jueves, 25 de mayo de 2017

Trum, Castro o Kim Jong-un: no es la ideología, es la intolerancia



Vamos a los hechos. Aeropuerto de Kuala Lumpur, Malasia. Dos mujeres, presuntamente espías de la perversa dinastía comunista de Corea del Norte, ultiman con un potente veneno al hermano del dictador Kim Jong-un, un sicópata que debiera ser juzgado en la Corte Penal Internacional.

La Habana. Cumpliendo órdenes de la policía política, una escuadra de mujeres vestidas de militares y autodenominadas Las Marianas, cada domingo golpea, humilla y verbalmente lincha al grupo disidente Damas de Blanco, que le reclaman al régimen democracia y libertad para los presos políticos.

Represores vestidos de civil que transitan en motos Suzuki, lo mismo desmontan la tarja colocada por Rosa María Payá en el exterior de su casa, en memoria de su padre, fallecido en 2012 en circunstancias que su familia y un ala de la oposición considera cuando menos sospechosa, que detienen y decomisan herramientas de trabajo a periodistas sin mordaza o le propinan una brutal golpiza a un activista de derechos humanos.

Casa Blanca, Washington. Algo tiene que andar mal en la nación que muchos consideran el paladín de la democracia, cuando voceros del gobierno y el presidente Donald Trump, groseramente, enfilan sus cañones a la prensa.

Por suerte para los estadounidenses, Trump no puede actuar como Raúl Castro o el estrafalario criminal Kim Jong-un, simplemente porque se lo impide el sistema creado por los padres fundadores y por los contrapesos jurídicos, políticos y civiles.

Pero le va a ser daño a Estados Unidos. Ya lo está haciendo. Resulta desmoralizante escuchar al presidente de la primera potencia mundial ofender a los mexicanos, a la Unión Europea, al ex presidente Barack Obama o a lo que le venga en gana, cuando desde su apartamento de la Casa Blanca trina disparates a granel a través de Twitter.

Cuatro años después del huracán Trump, que espero no sea reelegido, Estados Unidos será un peor país en materia de derechos humanos, libertad de expresión y tolerancia.

¿Con qué moral esa administración puede reclamarle a las autocracias de Cuba o Venezuela respeto por los derechos humanos, libertad de prensa y tribunales imparciales, cuando insultan a los periodistas que critican su errático compartimiento presidencial y públicamente ha manifestado estar de acuerdo en la aplicación de torturas degradantes a personas acusadas de terrorismo?

Las democracias corren peligro con personajes como Trump. Los políticos del mundo viven horas bajas. Por su mediocridad como estadistas y sus compromisos corruptos con las élites económicas.

En demasiados países, amplios sectores de la política no están escuchando el reclamo de sus conciudadanos. Por ahí se coló Donald Trump, gracias a la irresponsabilidad de gobernantes que traicionaron el voto de sus gobernados.

Desde Fidel Castro -que mintió al señalar que no era comunista y apostaba por la democracia, la libertad y elecciones generales, al ocupar el poder a punta de carabina en 1959-, pasando por ciertos políticos españoles y venezolanos, que han confundido el gobierno con una caja de caudales, al impresentable Trump, de pensamiento fascista, todos llegan a la presidencia por crisis políticas, económicas o una amplia frustración ciudadana hacia sus líderes.

Si Donald Trump fuese el presidente de Cuba, lo más probable es que actuaría como lo hizo Fidel Castro. Si Fidel Castro hubiese sido presidente de Estados Unidos, hubiera actuado con ese mismo tono autoritario de Trump, combinando populismo barato con el miedo a los inmigrantes y a los pactos económicos globales.

No debemos quedarnos con los brazos cruzados. Las actitudes despóticas de los gobernantes van más allá de una nación. La mejor arma para enfrentarlos es con medios de comunicación más enérgicos, coherentes y comprometidos con el respeto a las libertades y la democracia.

Pero los medios también están fallando. Optan por ofrecer espacio a la frivolidad y las tonterías. O, como en el caso de Cuba, ocultar magistralmente la realidad. La prensa cubana no informa, desinforma.

La solidaridad es una herramienta que debiera activarse con mayor fuerza. Respaldar a México, a los inmigrantes que no son delincuentes y a periodistas vejados como Jim Acosta de la CNN o Fernando Ravsberg en Cuba.

El caso de Ravsberg, va más allá de las ofensas groseras de una periodista torpe como Norelis Morales. Es un ejemplo clásico de xenofobia y comportamiento criminal.

Las autoridades en la Isla debieran abrirle un proceso a Morales. Pero me temo que no lo harán. Esa permisividad inducida por el régimen y aceptada por conveniencia, es el caldo de cultivo perfecto para desatar las más bajas pasiones.

Una observación a Ravsberg: esa intolerancia que ahora sufres, Fernando, es la misma que afecta, incluso mucho peor, a quienes disienten de la junta militar que gobierna en Cuba.

Mirar para otro lado no es una buena opción. En regímenes intolerantes como el cubano, los que discrepamos siempre seremos culpables. No importa nuestra ideología.

Iván García

Foto: Rosa María Payá junto a la tarja que el 28 de febrero de 2017, día en que su padre Oswaldo Payá Sardiñas hubiera cumplido 65 años, colocó en el exterior de la vivienda donde el fundador del Movimiento Cristiano Liberación y promotor del Proyecto Varela, residiera hasta su muerte, en un sospechoso accidente de tránsito, el 22 de julio de 2012. Al día siguiente, aprovechando que no había nadie en la casa, agentes vestidos de civil la desmontaron. Tomada de Cubanet.

lunes, 22 de mayo de 2017

¿Quiénes escriben los discursos de los políticos?



Detrás de las grandes figuras políticas, hay orfebres de las palabras, albañiles de discursos, forjadores de conceptos, fabricantes de revestimientos intelectuales que, en ocasiones, llegan a acuñar ideas-fuerza o imágenes poderosas llamadas a perdurar. Y es que no todas las palabras de los discursos, mítines y conferencias políticas se las lleva el viento de la historia; algunas continúan en nuestra memoria porque crearon huella en contextos singulares y conservan el sentido decenios después.

Ahí está la ensoñación de Martin Luther King: “Sueño que mis cuatro hijos vivirán un día en una nación donde serán juzgados no por el color de su piel, sino por su carácter”; la descarnada confesión de Winston Churchill ante el Parlamento británico: “No tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”; la reconvención de John F. Kennedy: “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país”; la exhortación de Ronald Reagan a Mijaíl Gorbachov ante la puerta de Brandeburgo: “Derribe ese muro”.

Son frases-sentencia que han quedado indefectiblemente asociadas a quienes las pronunciaron. Aunque, en realidad, casi ninguna de ellas nació de sus mentes ni cobró forma en sus manos. Ennoblecieron y encumbraron a esas personalidades, a veces de forma inmerecida, pero fueron creadas por escritores especializados en discursos. Las imágenes de la serie House of Cards que muestran a Frank Underwood (Kevin Spacey) construyendo laboriosamente su arenga presidencial resultan improbables dado que las celebridades políticas carecen del tiempo material suficiente para hacer frente a sus múltiples compromisos discursivos y, a menudo, tampoco poseen las cualidades necesarias. Eso no significa que carezcan de talla política.

Hay buenos políticos poco cultivados y torpes de expresión, de la misma manera que existen pésimos gobernantes que disponen del “poder retórico”. De hecho, ni Adolfo Suárez escribía -sus mejores frases salieron de la pluma de Fernando Ónega- ni tampoco lo hacía John F. Kennedy.

Pensemos en España y en las intervenciones públicas del Rey, el presidente del Gobierno, los ministros y altos cargos institucionales, los líderes políticos y hasta los alcaldes de los grandes municipios. Lo habitual es que supervisen los borradores que les presentan y, en todo caso, efectúen algún retoque o modificación. ¿Saben los españoles que ninguno, prácticamente, de los discursos y manifestaciones políticas de alcance que han escuchado a lo largo de su vida fueron construidos por quienes los pronunciaron?

Desde el “Puedo prometer y prometo” de Adolfo Suárez en la Transición hasta el último discurso de Navidad del rey Felipe, pasando por “Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir” del rey Juan Carlos tras su cacería en Botsuana; el “Váyase, señor González”, “España va bien” de José María Aznar; “No estamos tan mal” de Rodríguez Zapatero en el congreso del partido que le aupó a la secretaría general del PSOE; “la niña de Rajoy”, y “asaltar los cielos” de Pablo Iglesias.

¿Quiénes son estos escritores, denominados 'negros', en el argot literario español, logógrafos, como prefieren ser llamados los actuales fabricantes de discursos, ghostwriter (escritor fantasma) o speechwriter (escritor de discursos) en el habla anglosajona, que adaptan su talento y genio creativo para ponerse en la piel de los dirigentes políticos y mimetizarse en sus pensamientos? ¿Y quién es el verdadero creador del discurso? ¿El que lo escribe o el que lo pronuncia con ligeras modificaciones o sin ellas? Aunque se trata de un secreto a voces, muchos de los políticos de nuestro país, y de latitudes geográficas o culturales-lingüísticas cercanas, reaccionan con aprensión ante la posibilidad de que se conozca a sus suministradores de palabras.

“Si le indicara para qué políticos he trabajado, dejarían de solicitar mis servicios”, señala el asesor de comunicación David Redoli. “Prefiero no hablar. A los políticos para los que he trabajado les molestaría que se supiera que ellos no escribían sus discursos”, indica otro logógrafo en activo. El tabú persiste, como si admitir estas ayudas resultara vergonzante, algo que conviene mantener en la penumbra, no vaya a socavar el crédito, la capacidad y posición del personaje. Al contrario de lo que ocurre en el mundo anglosajón, estos asesores viven entre nosotros bajo la sombra del anonimato, sin aplauso ni reconocimiento público y hasta negados en su existencia.

¿Alguien conoce al escritor de discursos de Felipe VI que más se prodiga en las intervenciones ordinarias? Se llama Frigdiano Álvaro Durántez Prados, tiene 47 años, es doctor en Ciencias Políticas y autor de varios trabajos sobre la creación de un espacio de 'paniberismo' multinacional de los países de lenguas ibéricas u originarias de la península Ibérica. En La Moncloa, donde se supervisan previamente los textos que lee el Monarca, se elogian los escritos que envía La Zarzuela, pero se niegan a desvelar la identidad del joven y cultivado asesor del Rey.

“Los textos de la Casa Real suelen estar impecablemente escritos”, afirma Jorge Moragas, director del Gabinete de Presidencia del Gobierno. “Casi nunca requieren de enmiendas, solo en contadas ocasiones les hacemos alguna sugerencia”. Frigdiano Álvaro Durántez apunta: “Solo soy un asesor más, éste es un trabajo de equipo. El Rey es un hombre extraordinario, con conciencia y amplios conocimientos. Los discursos son suyos, él no necesitaría que se los elaboraran”.

En Estados Unidos es bien sabido que el actual guionista de Hollywood Jon Favreau ha sido uno de los colaboradores más preciados de Barack Obama. Nadie duda de que el historiador y filósofo Arthur Schlesinger y el abogado Ted Sorensen agrandaron la figura de John Fitzgerald Kennedy. Y que la periodista británica Charlie Fern escribió para George W. Bush esta promesa incumplida: “Lean mis labios; no más impuestos”.

A nadie se le escapa al otro lado del charco que la también periodista Margaret Ellen Noonan, Peggy, dio a Ronald Reagan los párrafos más notables de sus intervenciones. Y en latitudes más cercanas, Philip Collins, periodista y ejecutivo de banca, cuenta en conferencias sus años como asesor de discursos del expremier británico Tony Blair; es de dominio público que Michael Dobbs, el autor de House of Cards, escribió precisamente para Margaret Thatcher discursos que la Dama de Hierro no siempre apreció; o que el diputado Henri Guaino es el autor de la polémica frase “África no ha entrado en la historia” que el expresidente de la República Francesa Nicolas Sarkozy pronunció en Dakar.

Guaino no ha sido el único asesor capaz de arruinar un discurso político. Basta recordar los “miembros y miembras” de Bibiana Aído y los “hilitos con aspecto de plastilina” que según Mariano Rajoy, entonces portavoz del Gobierno, salían del petrolero Prestige cuando se hundió en 2002 tras partirse en dos frente a la costa de Galicia. Los desaciertos y errores parecen avalar la tesis de que el autor último del discurso es quien lo asume como propio y lo pronuncia a riesgo de ser penalizado con el descrédito.

“No soy el autor del optimismo antropológico de ZP (José Luis Ro­dríguez Zapatero, expresidente del Gobierno): hay crímenes que cometen los 'negros' y otros que cometen los jefes de los negros”, bromea el diputado José Andrés Torres Mora. “El código de los 'negros' establecido en España nos impide aparecer. Está muy mal visto que hablemos. Si lo haces, te machacan llamándote engreído y vanidoso, mientras que el 'negro' de Bill Clinton publica un libro con sus discursos y a todo el mundo le parece normal. Aquí se supone que los políticos tienen que saber de todo”. A juicio de Torres Mora, está claro a quién corresponde la autoría del discurso: “Yo no puedo cargar con la gloria ajena. José Luis dijo que yo le había ayudado en los discursos sobre la guerra de Irak, pero eran suyos porque las emociones eran suyas y el que se la jugaba era él”.

Todos los presidentes del Gobierno en España han contado con escritores, aunque en el caso de Felipe González podía muy bien ocurrir que, fiándose de su facilidad para la oratoria y la improvisación, se limitara a ojear los borradores que le preparaban los politólogos del partido José Enrique Serrano, Julio Feo, Enrique Guerrero o el mismo Jorge Moragas, entonces asesor de protocolo de La Moncloa y ya iniciado en el campo del discurso.

José María Aznar contó con los oficios del diputado Carlos Aragonés; del entonces secretario general de la Presidencia, Javier Zarzalejos; del diputado Gabriel Elorriaga; del politólogo Pedro Arriola y del propio Jorge Moragas. “En uno de los discursos de Aznar sobre la situación vasca, nos inspiramos en la película El Padrino III y pusimos en boca del presidente algo así como: “Tienen un concepto de la política como la del Padrino: piensan que la política es saber cuándo hay que apretar el gatillo”, recuerda Moragas. Al asesoramiento de los politólogos del PSOE, Zapatero sumó al experto en comunicación Miguel Barroso, a su primo y profesor de Derecho José Miguel Vidal Zapatero y a José Andrés Torres Mora, entre otros.

¿Y quién le escribe a Mariano Rajoy? Nexo común circunstancial en el asesoramiento de tres presidentes, Jorge Moragas rompe ahora con el tabú de la reserva y señala a los periodistas Ignacio Peyró, José Ramón Barros y José Sánchez Arce. Conforman la llamada “unidad de discursos” de la Presidencia. Un equipo que reporta sus borradores al mismo Moragas y al jefe de gabinete, Abelardo Bethencourt, y estos los revisan o enmiendan. “Somos una fábrica de papel. También reescribimos los informes técnicos que nos vienen de los ministerios en cuestiones sectoriales. El presidente pronuncia al año más de un centenar de intervenciones a las que hay que sumar las de partido”, explica Moragas. A Rajoy le gusta disponer de los textos con antelación para hacer aportaciones, especialmente en temas económicos. “En eso es hasta maniático”, añade Moragas. “¿El estilo de Rajoy? Nada de florituras, ni licencias poéticas; prefiere un lenguaje sencillo y claro de frases cortas, sin grandes subordinadas y con cadencias cómodas de lectura. En lo escrito es menos irónico y elíptico, menos marianista, que en el habla”.

Los asesores de comunicación del palacio de la Zarzuela saben bien que el único discurso real que vale es el que el Monarca pronuncia efectivamente. De ahí, la advertencia: “¡Ojo, solo tiene validez cuando lo lea!”, que acompaña a los textos repartidos con antelación. A diferencia de su padre, Felipe VI improvisa y ajusta en función de las intervenciones que le preceden. “Es meticuloso, corrige y hace anotaciones en los textos”, señala una persona vinculada a la Casa del Rey. “El Gobierno no quita casi nada de sus borradores salvo en el discurso navideño, porque ahí suele pretender que el Rey pondere más los logros y transmita mayor optimismo”.

La Zarzuela tiene a su disposición a los funcionarios de la Administración del Estado y a las embajadas para recabar datos e informes, pero los discursos de enjundia y calado acostumbran a encargarse a especialistas en la materia. Francisco Tomás y Valiente, jurista asesinado por la banda terrorista ETA en 1996, y el ensayista Pedro Laín Entralgo escribieron muchos discursos para la Casa Real. Como también lo han hecho los presidentes de las Academias de la Lengua y de la Historia; el director del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha; los diplomáticos Alberto Aza, Ricardo Díez-Hochleitner y Alfonso Sanz Portolés. “Hay directores de periódico y exministros que han escrito para el Rey, pero Felipe VI tiene también amistades en el ámbito cinematográfico que colaboran gustosos con él”, prosigue la misma fuente. “No me imagino a ninguna de esas personas pidiendo ser remuneradas; todo lo más desearían ser distinguidos con una audiencia, una condecoración”.

En paralelo, cada vez afloran más asesores de comunicación autónomos, como Fran Carrillo (La Fábrica de Discursos), Daniel Ureña (Mas Consulting), Luis Arroyo, David Redoli o María José Canel. Trabajan, indistintamente, para partidos y empresas. Los políticos españoles siguen primando la complicidad ideológica. “Haya o no afinidad política, lo importante es que el escritor conecte con el orador y sepa embellecer sus palabras, dotarlas de historia, garra y expresiones para cosechar el aplauso”, explica Luis Arroyo, que en su día trabajó en la campaña triunfante de Zapatero y para la exvicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega. “Aplicamos el método teatral: dos o tres actos, cuatro máximo, y jugamos con las anáforas, las aliteraciones, las antítesis y las listas de tres -al modo ‘Dios, patria, justicia’- que ya practicaban los antiguos griegos. Esto es un arte. No se improvisa”.

Para el responsable de discurso de Podemos, Jorge Moruno, 34 años, asesor de Pablo Iglesias desde los tiempos en que empezó a darse a conocer en la televisión, el discurso político es inseparable del análisis. Moruno otorga un significado fundacional al discurso de La marcha del cambio del 31 de enero de 2015. “La expresión ‘asaltar los cielos’ es de Carlos Marx y la frase ‘hay que creer en nuestros sueños con la obligación de llevarlos a cabo’ está tomada de la Revolución Francesa. ¿Que si Iglesias y Errejón modifican mucho los borradores que les pasamos? Son buenos comunicadores, revisan e incorporan sus cosas”.

José Luis Zubizarreta fue asesor del lehendakari vasco José Antonio Ardanza y hace honor al principio de que la grandeza de un discurso debe sostenerse en los valores, apuntar alto y llegar al corazón. Comparte con Ardanza el mérito de haber acuñado conceptos hasta entonces inéditos en el nacionalismo vasco. Suyos son el razonamiento autocrítico “los nacionalistas hemos creído que los vascos éramos solo nosotros”; la aseveración de que el problema de ETA no era un problema de España contra Euskadi, sino “de vascos y entre vascos”; así como la declaración “de ETA nos separan no solo los medios, sino también los fines” que abrió paso al Pacto de Ajuria Enea.

El exlehendakari figura en la selección de los 100 discursos más interesantes de la historia española realizada por el historiador Antonio Rivera porque ante la Asamblea General del PNV (Partido Nacionalista Vasco) y en el contexto del Pacto de Lizarra, explicó que el terrorismo de ETA no era el resultado de ningún conflicto, sino el fruto de una mentalidad totalitaria. Aquello suponía atacar la buscada comunión entre el PNV y el abertzalismo violento. La trayectoria de Zubizarreta viene a avalar la trascendencia de los contenidos por encima del marketing.

A la satisfacción silenciosa con que los escritores de discursos ven sus palabras brotar de la boca de los políticos, algunos pueden añadir el galardón de haber contribuido a la difusión de los valores.

José Luis Barbería
El País Semanal, 26 de febrero de 2017.

Foto: Barack Obama con Jon Favreau, su escritor de discursos, hoy guionista de Hollywood. Realizada por Pete Souza, quien fuera el fotógrafo oficial de la Casa Blanca durante los ocho años de la presidencia de Obama (20 de enero 2009-20 enero 2017). Tomada de El País Semanal.

jueves, 18 de mayo de 2017

Las otras Cecilia de la Iglesia del Ángel



Es probable que ninguna de las cuatro chicas, parlanchinas y a la caza de los turistas extranjeros que almuerzan o beben unas copas en bares y paladares de la zona, sentadas frente a la Iglesia del Santo Ángel Custodio, en Compostela entre Chacón y Cuarteles, Habana Vieja, hayan leído Cecilia Valdés, del escritor Cirilo Villaverde.

Probablemente tampoco hayan reparado en una figura de bronce, a pocos metros de donde charlan. La estatua, realizada por Erig Rebull, fue situada en el exterior de la iglesia creada en 1690 por el Obispo de Compostela, como era conocido el obispo Diego Evelino Hurtado Vélez. Desde fines de 2014, recuerda a la mulata más universal de la literatura cubana.

Cecilia Valdés, la obra cumbre de Villaverde, fue escrita en dos partes en 1839 y publicada completa en 1879 en la ciudad de Nueva York. También así se nombra una de las zarzuelas más conocidas del maestro Gonzalo Roig. Y en 1982, el director Humberto Solás la llevó al cine con la actriz cubana Daisy Granados en el papel de Cecilia y el actor español Imanol Arias en el de Leonardo.

Para aquéllos que desconozcan la novela, una sinopsis: la hermosa mulata Cecilia, ignora que es hija ilegítima del rico español Cándido de Gamboa, pero Leonardo, hijo de Cándido, desconoce que Cecilia es su media hermana, se enamora de ella y la convierte en su amante. Mientras, el mulato José Dolores Pimienta ama a Cecilia sin ser correspondido. Presionado por los convencionalismos sociales, Leonardo abandona a Cecilia y se casa con la aristócrata Isabel Ilincheta. Al concluir la boda, Pimienta, alentado por los celos de Cecilia, mata a Leonardo. Cecilia, quien ha tenido una hija con Leonardo, es recluida en el Hospital de Paula. Allí reencuentra a su madre, que recupera la razón perdida y reconoce a su hija antes de morir.

Un culebrón como el de Cecilia Valdés siempre atrapó al lector promedio en Cuba. Pero en los últimos años, sobre todo entre los jóvenes, la lectura es casi una excentricidad. Para las jineteras sentadas frente a la Iglesia del Ángel, las historias de amor son cosas del pasado.

Una de ellas, luego de chapurrear en italiano con su teléfono inteligente, le cuenta a sus colegas: “Me dijo mi ‘novio’ que esta noche hay fiesta. Que busque dos o tres chicas y vayamos pa’l bar Sarao. Parece que hoy es día de suerte”.

Una responde: “Falta que me hace. Le debo 150 chavitos (cuc) a una señora que vende ropa y antes que se acabe el mes debo pagar el alquiler donde estoy parando”. Otra dice que lleva una semana sin hacer el pan. "Si vuelvo a llegar a casa sin dinero, mi marido me parte la cabeza en dos mitades. Ojalá que el negocio se dé esta noche”.

La supuesta novia del turista italiano da detalles. “El tipo anda con una pila de socios suyos que son unos locotes. Polvo, hierba, cerveza y fiesta. Socias, sin complejo, a ellos les gusta los cuadros de tortilla y cambiar de pareja”.

Ninguna pone reparo y comentan que van a sus casas para acicalarse. Antes, una le dice a su amiga: “Oye, préstame el vestido rojo escotado y las puyas negras pa'verme matadora”.

En esta zona de La Habana antigua, cuna del proxenetismo, la picaresca y venta de drogas, es habitual observar a jineteras y pingueros en plena faena o haciendo planes en voz alta.

Pocos se detienen a contemplar la Iglesia del Santo Ángel Custodio o la efigie de bronce de Cecilia Valdés. Para los que viven del sexo, el amor es una novela de ficción. Poco más.

Texto y foto: Iván García

lunes, 15 de mayo de 2017

Recordando a Gonzalo Roig


Julio Gonzalo Elías Roig Lobo nació en La Habana el 20 de julio de 1890. Desde niño se vio obligado a combinar sus estudios con el trabajo, para mantener el hogar que compartía con su abuela. Laboró como ayudante de cantina y como pianista en cines habaneros que proyectaban películas mudas.

En la Asociación de Dependientes de Comercio de la Habana, donde inició su aprendizaje musical, fue alumno de Agustín Martín Mullor, y más tarde de Gaspar Agüero, en las asignaturas de solfeo, teoría y piano. Su maestro de violín fue Vicente Álvarez Torres. Posteriormente estudió armonía, fuga y composición con Fernando Carnicer.

Inició su carrera profesional en 1907 cuando, como pianista, se incorporó a un trío que tocaba en el cinematógrafo Montecarlo. Ese año compuso su primera obra musical, una canción titulada La voz del infortunio, para canto y piano. Como violinista integró las orquestas de los teatros Irijoa y Neptuno, y trabajó como contrabajista en los teatros Molino Rojo, Politeama y Miramar Garden. En 1910 ya formaba parte de la sección de música de la Academia de Artes y Letras.

En 1911 compuso su canción más famosa, la criolla-bolero Quiéreme mucho, inicialmente titulada Serenata Cubana, que estrenó el tenor Mariano Meléndez. La primera parte de la letra pertenece a Ramón Gollury (quien firmaba con el pseudónimo Roger de Lauria), y la segunda a Agustín Rodríguez, libretista español radicado en La Habana. La pieza fue incluida en la obra El servicio obligatorio, puesta en la escena del Teatro Alhambra. El joven Roig conduciría la orquesta de ese coliseo por una temporada completa, tras haber debutado como director en la zarzuela Bohemios.

En 1917 viaja a México por un contrato con la compañía de la famosa actriz María Guerrero, que fue de gran utilidad en el enriquecimiento de su experiencia en la escena. En 1921 condujo la orquesta del viejo teatro Campoamor, y cuando los músicos se declararon en huelga, la agrupación comenzó a ofrecer conciertos gratuitos, dirigidos por Roig, en el Parque Central, para exteriorizar su protesta.

El 2 de julio de 1922 fue electo por unanimidad director de la Sociedad de Conciertos de La Habana, que nació sin recursos económicos, ni más apoyo que el entusiasmo de los músicos que la integraban, en especial los maestros Ernesto Lecuona y César Pérez Sentenat. De esa sociedad surgió -tras duros ensayos, pues Roig era un director sumamente exigente- la Orquesta Sinfónica, que debutó el 29 de octubre del mismo año en el Teatro Nacional, hoy Gran Teatro de La Habana.

En 1927 fue nombrado director de la Escuela de Música de La Habana y de la Banda Municipal que, gracias a su dirección, pudo funcionar como orquesta acompañante. En ese mismo año hizo sus primeras incursiones radiofónicas, al dirigir la orquesta de la emisora CMBY, La Casa de las Medias, en la calle Infanta 159.

En 1929 fundó la Orquesta de Cámara Ignacio Cervantes, y el compositor matancero Aniceto Díaz, creador del danzonete, le dedicó la primera pieza del género: Rompiendo la rutina. En 1930 visitó la ciudad de Washington, en Estados Unidos, invitado por la Unión Panamericana, y dirigió con gran éxito bandas norteamericanas en un repertorio de música cubana. Al año siguiente, los vaivenes políticos que padecía la república hicieron que perdiera su puesto de director de la Banda Municipal.

Sin abandonar su responsabilidad al frente de la Orquesta Sinfónica, con Agustín Rodríguez organizó en el Teatro Martí una compañía de teatro vernáculo que se mantuvo durante cinco años y cinco meses, durante los cuales se estrenaron las mejores zarzuelas cubanas. La orquesta de la compañía era dirigida por Roig y Rodrigo Prats.


De esa temporada data su obra maestra, la zarzuela Cecilia Valdés, que se estrenó el 26 de marzo de 1932, con la soprano mexicana Elisa Altamirano en el papel protagónico. A pesar del convulso clima político que vivía La Habana en aquellos días, cuandoen el gobierno de Gerardo Machado se tambaleaba por la presión popular, la obra alcanzó cien representaciones seguidas. Ese mismo año, al escenario del Martí subieron también las zarzuelas El jibarito y El clarín, de Roig; El cafetal y María la O, de Lecuona; Soledad, de Rodrigo Prats, y La tía de Pernambuco, de Jorge Anckermann, entre otros estrenos y reposiciones.

En 1933, en la cartelera del mismo teatro aparecieron Las siete capitales del pecado, de Eliseo Grenet; El mayoral y El año terrible, de Prats; Piernas al aire, de Anckermann; La tierra de Venus, de Lecuona, y El patio de los tulipanes y La hija del sol, de Roig. Ese año cayó por fin la dictadura machadista y Roig fue restituido como director de la Banda Municipal, pero en ese momento decidió no aceptarlo.

En 1934 se estrenaron en el teatro Martí, entre otras, El hijo de madame Butterfly, de Jorge Anckermann; Criollo verdá y María Belén Chacón, de Prats; Volando hacia La Habana o El príncipe carioca y Camina, de Roig. Al año siguiente se repuso Cecilia Valdés que, con Rita Montaner en el papel protagónico, alcanzó un éxito sin precedentes.

En 1938 Roig participó en la fundación de la Ópera Nacional, presentando las óperas Carmen, La Bohème, Lucia de Lammermoor, La Traviata, Tosca y Cavalleria rusticana. Musicalizó la película Sucedió en la Habana, de Ramón Peón, y se reincorporó al puesto de director de la Banda Municipal, que ocupó hasta su muerte.

En 1943, Roig dirigió un concierto de música cubana en el Carnegie Hall, de Nueva York, en el cual participaron Ernesto Lecuona y Esther Borja. En 1948 se llevó por primera vez a disco Cecilia Valdés, con Martha Pérez en el papel principal. Dirigió también, en el mismo año, la grabación de la zarzuela Luisa Fernanda, de Federico Moreno Torroba, que editó la firma Cafamo, con Martha Pérez, Maruja González y Panchito Naya.

En 1951 la Orquesta Filarmónica le dedicó un homenaje. En 1953 grabó el disco de larga duración In a Cuban Garden, que se editó en 1957. En 1954 dirigió la versión fonográfica de La viuda alegre, de Franz Lehar, editada por la casa RCA Victor, con Maruja González, Hernán Pelayo, América Crespo, Camilo de Rosillón, Francisco Naya y Antonio Palacios. En 1958 ejecutó la dirección orquestal en otra producción discográfica, con obras suyas, que cantaron las sopranos Esther Borja y América Crespo.

En 1962, para la televisión, condujo la orquesta en las óperas Rigoletto, La traviata y Aída, de Verdi; Fausto, de Gounod; Don Pascuale y Lucia de Lammermoor, de Donizetti; La Bohème, Madame Butterfly y Tosca, de Puccini; El barbero de Sevilla, de Rossini, y Las bodas de Figaro, de Mozart, entre otras. En los años siguientes continuó su labor como director en grabaciones y programas radiales y televisivos, así como en el teatro. Su zarzuela Cecilia Valdés fue repuesta en teatro y televisión con distintos elencos, y con variaciones introducidas por el propio maestro. En el papel de Cecilia se destacó Blanca Varela, a inicios de la década de los años 60, y en el umbral de la década siguiente, Alina Sánchez.

En 1969 hizo grabaciones al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional y la Banda Nacional de Conciertos. Por última vez actuó en público el 27 de mayo de 1970, dirigiendo la Banda Nacional de Conciertos. Falleció el 13 de junio de 1970, a los 80 años. Días antes, había empuñado la batuta en un ensayo de la Banda Nacional, con Esther Borja en su criolla Nunca te lo diré, letra de Agustín Rodríguez, que la cantante había estrenado en 1950.

Dejó en herencia, junto a una considerable obra zarzuelera, canciones de concierto como Lloro aún al recordarte (1914), Ojos brujos (1918), Yo te amé (1923); Lamento negroide (1943) y Estás en mí (1956). También las suites instrumentales Mosaico musical cubano (1937), Fantasía cubana (1942), Fantasía sobre dos temas del Cocuyé (1944) y Hoy son día de Reyes (1955).

Tomado de En Caribe, enciclopedia de historia y cultura del Caribe.

Foto: Gonzalo Roig fue uno de los pocos directores cubanos de orquesta que dirigía con un tabaco en una mano y la batuta en otra. Tomada de Collection Paolo Jucker.

jueves, 11 de mayo de 2017

El drama del agua en el Oriente de Cuba


Cuando usted viaja de Camagüey rumbo a Las Tunas, por la añeja Carretera Central de dos carriles construida en 1930 por Gerardo Machado, el primer dictador después de instaurada la República, la abrumadora sequía que afecta con crudeza a la región oriental se nota a golpe de vista.

No es que el panorama del resto de la campiña cubana impresione por su verdor, los campos cultivados, extensos cañaverales o embalses que se desbordan de agua. Todo lo contrario.

El marabú es el rey desde la llanura matancera hasta la sabana camagüeyana. Las antiguas plantaciones citrícolas están abandonadas, no pocos bateyes azucareros son pueblos fantasmas y es raro ver a campesinos arando la tierra.

El ganado, la mayoría en los huesos, pastan hambrientos lo poco que encuentran y beben agua turbia en barriles de latón ennegrecidos partidos a la mitad. “Es raro el día que no se muera una vaca o un ternero por falta de pienso y agua”, dice Jesús, ganadero de una cooperativa en Guáimaro, Camagüey.

Pero en esa provincia aún se observan embalses a medio llenado y de vez en cuando, cae un aguacero de mediana intensidad. En la región oriental es diferente. La yerba, reseca y pálida, parece quemada por un soplete, y a gritos pide agua. Decenas de riachuelos se encuentran secos y varias presas están en nivel cero.

Armando cultiva boniato en un lindero a medio kilómetro de la vieja Carretera Central y a tiro de piedra de Manatí, en Las Tunas. Todas las mañanas, después de tomar café y prender un tabaco torcido a mano, mira al cielo en busca de una señal que presagie lluvia.

“La piel se me pone de gallina cuando miro esos sembrados patisecos y los animales con los ojos tristes como esperando la muerte. Si en esta primavera no llueve, el gobierno cubano tiene que pedir con urgencia ayuda internacional. Sin agua no hay vida”, opina Armando.

Damián, ingeniero hidráulico, cree que “si se extiende la sequía no sé de qué manera el gobierno buscará opciones para paliarla. No creo que tenga capacidad financiera y logística para aminorar sus consecuencias”.

Según Damián, el instituto de recursos hidráulicos, junto con instituciones científicas, mediante técnicas artificiales están 'sembrando' lluvias y reactivando pozos de agua subterránea. “Incluso se ha estudiado potabilizar el agua de mar. Cada noche rezo a Dios para que de los meses de marzo a octubre caigan registros considerables de lluvia. Si no, tendremos que decretar un SOS a los organismos internacionales”.

Los especialistas coinciden que la actual sequía en la Isla es una de las más severas en los últimos cien años. “No hay un factor, son varios, desde el cambio climático, que contra de lo que cree la nueva administración de Trump, no es un invento para asustar a los niños, es real y el alza de dos grados de temperatura a escala mundial está poniendo en situación de riesgo al planeta. A eso súmale los fenómenos del Niño y la Niña en la región del Caribe”, explica un meteorólogo de Las Tunas.

La sequía afecta a un 70 por ciento del territorio nacional. Y la mayor parte de los embalses están a un tercio de su capacidad o en números rojos. El déficit de agua perjudica a la agricultura, la ganadería y la población.

La provincia de peor situación es Santiago de Cuba, a 957 kilómetros al este de La Habana. Existen repartos de la ciudad donde el ciclo de agua es cada 45 días. A un costado de la terminal de trenes, en una edificación de hormigón, tejas acanaladas y tubos de aluminio que recuerda la arquitectura del realismo soviético, Sergio, un mestizo pasado de peso que maneja un taxi particular, cuenta cómo se puede sobrevivir sin apenas agua.

“Nagüe, la cosa está en candela. Vivo en Chicharrones, un reparto marginal donde lo habitual es beber chispa de tren y la gente suele fajarse a machetazos. Algunos, como es mi caso, hemos convertido la casa en un acuario y me busco un poco de dinero”, acota Sergio y añade:

“En la azotea y en el portal construí dos cisternas gigantes. Además tengo tres tanques de 200 galones en el interior de la vivienda. Así y todo, a veces tengo que comprar agua a los aguateros, quienes te llenan los tanques por 40 pesos. Esos tipos parecen cazadores de oro: abren huecos en cualquier parte en busca de pozos o manantiales de agua subterráneas sin explotar. Si la sequía se extiende otro año hay que pedir auxilio, al Papa, a Trump o al diablo. De lo contrario, tendremos que empezar a beber agua del mar”.

Muy cerca de la calle Enramada, justo en el centro de Santiago, reside Laura, una peluquera que almacena agua hasta en las tazas de café. “Ya no se puede caminar por la casa. Tengo tinajas, cubos, bañeras y cacharros llenos de agua. Es un fastidio la escasez de agua. Ya olvidé la última vez que me di una ducha. La gente anda con la ropa empercudida, porque no podemos lavarla con frecuencia. Si la sequía se extiende, los santiagueros emigraremos en masa pa' La Habana”.

Los dueños de negocios gastronómicos y de hospedaje privados han transformado sus domicilios en auténticas piscinas provisionales. Muy cerca de la Avenida Garzón, una familia con botellas de cerveza en la mano, de un equipo de audio escucha el reguetón Hasta que se seque el malecón, de Jacob Forever.

Por si fuera poca la escasez en Cuba, donde suele faltar desde el dinero hasta la comida, ahora el agua se suma a la lista de los artículos suntuarios. Si este año no llegan las lluvias, el malecón de Santiago habrá que desecarlo.

Iván García


lunes, 8 de mayo de 2017

Cuba, de sequía en sequía



En Cuba, más que llover sobre lo mojado, se vive de sequía en sequía.

Durante 2016 se lograron disminuir las pérdidas de agua hasta más de cien mil metros cúbicos e incrementar el nivel de obras hidráulicas certificadas. En tal sentido se debe seguir trabajando frente a la compleja coyuntura de la actual sequía que vive el país, dijo el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez, durante el balance anual del Instituto de Recursos Hidráulicos (INRH) reportado por Juventud Rebelde.

El informe, presentado por Abel Salas, vicepresidente de la referida institución, señaló varias problemáticas que afectan la labor del INRH, como la falta de exigencia y objetividad en la gestión de los planes de trabajo, la mala planificación de las actividades en consonancia con los objetivos y la falta de una adecuada supervisión durante el proceso de inversión y mantenimiento, de acuerdo al órgano de prensa oficial.

En el encuentro se puso énfasis en temas de alta sensibilidad social, como el mejoramiento del tiempo de servicio del agua, la ampliación del tratamiento a los sistemas de abasto, la mejora del ciclo de limpieza de fosas y la certificación de la contabilidad y estados financieros.

Según se conoció, en 2016 los sistemas de acueductos suministraron agua a más de 2.800 asentamientos poblacionales, lo cual se traduce en un aproximado de 8.035. 000 personas, y a la vez evidencia un aumento total del 2,6 % con respecto a igual período de 2015.

También crecieron la colocación de tuberías y la producción de 3.720 kilómetros de tuberías de polietileno de alta densidad, los cuales ahorraron al país alrededor de 2,6 millones de pesos en moneda libremente convertible.

Yanet Triana Cobas, delegada del INRH en Santiago de Cuba, una de las provincias más afectadas con la actual sequía, explicó que la llegada del agua a los hogares puede oscilar entre 16 y 25 días, y llega hasta 60 en las zonas más críticas. Apuntó que se trabaja en la ejecución de conductoras e interconexiones emergentes, en un intento por solucionar esa necesidad de la población, de acuerdo al diario.

El problema con todos estos datos y cifras, es que año tras año se leen en la prensa y la situación continúa sin grandes mejoras. En enero de 2011, el periódico Granma señalaba la existencia de un “notable descenso” de los volúmenes acumulados en fuentes de abastecimiento subterráneas y superficiales, debido a la sequía de los últimos dos años y al mal funcionamiento de un acueducto “deteriorado por el paso del tiempo”.

“Por la gravedad de la contingencia, se valora la posibilidad de cortar el servicio a los que sobrepasen el consumo planificado, con una insistencia a reducir el consumo en el sector estatal y “sensibilizar” a la población para “extremar las medidas de ahorro”, advertía Granma.

Seis años más tarde se vuelve al mismo señalamiento de la necesidad de aumentar la “eficiencia” y de nuevo se menciona la “falta de exigencia” y la “compleja coyuntura”.

Para paliar la situación en 2011, el Gobierno cubano destaca la intención de construir varias conductoras para mejorar la entrega de agua, instalar válvulas, perforar pozos, rehabilitar las redes en mal estado, suprimir fugas en campos de pozos y grandes conductoras. Al igual que ahora, frente a la sequía de 2011 la prensa oficial enfatizaba un esfuerzo por parte del Gobierno para mejorar las redes de abastecimiento.

Pero tanto hoy como ayer ese afán resulta dudoso, por decir lo menos. Dudoso no por un afán ideológico de ver solo lo malo en Cuba, sino por un inevitable enfrentamiento con la realidad del país.

Es algo que viene ocurriendo año tras año.

Un cable de la agencia Associated Press, del 15 de mayo de 2007, informaba que las redes de acueductos, en particular las de la capital, serían rehabilitadas tras años de servicio ineficiente que incluso provocaba la pérdida de hasta el 55 % del líquido bombeado, de acuerdo lo publicado en los medios de prensa del país.

El programa, inaugurado por el entonces vicepresidente Carlos Lage la víspera, permitirá desde 2007 a 2011 la reparación en La Habana de unos 2.032 kilómetros de estas cañerías. El despacho cablegráfico señalaba que, para llevar adelante el plan, se contaba con un financiamiento de 60 millones de moneda libremente convertible y la participación de cuatro empresas ejecutoras: la Constructora de Recursos Hidráulicos, los contingentes Blas Roca Calderío y Raúl Roa y Aguas de La Habana.

La información también añadía que los escapes de agua y las viejas cañerías son uno de los principales problemas que enfrenta la Isla, pues el líquido no llega a los hogares y se desperdicia, mientras los periodos de sequía afectan este recurso limitado. En igual sentido, agregaba que la rehabilitación se extendería hasta las provincias de Las Tunas, Camagüey y Holguín.

Ahora aparece en Juventud Rebelde que “la llegada del agua a los hogares puede oscilar entre 16 y 25 días, y llega hasta 60” en algunas zonas de Santiago de Cuba.

Pues bien, ¿dónde están las reparaciones, los millones invertidos y las empresas ejecutoras? Porque hasta ahora lo único cierto en ambas informaciones de prensa es que hay sequía, salideros y que no hay agua.

Si en 2007 alguien pudo tener esperanza de que para 2011 el problema podría estar aliviado al menos en parte, ahora, en 2017, se enfrenta a la realidad de que la situación persiste.

Hay una forma efectiva con la que se desenmascara a la prensa oficial cubana, respecto a las mentiras, medias verdades y manipulaciones que, sobre la situación nacional, se publican a diario, y es simplemente comparando las informaciones de hoy con las de un tiempo atrás.

En un reportaje del 21 de enero de 2011, al tiempo que se señala que en el plan de inversiones aprobado para ese año se habían destinados catorce millones de pesos para la ejecución de diversas obras dirigidas a mitigar el efecto de la sequía sobre el estado de las fuentes y la distribución de agua, no aparecía el menor intento de analizar los posibles resultados y lo que significa ese plan de inversiones. Tampoco de señalar que las cifras de inversiones resultaban insuficientes en extremo frente al problema existente. Tales deficiencias pueden señalarse respecto a lo publicado en Juventud Rebelde.

De forma sistemática, la prensa oficial sigue ocultando información o dándola a conocer a medias. Que aparezcan con cierta frecuencia reportajes e informaciones que señalan algunos de los problemas que sufre la población cubana resulta un avance, pero se trata de una simple gota en un océano de despilfarro, mala organización y desidia.

Cubaencuentro, 17 de marzo de 2017.
Foto: Haciendo cola para llenar vasijas de agua potable en Bayamo, capital de la provincia Granma, a unos 740 kilómetros al este de La Habana. Tomada de Cubaencuentro.

jueves, 4 de mayo de 2017

Delación ciudadana es un arte en Cuba


Hace siete años, cuando el rugido de los vientos de un huracán asolaba La Habana y el agua se le filtraba a Lisván, trabajador privado, por la puerta sin cristales de la sala de su hogar, un apartamento de paredes ennegrecidas que con urgencia necesitaba una reparación a fondo, la situación de su vivienda no le interesaba a los delatores habituales de la cuadra donde reside.

“Cuando comencé a tener éxito en mi negocio y pude remozar el apartamento, desde el sistema eléctrico, plomería, pisos nuevos, pintar todas las habitaciones hasta enrejar las ventanas y el balcón, empezaron las denuncias. Lo que en otro país es un orgullo que un ciudadano pueda dejar atrás la pobreza y mejorar su calidad de vida, en Cuba, entre no pocos vecinos del barrio, eso despierta tanto resquemor y envidia que los lleva a realizar delaciones anónimas", dice Lisván.

Tantos años de control social por parte del régimen ha transformado a un segmento de cubanos en personas acomplejadas y con doble moral. "Y sinvergüenzas al cubo", añade Lisván. Y cuenta que “hace dos años, cuando estaba poniendo un piso nuevo, mi esposa me traía las cerámicas en un transporte de su empresa, autorizada por su jefa. Pero una vecina, ahora en silla de ruedas y casi ciega, llamó al DTI para denunciarme, acusándome de tráfico de materiales de construcción".

Por suerte, Lisván tenía los papeles de las lozas, compradas en pesos convertibles en una tienda estatal recaudadora de divisas. Pero la denuncia provocó que a su esposa le quitaran el auto que manejaba. En días recientes, mientras le colocaban una reja al balcón, para resguardarse de los robos, un vecino llamado Servilio, lo denunció a la oficina de la vivienda, por cambiar la fachada del domicilio y a la empresa eléctrica por presuntamente utilizar electricidad del servicio público. "El tiro le salió por la culata, pues todo estaba en regla, y los propios inspectores me dieron el número telefónico del denunciante, que por cobardía lo hizo de manera anónima”, concluye Lisván su historia.

Según Fernando, instructor policial, las denuncias anónimas son frecuentes en el departamento de investigación donde trabaja. “Gracias a esas denuncias comenzamos a investigar casos como el del reguetonero Gilbert Man, que defraudó cientos de miles de dólares en Estados Unidos. La gente informa sobre cualquier cosa: una fiesta que les parece suntuosa, alguien que compró carne de res en el mercado negro o una persona que a diario bebe cerveza y no trabaja. Es demencial. La chivatería en Cuba a veces llega a los extremos”.

Cuando se le pregunta por las causas que motivan la chivatería, esquiva el bulto. “Por envidia o manía de denunciar. Casi siempre esas personas están resentidas y frustradas y suelen vivir pobremente o tienen muchas necesidades materiales. Y no pocas veces el denunciante también comete ilegalidades”, confiesa el instructor policial.

Carlos, sociólogo, considera que la delación a gran escala, como durante décadas ha ocurrido en Cuba, es materia de estudio para especialistas. “Pero en los últimos tiempos, con la apatía generalizada de la población por la ineficacia del sistema, la crisis económica dilatada y la falta de libertades económicas y políticas, si los comparamos con los años 60, 70 y 80, la delación ha disminuido". Y agrega:

“Es cierto que en sus inicios la revolución fue fuente de derecho. Pero también destrozó en pedazos tradiciones arraigadas y comportamientos sociales. Fidel Castro catapultó la delación en nombre del imperialismo yanqui, de los enemigos de clase y como forma de proteger la revolución", señala Carlos.

En Cuba, los CDR (Comités de Defensa de la Revolución) son la base de la vigilancia colectiva en las cuadras y barriadas de los 168 municipios existentes en la Isla. Los Comités lo mismo ofrecen información al Departamento de Seguridad del Estado sobre un disidente, que elevan a categoría de 'informe secreto' chismes infundados o infidelidades de pareja.

"En este siglo XXI, donde se han acrecentado las desigualdades, los fidelistas más intransigentes que aún se localizan en cuadras y barrios, continúan con las denuncias. Se mezclan varias cosas, desde bajas pasiones a inadaptación a los nuevos tiempos que corren. Pasarán años para que esa nefasta costumbre desaparezca”, resume el sociólogo habanero.

Diana, ingeniera, recuerda la etapa en que el Estado otorgaba una semana de vacaciones en la playa, un televisor, un ventilador o una cafetera. “Las broncas solariegas que se armaban en las asambleas sindicales, para decidir quien debía ser premiado, eran de coger palco. Daba vergüenza. Aquellos lodos han traído estas aguas”.

Es probable que en Cuba, si apostamos por la democracia y tenemos la suerte de elegir buenos gobernantes, salgamos adelantes en el terreno económico y el país comience a desarrollarse y progresar.

Pero el daño que la delación, con el visto bueno de la autocracia verde olivo, ha hecho a la sociedad cubana es antropológico. Recuperar un puñado de valores interpersonales tardará tiempo. Quizás una década. O más.

Iván García
Caricatura tomada de Latin American Studies.

lunes, 1 de mayo de 2017

Fidel Castro, de dictador a estrella hiperrealista en Hong Kong



Una pieza de arte hiperrealista que se copia los rasgos del fallecido exgobernante cubano Fidel Castro se ha convertido en una de las principales atracciones del Art Basel Hong Kong de 2017, reportaron varias agencias de noticias.

Aunque la exposición no está abierta al público, coleccionistas de todo el mundo aprovechan para hacerse selfies con quien fuera considerado el dictador más longevo del hemisferio occidental.



Shen Shaomin, artista chino-australiano, es el responsable de la colección que incluye a Castro y a otros cuatro superhéroes del comunismo: Mao Zedong, Vladimir Lenin, Kim Jong-il y Ho Chi Minh, que se presentan ante el público en ataúdes de vidrio.

Castro fue el único que no fue tapado con el cristal, de forma que los visitantes pueden interactuar con la estatua.



El Art Basel asiático, que lidera el mercado del arte contemporáneo en Asia, se está consolidando como uno de los grandes eventos del arte mundial.

En la edición de 2017, 242 galerías de 34 países conforman la puesta en escena de la muestra en Hong Kong, con el objetivo de superar el récord conseguido el año anterior, de 70 mil visitantes.



“Este año sigue siendo fuerte para nosotros, hemos tenido una gran acogida por parte de coleccionistas y esperamos un lleno absoluto”, dijo en rueda de prensa la directora de la edición hongkonesa, Adeline Ooi.

Cubaencuentro, 22 de marzo de 2017.

jueves, 27 de abril de 2017

Cuba: Paraíso de "disparadores"


Llamémosle Fermín. Perdió un futuro promisorio como alero de baloncesto y sus padres se mudaron dos veces de barrio, para alejar la vergüenza que les provocaba escuchar a vecinas armar escándalos o maridos iracundos agredir con machete o un bate de béisbol a su hijo.

La primera vez que visitó la cárcel fue con 17 años. Se apostaba a la salida de una secundaría y se masturbaba descaradamente al paso de las colegialas. Una tarde cualquiera, desde una azotea, fisgoneaba a una joven que posteriormente lo acusó a la policía.

Estuvo en un correccional durante doce meses por abuso lascivo. Fue expulsado de la escuela de deporte y la selección nacional juvenil de baloncesto perdió probablemente a uno de sus mejores prospectos, que con sus dos metros y un estilo parecido al del mítico Kareem Abdul Jabbar cuando tiraba el gancho al canasto.

Luego su vida fue cuesta abajo. Bebía demasiado ron y comía poco. De las siete veces que ha estado preso, seis han sido por masturbarse en la calle. Con 55 años intenta cambiar, pero no puede. Ha perdido a sus mejores amigos y es el enemigo público número uno de las mujeres en el municipio Diez de Octubre.

Lo han llevado al psiquiatra para controlar sus excesos. Pero cuando su reloj de placer biológico lo convoca, vuelve a un parque o una escuela de adolescentes, a masturbase al caer la noche.

“Es algo que no puedo evitar. Y no es por falta de mujeres, pues cada vez que he ido preso por exhibición impúdica o abuso lascivo, he estado viviendo con una jevita. Claro, que cuando se enteran me dejan. Pero siento un morbo incontrolable rayándome una paja mientras me miran”, confiesa afligido en una mañana soleada de febrero.

Según Fermín, sus impulsos jamás lo han llevado a la violación. “Ni siquiera lo he pensado. Pero me excito muchísimo cuando veo una muchacha con uniforme escolar o un short que enseñe las nalgas”.

La prensa oficial últimamente ha publicado sobre el aumento de masturbadores públicos en la Isla.

Raisa, maestra, afirma que “están a cualquier hora y en cualquier parte. Son un ejército. No entiendo, con lo fácil que es ligar una mujer en Cuba. Son unos descerebrados. Cuando voy por la mañana a la escuela siempre me choco con dos o tres pajusos. A todos les gusta enseñar la pinga, para que vean que la tienen grande”.

Midalis, estudiante universitaria, dice que los sitios predilectos de los “tiradores son las calles oscuras, las salas de cines, escaleras de edificios o lugares descampados. Por Zapata y G, por la parte posterior del antiguo Castillo del Príncipe (desde 1926 hasta 1974 fue la Prisión de La Habana), hay un montón de pajeros. Se suben hasta encima de los árboles. Y si te descuidas, te echan el semen arriba. Una noche me cayó aquella cosa, y yo pensé que era la cagada de un pájaro, pero no, era esperma, qué asco”.

En Cuba a los masturbadores les llaman disparadores, pajusos, pajeros o tiradores.

Joel, oficial de la policía, cuenta que “cada noche a la unidad llega un burujón de tiradores. Si no son reincidentes, le ponemos una multa de 60 pesos, nunca van presos. Si el tipo es un enfermo mental, entonces se procesa. Pero con las cárceles llenas, si no tienen antecedentes penales casi siempre se libran de la prisión. La verdad es que las leyes contra los masturbadores callejeros son bastante flojas”.

Carlos, sociólogo, considera que la prohibición de revistas y filmes pornográficos, además de la ilegalidad de bayúes o casas de citas con prostitutas, provocan desmedida lujuria en un segmento masculino de la población.

“Al no existir prostíbulos, líneas telefónicas calientes ni publicaciones pornográficas, el morbo aumenta. Todo lo prohibido llama la atención. En Cuba existe una sexualidad reprimida. Un masturbador público no es un demente. Los hay con problemas mentales, pero generalmente son hombres instruidos, inclusive por encima de la media. No es un fenómeno típico de Cuba. Una vez leí que a un filósofo excepcional como Rosseau, se masturbaba por las noches en los parques de Zürich”.

Johanna, jinetera, aclara que los disparadores siempre son hombres. "Nunca he visto a una mujer rayándose una paja en la vía pública. Es una plaga, por donde quiera puedes ver a un tipo frotándose el tolete en cualquier lugar. No les importa si uno va con un niño pequeño. Son unos descarados. Tal vez sean impotentes, pues con la cantidad de putas que hay en la calle, no sé por qué tienen que estar masturbándose. En una ocasión, a uno le grité: Ven, vamos a hacer el amor para que se te quite esa manía, y el tipo se echó a correr”.

Daniel, músico amateurs, señala que también hay disparadoras hembras. "Te cuento lo que me pasó en una guagua super llena. Una mujer, madura ella, me frotaba sus partes con mi mano. La tipa estaba caliente a más no dar. Otra vez, en un parque del Vedado vi a una joven metiéndose los dedos por debajo de la saya.”

Una recomendación a turistas extranjeras: si visita Cuba y le silban en la oscuridad, no tema, no es una banda de asaltantes con armas de fuego. Es un disparador criollo buscando placer con su mano.

Iván García
Hispanost, 15 de febrero de 2017.
Ver: Video con opiniones sobre masturbadores públicos en La Habana.


lunes, 24 de abril de 2017

"Soy abakuá y pinguero"



Dos horas diarias de gimnasio le han esculpido la silueta como si fuese un atleta. También gasta un dineral en manicure, tratamiento capilar con keratina, alisarse el pelo con una plancha caliente y comprando ropa en tiendas clandestinas o alguna boutique estatal de La Habana cuyos precios emulan con los de Nueva York.

Para Didier, 23 años, el físico es un imán poderoso. “No sé quien fue el que lo dijo, pero una imagen vale más que mil palabras”, apunta, conectado a internet vía wifi en el parque Córdoba, barrio de La Víbora, al sur de la capital.

Dejó los estudios en noveno grado y comenzó a ganarse la vida prostituyéndose. En Cuba, la legión de jineteras y pingueros se consolida cada año. Didier supone, y tiene razón, que mientras se mantenga la perenne crisis económica, y comer carne de res sea un lujo, vivir en un apartamento con televisor de pantalla plana, tener un ordenador moderno y aire acondicionado sea un sueño inalcanzable para muchos, “la putería, el pinguerismo y el travestismo aumentarán. Es normal. La gente inventa y trata de sobrevivir a como dé lugar”.

Comenzó a prostituirse con 15 años. “Tengo una pinga grande y gorda. Un día una jevita que estaba conmigo y era jinetera, me dijo que unos canadienses clientes suyos, me pagaban 150 dólares si me acostaba con ellos. Pa’luego es tarde, me dije, y los partí en dos como si fueran un lápiz”, cuenta con la típica jerga del bajo mundo habanero.

Didier, no cree que se demerite su hombría. “No men, esto es un negocio. Soy macho a toda, pero mi profesión es pinguero. También soy ñangué (abakuá), ¿hay algún problema con eso?”, se pregunta asombrado.

Orlando, gay y peluquero, que cada noche recorre la sucia Calzada de Diez de Octubre en busca de pareja, comenta: “Olvídate de la ética y el machismo. Yo todavía estoy con los hombres por amor. Pero ahora todo se vende, hasta el sexo. Los travestis cobran, las jineteras igual y los pingueros no se quedan atrás. Hace unos días, un muchachito, lindísimo y buenísimo, me dijo que me singaba por 10 fulas. Y era masón. Es que en las propias prisiones cubanas la tortilla y sodomia entre hombre se practica por arrobas. A mí no me pueden hacer cuentos. Soy una loca presidiaria, he estado recluido cuatro veces por escándalo público”, dice sonriendo y se pasa la mano por su pelo teñido de rubio.

Enrique, abakuá desde hace treinta años, asegura que “en nuestra secta, al igual que en la masonería, se están viendo cosas escandalosas. Patos (gays), bugarrones y tipos que son abakuá y se dedican a pinguear con extranjeros. Los admiten en los plantes por dinero. Ya lo dice la biblia, se verán horrores”, señala, abriendo los ojos.

La Sociedad Secreta Abakuá es la única de su tipo existente en el continente americano y en Cuba también es conocida por Ñañiguismo. Surgió en las primeras décadas del siglo XIX, en los momentos de mayor hostilidad hacia los esclavos negros, quienes, ante el acoso, el medio que hallaron para evadir la represión fue una agrupación mutualista bajo la expresión más desarrollada de su conciencia social, la religión.

Los antecedentes del Abakuá o Ñañiguismo se hallan en las sociedades secretas que existieron en la región nigeriana de Calabar, y tiene como base una leyenda que narra la historia de la violación de un secreto por una mujer: la princesa Sikán encuentra al pez sagrado Tanze y reproduce su bramido en el tambor sagrado Eku.

Las actividades de culto se realizan todas en templos y se practica sólo en La Habana y Matanzas. En estas dos provincias se localizan 40 plantes, distribuidos en los municipios de Guanabacoa (14), Marianao (11), Regla (6), San Miguel (4), Cárdenas (4) y uno en la ciudad de Matanzas.

Las Firmas o Anaforuanas representan a cada una de las jerarquías que integran la estructura de los abakuá y cumplen una función consagratoria cuando se trazan sobre determinados elementos del ritual. Los sellos son la representación o identificación de cada juego o potencia abakuá, de los cuales existen 123 en toda Cuba.

En las Sociedades Secretas Abakuá sólo son admitidos hombres. “No se aceptan homosexuales, bugarrones, prostitutos ni tipos flojos”, aclara Enrique. Aunque siempre se cuelan algunos. Como es el caso de Didier.

Iván García
Hispanost, 20 de febrero de 2017.

Foto: No es exactamente la de un pinguero, si no un gay habanero. Tomada de La manzana envenenada, reportaje publicado en On Cuba Magazine en mayo de 2014.

jueves, 20 de abril de 2017

Las nobles bestias (II y final)


Tenía sesenta y cuatro años, costillas hasta en el esternón, el cinismo o la terrible indiferencia en la mirada, y una costura que le iba del ombligo a la ingle. Había sido albañil en Varadero. Había ayudado a construir hoteles como Sol Palmeras, que “arquitectónicamente, si lo miras desde arriba, parece una rosa.”

Era el decano del bote. Desde hacía ocho meses tenía un nuevo quimbo. Las autoridades le habían tumbado varios, y también había vivido allá arriba, a la intemperie durante año y medio. Según sus consejos, había que subir con él porque con él nadie se metía. “Ahí viene Chen culo roto”, “ahí viene Chen el maricón”, decían cuando llegaba, pero no eran más que bromas. Huevo, el delincuente al que muchos temían, era su ahijado, por eso Chen hacía y deshacía y nadie en el bote se permitía tocarlo. La policía ni siquiera lo apresaba, aunque no por respeto, sino por dejadez. Él lo sabía. No tenía caso reprenderlo.

–Si me sacan de aquí, me voy para allá. Y si me sacan de allá, vengo para aquí. Conmigo no hay maldad.

–¿Y si cierran el bote?

–Habrá que irse para el bote que pongan. Porque en el bote es donde hay que estar. Nosotros, los de esta clase.

–¿De qué clase?

–La clase baja. No en delincuencia. La clase honestamente mía, la honesta mía. El millonario está a una altura, el semimillonario a otra, y yo en el bote. Si te enseño donde dormí anoche, y dormí como un presidente. ¿Sabes por qué dormí como un presidente? Porque no tengo a nadie cayéndome atrás, no tengo que tener ninguna escolta. Me doy un traguito, me fumo un cigarro, pienso.

El Estado lo había internado un par de veces en La Colonia, centro para indigentes y discapacitados mentales ubicado relativamente cerca del vertedero. Pero Chen siempre se escapaba.

–Ahí se cagan encima. Yo tengo peste porque estoy en el bote, pero ellos tienen más peste que yo.

–Los locos me arañaban –decía Luz María, que también estuvo internada.

Chen se echaba sobre las raíces del cedro varicoso, tomaba de su oreja el lápiz de bodeguero y como un chamán se ponía a descifrar el verso de la charada.

–Animal que nace en la tierra y muere en el mar –leía.

Todos pensaban.

–La tortuga –decía Yorgelis.

–Puede ser. También el avión –decía Chen–. El avión se pierde en el mar.

–El río –decía Yorgelis.

–El río está bueno –decía Chen–. El río es 71 y anoche tiró el 76. María es la madre de Jesús y la primera madre que existe y lo tiró el Día de las Madres.

Luego sacaba otro papel y comenzaba:

–Animal que siempre vive volando. Clave: el viento.

–No sé –decía Yorgelis.

–El papalote, que es 74 –decía Chen–. Eso: 71 y 74.

Vestía siempre un pantalón verde olivo. De la viga del techo de su quimbo colgaba un Mickey Mouse.

Venía de El Cristo, un pueblo a la orilla de Santiago de Cuba. Trabajaba en la agricultura y vivía con su mamá. Fue un amigo quien le avisó del negocio del bote.

Ahora recopilaba pomos plásticos y lo vendía a una refresquera en Alquízar. Cuando creía haber reunido lo suficiente, volvía a su casa, le dejaba el dinero a su madre y regresaba a La Habana. Luz María y Chen lo habían acogido sin problemas. Él no era el único que pasaba temporadas en los quimbos. Él era el buzo de turno. Hablaba poco y se mantenía a la sombra. Tenía 24 años y quería leer algo. Libros o revistas, lo que fuera.

Hacía pocos días, la policía lo había confundido con un ratero y se lo había llevado preso. Él les dijo que no había estudiado, pero que conocía sus derechos, y que ellos tenían que decirle por qué lo detenían y de qué se le acusaba.

–Si no va la mujer que puso la denuncia, y dice que yo soy inocente, todavía estuviera ahí.

–¿Y tuviste miedo?

–No –interrumpía Chen–. Si tienes miedo aquí, vete para el cementerio y entiérrate tú mismo.

–No, no tenía –decía Yorgelis.

Quizás lo más doloroso y llamativo de su persona eran los pómulos y la nariz. Granos maduros de violentísimo acné, infestados por la asquerosidad del bote, le desfiguraban el rostro y lo convertían en un payaso sin audiencia. Bolas duras, pus cristalizado, pequeñas y enrojecidas pelotas de golf a las que, de haber estado por fuera de la piel, y no por dentro, se les hubiera zafado la rosca y se hubiesen podido desmontar.

Huevo no esperaba a emborracharse en los quimbos, sino que ya llegaba borracho. No medía más de uno ochenta. Era desgarbado y alardoso. Tanto se hablaba de él, tanto se invocaba, que podía ser tomado como una ficción. Traía un cuchillo entre el pantalón y la espalda. El cabo asomaba por fuera del pulóver.

Le preguntó a Luz María qué había de comida y cuando Luz María le dijo que frijoles se enfureció.

–¿Frijoles solos?

–Frijoles solos.

Chen salió de su quimbo. Era incapaz de compadecerse por nadie. Era rapaz.

–Saca el arroz que tienes –dijo Huevo.

–No tengo ningún arroz –dijo Luz María.

–¿Tengo que buscarlo? –dijo Huevo.

–Saca el arroz, Luz María –dijo Chen.

–¿Tengo que buscarlo? –repitió Huevo.

La lengua se le enredaba. Los ojos amarillos, inyectados en alcohol y soberbia.

–Es que no tengo ningún arroz –decía Luz María como el animalejo que era–. Pregúntale a cualquiera, no tengo ningún arroz.

Huevo se dirigió hasta el quimbo y Luz María lo persiguió.

–No entres ahí, maricón –dijo–. Tú no tienes nada que hacer ahí.

Huevo la apartó de un manotazo y Luz María rodó por el suelo. Chen observaba desde una esquina.

–Ella sabe cómo es él –dijo.

Huevo salió con una jaba de arroz y la mostró triunfante. Luego regó el arroz por la tierra y dijo:

–¿Este es el arroz que no tenías?

Luz María berreaba. Huevo fue hasta ella. Le preguntó que para qué jugaba con él. La tomó por los hombros y la sacudió. Le apretó la boca, la mordió, y metió la mano en lo que debía ser el sexo de Luz María, aquella hilacha. Mientras la entraba al quimbo, y Luz María se dejaba hacer, Chen viró la espalda y se perdió entre los trillos.

Caminó durante un rato, llegó a la báscula, que es donde pesan a los camiones antes de que descarguen, y subió al primer colector que entró. Matrícula: HUF 943.

Grupos de perros jíbaros pululaban en medio del paisaje lunar. El polvo blanco de los terraplenes, las gavetas, los montículos cuadriculados de basura, la exigua luz natural. Alrededor, las luces eléctricas de la ciudad chispeaban como un graderío en vilo.

Cuando el colector HUF 943 arribó a la zona de descarga, de la tierra emergieron cuerpecillos fragorosos, que poco o poco se irguieron con sus pinchos, farolas, linternas, y rodearon la pieza de volteo.

La mezcla putrefacta de desechos cayó, y los buzos la atacaron con agilidad. Llevaban botas, camisas de mangas largas, pañuelos sobre las orejas, y algunos tenían cascos de mineros. Con los pinchos, escarbaban hasta encontrar algún plástico o metal. Hurgaban en el ácido. El líquido negro corría como una baba. Todo lo que La Habana había descartado pasaba allí su última revisión.

Siguieron llegando camiones. Fue una jornada tranquila, sin violencia. En el bote se habían reportado machetazos, puñaladas, y también se habían encontrado un par de cadáveres. Pero, como norma, los buzos solían ayudarse. Si alguien colectaba alguna materia prima que no le servía para su negocio, se la cedía a otro.

Cuando Chen decidió bajar de nuevo, sobre las diez de la noche, ya Huevo roncaba en un rincón, desparramado, soltando estrepitosos bufidos. Luz María bailaba sola, cerca de la fogata. Tomó a Chen de la mano y le dijo que bailara con ella. Que cantara Álvaro Torres, y que lo cantara tan bien como él sabía hacerlo. Chen se negó al principio.

En aquel momento, no sabían nada de lo que iba pasar. Al año siguiente, Luz María fallecería de una infección vaginal, Chen desaparecería, y la maleza tupida se tragaría los quimbos. En aquel momento, ajenos, bailaban en medio de la desolación.

–Dame un beso –dijo Luz María.

–Estate quieta –dijo Chen.

–Hace un mes que no te bañas.

–Yo me baño todos los días.

–Te creo.

–Tienes que creerme.

–Bueno, dale, dame un beso.

Entonces Chen, fingiendo desgano, agarró a Luz María por la cintura. Puso los labios.

–Es lo que yo digo –dijo finalmente–. Que dos buenos siempre se unen.

Carlos Manuel Álvarez
El Estornudo, 29 de agosto de 2016.
Foto: Luz María en su cuarto. Tomada de El Estornudo, donde se pueden ver más fotos.

lunes, 17 de abril de 2017

Las nobles bestias (I)


Hace un año, antes de que la maleza se cerrara sobre sí y la inmundicia fuera sustituida por el metálico aroma del silencio, en las inmediaciones del basurero llovía con saña y todos se acurrucaban como animales enfermos en el quimbo de Luz María, una choza putrefacta.

Chen comentaba algo sobre los cambios meteorológicos. Luz María despulgaba a su perro sin pelos. Y Yorgelis seguía destinando buena cantidad de sus fuerzas a mantener izada aquella especie de sonrisa sin vida que siempre, bajo cualquier circunstancia, le adornaba la cara y se la entristecía.

Permanecían adentro por pura convención. Quietos. Erizados. Nada indicaba que se estuvieran mojando menos que afuera. Los goterones caían del techo, gruesos y sensibles. Hasta que por suerte escampó y se desperezaron y aquel trance fue sustituido por un sol justiciero, que puso las cosas en su sitio.

Yorgelis salió a vender dos sacos de pomos plásticos que había recopilado. Luz María retomó la botella de aguardiente peleón. Y Chen volvió a su quimbo. Según él, a dormir. Aún faltaba una hora para que anocheciera y Chen decidiera subir al bote (basurero). Tenía calculado el tiempo en que llegaban los camiones del aeropuerto y de las Fuerzas Armadas. Los militares, por ejemplo, podían desechar patas y cabezas de puerco enteras, galones de mermelada, panes del mismo día. Chen prefería a los militares.

Luz María, mientras tanto, hablaba sola y preparaba los frijoles.

–¿En cuánto tiempo se ablandan?

–Metiéndole leña y leña hasta que se ablanden.

Se mostraba temerosa y miraba constantemente para la entrada del puente. Luego caminaba y luego volvía a detenerse. Después se agachaba, comenzaba a escardar la tierra. No paraba de beber. Y seguía escudriñando, al acecho.

–¿Tu madre cómo siguió?

Tres o cuatro días antes, su madre y su padrastro habían ido a visitarla. El padrastro de Luz María, un oriental cuarentón, había sido también su novio. Y fue Luz María, luego, quien lo unió con su madre. Una señora de 60 años que no conversaba nunca, que se movía de un lado a otro, cumpliendo diligencias por puro deber maternal, sin que nadie se lo ordenara, y que en una de esas, por desoír a su hija, echó un pomo embarrado de gasolina en la fogata de la noche y el látigo súbito de la candela se avivó tanto que le requemó la zona del párpado derecho.

Nadie se alarmó demasiado. Ni siquiera la señora.

–Está mejor –dijo Luz María–. Todavía tiene el ojo hinchado, pero yo se lo advertí.

Unos pollos salvajes picoteaban entre la mugre. El perro merodeaba al pie del árbol principal, un cedro varicoso y añejo. En el latón tiznado, los frijoles reverberaban a fuego lento. En la palangana con agua turbia, un pantalón en remojo se mezclaba con un nailon hediondo y a eso le llamaban lavar. Los restos de lluvia se disipaban. Cuando aquella quietud amenazaba con volverse definitiva, por la entrada del puente se asomó un hombre, en dirección a los quimbos.

–Ahí viene Huevo –chilló Luz María.

Y empezó a mugir. Fue hasta el perro. Después pidió que la protegieran. Tragó un buche de aguardiente e imploró, por Dios santo, que la protegieran. Volvió a mugir y a desesperarse, como sabiendo que nadie podía protegerla. Aún así, casi en un susurro, siguió suplicando que la protegieran, que, madre mía, la protegieran, que no, que de nuevo no y que la protegieran.

El bote de 100 es el mayor vertedero de Cuba. 104 hectáreas cuadradas, el 80 por ciento de los residuos de La Habana –unas 1650 toneladas diarias–, y una capacidad de diseño de 7 millones 800 mil metros cúbicos. Desde su apertura, en 1976, fue considerado un “peligro medioambiental” y un “gran foco de contaminación”.

Es, o pretendió ser, un vertedero de relleno sanitario. La descomposición de la materia orgánica produce gas metano y, entre los espacios de la basura, el gas se acumula, combustiona. Durante décadas, los incendios han proliferado en el vertedero y la humareda fétida se ha extendido por los alrededores, hasta algunos barrios de Marianao o hasta la CUJAE, principal universidad de ciencias técnicas del país.

Para evitarlo, habría que aplastar la basura en cuanto se deposite en los huecos o gavetas. Habría que compactarla una y otra vez, y luego taparla con tierra, como si fuera un sándwich. La técnica del sándwich es lo que caracteriza a los vertederos de relleno sanitario.

El bote de 100, que comenzó siendo una laguna y ya alcanza cuatro o cinco pisos, ha tenido etapas mejores y peores, o peores y menos peores. Con equipamiento insuficiente, nulo en ocasiones, sin buldozer, sin compactadores, sin la infraestructura necesaria para el tratamiento de los gases tóxicos, la basura se ha acumulado, se ha desbordado y ha llegado casi a los portales de las casas cercanas al lugar. Seguir llamando vertedero al bote de 100 es, pues, un tecnicismo generoso. Cuando tales descontroles suceden, los vertederos pasan a ser basureros.

En el Período Especial la situación se agravó. Luego Comunales, la entidad encargada de la recogida y el mantenimiento de la basura, lograría autofinanciarse. Sin embargo, tras la centralización de la divisa en 2005, y la redistribución de los ingresos desde el nivel gubernamental, Comunales tuvo que empezar a competir con otras prioridades. Que eran muchas y urgentes –transporte, vivienda, servicios de educación y salud–, por lo que, desde enero de 2005 hasta junio de 2006, no recibió un centavo.

El vertedero, por supuesto, colapsó, y nunca logró recuperarse del todo. Llegaron a construirse terraplenes, viales, y hubo intentos de inversiones mixtas entre el gobierno cubano y empresas europeas, pero no fructificaron.

La industria del reciclaje sabe bien que la basura no es basura, sino dinero, y, a menor escala, como ejercicio de supervivencia, lo saben los sujetos comunes y corrientes. La materia prima más valorada es el aluminio, los metales. También el cristal, el plástico y, para algunos, la ropa, los restos de comida. Los metales se comercian con empresas de reciclaje, el plástico suele vendérsele a fábricas clandestinas de refrescos y la ropa, si no se destina para uso personal, se la ofertan entre ellos mismos.

En el bote de 100, un micromundo feroz, hay varios tipos de buzos o recolectores. Todos perseguidos por las autoridades. Si los apresan, son acusados de propagación de epidemias, pero luego los sueltan y ellos regresan, y luego los vuelven a apresar o apresan a otros que también regresan y si no regresan tampoco importa. Siempre hay nuevos que se suman al negocio de la inmundicia.

Es un círculo vicioso en el que las fuerzas del orden tienen las de perder. Primero porque alguien que decide irse a la basura a sobrevivir ya debe haberlo perdido todo. Poco le debe importar lo que suceda con él. Y segundo porque quizás la única solución verdadera sería lograr que todos o buena parte de los puestos laborales fueran más rentables que colectar desperdicios para revender. Y eso, en un país donde el salario promedio, unos veinticinco dólares mensuales, representa lo mismo que un par de días de sacrificio en el basurero, parece poco menos que imposible.

Suman decenas. Están los habaneros que viajan diariamente hasta la zona específica donde los camiones descargan la basura. Están los que deciden pernoctar durante tres o cuatro días, emprender maratónicas jornadas de recogida, luego recesar y luego volver. Están lo que llegan de otras provincias, suerte de nómadas como Yorgelis, que hacen estancia durante dos o tres meses, hasta que acumulan un dinero respetable. Y estaban los que vivían a tiempo completo en las inmediaciones: Luz María y Chen.

Desde afuera, los límites del bote semejaban los de un volcán de papel maché. Pared de basura sólida que crecía diagonalmente en busca de un punto concéntrico. Adentro, la lava. Ni siquiera era muy intrincado. Por Boyeros, siete u ocho cuadras después de la Avenida 100, se doblaba a la derecha y, al final de la callejuela, se cruzaba el puente.

Entre matojos tupidos que camuflaban, protegían y daban sombra, rodeado por una zanja truculenta que cuando llovía mucho se desbordaba, aquel promontorio pelón albergaba olores que alcanzaban su mayor simpleza química. No era que algo apestara. Era que las moléculas mismas que provocan el hedor se instalaban en las cerdas de la nariz, pinchaban el entendimiento. Llegaban a apestar los receptores: la propia nariz, el propio raciocinio.

Para aguantar el aire contaminado, el foso del hambre, los mosquitos en la noche y el calor impenitente, Luz María, Chen y cualquiera que pasara por allí tenía que anestesiarse con alcohol. Pero el alcohol era tanto que ya nadie se emborrachaba. La ebriedad, lo que sobreviene con ella, dictaba la norma.

–Le dije que se cambiara ese moño, que no me gusta –decía Chen.

–A mí me gusta –decía Luz María, y con un palillo se hurgaba en las uñas de los pies.

–Con el moño de ayer se veía más clásica, más cómica, más natural.

–¿Y cómo se ve ahora?

–Exagerando, inflando, esa no es ella –decía Chen.

–Ah, ya –decía Luz María, que aquel día, con unos flequillos que le caían a los lados, y un pañuelo azul en la cabeza, parecía una gitana.

–Ah ya de qué –decía Chen.

–Ah ya, ah ya –decía Luz María, y se levantaba y se iba a buscar a su perro.

–Yo lo hago para que se vea bonita, pero no me quiere hacer caso –decía Chen.

Luego Luz María regresaba y decía que la comida que le gustaba a Chen era la que ella hacía.

–Y a ti te gusta la que hago yo –decía Chen.

–Las comidas de nosotros son las que más nos gustan –decía Luz María.

Hablaban de comida con naturalidad, pero el manjar más rico en proteínas que pasó por los quimbos fue, en buen tiempo, una masa oscura y deformada de carne –pollo, según ellos–, hirviendo en agua borboteante, después de cuatro días en descomposición.

–Nosotros nos cocinamos de ambas partes –decía Chen–. Sazón con sazón.

Parecía un mensaje lascivo.

–¿Son novios ustedes? ¿Se gustan?

En los quimbos, las cosas no funcionaban de ese modo. Ni novios, ni gustos. Solo instintos.

–Una pulguita– decía Luz María, que acariciaba el lomo calvo, comido por la sarna, de su perro famélico.

–Amigos. Amigos que nos queremos mucho –decía Chen, haciendo creer que en los quimbos las cosas funcionaban de ese modo.

La desmemoria pesa como un hierro. Había mucho pasado olvidado en aquel presente duro y absoluto. La ley del bote –vidas precarias, pero desenfrenadas– imponía una forma muy esclava de la libertad.

Un filamento de mujer. Muñón de treinta y nueve años que parecía de sesenta y que lo que había vivido desbordaba cualquier edad. Menos los colmillos, le faltaba el resto los dientes. Le faltaban pedazos de la oreja derecha. Tenía por senos dos pellejos secos. Los huesos, de tan salidos, parecían querer liberarse de la piel. Solidificada en sus comisuras, la saliva formaba una pasta blanca que nunca desaparecía. Si lloraba, no soltaba lágrimas. Si la obligaban a recordar algo de su vida anterior, lo contaba como si fuese una fábula o se tratara de otra persona, cercana a ella, pero no precisamente ella.

Había venido de Oriente en los noventa. Había sido bailarina en Varadero y luego en Tropicana. Había traído para La Habana a su madre y a su abuela. Cuando su abuela enfermó, tuvo que abandonar el trabajo. Cuando regresó, ya había perdido el puesto.

En algún momento conoció a su marido, y fue su marido quien la inició en el bote. Pero su marido había caído presos dos veces por recoger basura y ahora ella estaba sola y tenía cartas guardadas donde el marido le decía que la amaba y que lo esperara. Ella le enviaba a la cárcel ruedas de cigarros. Cuando su marido volviera, todo iba a recomponerse.

–Estoy cansada de pasar tanto trabajo –decía–, las hernias me duelen, las rodillas flojas.

Su quimbo estaba compuesto por cartones, sacos, tapas plásticas de cestos de basura, poliespuma, retazos de los más distintos materiales.

–Aquí me baño –decía–. Nadie me ve– y señalaba para un rincón oscuro. Un tablón superpuesto dividía el baño de lo que se suponía era la sala. Los objetos, los adornos, provenían en su totalidad del basurero: los vasos donde tomaba agua, los calderos donde fregaba, los muñecos de biscuits, los pomos de desodorante, los trapos amontonados en las esquinas.

No había orden ni método. Solo un afán desmedido por acumular desechos.

–En este televisor me entretengo a veces –una pantalla sola, encima de una mesa.

Había flores plásticas, volandas del Papa Juan Pablo II y del Kamasutra, DVD de series frívolas como Adicted to Love, y revistas de moda con la cara aséptica de una rubia sensual sonriendo en la rutilante portada rosa.

–Tejer también me entretiene. Estas las tejo yo –y tomaba una muñeca industrial, de goma.

Luz María no sabía decir siquiera en qué año estábamos. Razón suficiente para creerle cada palabra que salía de la caverna oscura, tremebunda y áspera que era su boca. Todo hombre que pasaba por allí terminaba teniendo sexo –o lo que fuera– con ella. Que era lo más cercano a una mujer. No es que la violaran. Es que copulaban, como animales.

Su barriga era un cuero hinchado. La costra era tan dura que parecía tener dos pieles. El ombligo sobresalía como el dial de la miseria. Y siempre, con algún creyón muy pálido, se pintaba la línea temblorosa de los labios y las bolsas rugosas debajo de las cejas.

Carlos Manuel Álvarez
El Estornudo, 29 de agosto de 2016.

Foto: Chen y Luz María. Tomada de El Estornudo, donde se pueden ver más fotos.

jueves, 13 de abril de 2017

La corrupción en Cuba es un estilo de vida


Después de un fin de semana junto a un grupo de amigos, bebiendo vodka con jugo de naranja y comiendo masas de cerdo a la brasa, Miguel, inspector de la empresa eléctrica, regresa el lunes al trabajo dispuesto a hacer dinero a como dé lugar.

El caos estatal y las innumerables indisciplinas sociales del cubano de a pie son el caldo de cultivo perfecto para que el ejército de inspectores estatales implementado por la autocracia verde olivo lo aprovechen a su favor.

“Trabajo con otros dos inspectores. Un día cualquiera, cada uno gana de 20 a 30 pesos cuc. Y, para cumplir con lo establecido, imponemos media docena de multas a empresas o personas”, subraya Miguel, mientras en un equipo de audio escucha baladas españolas de los años 70.

El modo de operar es fácil. “Por ejemplo, en Cuba es frecuente que los consumidores roben electricidad para pagar menos en la cuenta a fin de mes. Lo suelen hacer casi todos los dueños de negocios de comida, herreros o personas que por su contenido de trabajo consumen elevadas cuotas de energía. O se conectan a la red pública o inventan decenas de trucos para defraudar al Estado. También lo hace el ciudadano común. ¿Cómo lo aprovecha un inspector para ganar dinero? Simple, detectarlos y amenazarlos con elevadas multas para que el infractor te proponga un trato y te ofrezca determinada cantidad de dinero. Otra manera de ganar plata es vendiendo por la izquierda contadores eléctricos de 220 voltios en 30 o 40 chavitos (pesos convertibles)”, confiesa Manuel.

Las coimas por debajo de la mesa y la corrupción rampante se ha convertido en una manera de resolver una entrada extra de dinero para miles de funcionarios que supuestamente deben velar por el cumplimiento de la ley.

“Las 'mordidas' son habituales. A toda hora y todos los niveles. Lo mismo por parte de un policía de tránsito, un inspector de carretera que un burócrata del Ministerio del Transporte cuando te legaliza un documento”, cuenta Arsenio, taxista privado. Y añade: “Si en Cuba se cumpliera la ley y no existiera la salvaje corrupción actual, te aseguro que rodarían muy pocos almendrones por las calles. La mayoria se ha remotorizado con piezas que salen por la puerta de atrás de establecimientos del Estado. Otros son un peligro vial por su mal estado, pero tu ofreces 200 cuc y los funcionarios que hacen el chequeo técnico te dan el OK”.

La corrupción en la Isla es un estilo de vida. Es muy raro que un bodeguero o carnicero no le robe al cliente en la pesa, que un trabajador en un centro de elaboración de alimentos no cargue en su mochila con varios kilogramos de aceite, queso o jamón o que un inspector no se deje sobornar por un usuario cuando es pillado infringiendo la ley.

“Cuba es el país de la siguaraya. Aquí con dinero en mano se puede conseguir lo que tu quieras. Es más fácil ver a Dios caminando por la calle que encontrar a un funcionario honesto. Uno de los sectores más corruptos es el sistema judicial. El entramado de normas, controles y papeleos generan una corrupción galopante”, confiesa un abogado.

Julio Ferrer Tamayo, jurista disidente actualmente encarcelado, lo sabe mejor que nadie. Con documentos que lo certificaban, hace diez meses Julio me contaba el entramado corrupto de la Fiscalía en el municipio Guanabacoa y a nivel nacional, que involucraba incluso al propio Rubén Remigio Ferro, presidente del Tribunal Supremo Popular.

Pero sus denuncias, en vez de ser investigadas por el gobierno, fueron la coartada perfecta para armarle un expediente judicial a Ferrer y su esposa, la también abogada Marienys Pavo Oñate, y enviarlos los dos a prisión.

“En Cuba un abogado o persona honesta es un estorbo. Y siempre buscan la manera de 'empapelarte' y joderte. Es muy difícil que en este país, de una forma u otra, un cubano no infrinja la Ley. Si compras carne de res o leche en polvo en el mercado negro, que lo hace todo el mundo, te acusan de cualquier cosa, te aplican determinadas normas y te sancionan. Por eso la gente opta por sumarse a los entramados de corrupción o virar la cara hacia otra parte y no darse por enterado”, apunta un abogado que prefirió el anonimato.

Saúl, jefe de almacén de una panadería y miembro del partido comunista, ha acumulado suficiente experiencia para lidiar con la marea corruptora que campea en el sector de comercio interior y gastronomía, un auténtico cartel mafioso.

“Aquí todo el mundo roba o se empapa con dinero mal habido. Desde los directivos de la empresa hasta un simple panadero. Por eso el sistema costará mucho trabajo cambiarlo. Son miles las personas que, de una forma u otra, viven agarradas a la teta de la vaca estatal. En una democracia eso no pasaría, o fuera más complejo infringir las leyes. Las autoridades lo saben, y te dejan robar a cambio de compromiso político y lealtad a la revolución”, indica Saúl.

Y es que en Cuba un billete en moneda convertible guardado con discreción en el bolsillo de un burócrata corrupto, a cambio te permite certificar diferentes ilegalidades.

Las claves de por qué la autocracia de los hermanos Castro se mantienen en el poder hace seis décadas, pasan por la corrupción, el robo y el descontrol de la economía y los servicios a nivel nacional. No lo duden.

Iván García