplada en las escuelas cubanas, es más compleja. La enseñanza local no cuenta que la mayoría de los líderes mambises se inspiraron en la revolución norteamericana y apostaban por la anexión.

Tampoco se detalla que la intervención estadounidense fue acordada por la plana mayor del ejército insurrecto. Desde luego que todos no estaban de acuerdo. Algunos jefes rebeldes se sintieron traicionados. Y los asambleístas de la Constituyente, en contra de su voluntad, tuvieron que aceptar la aberrante y anti soberana Enmienda Platt.

Pero los tiempos eran otros. Cuando usted desplegaba un mapa mundial, la mayoría de las naciones eran dominadas por un grupo de metrópolis imperiales.

A pesar de la Enmienda Platt -que sería derogada en 1933-, y del derecho de intervención militar que asumía la armada estadounidense o a establecer en la Isla bases navales, de acuerdo a las circunstancias de la época, nuestros líderes republicanos firmaron el mejor pacto posible.

Gústele o no a la autocrática junta militar que gobierna en la Isla, el 20 de Mayo, es la efemérides más importante de la historia cubana, junto a las del natalicio y muerte de José Martí, el 28 de enero y 19 de mayo respectivamente.

Cuando aquella mañana soleada del 20 de mayo de 1902, el General Máximo Gómez, acompañado del hijo de José Martí y el presidente electo Tomás Estrada Palma, izaron la bandera de franjas azules y blancas con una estrella solitaria en el centro del triángulo rojo, la República de Cuba quedaba inaugurada.

Los primeros cuatro presidentes habían sido generales durante la guerra contra España. El caudillismo, corrupción institucional, fraude electoral, apetencias dictatoriales o el caso de Gerardo Machado, no se le puede imputar al decálogo republicano, si no al desempeño, con virtudes y defectos, de los seres humanos.

¿Hubo una legión de políticos ineptos, ladrones y déspotas? Sí, es cierto. Pero también es cierto que de la panoplia política formaban parte personas honestas y cumplidoras de la ley.

No olvidar que en 50 años de vida republicana, y no obstante el golpe de Estado perpetrado por Batista el 10 de marzo de 1952, Cuba alcanzó cotas económicas loables, urbanística avanzada, servicios públicos eficientes, parámetros productivos del primer mundo y una calidad de vida innegable, sin negar la existencia de focos de pobreza urbana y rural.

La educación era pública y había una amplia cobertura de salud, pero en zonas intricadas del país predominaba el analfabetismo y la insalubridad. La sociedad republicana tenía sus manchas y necesitaba cambios, aunque con sus altas y sus bajas, funcionaba la democracia, la libertad de prensa y el pluripartidismo. Los salarios eran superiores, había un desarrollo agroindustrial, mayor cantidad de empleos y mejor desempeño de los ministerios públicos.

Los cambios y aspiraciones estaban contemplados en la Constitución de 1940, vigente hasta que Fidel Castro llegó al poder, secuestró la historia e hipotecó el futuro. A base de promesas incumplidas y mentiras tejió una dictadura casi perfecta. Prohibió cualquier atisbo de oposición y libertad de expresión, utilizando a destajo el pelotón de fusilamiento o muchos años de cárcel. Acalló a todos los sectores sociales combinando el engaño y el miedo.

Y en eso estamos. En una etapa negra de la historia donde no se divisa el final. A nueve meses de que Raúl Castro entregue el poder, pero intentando perpetuar el castrismo. Con medios amaestrados por el régimen verde olivo, una historiografía truncada y un déficit democrático nunca antes padecido en la república.

El 20 de mayo de 2017, como ya es habitual, volvió a ser ignorado -o despreciado- por las instituciones oficiales. Pero fue ese día de 1902 donde todo comenzó.

Iván García

lunes, 24 de julio de 2017

Regla, al otro lado de la bahía


Cerca de la Fortaleza de La Cabaña, en el litoral de la bahía, en fecha anterior a 1762 se construyó un almacén de la Real Hacienda, edificio que, por estar pintado de blanco, dio nombre al lugar: Casa Blanca.

En la colina, a orillas del puerto, posteriormente se construyeron numerosas viviendas, edificadas por carpinteros de ribera, a quienes les siguieron las de los marinos de los barcos de cabotaje.

Al ser muy frágiles las edificaciones, principalmente de madera, embarrado y guano, a menudo fueron presas fáciles del fuego, desapareciendo varias veces y siendo vueltas a construir, hasta que el 25 de abril de 1785 todo el poblado quedó reducido a cenizas. Sin embargo, fue rápidamente reconstruido.

Uno de sus vecinos más connotados, don Rafael Triscornia, construyó en el lugar que aún lleva su nombre, un muelle y carenero para buques menores, lugar que sirvió posteriormente como centro de control para la entrada de los extranjeros que llegaban por barco al país. Más tarde también construyeron muelles don Antonio Trías, don José Travieso y otros.

En la calle Santuario existió un apeadero o estación del ferrocarril denominado La Prueba que, desde 1843, unió a Regla con Guanabacoa, y funcionó hasta la segunda década del siglo XX. Esta edificación después fue utilizada como vivienda y como casa-templo de la santería, siendo conocida como "la casa de Panchita Cárdenas", sobre todo por la capilla que aún mantiene a puerta-calle.

En 1858, el poblado, ya denominado Regla, tuvo su primera iglesia. En los años 1878 y 1879 sus principales edificaciones, además de las relacionadas con las actividades portuarias, eran el Liceo Artístico y Literario, ubicado en la calle San José entre Real y Santuario, donde José Martí fue admitido como miembro el 30 de enero de 1879, y las casas de Luisa Pérez de Zambrana y de Pedro Coyula, cercanas a la Plaza de las Cruces.

La comunicación con la ciudad se realizó, primero a través de botes y después mediante embarcaciones, que atracaban en los embarcaderos de Casa Blanca y Regla, así como por tierra, bordeando la bahía, al igual que en el caso de su vecina Guanabacoa. Entre Regla y Guanabacoa existieron el ya mencionado ferrocarril La Prueba y un tranvía, cuyo paradero se encontraba en el mismo edificio del embarcadero construido en 1911.

Además, existió el ferrocarril de la Bahía de La Habana hasta Matanzas, y el famoso tren de Hershey, que partía de Casa Blanca y terminaba también en Matanzas, cuya línea quedó concluida en 1922.

En la década de 1920 del siglo pasado, el alcalde de la villa, al fallecer Lenin en Rusia, sembró un olivo en una colina, la cual, aunque el olivo fue arrancado posteriormente, desde entonces ha sido conocida conocida como la Colina Lenin. Anteriormente se había construido, sobre el curso del río Tadeo, el denominado Parque de la Mandarria, que resultó histórico por ser el primero que tuvo un monumento dedicado al obrero.

En la época republicana, ya como municipio, adquirió gran desarrollo, principalmente debido a las actividades portuarias, así como a la existencia en su territorio de la Havana Coal Company y a la instalación de los Molinos de Harina Burrus S.A., las refinerías de petróleo, pertenecientes a las empresas Esso Standard Oil Co. de Nueva Jersey y Compañía Petrolera Shell de Cuba, con la Refinería Habana S.A. del consorcio anglo-holandés Royal Dutch Shell, la Compañía Antillana de Pesca y Distribución S.A., con la marca Freskito, la Compañía de Fomento Marítimo S.A., con astillero y flota de pesca, la Extractora Cubana de Aceites Vegetales S.A., la Compañía Cubana de Industrias Metálicas S.A., la Tenería Modelo S.A., la fábrica de abonos químicos y fertilizantes de Pérez Galán, Fernández y Cía., la Productora de Superfosfatos S.A., la Industria Pecuaria S.A., The American Agricultural Chemical Company, una planta de abonos químicos, y otras.

Todo ello hizo que algunos de los trabajadores que laboraban en ellas, así como estibadores de los muelles, fijaran sus viviendas en este municipio o en el cercano de Guanabacoa. Entre estos últimos, floreció la sociedad secreta de origen africano abakuá. Delante de la iglesia dedicada a la Virgen de Regla, conocida como Yemayá en el panteón orisha, actualmente existen varias edificaciones y un almacén a cielo abierto rodeado de muros, que resta belleza a la denominada Punta de Santa Catalina, así como a la imagen urbana del lugar, además de reducir la visualización de la fachada de la iglesia, que constituye el lugar más visitado por cubanos y extranjeros.

Aunque al principio el municipio, debido a su poca extensión territorial, estaba dividido en cuatro sectores, actualmente incluye los repartos Colinas de Belot, Habana Nueva, La Colonia, Lídice, parte de Luyanó, Manuel Ascunce, Modelo, Parcelación Rotaria, Regla, Unión, Casa Blanca, Cinco de Belot, La Julia y Braulio Coroneaux, así como los caseríos de Ingenito y San Nicolás.

Aunque mantiene algunas de sus industrias principales, convertidas en empresas estatales de cereales, combustibles y lubricantes, piensos, suministro marítimo y portuario, lacados de aluminio, comercializadora y conformadora de carpintería metálica y PVC y otras, con el cese de muchas de las actividades portuarias en la Bahía de La Habana, Regla ha perdido parte del desarrollo industrial que poseía.

Esto ha influido negativamente en su economía y en el nivel de vida de muchos de sus habitantes, quienes se han visto obligados a buscar empleos fuera del municipio, con las dificultades que ello supone.

Hoy, llegar a Regla a través de la bahía se ha convertido en algo complicado y molesto, pues las autoridades, temerosas de que cubanos decididos a emigrar secuestren alguna embarcación, las repostan con poca cantidad de combustible, someten previamente a cada viajero a un minucioso chequeo, incluyendo el uso de medios para detectar metales, y el acceso debe realizarse obligatoriamente por un túnel cerrado construido de cabillas.

El viaje de regreso conlleva las mismas molestias. Y, puesto que actualmente se apuesta por el turismo y las actividades provenientes del arribo de cruceros, para ello es necesario desarrollar ampliamente una infraestructura que dé respuesta a sus elevadas exigencias, y deberán abandonarse las prácticas de control totalitario.

Fernando Dámaso
Diario de Cuba, 15 de mayo de 2016.
Video realizado por Diario Las Américas.
Leer también: La Habana, el camino hacia el oeste.

jueves, 20 de julio de 2017

"Por la izquierda siempre es mejor"


Hace cinco años, a varios socios de Arturo se les descompensó la presión arterial cuando les notificaron que el Estado prohibía negocios privados como los cines 3D y las tiendas de ropa. Pero otros emprendedores aprovecharon la derogación para comenzar a operar en la clandestinidad.

Es una simple puerta giratoria la que determina cuáles negocios son legales o ilegales.

“De toda la vida, en Cuba han existido bisnes por la izquierda. A finales de los años 80 yo comencé a vender pan con bistec de res a diez pesos y cerveza a dos en un solar del barrio de San Leopoldo. Hice un baro largo. A la par compraba dólares, entonces prohibido por la ley, a cuatro pesos y luego mediante un estudiante africano becado en la Isla, adquiría ropa, calzado, electrodomésticos y equipos de música en las tiendas por divisas para extranjeros. El negocio era clandestino y corría riesgos. Si te pescaba la policía, te sancionaban a cuatro o cinco años en el tanque. Pero las ganancias eran grandísimas”, indica Arturo, un comerciante ilegal que ha vivido de lo que se cae del camión.

Arturo fuma un mocho de tabaco mientras en un televisor de pantalla plana observa un partido de béisbol de la Serie del Caribe que se celebra en Culiacán, México. Bebe un sorbo de café y aporta más detalles.

“Por la izquierda es mejor. No tienes que pagar un centavo de impuesto y debido a la inflación y carestía de la vida en Cuba se gana un buen billete. Eso sí, tienes que mojar con dinero a policías, inspectores y las veinte mil vírgenes, pa' que viren la cara para otro lado. En los años 70 y 80 era más difícil escapar de la vigilancia policial y la chivatería de los CDR. Ahora no. La corrupción es absoluta. Con dinero en mano, casi todo se resuelve”, acota Arturo, quien lo mismo vende tazas de inodoro y leche en polvo que sacos de cemento cola robados de almacenes estatales.

“Siempre vendo más barato que en la shoppings”, dice. Aunque no hay una cifra exacta de la cantidad de personas que en el país ejercen negocios clandestinos, Octavio, empleado de la oficina estatal que fiscaliza el trabajo por cuenta propia (ONAT), cree que “además del medio millón de cuentapropistas con licencia, existen de 200 a 300 mil personas que tienen negocios ilegales y evaden el fisco. Quizás sean más”, opina el empleado estatal.

Les presento a Nilo, nombre ficticio. Su especialidad es el hurto y sacrificio de ganado vacuno. “La labor de un matarife de vaca es compleja. Debes cuidarte por igual de la monada (policía) y de los chivatones de la cuadra, pero se gana un baro largo. En Cuba todos los negocios con alimentos dejan buenas ganancias. Recuerda que aquí se vive para comer. El problema es cuando te pilla la policía, pues las sanciones pueden ser de 20 años a cadena perpetua”.

En La Habana, la libra de carne de res se vende a 2.50 cuc. Es un alimento suntuario, como el castero, especie marina tan codiciada como los camarones y las langostas. O las naranjas, hace tiempo desaparecidas en combate.

Según la prensa oficial, solo en la provincia de Villa Clara, en la zona central de la Isla, alrededor de 400 mil reses mueren por hambre y sed en un año. “La mayoría de esas muertes se deben a un acuerdo entre las vaquerías y campesinos privados, para luego vender la carne. Hay guajiros que antes de venderlas al Estado, que paga 30 o 40 fulas por una vaca, la ponen en la línea del tren para que la atropellen y después vender la carne”, afirma Nilo.

Adriana reside al oeste de la capital y de manera discreta transformó dos habitaciones de su casa en una tienda de ropa de marcas que no tiene nada que envidiarle a las boutiques de los hoteles de cuatro y cinco estrellas.

“Vendo pacotilla de calidad por catálogo. Y los clientes de confianza me pueden pagar a plazos, algo que no hace el gobierno. Trato de conseguir las últimas tendencias de la moda. Compro mercancía de primera en la zona franca de Colón, Panamá, en Miami o tiendas de Moscú”, comenta Adriana. Para la adquisición de pacotillas textiles, ella suele viajar varias veces al año a Estados Unidos, Centroamérica o Rusia.

Una gloria del deporte cubano, el luchador estilo grecorromano, Cándido Mesa, fallecido el pasado 3 de enero, a un costado del hospital Hermanos Ameijeiras, en Centro Habana, tenía un almacén clandestino de materiales construcción que ofertaba a precios más bajos que en las tiendas estatales.

La mercancía a veces se trasladaba al cliente en ambulancias del hospital. “Para no llamar la atención”, me comentó Mesa hace cuatro años. “A pesar de ser multicampeón, el gobierno me ha tirado a mierda. Como muchos cubanos tengo que vivir por la izquierda para poder mantener a mi familia”, confesaba Cándido Mesa.

Daniel confecciona rejas, ventanas y puertas de hierro. Y desde hace quince años lo hace evadiendo la vigilancia estatal. “Desde que comencé a trabajar lo hago por debajo de la mesa. Nunca he trabajado para el Estado. Es verdad que se debe ser cuidadoso, pero el gobierno no despluma tus ganancias como a los cuentapropistas con licencia”.

A pesar de correr sus riesgos, en Cuba aumentan las personas que trabajan fuera del radar estatal. Últimamente, debido a la corrupción generalizada, con menos presión policial. Y al no pagar gravámenes, ganan más dinero.

Iván García
Foto: Tomada de El Nuevo Herald.

lunes, 17 de julio de 2017

Guanabacoa, la villa de Pepe Antonio


Guanabacoa es un nombre indio que significa "sitio de agua". En 1525, el territorio estaba habitado por indios. El poblado fue fundado por Diego de Mazariegos, quien gobernara la Isla entre 1555 y 1565, recogiendo a todos los indios dispersos, por orden del Rey de España, en la parte más elevada de un grupo de colinas, que comenzaban en el vecino pueblo de Regla.

En el último tercio del siglo XVI, Don Hernando Manrique de Rojas repartió los solares entre unos 300 indios, formando un pueblo con 29 calles orientadas de norte a sur y 20 de este a oeste, sombreadas de frondosos árboles regados por numerosos riachuelos.

En 1555 el pirata francés Jacques de Sores atacó el pueblo y, un año después, se construyó una pobre iglesia, atendida por un padre franciscano. En 1566 se constituyó el Ayuntamiento, presidido por el gobernador y un número de concejales. En 1576 se edificó la primera iglesia. La "Loma de la Cruz" debe su nombre a que en ella el indio José Vichat, que vivía allí, plantó una cruz de madera, la cual fue derribada durante un ciclón en el año 1724, volviéndola a colocar en el mismo lugar el hermano Serapio Manuel de Soto el 14 de septiembre de 1786 y, más tarde, el obispo Espada ordenó construirla de cemento.

Durante la toma de La Habana por los ingleses en 1762, el alcalde de la villa, José Antonio Gómez, defendió valientemente la plaza, debido a la cual se le conoce como "la villa de Pepe Antonio".

Ya en 1607, en los terrenos de la antigua ermita de Nuestra Señora de la Candelaria, se había edificado la parroquia mayor de María Santísima de la Asunción. Su crecimiento se produjo con naturales de las Islas Canarias y negros africanos, construyéndose espaciosas casas de mampostería, donde gustaba pasar el verano la aristocracia habanera.

El primer cementerio de Guanabacoa se fundó en 1644 y se denominó del Potosí, siendo mejorado y modernizado en 1811. En 1644 también se fundó la ermita de Jesús de Nazareno.

El escudo de la villa de la Asunción de Guanabacoa le fue concedido el 14 de agosto de 1743 y en él aparece un mar, dos castillos y montañas. El reloj de la torre de la Iglesia Parroquial fue comprado por suscripción popular, y colocado allí por el Ayuntamiento el 6 de octubre de 1859.

Desde 1841, la villa tenía una Tenencia de Gobierno. El Cuerpo de Bomberos se organizó en 1855, y en 1861 se fundó el Liceo Artístico y Literario, del cual surgió la Conspiración de los Rayos y Soles de Bolívar.

El Hospital de la Caridad y la Plaza del Mercado se construyeron en 1856, siendo esta última demolida para ser reedificada en 1911 en la calle de Martín Ugarte, entre Jesús Nazareno y Desamparados, instalándose un parque en el lugar que ocupara la plaza anteriormente.

En 1860 se instaló el alumbrado público, en 1872 la cárcel y en 1879 asumió su cargo el primer alcalde. En Guanabacoa establecieron un magnífico plantel los Padres Escolapios, pasando por sus aulas una parte importante de la juventud cubana. En él funcionó la primera Escuela Normal para maestros de Cuba.

El 27 abril de 1879, en el Liceo Artístico y Literario, el secretario de la Sección de Literatura, José Martí, hizo el elogio del violinista cubano Díaz Albertini y, al aludir varias veces a la patria, la libertad y al porvenir de Cuba, consiguió que el Capitán General Blanco, presente en la velada, exclamara: "Quiero no recordar nunca lo que he oído y no concebí nunca que se dijera delante de mí, representante del Gobierno español. Voy a pensar que Martí es un loco. Pero un loco peligroso".

A unas cuadras del Liceo quedaba la residencia de don Nicolás Azcárate, conocida como la Casa de Figuras, en cuyo bufete habanero trabajó Martí en los años en que volviera a Cuba (1878-79). En el Liceo de Guanabacoa también tuvieron destacada participación figuras tan importantes como Varona, Cortina, Montoro, Fernández de Castro, Figueroa, Azcárate y otros.

El acceso a Guanabacoa, a través de la bahía, al principio se realizaba por un servicio de botes entre La Habana y Regla y, a partir de 1837, al crearse una primera empresa de vapores, mediante lanchas, las cuales posteriormente se vincularon al transporte urbano con embarcaderos en Casablanca y Regla.

Entre Regla y Guanabacoa funcionaban dos trenes eléctricos. El acceso por tierra se realizaba bordeando la bahía, primero en carruajes tirados por caballos y después con vehículos de motor.

En la década de 1950, Guanabacoa, junto con La Habana, Regla, Marianao y Santa María del Rosario, formó parte de lo que se consideraba como la Gran Habana. Para esa fecha, el municipio estaba constituido por los siguientes barrios y repartos: Bacuranao, Campo Florido, Cojímar, Cruz Verde, Este de Corral Falso, Este de Asunción, Este de San Francisco, Oeste de Corral Falso, Oeste de Asunción, Oeste de San Francisco, Pepe Antonio y San Miguel del Padrón.

Actualmente el municipio incluye los repartos Alturas de Vía Blanca, Albión, Azotea, Bellavista, Buenavista, Corralito, Chibás, D'Beche, El Roble, Garrido, Guanabacoa, Habana Nueva, Mañana, Mambí, Alturas de Villa María, Castilla, Federal, Haydée, Fuente Blanca, La Escala, La Jata, La Lima, Mi Gloria, Nalón, Naranjo, Pomo de Oro, Ricabal, Villa Elena, Villa María, Villa Nomar, y Villa Oliva, así como el caserío de La Yuca. También forman parte de él los repartos y caseríos ubicados en las localidades de Barreras, Bacuranao, Minas, Santa Fe y Arango.

En Guanabacoa nacieron importantes figuras de la música cubana como Rita Montaner, Ernesto Lecuona e Ignacio Villa, Bola de Nieve. Durante los años de la República (1902-1958) el municipio se desarrolló, instalándose en su territorio talleres de mecánica, almacenes, pequeñas y medianas industrias, como Concordia Textil, Productos Textiles S.A., Textiles Flamingo y Compañía Textilera Amazonas S.A. Fábricas de tejidos, cintas y etiquetas como Tejidos y Confecciones Perro S.A. y la Compañía Internacional de Envases S.A.

También, una fábrica de sacos de papel kraft, el tostadero de Café Regil, las Industrias Magic S.A., productores y distribuidores de gas embotellado, la Unión Nacional de Industrias Alimenticias S.A., con las marcas El Ebro, Canciller, La Colonial, Cruz Verde y Río Frío. Las fábricas de sábanas Palacio, de confituras Armada y Cía. S.A. y la Sakoyute S.A.; las Canteras Cubanas S.A. y las Canteras de Minas S.A.; la embotelladora Tarajano S.A., distribuidores del agua mineral Lobatón y otros muchos negocios dedicados a la confección de ropa y fabricación de artículos de uso doméstico.

Famosos eran los manantiales y jardines de La Cotorra, hoy contaminados y en estado de abandono. Cines como Carral y Ensueño; numerosos restaurantes, cafeterías y tiendas. Contaba con una galería de arte, un museo histórico, una importante biblioteca e instalaciones deportivas como el estadio Frank D'Beche.

En Guanabacoa aún existen dos cementerios hebreos: el Beth Ha Haím, establecido en 1910, que posee un monumento erigido a los mártires del Machadato, y el Sefaradí, donde se encuentra el dedicado a las víctimas del Holocausto.

Muchos otros lugares ya no existen o han sido totalmente transformados, perdiendo las características que los identificaban, sumándose a la insoportable uniformidad socialista. Algo similar ha sucedido con las viviendas: las originales de la villa hoy se encuentran en malas o regulares condiciones y las de nueva construcción casi todas son edificios de cinco pisos sistema Girón, repetidos hasta la saciedad en los pueblos y ciudades cubanos, antiestéticos y de baja calidad.

Actualmente en Guanabacoa existen empresas estatales de equipos hidráulicos, geominería, comercializadora de azúcares y sus derivados, de productos agropecuarios y forestales, constructora de equipos mecánicos, de herrajes varios, de calzado y textiles y fundiciones, entre otras.

Con el paso de los años, Guanabacoa se ha convertido en centro de los cultos afrocubanos, tanto de origen abakuá como la Regla de Ochún o Santería y la Regla Conga o Bantú, llamada también brujería. Su práctica es habitual en toda la localidad. Debido a esto, aunque hoy es fácil encontrar un babalao en cualquier barrio de La Habana, cuando alguien tiene problemas o las cosas no le salen como quisiera, aún se le dice: "Llégate a Guanabacoa, para que te vea un babalao".

Fernando Dámaso
Diario de Cuba, 22 de mayo de 2016.
Video realizado en Guanabacoa por Raquel Pérez, de Cartas desde Cuba. Bola de Nieve interpreta Ay Amor, canción de su autoría.

jueves, 13 de julio de 2017

Indiferencia ciudadana hacia la oposición cubana


En una antigua residencia colectiva de pasillos estrechos en la barriada de Lawton, al sur de La Habana, la necesidad de vivienda la ha convertido en una cuartería. Con divisiones hechas de cartón tabla o ladrillos recuperados de edificaciones demolidas, han surgido 'apartamentos' donde reside una decena de familias que subsisten al filo de la navaja.

Entre reguetón a todo volumen y negocios ilegales, se vende alcohol de caña, robado la noche anterior de una destilería estatal, que luego se utiliza en la preparación de rones caseros, o ropa de marcas piratas, compradas al bulto en tenderetes de la ciudad de Colón, a tiro de piedra del Canal de Panamá. Y un tiempo atrás, cuando en el matadero de Lawton o de la Virgen del Camino se sacrificaban reses, se podía adquirir carne de res a precio mayorista.

Esas ciudadelas superpobladas de la capital son cuna del jineterismo, drogas y juego prohibido. Lawton, como ningún otro barrio habanero, es 'modelo' en lo que a marginalidad y delito se refiere. La gente vive del robo a instituciones estatales, cambalaches o lo que dejó caer el camión.

Pero no le hablen de reformas políticas, sumarse a un partido disidente o protestar por las salvajes golpizas que a pocas cuadras de la antigua residencia colectiva, propina la policía política a las Damas de Blanco que cada domingo reclaman libertad para los presos políticos y democracia en Cuba.

Llamémosle Miguel. Un moreno que roza los dos metros de alto y gana dinero vendiendo marihuana, sicotrópicos o cambolo, una mezcla letal de cocaína con pequeña dosis de bicarbonato. Ha estado preso casi un tercio de sus 38 años y tenía planes de emigrar a Estados Unidos, pero los interrumpió tras la derogación por parte de Obama de la política de pies secos-pies mojados.

Miguel tiene pocos temas de conversación. Mujeres, deportes y negocios por debajo de la mesa. Su vida es un retrato fijo. Alcohol, sexo y “andar volao”, con los ojos enrojecidos tras fumarse un taco de marihuana.

Cuando usted le pregunta su opinión sobre la disidencia y la represión continuada contra las Damas de Blanco, tose levemente, se rasca la barbilla y alega: “Men, sal de ese canal. Esas tipas están locas. Este gobierno de hijos de putas que tenemos, no se va tumbar con marchas ni declaraciones. Si no cogen un fusil, siempre los segurosos les caerán a patadas por el culo. Son valientes, pero eso no vale pa’ cambiar esta mierda”.

La mayoría de los vecinos de la casona convertida en cuatería piensa igual. Son capaces de saltar una cerca de una fábrica del Estado para robarse dos galones de alcohol, pero no les hable de política, derechos humanos o libertad de expresión.

“Mi ‘amol’, quién está pa’ese brete. La policía se hace la guillada con los bisnes y la putería. Pero cuando te enrolas en esa volá de los derechos humanos, el encarne es pa’toda la vida”, comenta Denia, matrona.

Ella prefiere hablar de su negocio. De un bolso negro saca su teléfono Huawei y muestra varias fotos de chicas semi desnudas mientras va cantando el precio. “Mira qué riquera. Allá el que le guste coger palos”, dice Denia, refiriéndose a las Damas de Blanco.

En líneas generales -y salvo excepciones-, los ciudadanos de la República de Cuba se han autoinmunizado o prefieren optar por la amnesia cuando del tema de la disidencia, la libertad y la democracia se trata.

“Hay varias razones. El miedo patológico, que sin dudas infunden sociedades autoritarias como la cubana. A eso debes sumarle que el aparato mediático del gobierno ha sabido vender muy bien la historia de una oposición mínima, dividida y corrupta a la cual solo le interesan los dólares americanos”, afirma Carlos, sociólogo.

La disidencia, además, juega con la cancha inclinada. No cuenta con horas de radio o televisión para difundir sus programas políticos. La represión ha obligado a cientos de opositores a marcharse de su patria. Y la Seguridad del Estado ha infiltrado topos en casi todos los grupos disidentes.

“Los servicios especiales 'cortocircuitan' con eficacia la relación de los vecinos del barrio y del pueblo con la disidencia. ¿Cómo superar ese abismo? Tendiendo puentes hacia el interior de la Isla. Creo que la oposición está más enfocada en cruzadas políticas hacia el exterior. Lo otro es amplificar lo que la mayoría de los cubanos quiere escuchar: no hay comida, para comprar una muda de ropa se gasta el salario de tres meses, el pésimo servicio de transporte, la escasez de agua... Es larga la lista de las aristas para explotar por los disidentes”, opina Enrique, licenciado en historia.

Percibo que alrededor del 80 por ciento de la población tiene importantes puntos de coincidencia con la oposición local. Las tímidas aperturas económicas y derogaciones a normativas absurdas, siempre fueron reclamadas por la disidencia, desde mayor autonomía al trabajo privado, viajar al extranjero o hacer turismo en su propio país.

Según algunos disidentes, muchos vecinos se les acercan a saludarlos e indagar sobre los motivos de sus detenciones después de un brutal linchamiento verbal o una golpiza. Pero no se suman.

Rolando Rodríguez Lobaina, líder de la Alianza Democrática Oriental y director de Palenque Visión, se sintió frustrado cuando realizaba protestas callejeras reclamando derechos para todos y la gente solo miraba desde el contén de una acera.

“Una noche estaba en el cuerpo de guardia del hospital, pues mi hijo estaba con fiebre alta, y ante la mala atención médica inicié una protesta. Varios pacientes estaban en la misma situación. Pero nadie alzó la voz cuando llegaron autos patrulleros y la policía política me detuvo a la fuerza. Esa noche me di cuenta que había que cambiar de método para llegar a los cubanos de a pie. Quizás la prensa independiente sea un medio más efectivo”, me contaba Lobaina hace unos meses en Guantánamo.

Aunque los periodistas independientes reflejan esa otra Cuba que la autocracia pretende ignorar, sus notas, reportajes o denuncias tienen un alcance limitado, pues no se publican en medios locales y solo pueden ser leídas en internet.

Para la mayoría de los ciudadanos, democracia, derechos humanos y libertad de expresión no es sinónimo de un plato de comida, sino de represión. Cómo despertar al cubano de su indiferencia es una buena pregunta para un debate.

Iván García
Foto: Tomada de Kostas blog.

lunes, 10 de julio de 2017

Cuando La Habana tenía "feeling"


En El Gato Tuerto, Alejandro Armengol tocaba aspectos de aquella Habana que Guillermo Cabrera Infante magistralmente describió tantas veces.

Entre los comentarios a ese trabajo de Armengol, el de Blanca Acosta sobre Miriam Acevedo cantando Ponme la mano aquí, Macorina, en ese mismo gato con un solo ojo, frente a los de varios comentaristas que demostraban que algunos cubanos no tienen ni idea de aquella época, me pusieron a pensar en esa Habana irreverente, cálida, bohemia, elegante, popular, sofisticada, febril, sencilla, simplemente maravillosa.

Y hoy, como bocanada de aire fresco, al menos para mí, quiero contar un poco de mis recuerdos, sin orden ni concierto, y sin pretensiones intelectuales o literarias, ni de investigación histórica, sino simplemente de 'descarga', como se decía entonces. Y aunque mi intención no es politizar el tema, si quiero mencionar algunas cosas que vendrán a la mente de muchos, mostrar los “avances” de la llamada revolución cubana y cómo “perfeccionó” aquella deliciosa vida nocturna y diurna habanera.

No voy a hablar de La Habana anterior a 1959 -no tengo vivencias para ello- sino de la de los primeros años de la década de 1960, cuando La Bodeguita del Medio, en La Habana Vieja, no abría los domingos, y cuando se decía que La Rampa no era una calle en El Vedado, sino un estado de ánimo. Al decir del difunto Luis García, de El Rincón del Filin de Miami, durante los años 50 y 60 del pasado siglo, en una milla a la redonda, a partir de L y 23, La Habana concentraba más bares, night clubs y cabarets que todo el Estado de La Florida en esa misma época.

Y así fue. Siguió siendo la ciudad del vacilón, incluso durante las movilizaciones de enero de 1961, los combates de Bahía de Cochinos, o la Crisis de Octubre de 1962, que no impidieron que bares, night clubs, cafeterías, cabarets y restaurantes funcionaran como de costumbre, y los trasnochadores que salían de madrugada de tales emporios vieran milicianos con las “cuatro bocas” o los cañones antiaéreos con redes de camuflaje emplazados en las aceras del Malecón, desde el Hotel Riviera hasta La Punta.

Aquella Habana única e irrepetible fue capital del ambiente nocturno hasta la execrable Ofensiva Revolucionaria que en 1968 asesinó la ilusión, derribó La Gruta, convirtió a La Zorra y al Cuervo en milicianos, y al Gato Tuerto en militante del partido comunista. Aquella Habana para infantes difuntos, la Ofensiva Revolucionaria la convirtió en una Habana difunta para infantes, adultos y ancianos.

Piensen por un instante en la esquina de L y 23, cuando todavía no existía Coppelia y el actual cine Yara se llamaba Radiocentro. En el lujoso Hotel Habana Libre, antiguo Hilton, podía desayunarse, almorzar o comer en su cafetería de la planta baja, o disfrutar del variado menú en El Polinesio. En el piso 25, el Sugar Bar y el Cañaveral, después de la confiscación pasaron a llamarse Turquino y otro nombre que ahora no recuerdo. Allí se podía beber hasta altas horas de la madrugada oyendo tríos en vivo. En el segundo piso, junto a la piscina, se podía disfrutar de Las Cañitas, tomando cerveza, daiquirí o ron Collins.

O cruzar la calle L hasta el Ember’s Club, antiguo Café de Los Artistas, de Otto Sirgo (posteriormente nombrado Bulerías), y saborear una excelente pizza napolitana por 70 centavos y macarrones con jamón por 80. O bajar por la acera del Radiocentro hasta L y 21, donde estaba el edificio del Retiro Odontológico, con una excelente, iluminada y limpia cafetería-restaurant de autoservicio en la planta baja. Y un poquito más cerca del cine estaba La Cuevita, ideal para un excelente y económico almuerzo.

Bajando por 23, en la acera de enfrente del Habana Libre, estaban El Mandarín, especializado encomida china, la Cafetería CMQ, y el Bar Alaska. De la acera de enfrente, en las instalaciones del Habana Libre, la empresa Cubana de Música Indirecta hacia agradable el ambiente a quienes contrataran sus servicios, con música instrumental todo el tiempo, sin consignas ni “teques”, y otra emisora transmitía en idioma inglés.

Rampa abajo, a un lado de la calle se encontraban los bares-clubes Tikoa, La Zorra y el Cuervo, y La Gruta, este último abierto hasta las cinco de la mañana, los demás hasta las dos o las tres; las cafeterías Wakamba, Karabalí, Balalaika, y el magnífico cine Arte y Cinema La Rampa, al que se podía acceder desde la calle o desde la cafería que hacía esquina a su lado, y que estrenaba películas simultáneamente con el Arenal, en la calle 41, después del Puente Almendares, muy cerca del reparto Kohly. Y por si fuera poco, en 23 y M, al fondo del Habana Libre, la lujosa funeraria Caballero.

Por la acera de enfrente a la funeraria, bajando por La Rampa hacia Malecón, estaban el Pabellón Cuba, otro bar bajando escaleras en 23 y N, y el Club 23 un poco más alante. Después, la Casa de la Cultura Checa -oasis socialista de buen gusto y elegancia frente a la tosquedad de “los bolos”- y al final de la calle el centro comercial La Rampa, con nada que envidiarle a los actuales Malls de Miami. Mientras en calles cercanas, muy cerca del mar, reinaban los hoteles Capri, Nacional, Saint's John, Vedado y Flamingo, con bares, shows y descargas fabulosas en los cabarets Salón Rojo del Capri, El Parisién del Nacional, El Caribe del Habana Libre y el Copa Room del Riviera.

Muy cerca, los elegantísimos restaurantes Monseigneur, donde tocaba y cantaba el inigualable Bola de Nieve; La Roca, con Frank Emilio en el piano; La Arboleda del Hotel Nacional; La Torre y El Emperador, los dos en el edificio FOCSA, así como el bar-club El Escondite de Hernando y el cabaret Las Vegas, cerca de Infanta. Otros de lujo estaban algo más alejados, como el elegante 1830, en la desembocadura del río Almendares, o Casa Potín, en Línea y Paseo. Más campechanos y cercanos, Rancho Luna, Montecatini y Club 21, y bares-clubes como La Red y El Rocco.

No pretendo mencionar ahora Tropicana, el paraíso bajo las estrellas; ni caminar por las calles Línea o Calzada, ni subir por 23 hasta 12, pasando por El Carmelo y El Castillo de Jagua; y mucho menos llegar a la zona del Parque Central, en el Prado habanero, y sus hoteles, bares y cabarets circundantes, incluidos el Sevilla, el Sloppy Joe’s y El Floridita. Ni recordar que muchos, tras salir de esos maravillosos centros habaneros que se encontraban por todas partes, iban a tomarse una sopa china, o a un Mar-INIT, a comer camarones con mayonesa y ketchup.

Ni irme por la calle 17 hasta el club Imágenes de Frank Domínguez, o al Cabaret Sierra en Cristina y Luyanó, o al mítico Alí Bar, en las afueras de La Habana, con Benny Moré y las inconfundibles voces que cantaban junto a él, como Fernando Álvarez, Orlando Vallejo o Celeste Mendoza. Ni a las más humildes descargas de la zona de bares y cabarets de la Playa de Marianao, como Pensilvania, Rumba Palace o Panchín, territorio por donde habían deambulado clientes como Marlon Brando, Ava Gardner, Agustín Lara y Errol Flynn, y actuaban leyendas cubanas como el timbalero El Chori.

Sin embargo, si de descargas se trata, es imprescindible mencionar las de Su Majestad Elena Burke, la Señora Sentimiento, con su guitarrista Froilán Amézaga en el Scherezada, a un costado del edificio Focsa, con cojines para sentarse en el piso, pues no había sillas.

Y las de madrugada en el Pico Blanco, en el piso 15 del Saint's John, donde espontánea e intermitentemente desfilaban y compartían ratos maravillosos y tragos junto al piano figuras de la talla de José Antonio Méndez, César Portillo de la Luz, Pacho Alonso y Felo Bergaza, entre más.

O las otras descargas improvisadas en cualquier lugar nocturno de esa Habana vigorosa e incansable, donde podía encontrarse a Marta Valdés, Moraima Secada, Doris de la Torre, Myriam Acevedo, Omara Portuondo, Frank Domínguez, Martha Strada, Soledad Delgado, Marta Justiniani, Meme Solís o Blanca Rosa Gil.

¿Por qué hubo que destruir todo eso? ¿En función de qué? El régimen ha tratado de reconstruir algunos de esos centros emblemáticos, pero, como siempre, cada vez que lo intenta se queda corto y le falta “feeling”.

Eugenio Yáñez
Cubaencuentro, 25 de agosto de 2016.
Foto: Elena Burke en una descarga con Omara Portuondo, Moraima Secada y el guitarrista Martín Rojas. Tomada de Cuban Music Lady of the Feeling.
Leer también: La Habana nocturna.